domingo, 30 de septiembre de 2012

El palacio de la memoria

 
  
 
 
La primera vez que oí hablar del palacio de la memoria, de la hazaña nemotécnica de Simónides y del libro de Matteo Ricci, fue hace ocho años. Utilicé una versión rudimentaria de la vieja técnica de los loci para memorizar unos datos que no debía llevar conmigo bajo ningún soporte que no fuera mi cerebro. A. me dijo que podía idear un espacio imaginario o escoger como depositario provisional de la información un lugar que conociese como la palma de mi mano. 
 
Lo primero me parecía mucho más sugerente, así que después de ponderar diversas posibilidades, descarté las más conocidas (palacio, teatro, casa, biblioteca) y me decanté por darle al fin una utilidad a un bosque de castaños que se me aparecía frecuentemente en sueños. Tuve que abandonar enseguida la idea, presionado por el poco tiempo de que disponía, porque mi imaginación se empeñaba en poblarlo con cada vez más senderos, especies, manantiales y cuevas. Digamos que el artefacto superaba con creces en complejidad la función que debía cumplir.

Así que opté por atenerme a un lugar real, perfectamente fijado en mi recuerdo: la casa de la calle del Convento, casa en la que pasé más o menos días todos los veranos de mi vida hasta 1994. La recorrí mentalmente con los ojos cerrados, concedí que mis recuerdos de los primeros años de los setenta se mezclaban a veces con los de dos décadas después, en que tal o cual mueble había sido desplazado a otra habitación, un peldaño de la escalera había ido perdiendo su ángulo recto, la vieja claraboya de mi infancia que arrojaba un cono de luz por el hueco de la escalera había desaparecido, el cuarto que hizo las veces de taller de sastre se había convertido en bodega, fijé un recuerdo compuesto por imágenes asincrónicas, algo así como el cielo que contemplamos se nos presenta compuesto por estrellas ya extinguidas en diferentes momentos y estrellas que aún viven, y en pocas horas comencé a llenar la vieja casona de datos.

Me puse manos a la obra y en dos días me examiné con éxito ante A. La técnica había funcionado y recordaba todos y cada uno de los datos. Lo que no había previsto es que todas esas horas de visita al pasado podían jugarme una mala pasada.
 

***
 
 

Pongamos que lo que debía recordar fueran aproximadamente cinco decenas de cifras compuestas por varios números en un orden preciso. Había colocado los cuatro primeros (1.572, 91, 72, 325) en el zaguán, los siete siguientes en el comedor que daba a la calle, otros tres entre las tinas de la bodega, cinco en el dormitorio que miraba al patio, y así sucesivamente, asociando datos y espacios mediante alguna idea tanto más evocadora cuanto más disparatada fuera. Recorrí toda la planta baja de la casa y empecé a subir las escaleras (el peldaño aún no había sufrido el desgaste de los pasos), al rescate de los números que me faltaban.

La planta de arriba de la casona estaba dividida en dos grandes alas, ordenada la orientada al sur en torno a un gran salón y la que miraba al monasterio alrededor de la vieja cocina de invierno. Las cinco alcobas que estas dos piezas repartían tenían nombres propios antes de que yo naciera: la habitación de las tablas, la de la tronera, la del patio, la del piano, la del espejo roto. Dependiendo de mi edad y del grado de ocupación de la casa, yo había utilizado como dormitorio las tres últimas. La habitación de las tablas conservaba, diez años después de su muerte, el fuerte olor a orín de mi tía M.R., una solterona falangista que había ido descuidando su higiene con los años, y yo la evitaba en lo posible. La alcoba de la tronera estaba reservada a mis abuelos, aun cuando en verano ellos ocupasen la gran habitación de la planta baja, más fresca, donde había nacido mi abuela un mes de junio particularmente caluroso de 1915. Al ser las que recordaba con menor precisión, había decidido prescindir de ellas y concentrar toda la información en las piezas que recordaba bien.

Nada más coronar las escaleras, me dirigí al salón. Al entrar en él, percibí los primeros indicios de que algo estaba empezando a fallar. A medida que transcurría el tiempo que pasaba en ese palacio de la memoria, mi cerebro entró en una deriva sinestésica que en la fase de ensayo había logrado evitar. A pesar de que había dejado su puerta cerrada, de la habitación de las tablas, a mi derecha, fluía el olor de M.R. Al posar la mirada sobre el piano para que me devolviese el recuerdo de un número, el sonido de las teclas que nunca conocí afinadas se impuso breve pero firme a la idea que debía ayudarme a rememorar. El tacto de la chaise longue me devolvió toda la viveza de sus colores originales, los colores se transformaron en nuevos tonos, los que se filtraban por las venecianas a la hora de la siesta y dibujaban temblorosos raíles de sombra en las paredes, y de los tonos brotó intacto y preciso el olor de mi abuela.

Me impuse disciplina y seguí extrayendo información, ganando pequeñas batallas a unos objetos que cada vez con más vida propia intentaban sabotear la operación. A cada traición del pasado, mi concentración se debilitaba y mi confianza en llegar sano y salvo a la última habitación, el último dato, disminuía.


***
 
Perdí la guerra a pocos metros del final, en la habitación del espejo roto.
 
En realidad, se trataba de un armario de dos cuerpos con una luna cuarteada en tres de sus puntos. De pequeño, solía ver en aquellos impactos en forma de estrella tres grandes telas de araña en cuyo centro se encontraba el animal, aguardando el vuelo indolente de una mosca. Miraba fijamente su cuerpo redondo, el abdomen marrón, sus patas en uve, y me admiraba que una criatura tan pequeña hubiese podido desplegar semejante geometría de hilos transparentes. Descarté la visión de las arañas y seguí avanzando, con el espejo roto a la espalda, sin entender muy bien si la fuerza con la que parecía absorberme se debía a la pasión que tenía de pequeño por los insectos o a la erosión que acumulaba mi concentración desde la última pieza visitada. 
 
Me dejé tentar y como Lot me volví desafiante hacia el espejo, para conjurar su llamada insistente. Y entonces vi a una niña de seis años entrar en la habitación y a un adulto de sesenta contemplarla largamente en silencio. Vi las manos sujetando con fuerza el arma y la culata apoyada en el suelo ajedrezado. Oí musitar un "lo siento, de verdad lo siento" y un tiro que le pareció un rugido. Vi a la niña volverse hacia la puerta en busca de algún adulto y, en el camino, contemplar en el espejo su propia figura y detrás, sobre un charco de sangre rápidamente conquistando las baldosas, a su tío J., el que había sido sastre.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Viajeros

 
 
Leo los apuntes del viaje a Italia de Sainte-Beuve (Voyage en Italie): "Está bien organizar los viajes como la guerra y no dejar a las tropas un solo día de descanso".
 
Encuentro con un grupo de conocidos de barrio. Las indagaciones de rigor sobre la calidad del veraneo. Tres de ellas han tachado un paisito más en el atlas: Camboya. ¿Por qué Camboya? La respuesta me deja perplejo: el año pasado viajaron a América (Brasil) y el antepasado a África (Mozambique). Cada año, un continente. Pero a nosotras nos gusta viajar por libre, aclara una; nada de excursiones organizadas. Hablar con las gentes, explorar caminos poco transitados, conocer el país por dentro. Eso es lo que cree la mitad de quienes viajan, pienso para mis adentros. Hay muchos tipos de turista, y uno de ellos es el que se tiene por Norman Douglas en la vieja Calabria, Robert Byron en el mítico camino de Oxiana o el Barón Corvo en Venecia.
 
Me muestran, muy a mi pesar, fotos en que aparecen con campesinos de la provincia de Kompung Cham. Una de ellas, todavía aturdida por la indigestión viajera, confunde una ciudad vietnamita con una camboyana, el encuentro con un vendedor callejero en Maputo con el regateo al que sometió a un indígena que vendía llaveros de cuero en un mercado de La Paz, los bailes de la isla de Providencia con los del Ecuador.  En todo caso, está fuera de toda duda que conoce como la palma de su mano dos docenas de aeropuertos. 

Fotos, fotos, fotos. Un viaje a Grecia con un hombre empeñado en ver el Peloponeso a través de una Hasselblad. Un viaje a una Lisboa aún decrépita arruinado por una Nikon. Recuerdo con espanto estos viajes en que mis acompañantes no se separaban de sus cámaras, su mirada sobre las personas, la ciudad, los paisajes, recluida en una forma heredada de ver, condicionada por miradas que fueron de otros o ansiosa por buscar lo que su cerebro ya poseía antes del viaje y quiere traducir a imagen, del mismo modo que las campeonas de la decatlón de aeropuertos internacionales orientan sus pasos en la dirección que le señalan presuntas guías alternativas. Lonely Planet, qué título irónico para un planeta masificado por aborígenes, turistas-viajeros, antropólogos y etólogos en una perfecta simbiosis en que unos hacen de exótico tesoro y otros de audaces exploradores.
 
Hay una segunda razón por la que trato de huir de la reunión. Una de las turistas-viajeras tiene pretensiones artísticas. Es una niña bien que se ha tirado un año sabático en la India. Me cuenta con entusiasmo cómo la fotografía es el único arte que puede representar la naturaleza, la vida, tal como es. No quiero enzarzarme en una discusión sobre la diferencia entre el arte y la industria; sobre cómo esa concepción del arte podría llevarnos a calificar de artístico un laboratorio molecular. Tampoco quiero decirle que en esa fotografía que me enseña como demostración palpable de su teoría no hay ninguna mímesis de lo real, sino el mero reflejo de una conciencia muy poco interesante observando por detrás. No un afán por inmortalizar lo que ha de morir, no el memento mori que quiere ser, sino una forma de deshumanización del retratado, el aspecto depredador de la fotografía del que habla Sontag. 

 

viernes, 21 de septiembre de 2012

Memorabilia. Estranha forma de vida



"Ya sé que estos recuerdos no son alegres ni significativos, pero no tengo otros" (Iván Turguénev: Diario de un hombre superfluo).

Qué tendrá la música que fija con tal fuerza los recuerdos.

Llegamos de viaje. Tengo seis años y estoy cansad@. Cinco horas de coche por carreteras regionales y por la nacional con una parada a veces en Oropesa, a veces en el Puente del Arzobispo o en Talavera, cantando la mayor parte del tiempo. De noche, al aparcar junto a la casa de mis abuelos, mi padre me advierte: "Cuando subamos no se te ocurra cantar". Se refiere a parte del repertorio habitual de los viajes. Años después se lo conté a mi abuelo, falangista con carné expedido en Salamanca en el año 32. "Cuando viajaba con ellos, cantábamos el Ay, Carmela, y cuando llegaba el verano y volvía a Extremadura con vosotros tú cantabas Yo tenía un camarada". 

Hacía tanto calor que decidimos dormir al raso en la parte elevada de la plaza de San Jorge, junto a la iglesia. Usamos los sacos como colchones y dormimos sin taparnos. Bien entrada la madrugada, percibo su presencia y abro de inmediato los ojos. Tengo dieciséis años y él unos treinta. Está ahí, de pie junto a mi saco, masturbándose mientras observa fijamente mi anatomía. No estoy asustad@ y decido no despertar a mi acompañante, un par de años mayor que yo, que duerme profundamente. Lo único que se me ocurre decirle es: "¿Te parece que es el mejor momento?". Se marcha y ya no consigo conciliar el sueño, así que decido incorporarme y me acerco a fumar a la balaustrada. Cuando empieza a amanecer escucho a lo lejos La bien pagá.
 
Corría 1989, habían pasado cuatro años desde aquel amanecer con Miguel de Molina de fondo, y desperté una mañana en casa de unos conocidos que compartían piso en Hyde Park. Fuera, la nieve aún inmaculada rebota una luz blanca hacia un cielo altísimo y hace un frío seco, afilado. Alguien ha puesto en marcha una cinta que ante mi entusiasmo terminó en mis manos. Allí están muchos de los que son, aunque yo entonces sólo conozco a Vinicius: Elis Regina, Chico Buarque, Gal Costa, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Paulinho da Viola, Toquinho, Edu Lobo y el que todo lo convierte en oro. Perdí la cinta muchos años después, pero recuerdo las tres canciones suyas que incluía: Travessia, Nos bailes da vida y mi favorita, Coraçao da estudante ("já podaram seus momentos desviaram seu destino, seu sorriso de menino quantas vezes se escondeu"). De aquella mañana nació una afición por la música brasileña que no he abandonado. Pero muchos álbumes y canciones después, mi predilección por él sigue intacta.
 
 
 
 
1994. Después de buscarle habitación por habitación, abriéndome paso entre los demás invitados con la ansiedad adueñándose un poco más de mí a medida que quedaban descartados los espacios, descubrí que se había marchado sin decirme nada. Mascullé no sé qué excusas y me eché a la ciudad a buscarle, como si Montevideo fuera una aldea gallega. Pero yo sabía cuáles eran los boliches que frecuentaba. Inspeccionados éstos, con los celos ya devorándome el alma, bajé hasta el puerto, hasta el barrio de las putas y los chaperos. A las tres regresé hundid@ al apartamento que compartíamos. Al abrir la puerta vi su perfil en la oscuridad. Estaba sentado en una silla. ¿Cuánto llevas aquí? Desde que me fui de casa del Tito. Te he buscado hasta en los muelles. ¿Por qué te has ido? No podía soportar verte hablando con otros. Tenía la cara aún húmeda. Es la única vez que le he cantado a un adulto al oído. Era un conocido fado portugués.


 

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Datofobia

 
Es curioso que para justificar las recetas que se van a aplicar a España, la CDU alemana utilice los mismos argumentos que la derecha y la patronal españolas: la productividad laboral es baja, los salarios no reflejan la productividad (es decir, son relativamente elevados), el sistema de protección de los trabajadores empleados (fundamentalmente, a través de la regulación del despido y el salario mínimo) y en paro (las prestaciones por desempleo) impide que exista un mercado de trabajo dinámico y genera desincentivos al trabajo, y las pensiones son demasiado altas. Son viejos argumentos que llevan manejando el FMI y la OCDE desde hace años (aunque no la OIT). Y son, sencillamente, falsos de toda falsedad.
 
Y llamativo que los periodistas económicos se limiten a transcribir las notas que toman en las ruedas de prensa de políticos, banqueros y representantes de los empresarios sin jamás acudir a las muy detalladas bases de datos que existen para contrastar si la situación de los trabajadores en España es tan idílica como la pintan y causante, en último extremo, de una tasa de desempleo estratosférica, del elevado gasto social y de la insostenibilidad del sistema de pensiones.
 
Pero los españoles somos datofóbicos: tenemos pavor a que en alguna parte, de alguna forma, un dato nos pueda desvelar alguna información útil. Y, sin embargo, los datos son contundentes:
 
La productividad laboral en 2011 fue en España del 1,7 por ciento; baja, sí, pero en todo caso superior a la media de la zona Euro (1,3) y a la correspondiente a los países del G7 (0,6) y al conjunto de los países de la OCDE (0,7) ese mismo año. Si tomáramos medias de los últimos 5 años o de la última década, tampoco saldríamos mal parados. Quien quiera, puede hacerlo con los datos en línea de la OCDE.
 
Los salarios reales son tercermundistas: según la última EPA del INE, más de un 60 por ciento de los trabajadores cobra menos de 1.000 euros al mes. El salario mínimo español es un tercio del francés, menos de la mitad del belga, la mitad del británico, también según las bases de datos armonizados de la OCDE.
 
El índice de "protección laboral" (lo que la OCDE llama, "strictness of employer protection"), supuestamente un indicador de la "flexibilidad del mercado de trabajo" (ojo con el mensaje subliminal: rigidez versus flexibilidad; las palabras nunca son inocentes), que incluye conceptos tales como los costes de despido y la facilidad de contratación de trabajadores temporales, no es superior al de otros países de la UE.
 
De hecho, según el último índice estimado disponible (2008), la protección de los trabajadores con contratos indefinidos (si es que el adjetivo sigue conservando algún sentido a estas alturas) en España (2,4) es similar a la de Francia (2,3) o Austria (2,4), pero bastante inferior a la de Portugal (3,6), Alemania (3,0) o Suecia (2,9).
 
Ni las prestaciones por desempleo son más generosas que en los países de la zona euro ni las pensiones de los trabajadores españoles son más elevadas. Esta vez los últimos datos de Eurostat: ni en términos absolutos (la pensión media es de algo menos de 800 euros en España, un 63 por ciento de la media EU-15) ni en términos de porcentaje respecto al PIB, puede decirse que España gaste en pensiones más que los demás países de su entorno.
 
Allora? Pues dos conclusiones sencillas: que no debemos aceptar las teorías que nos venden sobre las causas de la crisis (y las correspondientes recetas) sin comprobar si cuadran o no con la información de que disponemos, y que los culpables de donde nos encontramos habrá que ir a buscarlos en otro lado: una organización del Estado ineficiente, un sistema bancario que ha hecho de su capa un sayo y una clase política que ha consentido ambas cosas.
 
Hace unas décadas, el resumen hubiera guardado menos las formas: una oligarquía financiera aliada con una oligarquía política en beneficio de las dos partes y en perjuicio de la clase (media y baja) trabajadora. Pero suelta hoy esto y te ahorcan por trasnochado. Eppur...
 
 
 
 

martes, 18 de septiembre de 2012

La Generala

 
 
 
La heroína de la ultraderecha española se retira de la política.
 
Y hay explicaciones para todos los gustos: está enferma, ha alcanzado su techo político, ha dedicado ya al país treinta años de su vida. Ella, dice,  pensaba que su dedicación a la política iba a ser un paréntesis en su vida. Yo, pienso, me digo que cuando un funcionario comienza su andadura profesional en cargos de designación personal (aquella primera inmersión en el Ministerio de Cultura bajo la UCD) tiene en la cabeza otras cosas. Llevo demasiados años en la Administración como para no saber diferenciar entre un profesor ayudante que se entrega con entusiasmo a las labores de la secretaría de un departamento y otro que se enclaustra ocho horas en la biblioteca de la universidad.
 
Ella, dice, abandona la primera línea de fuego para dedicarse ahora a su familia. How charming. Yo, pienso, abandona la primera por la segunda (los consejos de administración de las grandes empresas, donde se cobra más pero se trabaja menos; veremos en unos meses dónde aterriza) para proteger su guardarropía de las salpicaduras del rescate de Bankia. Un rescate que va a superar en 7.000 millones de euros, según las estimaciones más conservadoras y optimistas, a los recortes en sanidad y educación aprobados en los últimos presupuestos generales.
 
El núcleo duro esperancista, quiero pensar que todo ingenuidad y buena fe, sostiene que la Generala no ha tenido responsabilidad alguna en la gestión ruinosa de Caja Madrid. Qué candidez: los partidos mayoritarios controlan la gestión de todas las cajas y se han beneficiado directamente de ese control bajo la forma de fondos desviados hacia ellos mismos. Conocían, por descontado, el desastre al que necesariamente abocaría la acumulación de activos tóxicos. Ante la silenciosa mirada, debe añadirse, de IU, los sindicatos y la inspección del Banco de España. 
 
¿Suena a explicación generalista, a suspicacia marxista, a teoría conspiratoria? Descendamos un poco a los bajos fondos, pues que mi amigo Orestes se ha ocupado de recopilar algunos de los nombres de los consejeros vinculados al grupo y su genealogía política y familiar. Quien se aburra puede irse a lo negro, que destaca aquellos datos que podrían hacernos dudar de las verdaderas razones de la retirada de la Generala:  
 
Santiago Alarcó Canosa. Consejero de Deoleo en representación de la Sociedad de Promoción y Participación Empresarial Caja Madrid. Alarcó es excuñado del presidente de Bankia, Rodrigo Rato [¿recuerdan? El second best de la Generala una vez rechazada por Rajoy la candidatura de Ignacio González] y hermano de Ángeles, recientemente nombrada Presidenta de Paradores Nacionales.

Claudio Aguirre Pemán. Consejero de Caja Madrid. Primo de Esperanza Aguirre Fue el responsable de Merrill Lynch en España y Portugal.

Juan Chozas Pedreño. Director de Recursos de Bankia. Ex secretario general de Empleo y Relaciones Laborales durante los gobiernos de Aznar. Colaborador de la FAES.

Jesús Pedroche Nieto. Vocal Banco Financiero y de Ahorros del Grupo Bankia. Ex Presidente de la Asamblea de Madrid. Ex Consejero del Gobierno Regional de Madrid.

Ricardo Romero de Tejada.Vocal Banco Financiero y de Ahorros del Grupo Bankia. Ex Secretario General del PP en la Comunidad de Madrid. Ex Alcalde de Majadahonda. [¿Recuerdan el tamayazo?].

Mayte Jiménez. Esposa de Salvador Victoria, Consejero de Asuntos Sociales del Gobierno de Esperanza Aguirre. Nombrada consejera de Caja Madrid Pensiones, empresa participada por Bankia, el 9 de junio de 2009.

Nieves Alarcón Castellanos. Esposa del ex Secretario General del PP madrileño, Francisco Granados y actualmente senador. Fue nombrada en el año 2008 Consejera de Caja Madrid Pensiones, empresa participada por Bankia.

Ángel Acebes. Ex Ministro del Interior del Gobierno de Aznar. Ex Diputado por Ávila. Vocal Banco Financiero y de Ahorros del Grupo Bankia.

Manuel Lamela. Consejero de Cibeles Corporación. Ex Consejero de Sanidad y de Transportes de Esperanza Aguirre. Ex Director de Gabinete de Rodrigo Rato en su etapa de Ministro de Economía. Presidente del Comité de Auditoría de Bankia.
 
Carmen Cavero Mestre. Cuñada de Ignacio González, Vicepresidente del Gobierno de Aguirre. Vocal del Consejo de Caja Madrid Cibeles. Consejera de Bankia.

Mercedes de la Merced. Ex eurodiputada y ex Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de Madrid. Vocal Banco Financiero y de Ahorros del Grupo Bankia.

Estanislao Rodríguez- Ponga. Ex Secretario de Estado de Hacienda con Rodrigo Rato. Vocal Banco Financiero y de Ahorros del Grupo Bankia.

José Manuel Fernández Norniella. Ex presidente del Consejo Superior de Cámaras de Comercio. Ex Secretario de Estado de Comercio y Turismo . Vocal Banco Financiero y de Ahorros del Grupo Bankia.

Mercedes Rojo Izquierdo. Vocal Banco Financiero y de Ahorros del Grupo Bankia.Ex asesora de Esperanza Aguirre.

Elena Pisonero. Consejera de Caja Madrid. Ex jefa de Gabinete de Rodrigo Rato. Ex Diputada y en la actualidad Presidenta de Hispasat.
 
Añadamos que en la Asamblea General de Caja Madrid aparecen otros nombres vinculados a la Generala (la Botella, Juan Bravo, José Folgado, Enrique Cerezo, Arturo Fernández, Francisco Granados y nuestro próximo presidente autonómico, el inefable Ignacio González).
 
No querría convertirme en un vulgar conspiparanóico de esos que han visto cincuenta veces Zeitgeist o leen a diario Counterpunch. Pero con estos y otros datos no parece tan aventurado sospechar que a Aguirre le huelen las manos y que se marcha para que la peste no cante.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Old friends

 
Foto: Bill Brandt


Le veo degenerar día a día, sus defectos cada vez más pronunciados, sus virtudes cada vez más débiles, difuminándose. Empecinado en una versión irreal de su pasado, de sus relaciones. Cada vez más solo y tratando de aplacar inconscientemente su miedo, un miedo que por carecer de un rostro concreto es aún más terrorífico, en una rutina estricta, como hacen con frecuencia los ancianos. Su mirada sobre el mundo, que un día me pareció tener un brillo especial, cada vez más apagada y vulgar. ¿O tal vez yo no vi sino lo que quise ver? Los puentes han volado y no puedo averiguarlo, ni advertirle de lo que percibo con tanta claridad. 
 
Cena con H. y B., dos bereberes. Se lamentan de la deriva de la "primavera árabe". En realidad, lamentan la invasión árabe de sus tierras. Su cultura, muy liberal en lo religioso e igualitaria respecto de las mujeres, choca frontalmente con la mayoritaria en su país. Hablamos de X., también bereber, que cometió la imprudencia de cruzar en 1995 la frontera para visitar por última vez a su madre enferma. La policía marroquí le identificó y le mantuvo incomunicado por completo en una cárcel al sur del país doce años. Ninguna de las gestiones que hicimos logró sacarle de allí. Cuando recobró la libertad, no quiso saber nada de sus relaciones pasadas.  
 
Se han cumplido ya dos años de la muerte de A. en un absurdo accidente de tráfico. Un choque contra una vaca en una carretera comarcal. Le recuerdo risueño, alimentándose de bocadillos de atún y zumos de tomate en una buhardilla cochambrosa de la calle del Salitre, dibujando sin ganas para una empresa publicitaria que le pagaba malamente. Era capaz de vivir con tres euros al día. Su vida era sencilla como la de un monje: desayunar, leer la prensa en una biblioteca pública, dibujar, pasear largamente por las tardes, acostarse no después de las nueve para no hacer gasto en cenar.
 
Tengo fechado este escrito sobre él en abril de 2010:
 
"Por un momento desvié la vista. En ese mismo instante perdió el animal perdido la vista de la carretera. Cuatro ojos se atisbaron sin tiempo de reconocerse.
 
En qué extraña postura está mi cuerpo quebrado. Puedo oler la yerba pero no veo nada. Tengo los ojos y la boca llenos de tierra. ¿Son mías esta cara y estas piernas frías? ¿Soy yo quien oye el río y un vórtice de hojas donde gime el viento? No puedo pronunciar mi nombre. No recuerdo dónde vivo ni quiénes son los míos.
 
Alguien viene hacia aquí con paso decidido. Como si yo fuera una cruz señalada en rojo en un mapa preciso. Se acerca y entonces le conozco. Soy yo. Camino hacia mí mismo y detrás de mí camina el tiempo". 
 
Amigos perdidos por una razón u otra para siempre.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Acción

Nathaniel Tarn
 
Es la distancia lo que paradójicamente te acerca a un poeta, si es bueno. La evocación de un mundo minúsculo conformado por objetos, paisajes, penas y rutinas que te son ajenos, y su mirada exclusiva sobre lo que no le es exclusivo, lo que nos es común. Dice Thoreau (en Walden) que lo que pide de un escritor es "un relato sencillo y sincero de su propia vida, y no simplemente de lo que ha escuchado decir de las vidas de otros hombres; un relato como el que enviaría a sus semejantes desde una tierra lejana; porque, si ha vivido con sinceridad, debe haberlo hecho en una tierra distinta a la mía" (traduzco a capón).
 
No hay ni una sola impostura en Nathaniel Tarn (y, además, su mundo se parece mucho en algunas de sus caras al mío: la afición por los pájaros, los aviones, los paisajes desérticos, las ruinas; y por la acción). He disfrutado mucho con la antología. Aquí van tres muestras, muy distintas, de su calidad:
 
That it is of man,
shine of his brain, of his fine hands finished,
that it bears such questions with it, such probes
that it makes us turn from our hearts to what we know
and causes us to learn that we do not know, is compassion.
 
(de Ranger Spacecraft)
 
Sitting, facing the sun, eyes closed. I can hear the
sun. I can hear the bird life all around for miles.
It flies through us and around us, it takes up all
space, as if we were not there, as if we had never
interrupted this place. The birds move diorami-
cally through our heads, from ear to ear. What
are they doing, singing in this luminous fall. It is
marvelous to be so alone, the two of us, in this
garden desert. Forgotten, but remembering
ourselves as no one will ever remember us.
 
(de Before the snake)
 
Smell of the desert
before the sun eliminates all shadows:
the rider who would not write us down
as if we had not lived
breathes it in completely
entering the canyon
his lungs awash with childhood perfumes.
 
(de Peredur West; se puede -y debe- leer entero aquí)
 

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Me envían uno de esos cuestionarios chorra que la gente suele rellenar, al menos mentalmente, por puro egocentrismo. Una de las preguntas reza: ¿A quién te gustaría conocer? Mientras sigo trabajando, la pregunta queda flotando en mi cabeza. La respuesta se me aparece sin que haya hecho ningún repaso consciente de personas vivas o muertas que considere interesantes: Jean Mermoz. Al margen de otras cualidades que saltan a la vista, era un hombre que puso su inteligencia al servicio de la acción. Sólo hay una cosa más aburrida que un tipo que dedica días enteros a ver caer una manzana y a pensar sobre el fenómeno: un hiperactivo incapaz de reflexionar sobre el sentido de toda la energía que despliega.

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Cuando le ahorcaron, se probó en un par de ocasiones una soga. Quiso notar el tacto de la cuerda sobre el cuello, la presión sobre la nuez, como ese personaje de La caída de Camus cuyo amigo había sido encarcelado, "que se acostaba todos los días en el suelo para no disfrutar de una comodidad que le era negada al ser querido". Él también había sido de esas raras personas que combinan las cualidades de la observación y la acción.

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Toda acción, cuando envuelve un sentido profundo, conlleva un riesgo (aunque no todo riesgo esté dotado de sentido). Mermoz desapareció en el Atlántico. Para el hombre que encuentra paz en una rutina de horas, personas y objetos fetiche es incomprensible que alguien como Mermoz, hombre educado y de familia adinerada, dedicara su vida a volar esos Latécoère tan rudimentarios cuya única función era trasladar el correo postal de un lugar a otro. Ese hombre no entendería las palabras de otro pionero, Otto Lilienthal, pronunciadas poco antes de morir tras un accidente en un vuelo experimental, sobre la necesidad del sacrificio, pues estima la planicie de sus días por encima de cualquier otra consideración. Es la mayor diferencia entre el hombre antiguo y el moderno, y la razón por la que el concepto de héroe se halla casi desterrado de nuestra mentalidad .
 
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Echo de menos la acción. Puedo medir con bastante exactitud esa nostalgia por mi grado de interés en lecturas que podríamos llamar teológicas y por la frecuencia con que me ensueño en aventuras provisionalmente fuera de mi alcance (ambos, formas de sublimación). También por otras actividades menos confesables. Cuando me he encontrado en este impasse en otros momentos de mi vida, he terminado encontrando la salida. Pero ahora yazco en una jaula, toca esperar y me siento culpable de desear en cierto modo el desenlace que a la vez me hundirá y me liberará.

Le'shana Tova.
 

Jean Mermoz
 

viernes, 14 de septiembre de 2012

Nitzavim

[Fragmentos de la Parashat Nitzavim]


וְלֹא אִתְּכֶם לְבַדְּכֶם אָנֹכִי כֹּרֵת אֶת הַבְּרִית הַזֹּאת וְאֶת הָאָלָה הַזֹּאת
.כִּי אֶת אֲשֶׁר יֶשְׁנוֹ פֹּה עִמָּנוּ עֹמֵד הַיּוֹם לִפְנֵי יְ־הֹוָ־ה אֱלֹהֵינוּ וְאֵת אֲשֶׁר אֵינֶנּוּ פֹּה עִמָּנוּ הַיּוֹם

Pero no sólo estoy haciendo este pacto y este juramento con vosotros. Lo hago tanto con quienes están de pie hoy aquí con nosotros ante Dios nuestro Señor, como con quienes no están [aún] hoy aquí, con nosotros.
 
.כִּי הַמִּצְוָה הַזֹּאת אֲשֶׁר אָנֹכִי מְצַוְּךָ הַיּוֹם לֹא נִפְלֵאת הִוא מִמְּךָ וְלֹא רְחֹקָה הִוא
.לֹא בַשָּׁמַיִם הִוא לֵאמֹר מִי יַעֲלֶה לָּנוּ הַשָּׁמַיְמָה וְיִקָּחֶהָ לָּנוּ וְיַשְׁמִעֵנוּ אֹתָהּ וְנַעֲשֶׂנָּה
.כִּי אֶת אֲשֶׁר יֶשְׁנוֹ פֹּה עִמָּנוּ עֹמֵד הַיּוֹם לִפְנֵי יְהֹוָה אֱלֹהֵינוּ וְאֵת אֲשֶׁר אֵינֶנּוּ פֹּה עִמָּנוּ הַיּוֹם

Este mandato que te prescribo hoy no es demasiado misterioso ni está demasiado lejos de ti. No está en el cielo, [como para] decir: “¿Quién subirá al cielo y nos lo traerá para poder escucharlo y cumplirlo?”. No está al otro lado del mar [como para] decir: “¿Quién cruzará el mar y nos lo traerá para poder oírlo y cumplirlo?”. Es algo muy cercano a ti. Está en tu boca y en tu corazón, para que puedas cumplirlo.
 
.רְאֵה נָתַתִּי לְפָנֶיךָ הַיּוֹם אֶת הַחַיִּים וְאֶת הַטּוֹב וְאֶת הַמָּוֶת וְאֶת הָרָע
 
¡Mira! Hoy he puesto delante de ti [una libre elección] entre la vida y el bien, y la muerte y el mal.
 
הַעִידֹתִי בָכֶם הַיּוֹם אֶת הַשָּׁמַיִם וְאֶת הָאָרֶץ הַחַיִּים וְהַמָּוֶת נָתַתִּי לְפָנֶיךָ הַבְּרָכָה וְהַקְּלָלָה וּבָחַרְתָּ בַּחַיִּים לְמַעַן תִּחְיֶה אַתָּה וְזַרְעֶךָ
 
¡Llamo al cielo y a la tierra como testigos! He puesto ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Debes elegir la vida, para que tú y tus descendientes sobreviváis.

 

martes, 11 de septiembre de 2012

Feysi




[Fragmento. Traducción del francés]

Querido Feysi:

(...) Vivimos en una época en que resulta fácil ahuecar el ala, hacer "mutis por el foro", decimos en español (no conozco el equivalente en francés): nos permitimos no contestar, o contestar sin realmente responder a lo que se nos inquiere, y todo sigue su curso sin consecuencias aparentes. El "mundo de ayer" ha desaparecido y resulta fácil evitar un encuentro en el café o en la farmacia que nos avergonzaría. No hay cura, ni vecinos que atisben detrás de una cortina, ni solterona que actúe de correveidile, ni médico común que recrimine nuestra frivolidad. Y, sin embargo, tu correo, lleno de preguntas tan directas, me hace difícil zambullirme en esta nada líquida sin culparme. La culpa, la culpa; ese demonio bicéfalo que a veces nos paraliza o nos hunde y otras nos salva de nosotros mismos.
 
(...) Me hace gracia que me reproches esta discriminación por razón de tu edad. Porque yo nunca me he aplicado a mí mism@ esa vara de medir y, cuando de joven han tratado de imponérmela, he opuesto mi valor y capacidad para compensar los remilgos que provocaba mi juventud. Sin embargo, no soy capaz de emplear contigo el mismo cartabón de juicio. ¿Por qué? Me temo que no tengo una respuesta que pueda satisfacerte, o que la que tengo sea tan enrevesada que ni siquiera me vale a mí mism@. Desconfío del exceso verbal. Las preguntas directas deben poder contestarse también directamente, y cuando esgrimimos que son demasiados los grises suele ser porque no queremos aceptar las consecuencias de nuestra última palabra sobre una cuestión.
 
(...) Empezaré por donde tú empiezas tu correo, por el gozo frustrado. Hay algo en lo que querría que pensases, pues creo que te está haciendo mal y que, de no tomar ahora conciencia de ello, te seguirá provocando un daño que es evitable. Se trata de tu relación con el dolor y el placer. De cómo encuentras justificado el primero y reprobable el segundo, de cómo uno parece en cierto modo consolarte (hasta complacerte - perdóname) y te culpas del otro. No debes alimentar las fuentes remotas de tu dolor; bastante tenemos con resignarnos a que existen en un lugar ya inaccesible para nosotros adultos. Tampoco debes encauzar nuevas aguas a esa corriente de pena oscura a fin de sentir que su fuerza es aún bastante para explicar las alteraciones de tu ánimo. No te compadezcas en tu dolor y sé en cambio indulgente en tu búsqueda del placer. El hecho de que el sufrimiento sea involuntario y el placer fruto del impulso o la premeditación (consecuencia, en todo caso, de un poder que reside en nosotros mismos) no hace pecado de uno ni virtud del otro. No sé hasta qué punto podrás entender ahora esta frase: "La consecuencia más cruel de lo que me esforzaré en llamar nuestras culpas (...) es que contaminan hasta el recuerdo del tiempo en que no las habíamos cometido".
 
Y basta sobre este punto, que esto comienza a parecer una encíclica papal. 

lunes, 10 de septiembre de 2012

Pete y otras notas veraniegas

Foto: San Petersburgo, Serguei Maximishin

Quien regresa de Roma o Palermo, de La Habana o de Lisboa, haciendo ascos a la ciudad por la suciedad o el caos imperantes (frecuentemente hermanos) pierde de inmediato mi respeto como viajante. Me ocurre lo mismo con quien es impermeable a los encantos de San Petersburgo. A esta última se le suele acusar más bien de lo contrario, de ser un pastelito francés horneado a orillas del Báltico. Pues claro: de eso precisamente se trataba, de hacer creer a propios y foráneos que ante la eterna encrucijada Rusia tomaba el camino que conduce al Oeste.

Es cierto que SP es puro artificio. Pero lo que hizo de ella "el lugar más abstracto y premeditado de la tierra" (Memorias del subsuelo) fue precisamente lo que la convirtió en la cuna de la poesía (de Lomonosov a los acmeístas, pasando por Pushkin) y de la novela (de Gogol y Dostoievsky a Zamiatin o Nabokov) rusas. Ese carácter utópico de la ciudad permitió a sus habitantes objetivar su país, enajenarse de él lo suficiente como para poder describirlo. No hay una sola ciudad en el mundo que haya dado tanto bueno a la literatura.

Si sólo hubiera sido esto, tal vez la visitaríamos por mero fetichismo. Pero hay más: desplazada la capitalidad a Moscú, la ciudad quedó inmovilizada, quietos sus canales, avenidas, patios de vecinos, muelles y callejones, inmunes al paso de las estaciones. En una Europa con una población robotizada por décadas de bienestar material y paz social, los mismos lugares con nombres cambiantes engendran generación tras generación la misma variada galería de borrachos, funcionarios, músicos, obreros, poetas, putas y estudiantes que aparecen en los cuentos de Gogol o en la gran novela petersburguiana de Biely. Una ciudad, eso sí, no apta para espíritus medrosos; dura y solitaria.

***
 
La fotografía, decía Cartier-Bresson, consiste en alinear la mente, el corazón y el ojo. Cámbiese el sentido de la vista por el del oído y lo mismo podría predicarse de la poesía, y hasta de la prosa. Aunque ésta tiene otras virtudes y, cuando es por otros conceptos muy buena, puede permitirse el lujo de desafinar; véase Amis.

***

Entré en la casa. Todo el piso estaba cubierto por cristales rotos y gruesas gotas de sanguaza que formaban un rastro reconocible hasta una de sus piezas. Lo sigo, y en ella, en silencio, de pie, esperando con tranquilidad mi llegada, hay un hombre. El encuentro no me altera; actúo como si estuviera reconociendo mi propia casa devastada. ¿Quién es usted?, le pregunto. Aquiles. La respuesta me desconcierta por un instante, pero al mirarle a los ojos compruebo que dice la verdad. Es el héroe de Troya, y todos los pantalones vaqueros del mundo y las gafas que lleva no podrían disimularlo ante mis ojos. Entonces paso a tutearle como si de un viejo conocido se tratase. Debería cambiar de tercio, o acabaré por dar estos brincos temporales en plena vigilia.

***

Habilidades sociales. Con los años, uno aprende a separar el grano de la paja. Aquí van algunas pistas:
 
  • En las reuniones de gente leída, no se deje amilanar por el name-dropping. Un porcentaje muy elevado de quienes lo practican suelen ser lectores de solapa. Gente que goza de buena memoria, capaz de retener nombres y tramas, incluso de hacer ingeniosas conexiones entre un libro no leído y otro que tampoco. Si por azar conoce usted alguna de las decenas de obras citadas, vaya a la chicha del asunto: pronto descubrirá que son incapaces de articular algo más que un par de obviedades, señal de que el volumen nunca salió del estante de la librería en que fue furtivamente ojeado o, a lo sumo, yace virgen en la biblioteca de su casa.
  • No le impresione quien recita en idioma conocido o desconocido por usted. Hace unas semanas asistí a una cena en que uno de los comensales se lanzó a recitar fragmentos de la Eneida en el original. Como no leo latín, ni siquiera en la estricta intimidad de mis sueños, cerré la boca y me dispuse a aprender, intentando identificar los fragmentos de un libro que conozco como la palma de mi mano. Acabada la exhibición, quise saber hasta dónde conocía (y sentía) lo que había recitado: el showman no distinguía Anquises de Ascanio, los trinacrios de los teucros, las Odas de las Geórgicas ni el estilo de Catulo del de Marcial, y sus nociones de latín eran tan rudimentarias que tendría dificultades en descifrar la inscripción de una columna en el Foro. Por otro lado, era evidente que Virgilio le dejaba frío y que lo único que quería era irse a la cama con servidor@.
  • Desconfíe de quien habla de sí mismo en tercera persona. Quien lo hace suele llevar ya un tiempo construyéndose en ella. En el mejor de los casos, es un indicio inequívoco de decadencia; en el peor, la prueba de que jamás tuvo peso suficiente para ser primera persona. A veces, la tercera persona se nos aparece en un envoltorio consistente en el uso de la primera acompañado de alguna forma de pretérito. No se deje engañar: sigue siendo tercera persona.
 
 
***
 
El trabajo y los desplazamientos me han dejado muy poco tiempo libre este mes. He releído algunas obras de teatro y el Herzog de Bellow, que ha mantenido la alta puntuación que le dí hace años. Poca poesía, pero la poca, de primera. De todo, me quedo con esto:
 
 
Hay que vivir sin imposturas
Vivir de modo que con el tiempo
Nos lleguemos a ganar el amor del espacio,
Y oigamos la voz del futuro.
 
Hay que dejar blancos
En el espacio y no en el papel
Y en los márgenes anotar
Pasajes y capítulos de la vida entera.
 
Debemos sumirnos en el anónimo
Y ocultar en él nuestros pasos
Tal como se oculta el paisaje
Tras una niebla espesa.
 
Otros siguiendo tus huellas, frescas
Recorrerán tu camino palmo a palmo,
Pero tú mismo no debes distinguir
La derrota de la victoria
No debes renunciar ni a una brizna de ti mismo.
Tú debes estar vivo.
Solamente vivir
Hasta el final.
 
 Es otro ruso: Boris Pasternak (y la traducción, de Gabriel Barra).
 
Foto: San Petersburgo, Philip Kalina