martes, 16 de octubre de 2012

Apuestas




Soy desde pequeño muy aficionado a apostar casi por cualquier cosa y a cambio de cualquier premio. Mi primera apuesta sonada, que aún sale a relucir en los encuentros con los viejos compañeros de escuela, la gané comiéndome un gusano de seda con sobrepeso ante la mirada atónita de quienes se habían jugado cinco pesetas a que no lo haría. El premio, cuatro hermosos duros con la cara fofa del Generalísimo con los que pude abastecerme de paloluz y pastillas de leche de burra como para pasar una guerra. También gané la que consistía en colocar un cubo lleno de agua en el ángulo que formaban la pared de la clase con su puerta de entrada, con la consecuencia de rigor en cuanto el profesor la abriese de par en par, y la de llenar la servilleta del director de hormigas, convenientemente incentivadas a permanecer en la tela por un puñado de azúcar. Cobré, en todos los sentidos.
 
Esta racha ganadora me hizo creer que todo el mundo era orégano, y perdí inevitablemente un órdago valorado en una cantidad estratosférica de la que no disponía. ¿Fue una manifestación de pensamiento mágico o un ataque de megalomanía lo que me hizo jurar que todos los días me acompañaba a la escuela de un cachorro de león? Fuese lo que fuese, no fui capaz de demostrar su improbable existencia y adquirí con los incrédulos una deuda en especie (dos barras de regaliz negro y media docena de caramelos Solano a la semana durante un mes) que ni siquiera recuerdo cómo logré pagar.

Toda mi infancia me la pasé ganando y perdiendo objetos de deseo: navajas, cromos, canicas ojo de gato, balones, chapas forradas, tirachinas. Y reputación. Quiero creer que al menos respecto a esta última el balance final estuvo equilibrado, puesto que sigo manteniendo relaciones estrechas con mis rivales de juego, que deciden hoy si entrar o no al trapo de mis envites en función del grado de ebriedad de la reunión.
 
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Durante la adolescencia la naturaleza del juego cambió. Recuerdo dos victorias históricas. En la primera de ellas jugaba con bien disimulada ventaja pues, gracias a la pasión de mi padre por los caballos, que a punto estuvo de provocar su divorcio en varias ocasiones, conocía bien al animal. En el galope, hay un instante en que ninguna de sus cuatro patas toca el suelo. Cinco mil pesetas que gasté esa misma noche en invitar a los perdedores a un desenfreno de cervezas, marihuana, flippers y futbolines en los billares de Perón y taxis de vuelta.
 
La segunda me convirtió de la noche a la mañana en millonario cuando atravesé desnudo la Plaza del Dos de Mayo, toqué a modo de prueba el monumento a Daoíz y Velarde y regresé con parsimonia al bar en cuya puerta se agolpaban amigos y testigos ocasionales. Cien mil pesetas de mediados de los noventa, un sueldo entero. El ascenso social fue tan súbito como la posterior caída, pues la semana siguiente perdí tres cuartas partes del premio llevado por la premonición de un amigo, que siguió creyendo con fe ciega en el 21 hasta que nos arruinamos y tuvimos que abandonar el casino de Biarritz por la puerta trasera porque no podíamos pagar las consumiciones. 
 
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Las apuestas más duras son, sin embargo, las que uno pierde contra uno mismo. Una vez aposté cuatro años de mi vida a que se haría justicia a un muchacho y no lo logré. Otra aposté por un hijo que no tuve. En una ocasión comprometí mi palabra por un amigo que no lo era. Aposté por un hombre y lo perdí. Hubiera dado todo lo que tenía por sacar a mi padre del hoyo y me respondieron que el dinero no era digno adversario de la muerte.