domingo, 1 de julio de 2012

Pacífico (1)

Jueves 5

Aeropuerto
I. y U. vienen a recogerme al aeropuerto. U. lleva puesta una gorra, la camisa por fuera de los pantalones, una americana, unas deportivas. Un productor progre. Le gasto una broma que a mí me parece tan fácil en este contexto (“doctor House, I presume”), se ríe, pero es evidente que no ha captado el sentido. I. entiende rápidamente, sin embargo, y han bastado esas cuatro palabras mías para acercarnos a donde nos dejamos en Madrid, hace un año.

En el trayecto, U. me cuenta cuál es el papel que debo interpretar. I. permanece callado todo el trayecto; sé que está pensando que él me lo hubiera explicado mucho mejor. Siendo quien pone la pasta, derrocha confianza en sí mismo. Mucho más inteligente, I. le deja confundirse. Yo no tengo tanta paciencia: sí, U., he entendido lo que quieres que sea tu documental, y también qué parte del guión me corresponde.

Hotel
El cámara y el de sonido llevan tres días encerrados en el hotel. Son hombres de acción, acostumbrados a trabajar la calle, a patear los barrios en busca de imágenes. Están inquietos, beben mucha cerveza, a la noche bajan hasta la plaza del Hoyo, procuran confraternizar con otros bebedores (bebedoras) más jóvenes, probablemente fracasan, siguen con la cerveza. Regresan decepcionados y cabizbajos al hotel. Y fue la tarde y fue la mañana: otro día.

U. recapitula: los de B.están en la ciudad, se han desplazado cuatro de ellos, incluido J. Se espera un desenlace en cualquier momento, y el pacto nos obliga a permanecer aquí, a cambio de la exclusiva que debe incluir, U. insiste, el momento preciso de la detención. I. está tenso. Sabe lo que estoy pensando: que te den con la exclusiva, que le den a la imagen del tipo escoltado por los carabineros. Entonces, ¿qué? Filmaremos por aquí y por allá, todo el relleno, por la noche libertad y gastos pagados, pero no podréis acercaros a V. ni a PM. Cada vez que suena el móvil de U. todos callamos y tratamos de leer en sus gestos, lo que le regocija y me irrita.

En la habitación, llamo a E. y le cuento. Él también quiere su propia exclusiva, ya se ve en la primera plana del JPost, el gran cazador exhibiendo a la más esquiva de las presas. Y yo, ¿qué quiero? Le quiero delante de un juez, pero no me encuentro cómodo en todo este montaje.
Viernes 6
La inacción tiene sus ventajas. Por la mañana leo como un poseso, estoy enganchado a este Vallejo. Todos sus libros son el mismo libro, pero es precisamente repetir lo que me apetece. Cuando se me cansa la vista me ducho, me tumbo en la cama con los ojos cerrados y dejo que mi cabeza vuele donde le parezca. Vuela y se posa en una playa de Mass. donde los Pommeroy buenos del cuento de Cheever malgastan su vida, y pienso en lo difícil que es darse cuenta de eso, de que uno está malgastándola, y me pregunto si a mí me podría estar sucediendo, y me contesto que si así fuera ni siquiera podría estar pensando en ello, y cuando me canso de preguntarme y responderme abro los ojos y leo otras cuarenta páginas.  
Por la tarde paseo con I. Por la noche decidimos prescindir de una de las habitaciones. Sé que son lluvias de verano, pero tan refrescantes.      

Sábado 7
Casa de reposo
¿De todas las residencias esparcidas entre Valparaíso, Viña del Mar, Villa Alemana, y Quilpué habría acabado en esta zahúrda? No me lo creo. En realidad, dice I., los de B. no están tan seguros de que haya seguido recibiendo fondos todos estos años. Los espabilados de B., le contesto, están convencidos de que pertenezco a X. Y si no lo están, eso te han dicho. En el primer caso, están en la inopia; en el segundo, te mienten. En cualquiera de los dos, yo no les daría crédito. Si el único respaldo con que contase fuese su hija ilegítima, una mujer desequilibrada por las circunstancias de su nacimiento y cuyas cuentas sabemos no muy saneadas, ni siquiera habría podido emprender la huida inicial. Y hubiera sido mejor para él: todos los sentenciados estaban fuera a los ocho años y mira él, sesenta años de vuelta al mundo. Y nosotros detrás de él. Seguimos discutiendo sobre las probabilidades de que esté ahí dentro mientras llega el otro coche con U. y los dos chicos.
Ahí dentro. Nada más cruzar el umbral, se hace evidente que estamos perdiendo el tiempo. I. me dirige una rápida mirada en la que veo nacer sus dudas. La jovencita que atiende la recepción aparta momentáneamente su celular para atendernos. Le estamos haciendo perder el tiempo. No, no le importa que consultemos el libro registro, ni que subamos a la planta. Sí, la habitación de X. es la 52, pero no estará allí, sino pegado a la pantalla en el salón de la televisión.
Un viejo alemán de metro noventa, ochenta y muchos años. Por las yemas de sus dedos, fue fumador; por el timbre que aún conserva cuando no se le quiebra, su voz debió tener un impresionante registro de bajo; sus ojos acuosos y amarillentos debieron ser azules. A ratos, tengo la impresión de que padece demencia senil. Habla de Patricio Carvajal como si le hubiera conocido personalmente, dice haber jugado en el Everton de Viña del Mar, haber tenido un taller mecánico en Santiago donde reparaba blindados de la armada, vuelve sobre Carvajal, pierde su mirada entre nosotros y el aparato vociferante. ¿Con quién habla, con nosotros o con los personajes que se mueven en la pantalla?

Su alemán no parece muy fluido (pero tampoco lo es su castellano). Me empiezo a sentir mal ante las preguntas que le hacen. Sugiero una retirada, pero U. quiere imágenes, cualquier imagen sobre la que montar la farsa. Y aquí se desata la trifulca. Le digo que no debería filmar a un hombre que no parece perfectamente consciente de lo que dice, trata de aplacarme con un discurso sobre el Mal y la Justicia, me niego a hacer ninguna pregunta al viejo, sigue intentando manosearme el corazón, le digo que ni aunque fuera el mismísimo Goebbels, sube el tono, me llama purista, le cedo la última palabra, pero firme en mis trece de no hablar con el viejo ni detrás ni delante de cámara. El viejo mira sin comprender. I. me saca de allí y me deja fumando en la calle. Al cabo de tres cuartos de hora, salen. U. exultante, los chicos me evitan la mirada y se encogen de hombros al pasar junto a mí. I. callado, me aprieta brevemente el brazo en el coche.

Foto: Ian Berry