domingo, 8 de julio de 2012

Paseos romanos (2) El mausoleo de Augusto

La belleza oculta siempre me emociona más que la que se muestra a primera vista (también en los humanos). La plaza encajona hoy el monumento entre hileras de edificios de la época mussoliniana. Ya no es posible verlo de lejos desde ninguna perspectiva. Y, de cerca, el perímetro es una escombrera de papeles, latas y plásticos. Hace siglos que los muros  no están recubiertos de mármol travertino y sólo dejan ver la retícula de ladrillos de toba que el ojo está cansado de ver por toda la ciudad. Las veces que he me he acercado a verlo no había un solo turista.

Y, sin embargo, podría ser (es sólo una hipótesis, pero a la que me aferro) una imitación del mausoleo de Alejandro Magno en Alejandría. O incluso del mausoleo de Halicarnaso, aunque parece que éste era de planta cuadrada. Adriano se cuidó muy mucho de que las proporciones del suyo (cuyo plano se trazó sobre las losas que rodeaban al de Augusto) no superaran a las del divinizado.

El anillo superior de las ruinas ya no cierra los jardines de los Soderini, aunque sigue ceñido por una veintena de cipreses que deben datar de los años treinta (¿cuando dejó de funcionar como el auditorio "Augusteo"?).

Étienne Dupérac (1575)
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E' mo che fammo?, nos pregunta el contacto que nos introducido de estrangis (sigue, como tantas ruinas de Roma desconocidas para el turista que no conoce la ciudad antigua, cerrado al público). Aún no ha caído la noche, pero estoy agotado de andar. Este lugar me tiene en un estado de permanente excitación. Nos acercamos a Alfredo. Trittico di pasta para los tres y una botella de rosado. La cuenta para nosotros, claro, y los billetes que dejo sobre la mesa me parecen pocos para pagar lo que hemos visto.


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De noche, leo (poco), escucho música italiana (Battiato y Giuni Russo), me duermo, feliz.


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