martes, 21 de agosto de 2012

Sin papeles





La noticia de que los sin papeles no podrán recibir asistencia sanitaria me tiene sublevado y me ha embarcado en discusiones acaloradas este verano. Las más, curiosamente, con españoles que votaron al PP en las últimas elecciones y se declaran en su mayor parte cristianos.

La medida, para empezar, descansa en un argumento falaz: el grifo de la sanidad pública no lo abren los jubilados españoles propensos a sobremedicarse ni la en términos generales joven y sana población de los sin papeles (que, por otro lado, según las estimaciones más infladas, no sobrepasa las 600.000 personas). El despilfarro de los hospitales privados con los que la Sanidad pública tiene concertadas ciertas pruebas e intervenciones (la artera política de Aguirre en Madrid) y el gasto de los turistas europeos en la costa levantina son factores de mucho mayor peso.

El perfil del turista sanitario no es el senegalés de veinticinco años que trabaja en la campaña de la fresa en Huelva, sino el del jubileta británico, alemán o belga que se presenta de urgencias o se empadrona para poder recibir asistencia en un hospital costero. Estas artimañas le permiten eludir dos de las condiciones necesarias para que España pueda cobrar la factura al país de origen: que la enfermedad haya sido previamente diagnosticada y que cuente con el visto bueno de las autoridades sanitarias del lugar de procedencia.

Como es sabido, sin embargo, en este país los argumentos no sirven para cambiar o al menos matizar la opinión de quien la tiene fundada en juicios de naturaleza irracional. Mi último interlocutor "veía" claramente una situación fruto de una imaginación calenturienta y en estado de pánico en que una numerosa y crónicamente enferma gens de nigerianos iba resolviendo sus innumerables problemas de salud al amparo de la reagrupación familiar. Inútil citarle cifras del INE, los estudios del Ministerio de Sanidad al respecto, los datos del Colegio de Médicos o del Consejo General de Colegios de Enfermería, las decenas de investigaciones académicas o las muchas quejas planteadas por el Sindicato Médico del Hospital Costa del Sol denunciando el gasto jamás repercutido de los turistas europeos. La gens de negros enfermos ocupaba los primeros puestos de la larga lista de espera en que su madre (quien, dicho sea de paso, jamás había cotizado una sola peseta a la Seguridad Social) esperaba para ser operada de cataratas.

Con perfecta hipocresía, por otra parte, este interlocutor acepta la existencia de dos varas de medir en lo que a los papeles se refiere. Pues que la noticia convive estos días con la muerte de Samia Omar en una patera en la que intentaba llegar a Italia y con la milagrosa "legalización" del joven Fabrice para que pudiera debutar en el campeonato de liga con el Málaga el pasado sábado, le inquiero sobre ello. Se encoge de hombros: ya sabemos que estas cosas pasan.

Cifras y argumentos aparte, quienes creemos en la existencia de leyes de jerarquía superior a las humanas no podemos aceptar que una persona enferma no reciba la atención que necesita y podemos prestarle. Rásquense el bolsillo, pero no éste. Sigan los consejos que Esculapio dio a su hijo. Relean el juramento que hicieron al finalizar sus estudios. Y, si se encuentran ante la disyuntiva de sanar a un enfermo o ser objeto de un expediente administrativo, escojan sin dudar.