lunes, 2 de julio de 2012

Pacífico (y 2)

Domingo 8
Pacífico
Día libre. Escribo por la mañana. De todo lo que escribo, sólo me gusta un verso. Tiro todo a la papelera, incluido el verso. A mediodía he quedado con I. a comer, con la intención de acercarnos después a Valparaíso, al Palacio Baburizza. Mediodía cálido de domingo, y el quiosco junto al Casino y el Hotel del Mar a reventar de familias y turistas, la mayoría llegados de la capital para disfrutar del hermoso día.

Tardan en servirnos, pero igual andamos entretenidos hablando de cosas que nada tienen que ver con lo que nos ha traído hasta aquí. De Hamburgo, de su primera mujer, de su padre, que perteneció en su día a la Frundsberg, del absurdo escándalo que ha estallado a raíz de las declaraciones de Grass. La conversación deriva hacia el espíritu deportivo con que los muy jóvenes se enfrentan a veces a la guerra, incluso a las más cruentas. Le hablo de las memorias de juventud de Graves como epítome de esa actitud. Y de la emoción con que mi abuelo rememoraba los días pasados en un frente ya entonces casi perfectamente controlado por los franquistas, a excepción del bastión de Alía: la loba que crió en las Villuercas y que llevó consigo al pueblo al acabar la contienda, las ocasiones en que aprovechaba su extraordinario parecido con su hermano menor para dejarle en su puesto y bajar a G. a cortejar a una improvisada madrina de guerra, el pequeño universo de gente de la comarca allí reunido en aquellos meses de calma chicha. Largos escolios para poder explicarle por menudo todo lo que me pregunta.
De vez en cuando, echo una mirada al Pacífico y me doy cuenta de lo lejos que estoy de todo. Sobre este mediodía idílico, este cielo tendido sin rastro de nubes, esa raza de sol que ha posado una delgada bruma que se mece con las aguas, mi cabeza arroja la inquietante sombra.

Lunes 9

Esquinazo
No debería, pero me alegra que nos hayan dado esquinazo. Una breve llamada de J. a U. esta mañana para decirle que en Santiago ya no hacían nada, que habían volado a Buenos Aires. El productor progre ha quedado en evidencia ante su director y sus técnicos. E., al que telefoneo para darle la noticia, también está que trina y dice sentirse traicionado por los alemanes. ¿Y por quién no se siente traicionado el solitario redentor? De alguna manera, este fracaso es una pequeña victoria para mí, que nunca creí en el equipo B., ni en el juego a doble banda con el productor, ni en la pista de la hija bastarda. Pero hubiera preferido la derrota.
El plantón les (nos) obliga a buscar otros hilos para urdir la fraudulenta trama. Por la mañana nos acercamos a El Mercurio para hablar con el tipo de nacional que siguió el asunto Schaefer. Ha oído campanas, sabe que los de B. han estado por aquí (lo que quiere decir que lo sabe hasta el último mono, incluido él, si anduviera en la zona y no en el otro extremo del mundo). Durante la comida, escucho por primera vez una versión completa y coherente sobre el asunto de Colonia Dignidad, sobre cómo dio sus primeros pasos Hernán Fernández y sobre la huida y probable paradero de Sch.
A última hora, me acerco a ver a J., a quien no veo desde hace casi veinte años. Cenamos juntos y se nos pasan las horas hablando de Roma, de Puccio, de los bares del Gianicolo donde matábamos las horas durante las clases de italiano, de los grandes momentos de aquel gran año: la excursión a L’Aquila, el póster de Armani y la retirada del crucifijo, mi entrada furtiva al Antiquarium Forense, mi sonado enfrentamiento con el profesor de literatura a cuenta de un Fitzgerald al que él, se descubrió, no había leído y yo sí, la celebración del final de curso, tirados en la Tiberina horas y horas hambrientos de sol, la poesía con que ganó el concurso Carlos A., el torneo de canciones Conte/Rossi/Battisti, y tantas otras cosas que yo ya no recordaba. Nos abrazamos conscientes de que no es probable que la vida nos vuelva a juntar.
Martes 10
Coro del alba
A la mañana, con la primera claridad abriéndose paso entre las cortinas, me asomo a la ventana por la curiosidad de saber cómo amanece. Desde aquí puedo ver varios de los cerros de la ciudad, pero no sé identificarlos. Sólo sé que estamos sobre el cerro Concepción, y que no es el que yo hubiera elegido como cuartel. Pero entiendo que es donde pasamos más desapercibidos. Cuando llevo ya un rato maldiciendo mi mala memoria y peor orientación y pendiente de los ínfimos cambios de luz en el cielo y en las copas de los árboles, mi mente capta lo que debía llevar oyendo ya algún tiempo. Son bandadas de pájaros ocultas en las acacias. Me pregunto si son individuos jóvenes, por esa manera que tienen de trinar como si les fuera la vida en ello. Recuerdo haber leído que los reyezuelos de Costa Rica, los jóvenes que apenas acaban de cambiar la pluma, se reúnen a los laudes a ensayar los cantos que luego les permitirán aparearse, transmitirse información esencial para su supervivencia y disuadir a otras especies de penetrar en su territorio. Una vez terminado ese período de aprendizaje no adquirirán más modalidades el resto de su vida, así que durante esos meses recitan de manera furiosa la lección que deben dominar si quieren llegar a viejos. El ornitólogo americano que lo describía lo llamaba "coro del alba". I. duerme, cruzado en diagonal sobre la cama.
(Por la tarde, visita al Club Militar de V.)

Miércoles 11
Vuelo nocturno en un avión atestado. El capitán me deja pasar a cabina. Se ríe de mis prevenciones. ¿No hemos volado demasiado bajo y durante demasiado tiempo mientras atravesábamos los Andes? ¿Quién se ocupa del mantenimiento de la flota de LAN? ¿Qué opinión tiene sobre lo que se cuenta de los chanchullos de la Junta Militar en Aerolíneas? Mientras se entrega a una larga disertación técnica sobre no sé qué corrientes que se forman en altura, el miedo trenza preguntas trampa sobre la verdadera formación de los pilotos chilenos. Pero uno de sus giros me da pie a hablarle de Guillaumet y sus proezas. Cuando acabo de contarle de pe a pa Vuelo Nocturno, estoy sosegado y puedo regresar al asiento, donde el agotamiento y la tensión liberada me permiten dormir, ahí arriba en mitad de la nada, por primera vez tranquilo en varios días.