martes, 11 de septiembre de 2012

Feysi




[Fragmento. Traducción del francés]

Querido Feysi:

(...) Vivimos en una época en que resulta fácil ahuecar el ala, hacer "mutis por el foro", decimos en español (no conozco el equivalente en francés): nos permitimos no contestar, o contestar sin realmente responder a lo que se nos inquiere, y todo sigue su curso sin consecuencias aparentes. El "mundo de ayer" ha desaparecido y resulta fácil evitar un encuentro en el café o en la farmacia que nos avergonzaría. No hay cura, ni vecinos que atisben detrás de una cortina, ni solterona que actúe de correveidile, ni médico común que recrimine nuestra frivolidad. Y, sin embargo, tu correo, lleno de preguntas tan directas, me hace difícil zambullirme en esta nada líquida sin culparme. La culpa, la culpa; ese demonio bicéfalo que a veces nos paraliza o nos hunde y otras nos salva de nosotros mismos.
 
(...) Me hace gracia que me reproches esta discriminación por razón de tu edad. Porque yo nunca me he aplicado a mí mism@ esa vara de medir y, cuando de joven han tratado de imponérmela, he opuesto mi valor y capacidad para compensar los remilgos que provocaba mi juventud. Sin embargo, no soy capaz de emplear contigo el mismo cartabón de juicio. ¿Por qué? Me temo que no tengo una respuesta que pueda satisfacerte, o que la que tengo sea tan enrevesada que ni siquiera me vale a mí mism@. Desconfío del exceso verbal. Las preguntas directas deben poder contestarse también directamente, y cuando esgrimimos que son demasiados los grises suele ser porque no queremos aceptar las consecuencias de nuestra última palabra sobre una cuestión.
 
(...) Empezaré por donde tú empiezas tu correo, por el gozo frustrado. Hay algo en lo que querría que pensases, pues creo que te está haciendo mal y que, de no tomar ahora conciencia de ello, te seguirá provocando un daño que es evitable. Se trata de tu relación con el dolor y el placer. De cómo encuentras justificado el primero y reprobable el segundo, de cómo uno parece en cierto modo consolarte (hasta complacerte - perdóname) y te culpas del otro. No debes alimentar las fuentes remotas de tu dolor; bastante tenemos con resignarnos a que existen en un lugar ya inaccesible para nosotros adultos. Tampoco debes encauzar nuevas aguas a esa corriente de pena oscura a fin de sentir que su fuerza es aún bastante para explicar las alteraciones de tu ánimo. No te compadezcas en tu dolor y sé en cambio indulgente en tu búsqueda del placer. El hecho de que el sufrimiento sea involuntario y el placer fruto del impulso o la premeditación (consecuencia, en todo caso, de un poder que reside en nosotros mismos) no hace pecado de uno ni virtud del otro. No sé hasta qué punto podrás entender ahora esta frase: "La consecuencia más cruel de lo que me esforzaré en llamar nuestras culpas (...) es que contaminan hasta el recuerdo del tiempo en que no las habíamos cometido".
 
Y basta sobre este punto, que esto comienza a parecer una encíclica papal.