viernes, 23 de noviembre de 2012

Anoche soñé (5). Premonición de un asesinato

 


Estoy pasando de un edificio a otro, en la universidad. Fuera hace una mañana fría, de esas en que el lago amanece helado, las máquinas quitanieve avanzan como carros de combate por el centro de la ciudad, en las entradas de los edificios se acumula una nieve sucia mezclada con gravilla de sal. Al entrar en la estación del tren que lleva a Hyde Park, las gafas se empañan, las cuatro capas protectoras se convierten en un engorro del que no sabes cómo deshacerte al pasar de diez bajo cero a veinte sobre cero. El tren se detiene al llegar a la altura del Field Museum. Por los altavoces, la voz de mi amigo Giorgos, uno de los revisores, dice: "PJ, mira a tu derecha". Esa noche alguien ha levantado un hombre de nieve a escala natural. Apoya sus manos en la balaustrada del puente y mira hacia abajo, hacia los coches que avanzan a paso de hombre por el Lake Shore Drive.
 
Me dirijo hacia una sala del departamento de economía donde alumnos y profesores pueden tomar café (y fumar: estamos en 1991). Parece un saloncito de té, o el acogedor estudio de una casa particular. En una mesa hay una cafetera americana, unos botes de cristal con distintos tipos de pastas, servilletas, botellas de agua mineral. En otra, más larga, la prensa del día, algunos semanarios. Un tresillo, unos sillones orejeros. Me gusta ir allí cuando tengo una hora libre entre clase y clase. A veces leo, otras pego la hebra con algún profesor o tutor. Las más, escucho en silencio las conversaciones de otros o simplemente me siento en el alféizar de la ventana a ver las figuras que atraviesan el campus encorvadas por el viento. The windy city.
 
Al entrar en el Swif Hall, sede de la facultad de teología, me cruzo con Ioan Culianu. Es uno de los muchos exiliados políticos del este de Europa que han recalado en universidades estadounidenses. He oído hablar de él, de sus trabajos sobre los mitos, de su relación y posterior ruptura con Mircea Eliade. De su saber enciclopédico sobre rituales mágicos, la mística renacentista, las relaciones entre ciencia y religión. Tiene en esos momentos unos veinte años más que yo. He de confesar que me inspira algo más simpatía intelectual. Creo que yo también le inspiro algo más que mera curiosidad. Nos cruzamos tal vez cuatro o cinco veces. Pero esa mañana, la sexta y última, la soñada, no me atrevo a abordarle para prevenirle de lo que le va a suceder, de lo que le sucedió en el mes de mayo de aquel año.
 
Un inmenso charco de sangre que coloniza rápidamente el cuarto de baño del Swift Hall y la previsible reacción: gritos, confusión, carreras, llamadas.
 
Me despierto desconcertado, preguntándome por qué razón no he hecho lo que tenía que hacer.
 
***
 
Años después, en la sede de un centro de investigación en Jerusalén, le pregunté a Leon Volovici (z''l), rumano y exiliado político como Culianu, su tesis sobre lo que había sucedido esa mañana de mayo en el Swift Hall. ¿Asesinato político a cargo del KGB, los servicios de inteligencia rumanos o la ultraderecha rumana, o asesinato a manos de un orate perteneciente a alguna secta esotérica o sociedad secreta? Leon no albergaba muchas dudas.