domingo, 30 de septiembre de 2012

El palacio de la memoria

 
  
 
 
La primera vez que oí hablar del palacio de la memoria, de la hazaña nemotécnica de Simónides y del libro de Matteo Ricci, fue hace ocho años. Utilicé una versión rudimentaria de la vieja técnica de los loci para memorizar unos datos que no debía llevar conmigo bajo ningún soporte que no fuera mi cerebro. A. me dijo que podía idear un espacio imaginario o escoger como depositario provisional de la información un lugar que conociese como la palma de mi mano. 
 
Lo primero me parecía mucho más sugerente, así que después de ponderar diversas posibilidades, descarté las más conocidas (palacio, teatro, casa, biblioteca) y me decanté por darle al fin una utilidad a un bosque de castaños que se me aparecía frecuentemente en sueños. Tuve que abandonar enseguida la idea, presionado por el poco tiempo de que disponía, porque mi imaginación se empeñaba en poblarlo con cada vez más senderos, especies, manantiales y cuevas. Digamos que el artefacto superaba con creces en complejidad la función que debía cumplir.

Así que opté por atenerme a un lugar real, perfectamente fijado en mi recuerdo: la casa de la calle del Convento, casa en la que pasé más o menos días todos los veranos de mi vida hasta 1994. La recorrí mentalmente con los ojos cerrados, concedí que mis recuerdos de los primeros años de los setenta se mezclaban a veces con los de dos décadas después, en que tal o cual mueble había sido desplazado a otra habitación, un peldaño de la escalera había ido perdiendo su ángulo recto, la vieja claraboya de mi infancia que arrojaba un cono de luz por el hueco de la escalera había desaparecido, el cuarto que hizo las veces de taller de sastre se había convertido en bodega, fijé un recuerdo compuesto por imágenes asincrónicas, algo así como el cielo que contemplamos se nos presenta compuesto por estrellas ya extinguidas en diferentes momentos y estrellas que aún viven, y en pocas horas comencé a llenar la vieja casona de datos.

Me puse manos a la obra y en dos días me examiné con éxito ante A. La técnica había funcionado y recordaba todos y cada uno de los datos. Lo que no había previsto es que todas esas horas de visita al pasado podían jugarme una mala pasada.
 

***
 
 

Pongamos que lo que debía recordar fueran aproximadamente cinco decenas de cifras compuestas por varios números en un orden preciso. Había colocado los cuatro primeros (1.572, 91, 72, 325) en el zaguán, los siete siguientes en el comedor que daba a la calle, otros tres entre las tinas de la bodega, cinco en el dormitorio que miraba al patio, y así sucesivamente, asociando datos y espacios mediante alguna idea tanto más evocadora cuanto más disparatada fuera. Recorrí toda la planta baja de la casa y empecé a subir las escaleras (el peldaño aún no había sufrido el desgaste de los pasos), al rescate de los números que me faltaban.

La planta de arriba de la casona estaba dividida en dos grandes alas, ordenada la orientada al sur en torno a un gran salón y la que miraba al monasterio alrededor de la vieja cocina de invierno. Las cinco alcobas que estas dos piezas repartían tenían nombres propios antes de que yo naciera: la habitación de las tablas, la de la tronera, la del patio, la del piano, la del espejo roto. Dependiendo de mi edad y del grado de ocupación de la casa, yo había utilizado como dormitorio las tres últimas. La habitación de las tablas conservaba, diez años después de su muerte, el fuerte olor a orín de mi tía M.R., una solterona falangista que había ido descuidando su higiene con los años, y yo la evitaba en lo posible. La alcoba de la tronera estaba reservada a mis abuelos, aun cuando en verano ellos ocupasen la gran habitación de la planta baja, más fresca, donde había nacido mi abuela un mes de junio particularmente caluroso de 1915. Al ser las que recordaba con menor precisión, había decidido prescindir de ellas y concentrar toda la información en las piezas que recordaba bien.

Nada más coronar las escaleras, me dirigí al salón. Al entrar en él, percibí los primeros indicios de que algo estaba empezando a fallar. A medida que transcurría el tiempo que pasaba en ese palacio de la memoria, mi cerebro entró en una deriva sinestésica que en la fase de ensayo había logrado evitar. A pesar de que había dejado su puerta cerrada, de la habitación de las tablas, a mi derecha, fluía el olor de M.R. Al posar la mirada sobre el piano para que me devolviese el recuerdo de un número, el sonido de las teclas que nunca conocí afinadas se impuso breve pero firme a la idea que debía ayudarme a rememorar. El tacto de la chaise longue me devolvió toda la viveza de sus colores originales, los colores se transformaron en nuevos tonos, los que se filtraban por las venecianas a la hora de la siesta y dibujaban temblorosos raíles de sombra en las paredes, y de los tonos brotó intacto y preciso el olor de mi abuela.

Me impuse disciplina y seguí extrayendo información, ganando pequeñas batallas a unos objetos que cada vez con más vida propia intentaban sabotear la operación. A cada traición del pasado, mi concentración se debilitaba y mi confianza en llegar sano y salvo a la última habitación, el último dato, disminuía.


***
 
Perdí la guerra a pocos metros del final, en la habitación del espejo roto.
 
En realidad, se trataba de un armario de dos cuerpos con una luna cuarteada en tres de sus puntos. De pequeño, solía ver en aquellos impactos en forma de estrella tres grandes telas de araña en cuyo centro se encontraba el animal, aguardando el vuelo indolente de una mosca. Miraba fijamente su cuerpo redondo, el abdomen marrón, sus patas en uve, y me admiraba que una criatura tan pequeña hubiese podido desplegar semejante geometría de hilos transparentes. Descarté la visión de las arañas y seguí avanzando, con el espejo roto a la espalda, sin entender muy bien si la fuerza con la que parecía absorberme se debía a la pasión que tenía de pequeño por los insectos o a la erosión que acumulaba mi concentración desde la última pieza visitada. 
 
Me dejé tentar y como Lot me volví desafiante hacia el espejo, para conjurar su llamada insistente. Y entonces vi a una niña de seis años entrar en la habitación y a un adulto de sesenta contemplarla largamente en silencio. Vi las manos sujetando con fuerza el arma y la culata apoyada en el suelo ajedrezado. Oí musitar un "lo siento, de verdad lo siento" y un tiro que le pareció un rugido. Vi a la niña volverse hacia la puerta en busca de algún adulto y, en el camino, contemplar en el espejo su propia figura y detrás, sobre un charco de sangre rápidamente conquistando las baldosas, a su tío J., el que había sido sastre.