domingo, 19 de agosto de 2012

Paseos romanos (2) Nemi






Cuatro días de paso en Roma no dan ni para hacerse una idea elemental de la evolución de una sola de las colinas desde, pongamos, el final de las guerras latinas hasta los Flavios. De modo que aparco de momento el proyecto que me traigo entre manos (suponiendo que la Ciudad los admita todavía),  y propongo a mi acompañante un plan menos ambicioso: pasear sin rumbo, frecuentando los barrios menos atractivos para los turistas, y hacer una excursión pendiente desde que leí el libro de Frazen: Nemi, en las colinas albanas.

Allí estaba el santuario de Diana, cuyo sacerdote debía ser un esclavo fugitivo. Al rex nemorensis únicamente podía destronarlo un nuevo esclavo prófugo que arrancara una rama del árbol que crecía en el recinto del templo, lo que le daba derecho a batirse a vida o muerte con el flamen. En caso de vencerle, se proclamaba nuevo rey:


Those trees in whose dim shadow
The ghastly priest doth reign
The priest who slew the slayer,
And shall himself be slain


dice el cuarteto de Thomas Macaulay.

Hace muchos años escribí un cuento un tanto asfixiante. El tema central era la huida de un esclavo a través de los bosques albanos. Desorientado en ellos, se internaba en Nemi para ocultarse de sus perseguidores, sin saber nada del rito que regía la sucesión en el sacerdocio de la diosa ni, para el caso, sobre la existencia del templo. El enfrentamiento era un malentendido de principio a fin: el joven evadido entraba en el santuario al borde de la extenuación, pero el viejo rex le tenía nada más verle por un rival enajenado por la sed de poder. El relato no revelaba el resultado de la lucha. Se suponía que trataba del absurdo (de la violencia) y la incomprensión (entre los hombres). No hay mal que por bien no venga, y éste y muchos otros cuentos desaparecieron en el aquelarre que siguió a la venta de la casa familiar.

En todo caso, la leyenda del bosque de Nemi, como parábola del alto designio que puede aguardar a quienes luchan por su libertad, siguió alimentando muchos años mi fantasía. Veía al esclavo en la escena final de Los cuatrocientos golpes, en el primer ascenso a la montaña de Jeremiah Johnson, en Holden Caulfield o en Amory Blaine, en algunos (pocos) ejemplos vivos y, claro, en el modo en que yo mismo iba cincelando trabajosamente mi poco ortodoxa forma de vida.

Leyendo gracias al inclasificable Menocchio al inclasificable Dagerman, me pregunto: ¿dónde se encuentra ahora Nemi, adónde llegaría ahora Antoine Doinel por mucho que corriese?
"Para mí, un tipo de libertad se ha perdido para siempre o por un largo tiempo: la libertad que procede de la capacidad de dominar su propio elemento. El pez domina el suyo, el pájaro el suyo, el animal terrestre el suyo. Thoreau dominaba todavía el bosque de Walden. ¿Dónde se encuentra ahora el bosque en el que el ser humano pueda probar que es posible vivir en libertad fuera de las formas congeladas de la sociedad?"
Stig Dagerman, Nuestra necesidad de consuelo es insaciable.