domingo, 15 de julio de 2012

Intermezzo

El mes de julio, que me prometía un descanso feliz tras los días de encierro, me ha encadenado a este lugar. Reparto mi tiempo entre las visitas al hospital, la reincorporación al trabajo y las salidas esporádicas con L. y S. De noche, cuando no hago guardia, leo o me siento en alguna terraza en la calle, alternando con los distintos conocidos que se van sentando a mi mesa. Tomo notas y traduzco algunos poemas de Bunting y de Robert Hass.

"Longing, we say, because desire is full of endless distances", dice un verso de Hass. Este escollo me desanima. No es posible traducirlo al español. La única forma, corrupta, de fidelidad, requiere escribir un verso por completo nuevo donde las imágenes de distancia y nostalgia compartan algún tipo de afinidad semántica.

***

Es imposible dormir. No porque él no duerma, sino por las constantes entradas y salidas de la habitación. Aun así, me doy cuenta de que he debido dormitar cuando entra una enfermera y comienzo a recordar fragmentos de imágenes o frases aisladas cuyo origen no soy capaz de rastrear en la conciencia.

Cerca de las tres me doy por vencido, abro el ordenador de modo que la pantalla no refleje la luz hacia la cama y me abstraigo en el foro de música. Se prolonga una discusión (el hilo tiene ya 72 mensajes) sobre las diferentes versiones de los intermezzi de Brahms. Una vez más, los puristas ganan por goleada a quienes lamentamos que Gould no dedicase más tiempo a la música romántica. Pero, como en cierto modo le sucedió a Cherkassky, cualquier interpretación de Gould parece condenada a despertar pasiones y críticas igual de extremas. En el caso del intermezzo en La mayor, no existe ninguna otra interpretación en que la melodía oculta en los bajos compita en belleza con la tenida tradicionalmente por principal. La polifonía a la que estaba acostumbrado en su repertorio barroco tiene la culpa. Cuelgo la pieza en las versiones de Gould, Lugansky y Kempff y logro atraer a un par de puristas a la causa. Me quedo dormido con la pantalla encendida a las seis, justo a tiempo para que una enfermera no muy bienhumorada venga a tocar las narices de nuevo y me lance una mirada de desaprobación. Estoy seguro de que piensa que andaba husmeando páginas porno.

***



Nos hemos aficionado (es un decir: cuatro veces) a las carreras de caballos que se celebran los jueves por las noches en el hipódromo. Se está fresco, se come bien y nunca perdemos (tutto sommato) más de veinte euros, aunque no conocemos cuadras, ni genealogías, ni si el animal corre bien sobre hierba pero se emperrea en arena. Elegimos ganador, colocado o gemela en función de si su nombre nos gusta, los colores del jockey son de nuestro agrado, percibimos algún destello de furia en su mirada cuando sale al paddock y otros criterios igualmente racionales que, para nuestra sorpresa, suelen conducirnos al triunfo.

Miro fotos antiguas de las instalaciones y me sorprende lo poco que ha cambiado y lo bien que ha resistido el paso del tiempo. Claro que entonces era un lugar para señoritos y los encargados de su diseño (Carlos Arniches, Eduardo Torroja) formaban parte de la crema de la arquitectura y la ingeniería de los años treinta.

El pasado jueves, una inmensa luna naranja casi nos hace perdernos la primera carrera. Era tan espectacularmente grande que ese monumento a la fealdad que son las torres de la Plaza de Castilla parecían casitas de monopoli junto a ella. Pero no fue su belleza ni su veloz aparición lo que nos retrasó en la apuesta, sino una nueva manifestación del pensamiento mágico de S. Sostenía S. que pues era naranja, debía por fuerza ser el Sol. Y por mucho que intentamos hacerle entrar en razón, nos enzarzamos en una larga discusión que él zanjó de la siguiente forma: "Pues será que no nos hemos enterado de que ha pasado la noche y se nos ha hecho de día". 

***

Dice Anna Swir: «Un escritor tiene dos tareas. La primera, crear su propio estilo. La segunda, destruir su propio estilo. Esta segunda tarea es más difícil y lleva más tiempo». Y aunque lo que escribió Swir me parece de calidad muy inferior a la de otros poetas polacos contemporáneos, me lo tomo en serio.

Recibo dos correos: uno de JAM, crítico con la mayoría de las poesías, y otro de FA., muy halagador. Me quedo con el primero de ellos. No es que me fíe más de JAM que de FA; es que me fío más de mí. Cuando se acostumbra a empezar los poemas en un do agudo (como decía Ajmatova que hacía Marina Svetayeva), tienes que dosificar muy bien el lenguaje para que la estrofa final no acabe en pura estridencia. Supongo que en cierto modo a eso se refiere JAM cuando me pregunta si quiero seguir siendo fuegos artificiales o pila duracel que hace bailar al oso hasta la extenuación.

No es fácil derribar tu propio estilo; tienes que hacerte el sordo a cómo te suena el lenguaje ahí dentro.



video