viernes, 30 de noviembre de 2012

La progenie del preso 24601

 


Abandonados por la izquierda socialdemocrócrata, una semilla que nunca llegó a brotar en España. No, en todo caso, en la forma que uno hubiera podido defender: una socialdemocracia a la nórdica, incluso a la alemana de las décadas gloriosas. Repugnados a la vez por la izquierda radical, víctima de esa enfermedad que ya identificó hace ochenta años Bertrand Russell: la creencia en la superioridad moral de los oprimidos.

Decididos a no comprar como izquierda a partidos que no lo son. Pero contrarios también a sucumbir a ese síndrome que ha llevado a la otra izquierda a justificar lo injustificable: las masacres soviéticas, el odio dogmático hacia los Estados Unidos, los sanguinarios experimentos de los partidos así llamados socialistas en Oriente Medio (el Baath de Sadam Hussein en Irak y de Bashar Al-Assad en Siria, la Yamahiriya de Gaddafi), las dictaduras del socialismo africano, los regímenes autoritarios latinoamericanos en Venezuela o Cuba.
 
¿Entonces qué? Reivindicar la izquierda ante el liberalismo de derechas y el viejo liberalismo político ante la izquierda. Tal vez eso le convierta a uno en un fabiano.
 
Es posible que sea ese rechazo hacia estos dos hijos de la izquierda marxista lo que me hace volver con frecuencia la vista a las revoluciones de 1830 y 1848. O quizá sea al contrario, y fuera la lectura temprana de Los miserables la que condicionó para siempre mi actitud de alejamiento tanto de la izquierda light como de la izquierda con las manos manchadas de sangre.

Who am I? No lo sé; tal vez un tataranieto del preso 24601, un tal Jean Valjean.


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lunes, 26 de noviembre de 2012

Nacido en Szetejnie





"(...) Hijos de un alma tímida que la tristeza arroja al delirio".

Baruj Spinoza, Tratado teológico-político.

No es lo mismo nacer en Szetejnie que nacer en Londres. Ni escribir en un idioma tan complejo y minoritario como el polaco que en la lengua franca del siglo XX. Por eso tardó tanto en llegarle el reconocimiento a Milosz, un poeta de la altura de Eliot, si no mayor. Me pregunto cuántos escritos no llegarán a nuestras manos a causa de un mero azar geográfico.
 
Para muestra, estos cuatro botones:
 

Lamento

Espejos en los que vi el rubor de mis labios,
¿Quién va ahí, quién a sí mismo se descubre de nuevo?
Collar de ágata, perdido, derramado,
¿Qué hormiga viene a visitarte en el umbroso bosque?
Corchete arrancado por la urgencia del amor,
¿En el fondo de qué inmenso río descansas ahora?
Llanto mío de cuando iba a abandonarme el amigo,
¿Por qué no logro recordarte?
Pasó ayer y no sé si pasó.
Salí corriendo a la escuela, con el bastón regreso, encorvada y seca.
Hermanas mías de los sarcófagos romanos, yo quise ser la única,
pero ya me enlutan, me llevan ya por el mismo portal.  
Regalo 
El día tan feliz.
La niebla se levantó temprano, trabajé en el jardín.
Los colibríes, vuelo inmóvil, sobre la flor de caprifolium.
No había en la tierra qosa alguna que quisiera tener.
No conocía a nadie a quien pudiera envidiar.
Olvidé el mal ya pasado.
No me avergonzaba pensar que fui éste que soy.
No sentía dolor alguno en el cuerpo.
Incorporándome, vi el mar azul y unas velas. 
Encuentro
Íbamos antes del alba por los campos helados.
Se levantaba el ala roja, aún era de noche.
Y de repente una liebre cruzó nuestro camino.
Y uno de nosotros la señaló con la mano.
Esto fue hace años. Hoy ya no están vivos
ni la liebre ni quien la señaló.
Dónde están, amor mío, adónde van
destello de la mano, trayecto de la fuga, crujido del terrón,
ensimismado pregunto, y no es por el pesar.


Tarea 
Con espanto y temblor, pienso que hubiera cumplido con mi vida
sólo si me hubiese atrevido a la confesión pública
revelando el engaño, mío y el de mi época:
nos fue permitido expresarnos con el croar de los enanos y de los
demonios,
porque las palabras puras y dignas estaban prohibidas
bajo castigo tan severo que si alguien se arriesgaba
a pronunciar tan sólo una de ellas
ya a sí mismo se consideraba perdido.

[La traducción, de Barbara Stawicka]

viernes, 23 de noviembre de 2012

Anoche soñé (5). Premonición de un asesinato

 


Estoy pasando de un edificio a otro, en la universidad. Fuera hace una mañana fría, de esas en que el lago amanece helado, las máquinas quitanieve avanzan como carros de combate por el centro de la ciudad, en las entradas de los edificios se acumula una nieve sucia mezclada con gravilla de sal. Al entrar en la estación del tren que lleva a Hyde Park, las gafas se empañan, las cuatro capas protectoras se convierten en un engorro del que no sabes cómo deshacerte al pasar de diez bajo cero a veinte sobre cero. El tren se detiene al llegar a la altura del Field Museum. Por los altavoces, la voz de mi amigo Giorgos, uno de los revisores, dice: "PJ, mira a tu derecha". Esa noche alguien ha levantado un hombre de nieve a escala natural. Apoya sus manos en la balaustrada del puente y mira hacia abajo, hacia los coches que avanzan a paso de hombre por el Lake Shore Drive.
 
Me dirijo hacia una sala del departamento de economía donde alumnos y profesores pueden tomar café (y fumar: estamos en 1991). Parece un saloncito de té, o el acogedor estudio de una casa particular. En una mesa hay una cafetera americana, unos botes de cristal con distintos tipos de pastas, servilletas, botellas de agua mineral. En otra, más larga, la prensa del día, algunos semanarios. Un tresillo, unos sillones orejeros. Me gusta ir allí cuando tengo una hora libre entre clase y clase. A veces leo, otras pego la hebra con algún profesor o tutor. Las más, escucho en silencio las conversaciones de otros o simplemente me siento en el alféizar de la ventana a ver las figuras que atraviesan el campus encorvadas por el viento. The windy city.
 
Al entrar en el Swif Hall, sede de la facultad de teología, me cruzo con Ioan Culianu. Es uno de los muchos exiliados políticos del este de Europa que han recalado en universidades estadounidenses. He oído hablar de él, de sus trabajos sobre los mitos, de su relación y posterior ruptura con Mircea Eliade. De su saber enciclopédico sobre rituales mágicos, la mística renacentista, las relaciones entre ciencia y religión. Tiene en esos momentos unos veinte años más que yo. He de confesar que me inspira algo más simpatía intelectual. Creo que yo también le inspiro algo más que mera curiosidad. Nos cruzamos tal vez cuatro o cinco veces. Pero esa mañana, la sexta y última, la soñada, no me atrevo a abordarle para prevenirle de lo que le va a suceder, de lo que le sucedió en el mes de mayo de aquel año.
 
Un inmenso charco de sangre que coloniza rápidamente el cuarto de baño del Swift Hall y la previsible reacción: gritos, confusión, carreras, llamadas.
 
Me despierto desconcertado, preguntándome por qué razón no he hecho lo que tenía que hacer.
 
***
 
Años después, en la sede de un centro de investigación en Jerusalén, le pregunté a Leon Volovici (z''l), rumano y exiliado político como Culianu, su tesis sobre lo que había sucedido esa mañana de mayo en el Swift Hall. ¿Asesinato político a cargo del KGB, los servicios de inteligencia rumanos o la ultraderecha rumana, o asesinato a manos de un orate perteneciente a alguna secta esotérica o sociedad secreta? Leon no albergaba muchas dudas.

jueves, 22 de noviembre de 2012

La manera del espíritu


Polignoto. Bailarines y acróbatas (Museo Nacional de Nápoles)


"Todo estaba en el caos cuando la Mente surgió y puso orden" (Anaxágoras).

He pensado mucho y durante mucho tiempo sobre esta idea. Algo escribí sobre la opinión que me merecía la deriva del arte cuando abandona su asidero en la realidad, cuando quien lo practica se toma a sí mismo como única referencia válida y el mundo exterior se convierte en un caleidoscopio sin sentido aparente. También en el arte el sueño de la razón, el abandono de la Mente, genera monstruos.
 
Estos días, leyendo el libro de Edith Hamilton, he encontrado elegantemente explicadas las diferencias entre la manera de la mente y la manera del espíritu, y sus consecuencias en las formas del arte.
 
Frente al arte griego, un arte a la manera de la mente, unificador de lo que hay fuera y lo que hay dentro, la evolución del arte oriental (egipcio, hindú) estuvo caracterizada por la manera del espíritu, por el arrobamiento místico:
"La manera del espíritu consiste en retirarse del mundo de los objetos a la contemplación del mundo interior, y no necesita de una correspondencia entre lo que ocurre en el exterior y lo que ocurre en el interior. No la mente sino el espíritu es su propio lugar, y puede hacer un infierno del cielo, un cielo del infierno. Cuando la mente se retira dentro de sí misma y prescinde de los hechos, sólo crea un caos.
(...) Atente a los hechos es el lema de la mente; un sentido de los hechos es su característica sobresaliente. En la proporción en que predomina el espíritu, desaparece este sentido.
(...) El efecto práctico de la divergencia, desde luego, se hace inmediatamente obvio en el ámbito intelectual ... En el arte, aunque menos obvio inmediatamente, no es menos decisivo. En la proporción en que predomina el espíritu, las formas reales y el aspecto de las cosas se vuelven insignificantes, y cuando el espíritu reina supremo ya no tienen ninguna importancia.
(...) [En la manera del espíritu], [l]a realidad, la permanencia y la importancia son sólo del mundo interior, en que toda verdad es absolutamente conocida por ser experimentada, y donde el que lo desea puede alcanzar el dominio completo. Éste es el dogma fundamental de los Upanisads: 'Lo infinito es el Yo. El que percibe esto es amo y señor del mundo'". 
***
 

En este sentido, el arte occidental siguió el camino de Oriente, al menos desde la caída de Roma. Y probablemente algo antes: basta con comparar las estatuas de la República o del Alto Imperio, a punto de echarse a andar, con las formas estilizadas del Bajo Imperio. Regresó al camino perdido en el Renacimiento, cuando los hombres volvieron a redescubrir la belleza del mundo y a pintar lo que veían con sus propios ojos. ¿Y hoy? Me temo que hemos vuelto a la manera del espíritu y a su consecuencia en el arte: dueño y señor el mundo interior, prescindible la referencia del mundo real, cerrados de nuevo los ojos de la mente, todo vale, porque todo es Yo.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

I'll stand by you

 

 
 
Tiene una de esas caras en que puedes rastrear la genética francesa y la italiana. Un rostro que tiene algo de romano antiguo, el pelo oscuro rizado, los ojos rasgados de un verde poco frecuente que mis problemas con los colores no me permiten definir, la nariz recta, los labios perfectamente delineados. Unas manos grandes que llaman a refugiarse. Un cuerpo que quita el hipo, fibroso, naturalmente musculado.

***

Percibo que algo está cambiando cuando llega la tarde y empiezo a mirar la hora en el teléfono. Cuando los amigos me recriminan cómo dejo de prestarles atención en cuanto entra por la puerta. Cuando le escucho trastear con la cafetera en la cocina y me levanto silbando de la cama. Cuando comenta al paso que le habló de mí a A. y se sonríe en secreto el corazón. Cuando una mujer le mira y se me ocurren media docena de insultos que tengo que mantener a raya para que no salten a mi boca. Cuando el otro día, delante de L. y S., a quienes desde hace tres años tenía protegidos de mis relaciones, respondí con una caricia poco equívoca a su gesto de agarrarme por la cintura.

***

A media noche telefoneé. ¿Es allí Guadalupe? Aquí es. ¿Con quién se habla? Con la nieta de Germán y de Manuela. ¿Oiga? ¿Me oye? Le oigo, pero aquí no hay nadie que se llame Germán o Manuela. Hace años que murieron. No, todavía no ha pasado eso. Lo sé todo; que pasará y cuándo pasará. Pero aún estoy a tiempo. Haga el favor de cruzar la calle y avisarles de que es su nieta quien les llama. Si la puerta está cerrada pruebe a entrar por el callejón de los frailes; suelen dejarlo abierto aun de noche. Lo siento, señora, lo que usted sabía que pasaría ya ha pasado.

Me he despertado. Tengo miedo. ¿A qué tienes miedo? No lo sé. A ver hacia atrás y hacia delante. Ningún miedo; levántate conmigo a echar un cigarrillo. Su rara habilidad para leer en mí.
 
 
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viernes, 16 de noviembre de 2012

Boicot Israel: notas para el escéptico (I)



 

Uno ha dudado mucho acerca de la conveniencia de redactar estas notas sobre los argumentos que maneja el movimiento Boicot Israel dentro y fuera de España (las campañas del movimiento BDSInnovative Minds y Palestine Solidarity Campaign, o la puesta en marcha por el British Committee for Universities for Palestine) por dos razones.

En primer lugar, porque corres el riesgo de encontrarte encerrado en un compartimento con un compañero de viaje poco agraciado. Pongamos por caso un lunático como Yigal Amir, un miembro del Tea Party como Glenn Beck o incluso alguien de aspecto más respetable, como el ultraderechista flamenco Filip Dewinter. Y tú no quieres tener que compartir la tartera con ninguno de ellos.

En segundo lugar porque, al remangarse para entrar en el fango de los argumentos, te encuentras actuando de involuntario altavoz de una corriente donde no predomina la cordura. Hay que hacer un alarde de imaginación para entender en la campaña contra la cocina israelí en Hondarribia, en el boicot de los libros de procedencia israelí aprobado por el consejo escocés de West Dundartonshire (con su divertido desmentido), en la presión ejercida para impedir el concierto en Jerusalén de Renée Fleming con la Filarmónica de Israel o en la prohibición de participar en el Solar Decathlón de 2010 al equipo finalista israelí del Ariel College, una "estrategia no violenta que no se dirige a las ciudadanas y ciudadanos israelíes, sino a las instituciones israelíes que promueven la violación sistemática de los derechos fundamentales del pueblo palestino" (así es como el movimiento BDS se define a sí mismo).

¿Entonces? El hartazgo de algunos argumentos, que podrían resumirse en tres:

Los judíos han ocupado una tierra que no les pertenece, un trozo del mundo al que no les unía más que cierta fantasía religiosa ("el año que viene en Jerusalén") y una genealogía remota e incierta. Que la ocupación traiga causa de la Solución Final, un hecho desgraciado que tuvo lugar en territorio europeo y que extinguió del mismo la cultura judía, no justifica que sus consecuencias hayan de pagarlas sus legítimos moradores: los palestinos.

En esa tierra, los judíos han permutado su papel secular de víctimas por el de verdugos. Han reproducido las prácticas que caracterizaban el apartheid sudafricano. En la Palestina ocupada, las cosas son aún peores: el Estado sionista (una expresión tan común como tautológica) despliega en ellos políticas de exterminio similares a las nazis, y Gaza es un trasunto del gueto de Varsovia. En una extraña pirueta, más sofisticada que la negación directa del Holocausto, los judíos se convierten así en traidores a su propia memoria, y los verdaderos herederos de ésta resultan ser los palestinos.

A pesar de ello, los judíos gozan de impunidad. Esta impunidad se explica por la posición de poder que ocupan en los medios de comunicación (a través de los cuales son capaces de difundir las versiones de la realidad que les son favorables) y por la particular influencia que ejercen sobre las elites occidentales (europeas, estadounidenses), de cuyo núcleo forman parte.

Veamos el grado de verdad que encierra cada uno de ellos.



miércoles, 14 de noviembre de 2012

De una dama y de un caballero

 
 
Llega la Dama, una de los mejores pianistas vivas. Se prodiga poco (una cincuentena de conciertos al año, un disco cada año y medio) y está totalmente alejada de los círculos glamourosos y del marketing de las casas discográficas, que poco a poco se empeñan en hacernos creer que una condición indispensable para ser un buen pianista clásico es ser guapo. Rara vez concede entrevistas.
 
A pesar de que una parte de su repertorio habitual no entra entre mis favoritos (Mozart por doquier, Berg, Schoenberg, Boulez, Webern), no hay un solo intérprete vivo, con excepción de Pollini y de Murray Perahia, que me mueva a desplazarme. Cinco conciertos en España en marzo, pero no estaré aquí. Así que he indagado su calendario de conciertos europeos anteriores a mi partida y elegido el que más me gustaba: Bach (BWV846 y BWV859), Schoenberg (Seis pequeñas piezas para piano, op. 19), Schumann (Waldszenen, Sonata para piano nº 2 en Sol menor op.22, Cantos del amanecer).  Espero que las seis pequeñas piezas de Schoenberg sean realmente pequeñas. Londres, 15 de enero.

Mitsuko Uchida interpretando mi Kreisleriana favorita de Schumann:


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De la condena a vivir encerrado dentro de su propia cabeza por culpa de una enfermedad que iba conquistando su cuerpo miembro a miembro, Tony Judt hizo no una, sino tres obras. Ill fares the land y Thinking the Twentieth Century son el canto del cisne de este historiador judío y londinense afincado en Nueva York siempre comprometido con los ideales socialdemócratas. Llama a una renovación del discurso de lo común y condena duramente la trahison des clercs.

Pero la perla se esconde en The Memory Chalet, una recopilación de ensayos que fue publicando en The New York Review (donde aún pueden leerse varios de ellos). Judt los dictó después de que le diagnosticaran ELA. Qué diferencia con las autobiografías megalomaníacas de Amis o Hitchens: a Judt le cuesta escribir en primera persona. Un caballero.

Una vez pregunté a Ingo H., hamburgués nieto de un oficial de las SS, cuáles pensaba él que eran las causas más viscerales del odio de buena parte del pueblo alemán hacia los judíos. El cosmopolitismo, contestó; la ausencia de un arraigo territorial que ellos interpretaban como falta de patriotismo, o como simple traición.  La identificación de los judíos en torno a un libro, más que por medio de una lengua común o una patria física, les parecía sumamente sospechosa y ajena. 

Recordé esta conversación leyendo Edge People.  Acostumbrado a cambiar de país con alguna frecuencia, me sentí muy identificado con esta declaración: "I prefer the edge: the place where countries, communities, allegiances, affinities, and roots bump uncomfortably up against one another—where cosmopolitanism is not so much an identity as the normal condition of life".

 

domingo, 11 de noviembre de 2012

El fracaso y el pintor

 
Nieva en la ciudad que sueña el sur al que algún viejo agravio le condenó. Caen escombros del deshielo de las nubes y la ciudad se guarece bajo los pórticos. Y aunque siempre estuvo allí pintando, en el parto de la luz de un sol anémico que se eleva, en la ruina de la luz de un sol de hierro que se funde, hoy es la primera vez que miran cómo tiembla la fiebre en sus ojos, el pincel sobre el muro, mientras hace nacer a un niño tan real, y entre sus dedos el verde de un racimo tan ambarino, que una bandada de voraces grajos se abalanza a picotear sus uvas. Hace nacer el  prodigio a un tiempo voces de admiración y lágrimas en sus ojos. Maestro, ¿por qué llora? Si lo fuese, el niño habría espantado a los pájaros.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Sueltos sobre traducción

 


Descubro, gracias a mi amigo Gabriel C. Menocchio, una prueba de fuego para juzgar la calidad de una poesía: ¿resiste la traducción? Necesariamente despojada del ritmo y la musicalidad originales, más aún cuando el idioma de llegada pertenece a otra familia de lenguas, ¿aguanta el esqueleto en que se queda?

Cuando lo que se tiene en las manos es una imagen, la prueba es más sencilla: puedes volverla del revés, como hacía Cartier-Bresson con sus fotografías para verificar la calidad de la composición, o enfrentarla a un espejo, o despojarla del color (o añadírselo). No es posible examinar un poema del revés. Pero toda lengua lleva en sí una carga de profundidad más allá de su significado convencional (imágenes adheridas a las palabras, pares de conceptos que en una lengua desatan la contradicción y en otra conviven anodinamente, verbos que obligados a acompañar a un sustantivo que normalmente les es ajeno transforman su sentido).  Al verter un poema a otra lengua, le arrebatas no sólo ritmos y resonancias, sino su subconsciente; sólo funciona, en el peor de los casos, como idea, y sólo la metáfora que no era mero fuego de artificio conserva su poder evocador.


***
 
 

Cuando la traducción lo es de poemas ajenos, se plantea además el viejo problema de la fidelidad. La cuestión no es tanto si se está o no siendo fiel (algo difícil de resolver a no ser que el autor esté vivo y podamos llamarle para preguntarle qué quería decir exactamente, o haya escrito abundantemente sobre sí mismo) como de qué forma serías más fiel. La práctica de la traducción técnica me ha inclinado, en caso de duda, a interpretar de la forma más literal posible. Incluso cuando las dudas son pocas, mi primer acercamiento al poema suele ser muy respetuoso con el original, hasta en aspectos secundarios a la elección de los términos, como las cesuras o el número de versos. Es muy corriente leer versiones en que el traductor, de forma inconsciente, se apropia del poema, lo reescribe de alguna forma como él lo hubiera escrito originalmente en su lengua. Abandona la condición de pasividad parcial (je est un autre). Un ejemplo famoso de estilización es la traducción que hizo Pope de La Ilíada. En las traducciones del inglés al español o al francés, es frecuente caer en la tentación de solemnizar el tono siempre menos dramático del inglés, de acercar el poema extranjero a nuestra propia tradición lírica.
 
Un ejemplo: El obediente (de los Epitafios de guerra de Rudyard Kipling). Original, versión primera, versión segunda (de Luis Cremades).

Daily, though no ears attended,
Did my prayers arise.
Daily, though no fire descended
Did I sacrifice.
Though my darkness did not lift,
Though I faced no lighter odds,
Though the Gods bestowed no gift,
None the less,
None the less, I served the Gods!


Todos los días, aunque ningún oído atendiese
pronunciaba mis oraciones.
Todos los días, aunque ningún fuego descendiese
ofrecía mis sacrificios.
Aunque mi oscuridad no se dispersase,
aunque el destino no me fuera más propicio,
aunque los Dioses no concediesen dádiva alguna,
a pesar de todo
a pesar de todo serví a los Dioses.

Cada día, aunque ningún oído atendiese,
mis oraciones surgían.
Cada día, aunque ningún fuego descendiese,
hice el sacrificio.
Aunque no se desvaneciera en mí la oscuridad,
aunque no enfrentase menores fuerzas,
aunque no concediesen los Dioses regalo alguno, a pesar de todo,
a pesar de todo, serví a los Dioses.




***

Otro problema distinto es cuando llegas a la conclusión definitiva de que la traducción más o menos literal no es posible, porque tu propio idioma es incapaz de sugerir el subconsciente del de partida. Normalmente, sucede cuando el poeta está además apoyándose con pocas limitaciones en su lengua para trasladar su propio lenguaje privado (lo que los lingüistas llaman "idiolecto").

En estos casos, recurro a un procedimiento mental que consiste en alejarse del poema, a esas alturas ya más o menos memorizado, y pensar en él en los términos menos convencionales posibles: como lo haría un niño de tres años en su universo pre-gramatical de acciones, sujetos y objetos sin ataduras sintácticas. Trato de "oír", un poco como el perro de la viñeta de Gary Larson ("Ginger! Ginger! Ginger!" - infra), entre la algarabía de sonidos, la voz que destaca. O lo pienso en forma de imágenes, de pensamiento desprovisto aún de palabras (en las que necesariamente habrá que hacer el viaje de vuelta).  Hay quien piensa que este ángulo de ataque no es posible, que el lenguaje condiciona de tal forma nuestro pensamiento que la disociación es imposible; no lo creo (y, para mi tranquilidad, tampoco lo cree Steven Pinker).


***

No siempre da sus frutos. Y en este punto es cuando comprendes que Babel, la maldición que Dios nos envió para que los hombres fuéramos incapaces de entendernos los unos a los otros, ha ganado la batalla, y debemos rendirnos a la infidelidad. Sea: "Beautiful translations are like beautiful women, that is to say, they are not always the most faithful ones" (George Steiner, After Babel).


 

viernes, 9 de noviembre de 2012

Memorabilia. Boulevard Pasteur

 


Por la mañana trabajaba en una oficina de la avenida George V. Lo recuerdo con espanto: no madrugaba desde que iba al colegio. El último turno para salir a comer era a la una y media. No había que pelearse: a las doce, todos los estómagos de la oficina empezaban a orquestarse menos el mío. A esas horas, lo más que me apetece tomarme es un café. En su defecto, un vino. En defecto de vino, un whisky. Pero no un boeuf bourguignon, por el amor de Dios. Al suplicio de tener que comer había que sumar otro lag cultural: la sobremesa, ya de vuelta en la oficina, empezaba a las dos y media. Y aún quedaban tres horas largas de trabajo por delante, cabeceando entre papeles. Y lo que era peor: a las seis salía con un hambre canina y tenía que engañar a mi cuerpo para no caer por mi propio pie en el despropósito horario.

Esta era la parte más sencilla, sin embargo, pues una vez en la calle era (continúa siéndolo) difícil que nada me distrajera de mi obligación principal, que no era otra que permanecer en ella el mayor tiempo posible. Fiel a la tradición paterna, sólo consiento en recogerme cuando ya he gastado todo el dinero que llevo encima o el cuerpo me pide a gritos un poco de reposo. O un Alka-Seltzer. O cualquier otra actividad a la que no sea prudente entregarse en plena calzada. Llegado ese punto, regresaba, normalmente a pie, a la residencia de enfermeras del Boulevard Pasteur, que en verano alquilaba sus cuartos a transeúntes y trabajadores de paso como yo. Antes respetaba las dos paradas de rigor: la primera, para saludar a mi amigo (y ocasional amante) Prosper, a la sazón empleado en la embajada de Togo en París; la segunda, para dejarme invitar en un bar jamaicano cercano a la plaza de Breteuil por su dueña, una tal Martine que, sospecho, abría poco antes de llegar yo a la noche y cerraba antes de que volviera a pasar por su puerta a la hora del desayuno. No recuerdo nada de Martine salvo una piel muy negra, unos pechos enormes, un trasero de volumen acorde, una risa escandalosa y grave, y su propensión a ilustrar con proverbios cualquier punto de la conversación.

El novio de Martine, Ismael, abultaba aproximadamente la mitad que ella. Era el único del clan que parecía querer afrancesarse. Trabajaba de comercial en un concesionario de la Peugeot, se afanaba por corregir en su propia persona la desmedida afición de sus compatriotas por la ropa de color, las pulseras, anillos, colgantes, relojes de oro (o simplemente dorados) y había iniciado un lento y engorroso tratamiento para alisarse el pelo. 

Diluviaba una noche de junio. Entró Ismael con el pelo encrespado por la humedad. Me plantó un beso en la boca. Se rió ella fingiendo despreocupación. Le señaló el pelo, que con el calor del local se había cardado aún más. Chassez le naturel, il revient au galop, le disparó Martine.
 
***
 
14 de julio. No sé cómo iniciamos la conversación, aquella alemana que vivía también en la residencia y yo, con un grupo de bomberos. Caía una lluvia de fuegos artificiales sobre el río y estaban reunidos allí medio París y medio Estados Unidos. Sí sé cómo la acabamos. La experiencia de la expulsión era una vieja conocida mía. Ella se tuvo que marchar anticipadamente de París porque no quedaba una sola cama en la ciudad por menos de doscientos francos la noche. Yo conseguí que me alojara G., un diplomático sueco que, vaya usted a saber por qué, se sabía de memoria toda la poesía de Justo Jorge Padrón. Por las tardes íbamos a la plaza de los Vosgos a charlar por los soportales, o visitábamos una librería que había en el Marais. Pero cuando caía la noche, echaba de menos los bares jamaicanos y al apuesto africano.




G. se fue a principios de agosto y me dejó usufructuar el apartamento. A mí y, sin su expreso consentimiento, a los amigos que, de vuelta de sus interraíles, paraban en la ciudad para saludarme. Para saludarme y animados, habrá que sospecharlo, por la posibilidad de pasar unos días de balde en ella. Pues, además de dormir gratis, yo invitaba todos los días. Una invitación que consistía invariablemente en salir de najas de la terraza en cuanto el camarero desaparecía para rellenar la bandeja en el interior. 

Hasta que nos pillaron, claro. Por fortuna, uno de los amigos que se había beneficiado de mi hospitalidad estaba ya de vuelta en Madrid. Le pedí que me hiciera un giro de 20.000 pesetas. Porque ésa, ni más ni menos, era la cantidad que nos habíamos gastado en la terraza de La Coupole el día en que ninguno nos dimos cuenta de que había un tercer camarero fuera del alcance de nuestra vista. Para colmo, se apellidaba Hernández. Lo sé porque el encargado se lo dijo delante de nosotros: "Buen trabajo, Hernández".

***

Volví de uno de los viajes a Ginebra haciendo escala (ferroviaria) en París. Demasiado tarde para coger el Puerta del Sol, demasiado tarde para improvisar una cena con algún conocido. Pero no demasiado tarde para ir al jamaicano. Cené rápido alguna porquería en la propia estación, dejé el equipaje en la consigna y reproduje el trayecto que había recorrido tantas veces veinte años atrás. No había ni sombra de él. Ni siquiera era ya un bar, o un pequeño negocio. Era una tienda de Orange. En un ataque de ira y nostalgia a partes iguales, volví sobre mis pasos y me dirigí a Montparnasse, pensando en vengar mis días de pobreza con unas copas legalmente consumidas en La Coupole. La terraza estaba cerrada. Dentro, ya no se podía fumar. No sé quién dijo lo contrario, pero no llevaba razón: nunca, nunca regresar a los sitios en que uno ha sido feliz. 

jueves, 1 de noviembre de 2012

Inmortalidad (y 2)

[Continúa la traducción de la entrada de Tom Clark]


 
 
 
"Muchos de los mejores poetas en lengua inglesa han respondido a la llamada del fragmento de Adriano (y probablemente no pocos han sido misteriosamente elegidos por él). Sus palabras parecen de algún modo pertenecer a todo el mundo; jóvenes o viejos, todos nos enfrentaremos tarde o temprano a ese instante.
 
John Donne (versión resumida), 1611:
 
My little wandring sportful Soule,
Ghest, and companion of my body.

Henry Vaughan, 1652:

My soul, my pleasant soul and witty,
The ghest and consort of my body,
Into what place now all alone
Naked and sad wilt thou be gone?
No mirth, no wit, as heretofore,
Nor Jests wilt thou afford me more.

Matthew Prior, 1709:

My little, pretty, fluttering thing,
Must we no longer live together?
And dost thou prune thy trembling Wing,
To take thy Flight thou know'st not whither?
Thy humorous Vein, thy pleasing Folly
Lyes all neglected, all forgot;
And pensive, wav'ring, melancholy,
Thou dread'st and hop'st thou know not what.

Pope habló de este pequeño poema cuando sólo tenía 23 años, en 1712, en un escrito que publicó en The Spectator en el que analizaba "los famosos versos que el emperador Adriano recitó en su lecho de muerte" y ofrecía una paráfrasis en prosa. Un año después citaba las palabras de Adriano en una carta dirigida a su amigo Caryll, y las acompañaba de la versión de Prior, una traducción del propio Pope y una adaptación "cristiana", preguntándole al amigo cuál era en su opinión la mejor. Pope tardó dieciocho años en publicar los dos poemas que había escrito. Ésta es su traducción:
 
Adriani morientis ad Animam, o The Heathen to His departing Soul [El pagano habla a su alma].
 
Ah! Fleeting Spirit! wand'ring Fire,
That long hast warm'd my tender Breast,
Must thou no more this Frame inspire?
No more a pleasing, chearful Guest?

Whither, ah whither art thou flying!
To what dark, undiscover'd Shore?
Thou seem'st all trembling, shiv'ring, dying,
And Wit and Humour are no more!

Y luego, George Gordon -Lord Byron- en 1806:

Ah! gentle, fleeting, wav'ring sprite,
Friend and associate of this clay!
To what unknown region borne,
Wilt thou, now, wing thy distant flight?
No more, with wonted humour gay,
But pallid, cheerless, and forlorn.

Por último (trescientos años después de Donne, doscientos años después de Keats y ciento cinco años después de Byron) Ezra Pound, en el Hotel Eden de Sirmione sobre el Lago de Garda (emplazamiento del "mundo originario de los dioses" donde, como Pound descubrió encantado, Catulo había escrito su poesía), añadió en 1911 una nueva palabra ("tenulla") al título:
 
"Blandulla, tenulla, vagula"
 
What hast thou, O my soul, with paradise?
Will we not rather, when our freedom's won,
Get us to some clear place where the sun
Lets drift in on us through the olive leaves
A liquid glory? If at Sirmio,
My soul, I meet thee, when this life's outrun...

[Dos años después de la entrada de Tom, un lector añade esta brillante paráfrasis de Basil Bunting, con ese deslumbrante verso final]:
 
Poor soul! Softy, whisperer,
hanger-on, pesterer, sponge!
Where are you off to now?
Pale and stiff and bare-bummed,
It's not much fun in the end.
 
***
 
A todo lo recopilado por Tom quiero añadir el poemilla de Pierre Ronsard, que conservo en una antología dedicada a los miembros de La Pléyade:
 
Almita Ronsardelita,
graciosita, dulcecita,
querida moradora de mi cuerpo,
que hacia abajo vas, debilita,
flaquita, pálida, solita
al frío reino de los muertos:
mas simple, sin remordimiento
de muerte, rencor ni veneno,
despreciando favores y tesoros
tan codiciados del vulgo.
He dicho, transeúnte: sigue tu fortuna,
no turbes mi reposo, que yo duermo.