sábado, 22 de septiembre de 2012

Viajeros

 
 
Leo los apuntes del viaje a Italia de Sainte-Beuve (Voyage en Italie): "Está bien organizar los viajes como la guerra y no dejar a las tropas un solo día de descanso".
 
Encuentro con un grupo de conocidos de barrio. Las indagaciones de rigor sobre la calidad del veraneo. Tres de ellas han tachado un paisito más en el atlas: Camboya. ¿Por qué Camboya? La respuesta me deja perplejo: el año pasado viajaron a América (Brasil) y el antepasado a África (Mozambique). Cada año, un continente. Pero a nosotras nos gusta viajar por libre, aclara una; nada de excursiones organizadas. Hablar con las gentes, explorar caminos poco transitados, conocer el país por dentro. Eso es lo que cree la mitad de quienes viajan, pienso para mis adentros. Hay muchos tipos de turista, y uno de ellos es el que se tiene por Norman Douglas en la vieja Calabria, Robert Byron en el mítico camino de Oxiana o el Barón Corvo en Venecia.
 
Me muestran, muy a mi pesar, fotos en que aparecen con campesinos de la provincia de Kompung Cham. Una de ellas, todavía aturdida por la indigestión viajera, confunde una ciudad vietnamita con una camboyana, el encuentro con un vendedor callejero en Maputo con el regateo al que sometió a un indígena que vendía llaveros de cuero en un mercado de La Paz, los bailes de la isla de Providencia con los del Ecuador.  En todo caso, está fuera de toda duda que conoce como la palma de su mano dos docenas de aeropuertos. 

Fotos, fotos, fotos. Un viaje a Grecia con un hombre empeñado en ver el Peloponeso a través de una Hasselblad. Un viaje a una Lisboa aún decrépita arruinado por una Nikon. Recuerdo con espanto estos viajes en que mis acompañantes no se separaban de sus cámaras, su mirada sobre las personas, la ciudad, los paisajes, recluida en una forma heredada de ver, condicionada por miradas que fueron de otros o ansiosa por buscar lo que su cerebro ya poseía antes del viaje y quiere traducir a imagen, del mismo modo que las campeonas de la decatlón de aeropuertos internacionales orientan sus pasos en la dirección que le señalan presuntas guías alternativas. Lonely Planet, qué título irónico para un planeta masificado por aborígenes, turistas-viajeros, antropólogos y etólogos en una perfecta simbiosis en que unos hacen de exótico tesoro y otros de audaces exploradores.
 
Hay una segunda razón por la que trato de huir de la reunión. Una de las turistas-viajeras tiene pretensiones artísticas. Es una niña bien que se ha tirado un año sabático en la India. Me cuenta con entusiasmo cómo la fotografía es el único arte que puede representar la naturaleza, la vida, tal como es. No quiero enzarzarme en una discusión sobre la diferencia entre el arte y la industria; sobre cómo esa concepción del arte podría llevarnos a calificar de artístico un laboratorio molecular. Tampoco quiero decirle que en esa fotografía que me enseña como demostración palpable de su teoría no hay ninguna mímesis de lo real, sino el mero reflejo de una conciencia muy poco interesante observando por detrás. No un afán por inmortalizar lo que ha de morir, no el memento mori que quiere ser, sino una forma de deshumanización del retratado, el aspecto depredador de la fotografía del que habla Sontag.