martes, 23 de octubre de 2012

Varia

 
 
Ha llegado a mis manos, al fin, la correspondencia entre Tomas Tranströmer y Robert Bly. Mala cosa, no logro concentrarme en el trabajo; mi productividad está en caída libre desde que se ha instalado a la izquierda de mi ordenador. He tenido que llegar a un pacto conmigo mismo: cada tres párrafos vertidos al español, tengo derecho a leer una página. U-n-a. De este convenio no sale bien parada ni la traducción ni la lectura.
 
No soy devoto de Tranströmer. En realidad, sólo "Paso de patones", con la imagen de la naturaleza bajo el asfalto
 
 
"En torno a mí hierve toda la fuerza de la calle
que nada recuerda y nada quiere.
Muy por debajo del tráfico, en la tierra espera
el bosque no nacido, inmóvil por mil años".

 
ha logrado sacudir algo dentro de mí. Sin embargo, me interesaba mucho la apuesta que hizo Bly comenzando en 1958 (a través de The Fifties, que luego en mudó en The Sixties y más tarde en The Seventies). Se trataba de despojar la poesía americana de la influencia "inglesa", del intelectualismo, de su metafísica, y volver a hacer hueco a una escritura más elemental y sensorial. Volver también a recuperar el lenguaje metafórico más puro y musical.
 
 
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Leyendo a la mayoría de los poetas americanos contemporáneos, no parece que Bly, Duffy y cía hayan tenido éxito (Ashbery -y sus imposibles imitadores-, una hiperreacción que no es de mi agrado, no cuenta). La poesía que se escribe se ha alejado, sí, de la alargada sombra de Eliot (inglés en América) y Pound (americano en Inglaterra), pero no para volver a la senda que ellos imaginaron. Hay mucho más subconsciente. Pero las formas no acompañan: se han quitado el traje del intelectualismo para arroparse con un estilo prosaico que recuerda mucho al de la tradición cuentista americana. Un estilo que admiro en los relatos de Carver, pero que me aburre en su poesía.

¿Dónde, si eso es lo que se pretendía, quedan Trakl, Vallejo o Montale?


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El Talmud, dice Bernard-Henri Lévy en una entrevista, es una máquina de antifanatismo. No es posible ser un fundamentalista si se estudia el Talmud, porque en él se disuelve la idea misma de una verdad única, irrebatible y tan sagrada que en su nombre puedan cometerse actos de barbarie. El día en que los musulmanes tengan un texto de similares características (y una tradición hermenéutica basada en el estudio y la polémica permanentes) habrán acabado con el islamofascismo. ¿Pero es probable que eso suceda? Me temo que no. El cristianismo carece también de un libro como el Talmud, pero tuvo la suerte de que su mayor arraigo tuvo lugar en una parte del mundo que llevaba seis siglos de helenismo (más, si sumamos la herencia romana) a sus espaldas.
 
 
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Con los años he llegado a hacerme con una colección decente de música brasileña. Es decir, de Música, con mayúsculas, pues no creo que haya un solo país del mundo donde coexistan una pasión tan generalizada, compositores e intérpretes de tanta calidad y variedad, y tantos puentes abiertos entre los músicos. Brasil es el paraíso de la música, y aquí va una de las primeras canciones que me lo descubrieron: "O ciúme" [Los celos].

Hay decenas de versiones (literalmente). Aquí, la luminosa interpretación de Ney Matogrosso con su hermosa voz de sopranino. Hay versiones más negras: la de Maria Bethania, tal y como la cantó en abril de 2008 en el concierto que dió con Omara Portuondo en Salvador de Bahía. Pero no estoy ahora para esos trotes. Los días amanecen amables y risueños y quién soy yo para no devolverles la sonrisa.


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