viernes, 21 de septiembre de 2012

Memorabilia. Estranha forma de vida



"Ya sé que estos recuerdos no son alegres ni significativos, pero no tengo otros" (Iván Turguénev: Diario de un hombre superfluo).

Qué tendrá la música que fija con tal fuerza los recuerdos.

Llegamos de viaje. Tengo seis años y estoy cansad@. Cinco horas de coche por carreteras regionales y por la nacional con una parada a veces en Oropesa, a veces en el Puente del Arzobispo o en Talavera, cantando la mayor parte del tiempo. De noche, al aparcar junto a la casa de mis abuelos, mi padre me advierte: "Cuando subamos no se te ocurra cantar". Se refiere a parte del repertorio habitual de los viajes. Años después se lo conté a mi abuelo, falangista con carné expedido en Salamanca en el año 32. "Cuando viajaba con ellos, cantábamos el Ay, Carmela, y cuando llegaba el verano y volvía a Extremadura con vosotros tú cantabas Yo tenía un camarada". 

Hacía tanto calor que decidimos dormir al raso en la parte elevada de la plaza de San Jorge, junto a la iglesia. Usamos los sacos como colchones y dormimos sin taparnos. Bien entrada la madrugada, percibo su presencia y abro de inmediato los ojos. Tengo dieciséis años y él unos treinta. Está ahí, de pie junto a mi saco, masturbándose mientras observa fijamente mi anatomía. No estoy asustad@ y decido no despertar a mi acompañante, un par de años mayor que yo, que duerme profundamente. Lo único que se me ocurre decirle es: "¿Te parece que es el mejor momento?". Se marcha y ya no consigo conciliar el sueño, así que decido incorporarme y me acerco a fumar a la balaustrada. Cuando empieza a amanecer escucho a lo lejos La bien pagá.
 
Corría 1989, habían pasado cuatro años desde aquel amanecer con Miguel de Molina de fondo, y desperté una mañana en casa de unos conocidos que compartían piso en Hyde Park. Fuera, la nieve aún inmaculada rebota una luz blanca hacia un cielo altísimo y hace un frío seco, afilado. Alguien ha puesto en marcha una cinta que ante mi entusiasmo terminó en mis manos. Allí están muchos de los que son, aunque yo entonces sólo conozco a Vinicius: Elis Regina, Chico Buarque, Gal Costa, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Paulinho da Viola, Toquinho, Edu Lobo y el que todo lo convierte en oro. Perdí la cinta muchos años después, pero recuerdo las tres canciones suyas que incluía: Travessia, Nos bailes da vida y mi favorita, Coraçao da estudante ("já podaram seus momentos desviaram seu destino, seu sorriso de menino quantas vezes se escondeu"). De aquella mañana nació una afición por la música brasileña que no he abandonado. Pero muchos álbumes y canciones después, mi predilección por él sigue intacta.
 
 
 
 
1994. Después de buscarle habitación por habitación, abriéndome paso entre los demás invitados con la ansiedad adueñándose un poco más de mí a medida que quedaban descartados los espacios, descubrí que se había marchado sin decirme nada. Mascullé no sé qué excusas y me eché a la ciudad a buscarle, como si Montevideo fuera una aldea gallega. Pero yo sabía cuáles eran los boliches que frecuentaba. Inspeccionados éstos, con los celos ya devorándome el alma, bajé hasta el puerto, hasta el barrio de las putas y los chaperos. A las tres regresé hundid@ al apartamento que compartíamos. Al abrir la puerta vi su perfil en la oscuridad. Estaba sentado en una silla. ¿Cuánto llevas aquí? Desde que me fui de casa del Tito. Te he buscado hasta en los muelles. ¿Por qué te has ido? No podía soportar verte hablando con otros. Tenía la cara aún húmeda. Es la única vez que le he cantado a un adulto al oído. Era un conocido fado portugués.