miércoles, 24 de octubre de 2012

El humo de la pólvora

Querido PJ:
 
(...) Porque el océano tiene más de 20 palabras de profundidad. ¿O me equivoco?
 
Besos,
V.
***


Querido V.:

(...) Lo que quería decir es que yo no escribo para desahogarme, aunque pocas cosas me alivien más que escribir. Cuando hablo de "desahogo" no me refiero sólo a una forma de acelerar la cicatrización de heridas, antiguas o aún en carne viva, sino a la necesidad de dar escape a mi imaginación, de devolver un poco de reposo a ese lugar en que si no seguiría interminablemente flotando el humo de la pólvora. Fíjate, imaginación, imagen (representación) comparten la misma raíz que imitar (remedar) y que magín.
 
(...) Desde pequeño he sido consciente de que mis representaciones de lo que me rodeaba eran, en términos cualitativos (y estadísticos), extrañas, y en términos cuantitativos, excesivas. Hasta la adolescencia tuve un amigo imaginario (otros niños los tienen, desde luego, pero suelen abandonarlo en una de las últimas bifurcaciones del camino por el que se abandona la infancia). Tan real y determinante era para mí su existencia que mis padres consultaron preocupados a un psicólogo infantil, quien me hizo todo tipo de preguntas sobre él que yo contesté larga y pormenorizamente. Los intentos por "curarme" sólo lograron que su figura creciese más y más al seguro resguardo de mi mente.
 
(...) Pero escribo también para tener un vínculo con los demás (aunque sea un vínculo en que yo esté trascendido, desaparecido, donde ya no importe cuál fue el origen de las palabras). Y de ahí lo de publicar, que los poemas se las bandeen sin mí. Ya, tienes razón: en ese caso la poesía no es el mejor género y debería dedicarme a hacer videoclips, por ejemplo. Pero resulta que no sé, ni quiero, ni me gusta. Así que he decidido hablar el idioma que me gusta, y me importa poco si sólo puedo comunicarme con dos docenas de personas que aún saben expresarse en él, o al menos leerlo. Tampoco me importa mucho que tal vez no sea el idioma en el que más cómodo me encuentro. Dios sabe por qué el pintor que tiene dotes para el paisaje se obceca en el retrato, o por qué yo, que tal vez hubiera podido ser más fino con las matemáticas, me he empeñado en las letras.
 
(...) ¡Inseguridades estéticas, dices! Si yo te contara... Créeme si te digo que no tengo perspectiva para saber si lo que escribo es decente o deleznable. He recibido feedbacks de todo tipo (la mayoría buenos, para qué ocultarlo; pero lo contrario sería alarmante, pues casi todos los destinatarios son de mi confianza). Sin embargo, a la decepción o el entusiasmo iniciales que me provocan sucede invariablemente el escepticismo. La publicación de x en la C.P.R. me ha convencido de la necesidad de salir fuera del país, con los graves inconvenientes de traducción que plantea (soy incapaz de hacerlo yo mismo), pero no han acabado, ni muchísimo menos, con mis dudas. 
 
(...) Traduzco durante horas interminables, sólo por culpa de mi escasa capacidad de concentración a medio plazo. Me distraigo con el vuelo de una mosca. La mosca no tiene por qué tener alas ni sobrevolar mi espacio aéreo sin autorización; puede revolotear invisible dentro de mi cabeza (magín) hasta obligarme a dejar el texto y zumbarle fuerte para que se pose de una vez. Cada hoja traducida me permito leer una página de lo que me traiga entre manos (en estos días, la correspondencia entre Tranströmer y Bly, ya te contaré).
 
Besos,
PJ