lunes, 22 de octubre de 2012

Vaya tropa

(Escrito hace dos años y medio, el 3 de febrero de 2010. Hoy añadiría alguna cosa, pero no cambiaría una coma).
 
Entre los burbujistas, una tropa embrollona, desigual y verbosa que se reúne desde hace seis años en un rincón de la Red, la Generación T es la compuesta por los nacidos entre 1940 y 1955. El gurú de esta tropa, escondido bajo los nicks ir-, pisitófilos creditófagos y otros que tal vez no se le conocen, los llama también los supercincuentones zampalangostinos.

En la Generación T, cada quien es hijo de su padre y de su madre. De la pequeña burguesía de provincias, los más, pero los hay también de la grande y de los inmigrantes que abandonaron en la posguerra la España rural para hacinar los barrios de ladrillo visto, terrazas cerradas y portales de gres de las ciudades. Unos y otros se beneficiaron, primero, de la expansión económica de (y desde) finales de los cincuenta y, luego, de las grietas profesionales, políticas y artísticas que fueron abriéndose a medida que se pudría el régimen. Jóvenes, con apenas la edad a la que la generación siguiente tuvo que sacrificar sus anhelos y sus proyectos a un contrato temporal, un salario mezquino y un cuchitril prohibitivo, pasaron a integrar los cuadros de periódicos, editoriales, partidos políticos, garitos empresariales y universidades. Y allí siguen.
 
La Generación T se arroga también el dudoso mérito de haber gestado la Transición. Es difícil dar con uno de ellos que no haya pernoctado alguna vez en los sótanos de la DGS, cruzado la frontera pirenaica para ver a Brando sodomizado por un dedo untado de mantequilla, corrido delante de los grises por la calle de la Princesa o agitado su puño cerrado en el recital de Raimon. Por no hablar de sus proezas sexuales y artísticas.
 
De triunfo en triunfo, montada a lomos de la oportunidad que el destino hurtó a sus padres, en algún momento de los ochenta la Generación T cambió el pie, devaneó con la integración europea y atlántica, coqueteó con las arengas en que brillaban los argumentos del gap de productividad, el control de la inflación y la moderación salarial, empezó a interesarse por los arcanos de la Bolsa y descubrió que el mercado de la vivienda podía ser tan rentable y líquido como el que más. Los hijos de la Generación T, bien formados y más viajados, los que hubieran debido tomar el relevo si de europeizar el país realmente se tratase, contemplaron aturdidos el tránsito del discurso de lo ideal al discurso de lo posible, y de éste al discurso de lo real.
 
La Generación T soflama a las que la sucedieron porque, opina, descreen de la política, se resisten a abandonar la guarida y carecen de ambiciones profesionales. Mientras, extiende la mano para complementar sus sueldos con los alquileres de sus pisos o disfruta de sus generosas pensiones a costa de los salarios de los jóvenes y no tan jóvenes trabajadores mileuristas. Vaya tropa.
 
Como dice el gurú, no permitan que les den a ustedes el salariazo sin darles ustedes el pensionazo.