lunes, 10 de septiembre de 2012

Pete y otras notas veraniegas

Foto: San Petersburgo, Serguei Maximishin

Quien regresa de Roma o Palermo, de La Habana o de Lisboa, haciendo ascos a la ciudad por la suciedad o el caos imperantes (frecuentemente hermanos) pierde de inmediato mi respeto como viajante. Me ocurre lo mismo con quien es impermeable a los encantos de San Petersburgo. A esta última se le suele acusar más bien de lo contrario, de ser un pastelito francés horneado a orillas del Báltico. Pues claro: de eso precisamente se trataba, de hacer creer a propios y foráneos que ante la eterna encrucijada Rusia tomaba el camino que conduce al Oeste.

Es cierto que SP es puro artificio. Pero lo que hizo de ella "el lugar más abstracto y premeditado de la tierra" (Memorias del subsuelo) fue precisamente lo que la convirtió en la cuna de la poesía (de Lomonosov a los acmeístas, pasando por Pushkin) y de la novela (de Gogol y Dostoievsky a Zamiatin o Nabokov) rusas. Ese carácter utópico de la ciudad permitió a sus habitantes objetivar su país, enajenarse de él lo suficiente como para poder describirlo. No hay una sola ciudad en el mundo que haya dado tanto bueno a la literatura.

Si sólo hubiera sido esto, tal vez la visitaríamos por mero fetichismo. Pero hay más: desplazada la capitalidad a Moscú, la ciudad quedó inmovilizada, quietos sus canales, avenidas, patios de vecinos, muelles y callejones, inmunes al paso de las estaciones. En una Europa con una población robotizada por décadas de bienestar material y paz social, los mismos lugares con nombres cambiantes engendran generación tras generación la misma variada galería de borrachos, funcionarios, músicos, obreros, poetas, putas y estudiantes que aparecen en los cuentos de Gogol o en la gran novela petersburguiana de Biely. Una ciudad, eso sí, no apta para espíritus medrosos; dura y solitaria.

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La fotografía, decía Cartier-Bresson, consiste en alinear la mente, el corazón y el ojo. Cámbiese el sentido de la vista por el del oído y lo mismo podría predicarse de la poesía, y hasta de la prosa. Aunque ésta tiene otras virtudes y, cuando es por otros conceptos muy buena, puede permitirse el lujo de desafinar; véase Amis.

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Entré en la casa. Todo el piso estaba cubierto por cristales rotos y gruesas gotas de sanguaza que formaban un rastro reconocible hasta una de sus piezas. Lo sigo, y en ella, en silencio, de pie, esperando con tranquilidad mi llegada, hay un hombre. El encuentro no me altera; actúo como si estuviera reconociendo mi propia casa devastada. ¿Quién es usted?, le pregunto. Aquiles. La respuesta me desconcierta por un instante, pero al mirarle a los ojos compruebo que dice la verdad. Es el héroe de Troya, y todos los pantalones vaqueros del mundo y las gafas que lleva no podrían disimularlo ante mis ojos. Entonces paso a tutearle como si de un viejo conocido se tratase. Debería cambiar de tercio, o acabaré por dar estos brincos temporales en plena vigilia.

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Habilidades sociales. Con los años, uno aprende a separar el grano de la paja. Aquí van algunas pistas:
 
  • En las reuniones de gente leída, no se deje amilanar por el name-dropping. Un porcentaje muy elevado de quienes lo practican suelen ser lectores de solapa. Gente que goza de buena memoria, capaz de retener nombres y tramas, incluso de hacer ingeniosas conexiones entre un libro no leído y otro que tampoco. Si por azar conoce usted alguna de las decenas de obras citadas, vaya a la chicha del asunto: pronto descubrirá que son incapaces de articular algo más que un par de obviedades, señal de que el volumen nunca salió del estante de la librería en que fue furtivamente ojeado o, a lo sumo, yace virgen en la biblioteca de su casa.
  • No le impresione quien recita en idioma conocido o desconocido por usted. Hace unas semanas asistí a una cena en que uno de los comensales se lanzó a recitar fragmentos de la Eneida en el original. Como no leo latín, ni siquiera en la estricta intimidad de mis sueños, cerré la boca y me dispuse a aprender, intentando identificar los fragmentos de un libro que conozco como la palma de mi mano. Acabada la exhibición, quise saber hasta dónde conocía (y sentía) lo que había recitado: el showman no distinguía Anquises de Ascanio, los trinacrios de los teucros, las Odas de las Geórgicas ni el estilo de Catulo del de Marcial, y sus nociones de latín eran tan rudimentarias que tendría dificultades en descifrar la inscripción de una columna en el Foro. Por otro lado, era evidente que Virgilio le dejaba frío y que lo único que quería era irse a la cama con servidor@.
  • Desconfíe de quien habla de sí mismo en tercera persona. Quien lo hace suele llevar ya un tiempo construyéndose en ella. En el mejor de los casos, es un indicio inequívoco de decadencia; en el peor, la prueba de que jamás tuvo peso suficiente para ser primera persona. A veces, la tercera persona se nos aparece en un envoltorio consistente en el uso de la primera acompañado de alguna forma de pretérito. No se deje engañar: sigue siendo tercera persona.
 
 
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El trabajo y los desplazamientos me han dejado muy poco tiempo libre este mes. He releído algunas obras de teatro y el Herzog de Bellow, que ha mantenido la alta puntuación que le dí hace años. Poca poesía, pero la poca, de primera. De todo, me quedo con esto:
 
 
Hay que vivir sin imposturas
Vivir de modo que con el tiempo
Nos lleguemos a ganar el amor del espacio,
Y oigamos la voz del futuro.
 
Hay que dejar blancos
En el espacio y no en el papel
Y en los márgenes anotar
Pasajes y capítulos de la vida entera.
 
Debemos sumirnos en el anónimo
Y ocultar en él nuestros pasos
Tal como se oculta el paisaje
Tras una niebla espesa.
 
Otros siguiendo tus huellas, frescas
Recorrerán tu camino palmo a palmo,
Pero tú mismo no debes distinguir
La derrota de la victoria
No debes renunciar ni a una brizna de ti mismo.
Tú debes estar vivo.
Solamente vivir
Hasta el final.
 
 Es otro ruso: Boris Pasternak (y la traducción, de Gabriel Barra).
 
Foto: San Petersburgo, Philip Kalina