lunes, 9 de julio de 2012

Harvest of sorrow




David Oistraj y Serguei Prokofiev, en 1937

Prokofiev nunca me inspiró simpatía. Principalmente, porque su música no me gusta. Pero también porque tras la primera purga estalinista, en la que cayeron decenas de sus amigos, se prestó a componer una soporífera cantata para celebrar el veinte aniversario de la revolución. Y luego, una oda por el sesenta cumpleaños de Stalin, Zdravitsa, que se podría traducir, me dicen, por "¡Brindemos!". Tampoco se la recomiendo.

El metrónomo estalinista dictaba el tiempo de sus obras.

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Sin embargo, dudaba. ¿Cómo era posible que mantuviese una relación tan estrecha, que iba mucho más allá de la colaboración musical, con Oistraj y Richter? Richter, que detestaba a quienes habían asesinado en vísperas de la invasión nazi a su padre - un volksdeutsche considerado desafecto-, que se jugaría la taleguilla siete años más tarde tocando en el funeral de Pasternak, un hombre demasiado refinado e independiente como para ser del agrado de una marioneta del régimen. Tampoco el círculo de amistades de Oistraj era el más aconsejable para escapar al terror asiático de Stalin. Luego conocí otros datos: Prokofiev tenía las manos atadas con el cautiverio de su esposa y sus dos hijos en Siberia. ¿No hubiera yo escrito una oda al mismísimo Belcebú? Y la segunda purga le convirtió en un maldito. Murió en la indigencia mientras componía sus últimas sonatas.

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El 5 de marzo de 1953 Stalin cenó en su dacha a las afueras de Moscú con Malenkov, Beria, Bulganin y Kruschov. Por la tarde había estado viendo con ellos una película en el Kremlin. Cuando se despidieron, estaban todos algo perjudicados. Entre las nueve y las diez de la noche murió de un derrame cerebral (aunque la versión del envenenamiento sigue circulando con poderoso encantamiento). Cincuenta minutos después, murió Prokofiev en su apartamento de Moscú, cercano al conservatorio (y por lo tanto, al Kremlin).

El traslado del cadáver de Stalin a la ciudad hizo prácticamente imposible que nadie lograse acceder al apartamento de Prokofiev. Las coronas de flores se agotaron rápidamente en la ciudad y su destino era la Sala de las Columnas del Kremlin. En el apartamento, apenas cuarenta personas en una pequeña sala desprovista de toda ornamentación fúnebre. Richter, entre ellas.

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Entonces comenzó el sainete. En las dos ceremonias (masificada una, desolada otra) tocaron quienes no tenían que tocar, lo que no tenían que tocar.

Prokofiev fue llevado a la Casa de los Músicos. No había más de quince personas. El viceministro (Kholodilin) solicitó con urgencia un cuarteto que debía interpretar a Tchaikovsky. Dubinsky, primer violín del cuarteto Borodin, insinuó que no era de la predilección del músico. Tenemos también Beethoven, sugirió. ¿Beethoven? No: Tchaikovsky está bien. A regañadientes, tocaron el segundo cuarteto. A mitad de concierto, Kholodilin les interrumpió: "Vamos, hay que irse". Los músicos se desplazaron como pudieron entre los ríos de gente que fluían hacia el Kremlin, los instrumentos pegados a sus cuerpos. Oistraj tocó la Serenata melancólica de Tchaikovsky. Luego se sucedieron otras piezas del agrado del muerto.

Funeral de Stalin

Acabadas las ceremonias, Richter recibió un telegrama de Moscú: "Esté preparado. Va a tocar usted en el funeral de Stalin en Tiblisi". Despegó en medio de una tormenta de nieve que había obligado a suspender todos los vuelos, en una avioneta en la que viajaban sólo él, el piloto, y decenas de coronas de flores destinadas a la ceremonia. Y aquí fue cuando Richter ideó y luego se cobró su particular venganza.

El féretro estaba por encima de un sencillo piano vertical, y Malenkov presidía la ocasión, mirando aterrado a su alrededor al resto de la corte soviética que le acompañaba. Seguramente pensaba que su condición de probable sucesor de Stalin le convertía también en favorito a la liquidación. Entonces Richter comenzó a tocar la fuga en Sol sostenido menor de El clave bien temperado. Stalin odiaba Bach. Malenkov se volvió a su derecha y masculló en voz baja: "¿Quién ha compuesto esta mierda?". La gente comenzó a silbar. Alguien sugirió a Richter que abreviara.


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¿Qué les hizo quedarse en vez de huir o no regresar, como hicieron muchos otros (Rachmaninov, Rubinstein, Horowitz, Berman), aceptar premios y condecoraciones de un régimen que repudiaban, actuaciones no deseadas, atender compromisos a los que no podían sustraerse?

Cuenta Rachmaninov en sus memorias:

"It is a curious story: the older we get, the more we loose that divine confidence which is the treasure of youth, and the fewer are those moments when we believe that what we have done is any good. Nowadays, I am rarely satisfied with myself, and almost never feel that what I do is successful. I am burned with a harvest of sorrow. But there is another burn, heavier still, unkown to me in my youth: it is that I have no country".

Pudieron, pero ninguno de ellos soportó la idea de no poder regresar nunca más a Rusia.

Preludio y fuga en Sol sostenido menor (Clave bien temperado, Libro II).
Rosalyn Tureck

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