sábado, 15 de septiembre de 2012

Acción

Nathaniel Tarn
 
Es la distancia lo que paradójicamente te acerca a un poeta, si es bueno. La evocación de un mundo minúsculo conformado por objetos, paisajes, penas y rutinas que te son ajenos, y su mirada exclusiva sobre lo que no le es exclusivo, lo que nos es común. Dice Thoreau (en Walden) que lo que pide de un escritor es "un relato sencillo y sincero de su propia vida, y no simplemente de lo que ha escuchado decir de las vidas de otros hombres; un relato como el que enviaría a sus semejantes desde una tierra lejana; porque, si ha vivido con sinceridad, debe haberlo hecho en una tierra distinta a la mía" (traduzco a capón).
 
No hay ni una sola impostura en Nathaniel Tarn (y, además, su mundo se parece mucho en algunas de sus caras al mío: la afición por los pájaros, los aviones, los paisajes desérticos, las ruinas; y por la acción). He disfrutado mucho con la antología. Aquí van tres muestras, muy distintas, de su calidad:
 
That it is of man,
shine of his brain, of his fine hands finished,
that it bears such questions with it, such probes
that it makes us turn from our hearts to what we know
and causes us to learn that we do not know, is compassion.
 
(de Ranger Spacecraft)
 
Sitting, facing the sun, eyes closed. I can hear the
sun. I can hear the bird life all around for miles.
It flies through us and around us, it takes up all
space, as if we were not there, as if we had never
interrupted this place. The birds move diorami-
cally through our heads, from ear to ear. What
are they doing, singing in this luminous fall. It is
marvelous to be so alone, the two of us, in this
garden desert. Forgotten, but remembering
ourselves as no one will ever remember us.
 
(de Before the snake)
 
Smell of the desert
before the sun eliminates all shadows:
the rider who would not write us down
as if we had not lived
breathes it in completely
entering the canyon
his lungs awash with childhood perfumes.
 
(de Peredur West; se puede -y debe- leer entero aquí)
 

***
 
Me envían uno de esos cuestionarios chorra que la gente suele rellenar, al menos mentalmente, por puro egocentrismo. Una de las preguntas reza: ¿A quién te gustaría conocer? Mientras sigo trabajando, la pregunta queda flotando en mi cabeza. La respuesta se me aparece sin que haya hecho ningún repaso consciente de personas vivas o muertas que considere interesantes: Jean Mermoz. Al margen de otras cualidades que saltan a la vista, era un hombre que puso su inteligencia al servicio de la acción. Sólo hay una cosa más aburrida que un tipo que dedica días enteros a ver caer una manzana y a pensar sobre el fenómeno: un hiperactivo incapaz de reflexionar sobre el sentido de toda la energía que despliega.

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Cuando le ahorcaron, se probó en un par de ocasiones una soga. Quiso notar el tacto de la cuerda sobre el cuello, la presión sobre la nuez, como ese personaje de La caída de Camus cuyo amigo había sido encarcelado, "que se acostaba todos los días en el suelo para no disfrutar de una comodidad que le era negada al ser querido". Él también había sido de esas raras personas que combinan las cualidades de la observación y la acción.

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Toda acción, cuando envuelve un sentido profundo, conlleva un riesgo (aunque no todo riesgo esté dotado de sentido). Mermoz desapareció en el Atlántico. Para el hombre que encuentra paz en una rutina de horas, personas y objetos fetiche es incomprensible que alguien como Mermoz, hombre educado y de familia adinerada, dedicara su vida a volar esos Latécoère tan rudimentarios cuya única función era trasladar el correo postal de un lugar a otro. Ese hombre no entendería las palabras de otro pionero, Otto Lilienthal, pronunciadas poco antes de morir tras un accidente en un vuelo experimental, sobre la necesidad del sacrificio, pues estima la planicie de sus días por encima de cualquier otra consideración. Es la mayor diferencia entre el hombre antiguo y el moderno, y la razón por la que el concepto de héroe se halla casi desterrado de nuestra mentalidad .
 
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Echo de menos la acción. Puedo medir con bastante exactitud esa nostalgia por mi grado de interés en lecturas que podríamos llamar teológicas y por la frecuencia con que me ensueño en aventuras provisionalmente fuera de mi alcance (ambos, formas de sublimación). También por otras actividades menos confesables. Cuando me he encontrado en este impasse en otros momentos de mi vida, he terminado encontrando la salida. Pero ahora yazco en una jaula, toca esperar y me siento culpable de desear en cierto modo el desenlace que a la vez me hundirá y me liberará.

Le'shana Tova.
 

Jean Mermoz