viernes, 19 de octubre de 2012

Anoche soñé (4). El confín.

Foto: David Chim Seymour
 
En el centro de la sala, a pocos centímetros del suelo, hay una bandeja circular de cobre de las que acostumbran a utilizar en los países árabes. Y en ella, la única bebida que se ofrece: un té verde cuyos vapores inundan el espacio de un olor dulzón (pero con un deje amargo en la última aspiración, como si estuviese indeciso sobre su sabor final). La anfitriona es una estrafalaria dama en la cincuentena, dueña de un palacio en Venecia. Que es donde, traída por no sé qué (des)propósito, estoy yo.
 
Me mantengo en un discreto segundo plano, intercambiando obligadas galanterías en un babel de lenguas en el que predomina un idioma que a veces me parece italiano moderno y otras una vulgarización del latín. Por fin se presenta el invitado al que (al parecer) estábamos esperando: un violinista. El concertino desentona con el boato general de la reunión: además de presentarse en pantalones cortos y camiseta, atraviesa a grandes pasos la sala con un perro pastor de dudoso estado de salud y mirada torva. Tampoco es que yo vaya au dernier cri; de hecho, estoy desnuda e indecisa sobre si esta forma de presentación en sociedad era lo que justamente se esperaba de mí o si, por el contrario, desentono. La segunda hipótesis va ganando rápidamente terreno. Por suerte, cuando mis sospechas empiezan a transformarse en angustia alguien me toca el hombro y es mi amigo L. Siento un gran alivio.
 
PJ: Oye, ¿por qué no has venido desnudo?
L: Nadie me avisó. ¿Debería haber venido en cueros?
PJ: Eso creía yo. Pero mira.
 
Barre la sala y no encuentra a nadie que no vaya elegantemente vestido, con la salvedad del violinista y su sarnoso can.
 
L: Bueno, no te preocupes. Larguémonos de aquí. Quiero enseñarte algo que he descubierto por el camino.
 
Andando por las calles de Venecia voy recogiendo prendas de vestir que encuentro en sitios insospechados (la terraza de un café, un aparcamiento para bicicletas, una papelera).
 
PJ: ¿Qué es?
L: Un manantial que desemboca en una laguna y lleva hasta Argentina, pero por el otro lado.
 
Le he entendido a la primera: si buceamos hasta el fondo de esa laguna, lo atravesamos y volvemos a nadar hacia la superficie apareceremos directamente en Buenos Aires. Lo que cabría esperar, vamos. El manantial llega hasta la laguna en tres saltos que puedo ver desde su cabeza. No parece muy peligroso dejarse caer sobre él, pero advierto a L. de que a la altura del segundo salto hay una enorme plancha de cristal con la que podríamos herirnos. Vamos allá, me dice.
 
 
 
 
Vamos allá, pero la que salta soy yo. El agua está como a mí me gusta, caliente. Un azul inmaculado rodeado por montañas color teja por tres de sus costados. Porque el cuarto parece desvanecerse en un mar sin fín. Por un momento me da tiempo a pensar en lo imprevisible que es la vida: hace un rato estaba en Venecia, ahora estoy en el Cañón del Colorado (pero no, no lo es, me recuerdo: éste es el confín del mundo, por eso comunica todas las partes de la Tierra) y en unos minutos apareceré en el Cono Sur. A voz en grito, porque L. sigue muchos metros más arriba y porque el agua en cascada ahoga las palabras, se desarrolla la conversación final:
 
PJ: ¿Bueno qué, no te tiras?
L: No, sal. Mejor vamos por el otro camino.
PJ: ¿Qué otro camino? No vamos a encontrar uno más corto que éste.
L: Estoy pensando: ¿te acuerdas del sueño del tigre?
PJ: Claro.
L: Bueno, pues éste era el lugar. Aquí es donde está el tigre albino que vive en el agua.
 
El argumento es contundente. El tigre marino, con el que nos habíamos cruzado en otro sueño, es el animal más temible del planeta; un encuentro con él es sinónimo de muerte.
 
Suena el teléfono. Me levanto y camino hacia él en un duermevela; me cuesta creer que estoy aquí, en tierra seca, y que no hay tigres, ni terrestres ni marinos, en el salón.