miércoles, 31 de octubre de 2012

Inmortalidad (1)




El fragmento, atribuido a Adriano, es muy conocido desde que Yourcenar lo recogiera en las últimas páginas de la autobiografía ficticia del emperador:


Animula vagula, blandula,
hospes comesque corporis
quae nunc abidis in loca
pallidula, rigida, nudula,
nec, ut soles, dabis iocos.


Nora Sawyer, tomándose algunas licencias, hace la siguiente traducción al inglés:


Pale little vagrant soul,
my body's guest and friend,
where are you off to now,
pale, cold, and naked,
bereft the jokes we used to share?
 

Al español, mi posible versión, conservando los diminutivos (ula) del latín, ausentes en muchas traducciones:


Almita, mi pequeña y tierna vagabunda,
huésped y compañera del cuerpo,
ahora te alejas hacia lugares
pálidos, lóbregos y desnudos
donde ya no podrás bromear como solías.
 
 
***

En Beyond the paleTom Clark, gran poeta y mejor persona, ha rastreado  la influencia que estos cinco versos han tenido en la literatura posterior anglosajona. Tom me ha dado permiso para traducir al español su entrada [entre corchetes, la traducción de las citas que incluye Tom, a veces mía y otras de quien indico]:

"Hasta el momento, creo que la versión de 'animula vagula, blandula' más conmovedora es la versión francesa en prosa: la de Marguerite Yourcenar en el sobrecogedor pasaje final de su novela Memorias de Adriano. En este pasaje, Adriano ha sido trasladado a Baiae para estar junto al mar, donde se espera mejore de sus problemas respiratorios; sin embargo, el viaje en medio de un caluroso julio ha sido un suplicio, y ahora el fin está próximo. Un pequeño grupo de íntimos le rodea. Aunque su conciencia se apaga poco a poco, tiene aún tiempo de sentir en sus dedos las tiernas lágrimas de un amigo, recordándole con su dolor que "hasta el fin, Adriano habrá sido amado humanamente" [de la traducción de Julio Cortázar]. Es en este momento de la magistral autobiografía ficticia cuando M.Y. hace a Adriano recitar en voz baja, como para sí mismo, el fragmento que se ha hecho famoso como 'animula vagula, blandula' [traducción de Cortázar]:

Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos, desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante iremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver... tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos...

Yourcenar trabajó durante más de tres décadas en su novela sobre Adriano, empezando en 1924 cuando era una joven de veinte años, destruyendo muchos de los primeros borradores y no pocos de los posteriores, abandonando el proyecto y volviendo una y otra vez sobre él hasta fecha tan tardía como 1958 para añadir nuevas reflexiones que forman parte del relato de esta tan impersonal labor de escritor tanto como las líneas de Adriano son parte de su prácticamente desconocida vida personal (de todo lo que realmente sabemos de ella).

M.Y. señala, reflexionando sobre su temprano presentimiento de que esta vida romana podía llevarla a su propia vida de escritora: "No tardé mucho tiempo en darme cuenta de que me había embarcado en la vida de un hombre excepcional. Desde entonces, aún un mayor respeto por la verdad, una atención más cuidada y, por mi parte, aún más silencio".

 
En un maravilloso ensayo titulado "Tono y lenguaje en la novela histórica" [incluido en El Tiempo, gran escultor], Yourcenar habla de la dificultad de comprender las entonaciones e inflexiones del habla en la oscuridad de los siglos perdidos. Sus observaciones sobre la construcción de una "voz" para Adriano son fascinantes; ponen de relieve el ingente trabajo (y riesgo) de invención y especulación que son parte de la carga de todo traductor serio. Conservamos fragmentos documentales, como indica Yourcenar, pero ["no nos queda nada, o prácticamente nada, de estas inflexiones, esas corcheas, esas medias sonrisas elocuentes que sin embargo pueden cambiarlo todo]".

Por lo tanto, dice, en su novela optó ["por hacer que Adriano emplease una forma dignificada de expresión ...[un] estilo sostenido, mitad narrativo, mitad meditativo, pero siempre esencialmente escrito..."]". 

jueves, 25 de octubre de 2012

Las identidades de PJ

 
 
 
 
No son muchos, pero en ocasiones hay gente que escribe al correo (al del Pirata) preguntándome por mi verdadera identidad. La mayoría son personas que se interesan -qué extraña atracción despliega el Mal- por datos concretos de las entradas que tratan sobre nazis (Barbie, Amon Goeth, Sandberger y demás). Como si se resistiesen a otorgar crédito a la información si no pueden comprobar quién la transmite o la comenta. Entonces me divierto inventando identidades varias. El comienzo y el final son siempre idénticos. Aquí van las tres con las que he jugado:
 
***
 
Pirata Jenny es X. [nombre ficticio]. Soy un hombre noruego de sesenta años postrado desde hace quince, por causa de un desgraciado accidente de caza, en una silla de ruedas. Mi esposa decidió entonces que nos trasladásemos a vivir a Costa Rica, sin que yo me encontrase en disposición de oponerme a su deseo debido a mi estado de dependencia. Escribo desde entonces con una sola mano (que además es la derecha, siendo yo un zurdo no reconducido) y por ello espero sabrá disculpar la tardanza de mi respuesta. Desde el porche que baña la selva veo pasar todo tipo de animales (aves exóticas, insectos, pequeños mamíferos) excepto, hélas, mis amados alces, causa de toda mi dicha pasada pero también del mal que hoy me aqueja.
 
Respecto a la información sobre Y. [nazi], sólo puedo decirle que procede de un octogenario sospechosamente rubio (y sospechosamente senil) que tuve por vecino durante los cuatro meses que viví en San José, antes de trasladarme (de que mi mujer me trasladara) al centro del país, donde me pudro y desde donde le escribo. 
 
***
 
PJ es X. [nombre ficticio], tiene trece años y ha escrito dos sonatas y una sinfonía, todas ellas estrenadas en Coimbra. Puede decirse que es un músico precoz y aventajado, y por suerte o por desgracia es probable que sus dotes le impidan desviarse del camino de la composición y la interpretación al más alto nivel. Sobre todo, teniendo en cuenta que su especialidad es el oboe (instrumento para el que están escritas las obras mencionadas), lo que elimina muchos de los competidores a los que tienen que enfrentarse, por ejemplo, pianistas, violinistas y hasta violonchelistas. No obstante, a él le gustaría más ser conocido en su país y en Portugal por haber escrito una novela inédita titulada El gran camaleón que, contra lo que pudiera parecer, no trata sobre ningún reptil de grandes dimensiones ni tampoco sobre un político, sino sobre el director de un conocido conservatorio holandés. 
 
Respecto a la información sobre Y. [nazi], sólo puedo decirle que procede de un encuentro casual con un ahorcado en un bosque de la sierra de Aracena, provincia de Huelva (España).
 
***
 
PJ era X. [nombre ficticio] y lamento comunicarle que murió recientemente en alta mar, en una travesía del Atlántico. No se trataba de un marino experimentado que quisiese emular o superar alguna gesta; simplemente tenía pánico a volar. Quien estas líneas le escribe es su hija [nombre ficticio], que sólo hace dos días ha encontrado la paz de espíritu y los días libres necesarios para cumplir su última voluntad. No era otra ésta que ser trasladado, en el formato al que ha quedado reducido, a su patria natal, Suiza, y en concreto al Jura de Vaud, en el que desperdició tantas horas de su juventud. Tal vez pueda deducir por algunos giros de esta carta que mi relación con mi padre no era idílica. Se equivoca.
 
Respecto a la información sobre Y. [nazi], sólo puedo decirle que mi padre era un afamado entomólogo, y que le conoció en una feria de fásmidos que se celebró en Argel en 1972. El azar quiso que mi padre estuviera en posesión de un codiciado ejemplar de Neohirasea maerens y que Y. tuviera un exceso de Eurycnema goliath en su colección. A mi regreso de las montañas de Vaud estaré en condiciones de avanzarle algunos datos más.
 
 
***
 
Hay gente muy perspicaz que interpreta correctamente estas respuestas. Otra, sin embargo, capaz de descreer de lo que han leído (y podrían corroborar), suspenden su juicio y se rinden al absurdo de las contestaciones. Ésa sería la segunda parte de esta primera parte.

miércoles, 24 de octubre de 2012

El humo de la pólvora

Querido PJ:
 
(...) Porque el océano tiene más de 20 palabras de profundidad. ¿O me equivoco?
 
Besos,
V.
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Querido V.:

(...) Lo que quería decir es que yo no escribo para desahogarme, aunque pocas cosas me alivien más que escribir. Cuando hablo de "desahogo" no me refiero sólo a una forma de acelerar la cicatrización de heridas, antiguas o aún en carne viva, sino a la necesidad de dar escape a mi imaginación, de devolver un poco de reposo a ese lugar en que si no seguiría interminablemente flotando el humo de la pólvora. Fíjate, imaginación, imagen (representación) comparten la misma raíz que imitar (remedar) y que magín.
 
(...) Desde pequeño he sido consciente de que mis representaciones de lo que me rodeaba eran, en términos cualitativos (y estadísticos), extrañas, y en términos cuantitativos, excesivas. Hasta la adolescencia tuve un amigo imaginario (otros niños los tienen, desde luego, pero suelen abandonarlo en una de las últimas bifurcaciones del camino por el que se abandona la infancia). Tan real y determinante era para mí su existencia que mis padres consultaron preocupados a un psicólogo infantil, quien me hizo todo tipo de preguntas sobre él que yo contesté larga y pormenorizamente. Los intentos por "curarme" sólo lograron que su figura creciese más y más al seguro resguardo de mi mente.
 
(...) Pero escribo también para tener un vínculo con los demás (aunque sea un vínculo en que yo esté trascendido, desaparecido, donde ya no importe cuál fue el origen de las palabras). Y de ahí lo de publicar, que los poemas se las bandeen sin mí. Ya, tienes razón: en ese caso la poesía no es el mejor género y debería dedicarme a hacer videoclips, por ejemplo. Pero resulta que no sé, ni quiero, ni me gusta. Así que he decidido hablar el idioma que me gusta, y me importa poco si sólo puedo comunicarme con dos docenas de personas que aún saben expresarse en él, o al menos leerlo. Tampoco me importa mucho que tal vez no sea el idioma en el que más cómodo me encuentro. Dios sabe por qué el pintor que tiene dotes para el paisaje se obceca en el retrato, o por qué yo, que tal vez hubiera podido ser más fino con las matemáticas, me he empeñado en las letras.
 
(...) ¡Inseguridades estéticas, dices! Si yo te contara... Créeme si te digo que no tengo perspectiva para saber si lo que escribo es decente o deleznable. He recibido feedbacks de todo tipo (la mayoría buenos, para qué ocultarlo; pero lo contrario sería alarmante, pues casi todos los destinatarios son de mi confianza). Sin embargo, a la decepción o el entusiasmo iniciales que me provocan sucede invariablemente el escepticismo. La publicación de x en la C.P.R. me ha convencido de la necesidad de salir fuera del país, con los graves inconvenientes de traducción que plantea (soy incapaz de hacerlo yo mismo), pero no han acabado, ni muchísimo menos, con mis dudas. 
 
(...) Traduzco durante horas interminables, sólo por culpa de mi escasa capacidad de concentración a medio plazo. Me distraigo con el vuelo de una mosca. La mosca no tiene por qué tener alas ni sobrevolar mi espacio aéreo sin autorización; puede revolotear invisible dentro de mi cabeza (magín) hasta obligarme a dejar el texto y zumbarle fuerte para que se pose de una vez. Cada hoja traducida me permito leer una página de lo que me traiga entre manos (en estos días, la correspondencia entre Tranströmer y Bly, ya te contaré).
 
Besos,
PJ

martes, 23 de octubre de 2012

Varia

 
 
Ha llegado a mis manos, al fin, la correspondencia entre Tomas Tranströmer y Robert Bly. Mala cosa, no logro concentrarme en el trabajo; mi productividad está en caída libre desde que se ha instalado a la izquierda de mi ordenador. He tenido que llegar a un pacto conmigo mismo: cada tres párrafos vertidos al español, tengo derecho a leer una página. U-n-a. De este convenio no sale bien parada ni la traducción ni la lectura.
 
No soy devoto de Tranströmer. En realidad, sólo "Paso de patones", con la imagen de la naturaleza bajo el asfalto
 
 
"En torno a mí hierve toda la fuerza de la calle
que nada recuerda y nada quiere.
Muy por debajo del tráfico, en la tierra espera
el bosque no nacido, inmóvil por mil años".

 
ha logrado sacudir algo dentro de mí. Sin embargo, me interesaba mucho la apuesta que hizo Bly comenzando en 1958 (a través de The Fifties, que luego en mudó en The Sixties y más tarde en The Seventies). Se trataba de despojar la poesía americana de la influencia "inglesa", del intelectualismo, de su metafísica, y volver a hacer hueco a una escritura más elemental y sensorial. Volver también a recuperar el lenguaje metafórico más puro y musical.
 
 
***
 
Leyendo a la mayoría de los poetas americanos contemporáneos, no parece que Bly, Duffy y cía hayan tenido éxito (Ashbery -y sus imposibles imitadores-, una hiperreacción que no es de mi agrado, no cuenta). La poesía que se escribe se ha alejado, sí, de la alargada sombra de Eliot (inglés en América) y Pound (americano en Inglaterra), pero no para volver a la senda que ellos imaginaron. Hay mucho más subconsciente. Pero las formas no acompañan: se han quitado el traje del intelectualismo para arroparse con un estilo prosaico que recuerda mucho al de la tradición cuentista americana. Un estilo que admiro en los relatos de Carver, pero que me aburre en su poesía.

¿Dónde, si eso es lo que se pretendía, quedan Trakl, Vallejo o Montale?


***

El Talmud, dice Bernard-Henri Lévy en una entrevista, es una máquina de antifanatismo. No es posible ser un fundamentalista si se estudia el Talmud, porque en él se disuelve la idea misma de una verdad única, irrebatible y tan sagrada que en su nombre puedan cometerse actos de barbarie. El día en que los musulmanes tengan un texto de similares características (y una tradición hermenéutica basada en el estudio y la polémica permanentes) habrán acabado con el islamofascismo. ¿Pero es probable que eso suceda? Me temo que no. El cristianismo carece también de un libro como el Talmud, pero tuvo la suerte de que su mayor arraigo tuvo lugar en una parte del mundo que llevaba seis siglos de helenismo (más, si sumamos la herencia romana) a sus espaldas.
 
 
*** 
 
Con los años he llegado a hacerme con una colección decente de música brasileña. Es decir, de Música, con mayúsculas, pues no creo que haya un solo país del mundo donde coexistan una pasión tan generalizada, compositores e intérpretes de tanta calidad y variedad, y tantos puentes abiertos entre los músicos. Brasil es el paraíso de la música, y aquí va una de las primeras canciones que me lo descubrieron: "O ciúme" [Los celos].

Hay decenas de versiones (literalmente). Aquí, la luminosa interpretación de Ney Matogrosso con su hermosa voz de sopranino. Hay versiones más negras: la de Maria Bethania, tal y como la cantó en abril de 2008 en el concierto que dió con Omara Portuondo en Salvador de Bahía. Pero no estoy ahora para esos trotes. Los días amanecen amables y risueños y quién soy yo para no devolverles la sonrisa.


video
 

lunes, 22 de octubre de 2012

Vaya tropa

(Escrito hace dos años y medio, el 3 de febrero de 2010. Hoy añadiría alguna cosa, pero no cambiaría una coma).
 
Entre los burbujistas, una tropa embrollona, desigual y verbosa que se reúne desde hace seis años en un rincón de la Red, la Generación T es la compuesta por los nacidos entre 1940 y 1955. El gurú de esta tropa, escondido bajo los nicks ir-, pisitófilos creditófagos y otros que tal vez no se le conocen, los llama también los supercincuentones zampalangostinos.

En la Generación T, cada quien es hijo de su padre y de su madre. De la pequeña burguesía de provincias, los más, pero los hay también de la grande y de los inmigrantes que abandonaron en la posguerra la España rural para hacinar los barrios de ladrillo visto, terrazas cerradas y portales de gres de las ciudades. Unos y otros se beneficiaron, primero, de la expansión económica de (y desde) finales de los cincuenta y, luego, de las grietas profesionales, políticas y artísticas que fueron abriéndose a medida que se pudría el régimen. Jóvenes, con apenas la edad a la que la generación siguiente tuvo que sacrificar sus anhelos y sus proyectos a un contrato temporal, un salario mezquino y un cuchitril prohibitivo, pasaron a integrar los cuadros de periódicos, editoriales, partidos políticos, garitos empresariales y universidades. Y allí siguen.
 
La Generación T se arroga también el dudoso mérito de haber gestado la Transición. Es difícil dar con uno de ellos que no haya pernoctado alguna vez en los sótanos de la DGS, cruzado la frontera pirenaica para ver a Brando sodomizado por un dedo untado de mantequilla, corrido delante de los grises por la calle de la Princesa o agitado su puño cerrado en el recital de Raimon. Por no hablar de sus proezas sexuales y artísticas.
 
De triunfo en triunfo, montada a lomos de la oportunidad que el destino hurtó a sus padres, en algún momento de los ochenta la Generación T cambió el pie, devaneó con la integración europea y atlántica, coqueteó con las arengas en que brillaban los argumentos del gap de productividad, el control de la inflación y la moderación salarial, empezó a interesarse por los arcanos de la Bolsa y descubrió que el mercado de la vivienda podía ser tan rentable y líquido como el que más. Los hijos de la Generación T, bien formados y más viajados, los que hubieran debido tomar el relevo si de europeizar el país realmente se tratase, contemplaron aturdidos el tránsito del discurso de lo ideal al discurso de lo posible, y de éste al discurso de lo real.
 
La Generación T soflama a las que la sucedieron porque, opina, descreen de la política, se resisten a abandonar la guarida y carecen de ambiciones profesionales. Mientras, extiende la mano para complementar sus sueldos con los alquileres de sus pisos o disfruta de sus generosas pensiones a costa de los salarios de los jóvenes y no tan jóvenes trabajadores mileuristas. Vaya tropa.
 
Como dice el gurú, no permitan que les den a ustedes el salariazo sin darles ustedes el pensionazo.

sábado, 20 de octubre de 2012

Perder la memoria

En la línea de Steiner (Real Presences) y de Finkieltraut (La derrota del pensamiento), toutes proportions gardées, hace unos días me topé con "La insoportable levedad de la libertad" (José María Álvarez, a quien sólo conocía como traductor de Kavafis y autor de un libro perdido en la biblioteca de mis padres al que nunca hinqué el diente, Museo de cera). La base son las conferencias dictadas un verano (2003) en El Escorial, así que no destaca particularmente por su buen orden. No obstante:
 
"Si esta sociedad, la Democracia de Masa, persiste, no creo que sobrevivamos. Y sin duda es ella la que va a sobrevivir. Y en esta sociedad no habrá poder creador. Estamos contemplando ese desolado paisaje. Puede que aún se siga representando a Shakespeare, y la gente irá a los museos. Tácito y Montesquieu, “la cultura entera” -¡hasta los filósofos griegos! ¡Y Schopenhauer!-, música, etc... están hasta en los quioscos... junto a Cosmopolitan, o Playboy. Pero un Shakespeare “democrático, “solidario”, “políticamente correcto”, limpiado, disecado, ante un auditorio sin vinculaciones emocionales con lo que se representa. Contemplarán El rey Lear o Hamlet como pueden asistir a un concierto de Sabina. Pasearán por los museos como el que se pasea ante un acuario muerto. Ya sin lazo con la vida. Un entretenimiento, y sin duda, programado: por la mañana aeróbic y shopping, por la tarde La traviata y por la noche cena turística. Y todo sin excesos.

Durante un tiempo aún se mantendrá -como rarezas, incluso como un consumo de buen tono, dentro de lo que ahora se llama “calidad de vida”- todo esto. Pero dudo que en esa sociedad pueda madurar un Mozart, un Rilke, un Rafael, un Leonardo. Y a la larga, exangüe, inane, también esa sociedad sucumbirá. Porque lo que cada época ha llegado a ser, el horizonte de sus ilusiones, el legado común de la Humanidad, vivía, paradójicamente, en la altura donde habían colocado el listón de nuestros sueños esos artistas marginados y marginales. Porque, como dijo Hugo, contienen lo ignorado.

Porque Beethoven o Borges, Stendhal o Baudelaire, no son, en ese legado, sólo música o literatura. Significaban también que había una sociedad palpitante donde su obra florecía. Ningún deseo social ni decisión de las instituciones pueden hacer que se produzca un Mozart o un Plutarco. Sólo en un mundo libre en su alma - aunque padezca los rigores de una tiranía-, donde habita la primacía de lo mejor sobre lo peor, en todos los órdenes y en el corazón, en todos los órdenes y en el corazón de sus hijos, sólo allí pueden darse esos ilustres alumbramientos.

Con su luz gozará una parte de esa sociedad, un número limitado de seres humanos -y aquí sí que en su incremento pueden influir los logros de una Educación mejor-, pero lo que emana de esas exigencias produce el mejoramiento de toda la sociedad. Porque los más profundos mensajes de tolerancia y comprensión, la busca de lo excelente, de sueños, de imaginación, de libertad, es en sus obras donde anidan, donde nos aguardan, donde nos hacen mejores. Porque esos “pocos” son la carne de la Civilización, de la única, desde el primer vagido.

No quiero entrar en el análisis de lo que acaso, con la destrucción de la Enseñanza, sea el abismo bestial desde donde nuestra sociedad ha decidido suicidarse: el asolamiento de las grandes lenguas, nuestro español, el inglés, el francés, el alemán, etc. Proceso astutamente vinculado a la degradación del ser humano, y que iniciado por comunistas y nazis, alcanza en la Democracia de Masas sus más pérfidas y salvajes conclusiones. Sería tema para un curso entero.

Creo que muchos de nosotros debemos acostumbrarnos a que seremos zombis en un mundo ordenada e igualitario, y muy infantilizado, absolutamente controlado por la televisión u otros inventos que vengan acaso más decisivos. La barbarie en sus múltiples formas, nacionalismo, multiculturalismo, posmodernismo, Izquierda en cualquiera de sus formulaciones, ha triunfado sobre la Cultura. Su labor de destrucción es inexorable. Los asesinos de la Cultura ya están instalados. Preparan, aunque algunos no lo hagan voluntaria o conscientemente, el camino a los asesinos de personas. Como escribió Nadiezhda Mandelstam,llena de horror me decía a mí misma que entraríamos en el futuro sin testigos capaces de testimoniar lo que fue el pasado. Tanto fuera como dentro de las alambradas, todos habíamos perdido la memoria”. 

viernes, 19 de octubre de 2012

Anoche soñé (4). El confín.

Foto: David Chim Seymour
 
En el centro de la sala, a pocos centímetros del suelo, hay una bandeja circular de cobre de las que acostumbran a utilizar en los países árabes. Y en ella, la única bebida que se ofrece: un té verde cuyos vapores inundan el espacio de un olor dulzón (pero con un deje amargo en la última aspiración, como si estuviese indeciso sobre su sabor final). La anfitriona es una estrafalaria dama en la cincuentena, dueña de un palacio en Venecia. Que es donde, traída por no sé qué (des)propósito, estoy yo.
 
Me mantengo en un discreto segundo plano, intercambiando obligadas galanterías en un babel de lenguas en el que predomina un idioma que a veces me parece italiano moderno y otras una vulgarización del latín. Por fin se presenta el invitado al que (al parecer) estábamos esperando: un violinista. El concertino desentona con el boato general de la reunión: además de presentarse en pantalones cortos y camiseta, atraviesa a grandes pasos la sala con un perro pastor de dudoso estado de salud y mirada torva. Tampoco es que yo vaya au dernier cri; de hecho, estoy desnuda e indecisa sobre si esta forma de presentación en sociedad era lo que justamente se esperaba de mí o si, por el contrario, desentono. La segunda hipótesis va ganando rápidamente terreno. Por suerte, cuando mis sospechas empiezan a transformarse en angustia alguien me toca el hombro y es mi amigo L. Siento un gran alivio.
 
PJ: Oye, ¿por qué no has venido desnudo?
L: Nadie me avisó. ¿Debería haber venido en cueros?
PJ: Eso creía yo. Pero mira.
 
Barre la sala y no encuentra a nadie que no vaya elegantemente vestido, con la salvedad del violinista y su sarnoso can.
 
L: Bueno, no te preocupes. Larguémonos de aquí. Quiero enseñarte algo que he descubierto por el camino.
 
Andando por las calles de Venecia voy recogiendo prendas de vestir que encuentro en sitios insospechados (la terraza de un café, un aparcamiento para bicicletas, una papelera).
 
PJ: ¿Qué es?
L: Un manantial que desemboca en una laguna y lleva hasta Argentina, pero por el otro lado.
 
Le he entendido a la primera: si buceamos hasta el fondo de esa laguna, lo atravesamos y volvemos a nadar hacia la superficie apareceremos directamente en Buenos Aires. Lo que cabría esperar, vamos. El manantial llega hasta la laguna en tres saltos que puedo ver desde su cabeza. No parece muy peligroso dejarse caer sobre él, pero advierto a L. de que a la altura del segundo salto hay una enorme plancha de cristal con la que podríamos herirnos. Vamos allá, me dice.
 
 
 
 
Vamos allá, pero la que salta soy yo. El agua está como a mí me gusta, caliente. Un azul inmaculado rodeado por montañas color teja por tres de sus costados. Porque el cuarto parece desvanecerse en un mar sin fín. Por un momento me da tiempo a pensar en lo imprevisible que es la vida: hace un rato estaba en Venecia, ahora estoy en el Cañón del Colorado (pero no, no lo es, me recuerdo: éste es el confín del mundo, por eso comunica todas las partes de la Tierra) y en unos minutos apareceré en el Cono Sur. A voz en grito, porque L. sigue muchos metros más arriba y porque el agua en cascada ahoga las palabras, se desarrolla la conversación final:
 
PJ: ¿Bueno qué, no te tiras?
L: No, sal. Mejor vamos por el otro camino.
PJ: ¿Qué otro camino? No vamos a encontrar uno más corto que éste.
L: Estoy pensando: ¿te acuerdas del sueño del tigre?
PJ: Claro.
L: Bueno, pues éste era el lugar. Aquí es donde está el tigre albino que vive en el agua.
 
El argumento es contundente. El tigre marino, con el que nos habíamos cruzado en otro sueño, es el animal más temible del planeta; un encuentro con él es sinónimo de muerte.
 
Suena el teléfono. Me levanto y camino hacia él en un duermevela; me cuesta creer que estoy aquí, en tierra seca, y que no hay tigres, ni terrestres ni marinos, en el salón. 

martes, 16 de octubre de 2012

Apuestas




Soy desde pequeño muy aficionado a apostar casi por cualquier cosa y a cambio de cualquier premio. Mi primera apuesta sonada, que aún sale a relucir en los encuentros con los viejos compañeros de escuela, la gané comiéndome un gusano de seda con sobrepeso ante la mirada atónita de quienes se habían jugado cinco pesetas a que no lo haría. El premio, cuatro hermosos duros con la cara fofa del Generalísimo con los que pude abastecerme de paloluz y pastillas de leche de burra como para pasar una guerra. También gané la que consistía en colocar un cubo lleno de agua en el ángulo que formaban la pared de la clase con su puerta de entrada, con la consecuencia de rigor en cuanto el profesor la abriese de par en par, y la de llenar la servilleta del director de hormigas, convenientemente incentivadas a permanecer en la tela por un puñado de azúcar. Cobré, en todos los sentidos.
 
Esta racha ganadora me hizo creer que todo el mundo era orégano, y perdí inevitablemente un órdago valorado en una cantidad estratosférica de la que no disponía. ¿Fue una manifestación de pensamiento mágico o un ataque de megalomanía lo que me hizo jurar que todos los días me acompañaba a la escuela de un cachorro de león? Fuese lo que fuese, no fui capaz de demostrar su improbable existencia y adquirí con los incrédulos una deuda en especie (dos barras de regaliz negro y media docena de caramelos Solano a la semana durante un mes) que ni siquiera recuerdo cómo logré pagar.

Toda mi infancia me la pasé ganando y perdiendo objetos de deseo: navajas, cromos, canicas ojo de gato, balones, chapas forradas, tirachinas. Y reputación. Quiero creer que al menos respecto a esta última el balance final estuvo equilibrado, puesto que sigo manteniendo relaciones estrechas con mis rivales de juego, que deciden hoy si entrar o no al trapo de mis envites en función del grado de ebriedad de la reunión.
 
***
 
Durante la adolescencia la naturaleza del juego cambió. Recuerdo dos victorias históricas. En la primera de ellas jugaba con bien disimulada ventaja pues, gracias a la pasión de mi padre por los caballos, que a punto estuvo de provocar su divorcio en varias ocasiones, conocía bien al animal. En el galope, hay un instante en que ninguna de sus cuatro patas toca el suelo. Cinco mil pesetas que gasté esa misma noche en invitar a los perdedores a un desenfreno de cervezas, marihuana, flippers y futbolines en los billares de Perón y taxis de vuelta.
 
La segunda me convirtió de la noche a la mañana en millonario cuando atravesé desnudo la Plaza del Dos de Mayo, toqué a modo de prueba el monumento a Daoíz y Velarde y regresé con parsimonia al bar en cuya puerta se agolpaban amigos y testigos ocasionales. Cien mil pesetas de mediados de los noventa, un sueldo entero. El ascenso social fue tan súbito como la posterior caída, pues la semana siguiente perdí tres cuartas partes del premio llevado por la premonición de un amigo, que siguió creyendo con fe ciega en el 21 hasta que nos arruinamos y tuvimos que abandonar el casino de Biarritz por la puerta trasera porque no podíamos pagar las consumiciones. 
 
***
 
Las apuestas más duras son, sin embargo, las que uno pierde contra uno mismo. Una vez aposté cuatro años de mi vida a que se haría justicia a un muchacho y no lo logré. Otra aposté por un hijo que no tuve. En una ocasión comprometí mi palabra por un amigo que no lo era. Aposté por un hombre y lo perdí. Hubiera dado todo lo que tenía por sacar a mi padre del hoyo y me respondieron que el dinero no era digno adversario de la muerte.
 
 
 

domingo, 7 de octubre de 2012

Barrio (1)



Suelo encerrarme en la calle a partir de las ocho de la tarde. ¿Por qué? Porque en nada encuentro más placer que en observar a la gente. Podría pasar horas y horas en una terraza atento al tumulto humano, tratando de imaginar vidas ajenas a partir de gestos, acentos, indumentaria, marca de cigarrillos y conversaciones fragmentarias. Hasta este jodido pueblo produce una galería de homínidos que merecen ser llevados al papel.

Hace casi cinco años comencé a tomar notas nacidas de este vicio antropológico. Desde entonces, han muerto algunos de los ejemplares observados y han llegado otros nuevos dignos de consideración y estudio.

 
***

Medina el facha. Este curioso ejemplar de español cuarentón inicia siempre sus conversaciones advirtiendo de que acaba de renovar su permiso de armas. Por si las moscas, aclara. Las moscas, se entiende, son esas hordas rojas que visitan sus pesadillas igual que a los pocos legionarios romanos supervivientes del desastre de Teutoburgo se les aparecían los queruscos encabezados por Arminio. Medina y yo hemos sido grandes enemigos silenciosos. Nos mirábamos torvos, girábamos la cabeza hacia otro lado para evitar el saludo. Pero el Atleti  apaciguó a los irreconciliables. A pesar de que su permanente ebriedad hace difícil sostener con él no ya una conversación incoherente, sino un mero intercambio de cortesías, cuando bajo a reponer tabaco suelo cruzar algunos sonidos con él. 
 
Se tambalea junto a un barril que hace las veces de mesa, las mejillas encendidas, la nariz una ciruela pruna, la lengua reacia a obedecer a su cerebro (o tal vez lo contrario). Voy a donar todos mis órganos cuando la palme, me dice hoy.
 
- Pero qué dices, Medina, si tu cuerpo es un puro desperdicio.
- Mi cuerpo no: en todo caso mis ojos. Pero ¿qué me dices de cómo me aguanta este hígado?
 
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Como dice Hernán Casciari, los españoles nunca nos preguntamos por el por qué de las cosas, sino por el qué, el quién y, todo lo más, por el dónde y el cómo. He aquí un ejemplo palmario de nuestra particular disposición mental. 
 
Tito, el encargado del restaurán gallego, se ha corrido la voz, ha adquirido una parcela en la luna. Brasileños, argentinos y chilenos son los principales compradores de los terrenos que ha puesto a la venta Dennis Hope. Pero es que Tito, gallego como su negocio, vivió diez años en Buenos Aires y lleva algún virus patagónico en la sangre. Acudo raudo al restaurante, me siento en un taburete alto detrás de la barra y espero un descuido para asaltarle con la pregunta que me obsesiona: por qué. Pregunta a la que responde con qués, cuántos, cómos:
 
- Como no me fiaba del Hope ése, me enteré de que existía una empresa de toda confianza: Moonestates.
- ¿Pero por qué se te ocurrió la idea?
- Se me ocurrió y dudé mucho si comprar media hectárea o cinco hectáreas. Al final decidí que media, porque no lo veía claro. Compras el solar pero no puedes elegirlo, te lo asignan. A mí me tocó uno en el Monte Moro. Resulta que es una zona que está muy bien, al lado de un mar y tal, pero ¿yo que sabía que me iban a dar ésa?
- ¿Por qué dices que el Monte Moro es una buena zona? ¿En qué sentido?
- En el sentido de que no llegó a veinte euros, con certificado y todo; título de propiedad formal, vaya. A ver qué suelo compras por ese precio en España. Ni en el Congo, para el caso. Y encima allí andan todo el día a machetazos y en la Luna no hay ni Dios.
 
Como si tuviera intención de trasladarse con la familia allí en un futuro muy próximo y la ausencia de inseguridad ciudadana fuera un argumento de peso.
 
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Luz, la astróloga autodidacta, tiene toda la dentadura llena de oscuras ausencias. Fruto, según ella, de una paliza que le dió "el difunto" (que en realidad sigue vivito y coleando en Salvador de Bahía). Pero Luz, me he dado cuenta, posee una imaginación portentosa, y una tendencia a fabular su vida y las ajenas, por lo que he de dejar esta hipótesis en suspenso. Por lo demás, tiene los ojos más negros que he visto nunca y un moño alto que le hace guardar cierto parecido con Marge Simpson, si no fuera porque también es de ese improbable color azabache y lo sujeta con un lápiz. Así como Medina anuncia siempre a modo de primer contacto el calibre de su arma, Luz informa puntualmente a principios de cada mes a sus interlocutores sobre los principales tránsitos planetarios.
 
Este mes Venus pasa por tu quinta casa. Sonríe como si me hubiera tocado un buen pellizco. Como eres Aries, ascendente Aries, eso significa que este mes puedes encontrar al gran amor de tu vida. O follar mucho. Pero mucho y bien, no en plan chungo. Y también que vas a jugar con niños, que los niños van a ser una presencia muy importante en tu vida todo el mes.
 
Me pregunto cómo voy a tener tiempo para lo primero si ando tan liado como prevén los astros con mis obligaciones paternales.