miércoles, 4 de julio de 2012

Destrucción

Foto: Gabriele Basilico


Una noche de invierno en que el alcohol propiciaba las confesiones dramáticas, Beni nos anunció: “Se acabaron las miserias”. Y la primera mañana tibia de la primavera quiso que les acompañáramos a ver el chalet que iban a comprar en S. En homenaje a la vida que estaban a punto de dejar, nos acercamos hasta S. en la desvencijada furgoneta naranja con la que habían recorrido el continente entero, de Moscú hasta el Cabo da Roca, desde las tierras altas de Escocia hasta Calabria. Toño y yo ocupamos el asiento trasero, junto a Rocky, un bulldog nonagenario que vertía con perfecta despreocupación un tibio reguero de babas sobre el freno de mano.
- Para - dijo Beni -, para el puto coche te digo.
Casandra pisó levemente el pedal del freno y se dispuso a echar el de mano cuando notó el contacto viscoso de las babas de Rocky. La furgoneta siguió deslizándose a paso de hombre junto a la acera.
- Ahí lo tenéis.
- ¿Estás seguro?

- Perfectamente seguro. ¿Quieres echar el jodido freno?

Empezaba a arrepentirme de haber aceptado la invitación. No sabía por dónde convenía empezar a mentir. Toño cruzó las piernas y comenzó a liarse un cigarrillo. El cielo había comenzado a empedrarse. Casandra entornó los ojos y venció su repugnancia. La vieja Volskwagen quedó acomodada en uno de los muchos socavones del camino sin asfaltar.

- Bueno, ¿qué os parece el chalet, chicos?

Beni lo llamaba chalet: El Chalet. Y técnicamente lo era, una construcción de una sola planta rodeada de una pequeña parcela, con solo un vecino a la derecha, porque a la izquierda se abría ya, inmenso pero infrautilizado, enlodazado en invierno y azotado por un aire flamígero en verano, atravesado por un haz de rotondas rara vez transitado, el polígono industrial. Pero Casandra lo llamaba La Celda. Era oscuro y frío como un atardecer noruego. Y el promotor, el hermano del homeópata que le había estado tratando durante tres años una gastritis erosiva con fruto escaso (para ella; no cabría decir lo mismo de él), había olvidado mencionar que la casa asentaba sus posaderas sobre una capa freática grande como el lago Michigan que rezumaba un agua fétida, verdosa, viscosa.

- Es una ganga, me lo ha soplado el tío – estaba diciendo Beni.

Caía una lluvia torrencial y seguíamos metidos en la furgoneta, observando en silencio el embrión de fachada. Cuatro cerebros cada vez más enlutados en busca de una conclusión, unas palabras.

- ¿Qué te ha soplado el tío? No me has contado nada. ¿Qué es lo que te ha dicho exactamente?

- Pues exactamente eso: que es una bicoca. Que por una puta vez en la vida somos nosotros quienes disponemos de información privilegiada. Trescientos mil euros hoy, quinientos mil pasado mañana. Por eso los están comprando gente de pasta: abogados, cirujanos, analistas financieros, agentes de bolsa, tu homeópata. Invierten aquí sus beneficios.

- ¿Aquí? - preguntó Casandra incrédula.

Contempló con suspicacia el cartel anunciador: “Treinta y seis viviendas de lujo independientes a veinte minutos del centro de Madrid. Cuatro, cinco y seis dormitorios. Piscina comunitaria. Canchas de tenis y pádel. Campo de golf”. Luego echó un vistazo por la ventanilla al descampado rocoso y desertizado que se perdía en un horizonte de grúas y nubes troneras que un viento de popa empujaba hacia Toledo.

- ¿Y dónde van a poner aquí un campo de golf?

- Ahí - Beni señaló el emplazamiento que ahora ocupaba el polígono industrial -, donde esas alambradas caídas.

- Pues no sé cómo van a apañárselas para traer agua hasta aquí.

- No seas paleta, querida: ahora son capaces de mantener césped con un mínimo requerimiento de agua.

- Y tampoco sé muy bien – insistió Casandra - qué quieren decir con eso de a veinte minutos de Madrid. Estamos a setenta kilómetros, y aunque estuviéramos a diez sería imposible llegar en veinte minutos al centro a no ser que el coche sobrevolara los atascos de la A4.

- Pues tú misma. Si quieres nos quedamos donde estamos hasta que no podamos subir más allá del segundo y entonces nos largamos a la residencia de tu pueblo.   
  
***

Pero no fue este negro pronóstico lo que acabó por convencer a Casandra, sino el hecho rotundo e insoslayable de que llevaban doce años casados, no tenían ahorros ni perspectiva alguna de tenerlos, a menos que una reestructuración milagrosa de la política de recursos humanos de la cadena de supermercados en que trabajaban les convirtiera en jefes de proyecto, y vivían de alquiler en un quinto sin ascensor en el que dormitorio, salón, cocina y retrete se disputaban unos escasos cuarenta metros cuadrados.

Así que se plantaron en aquella oficina de Ibercaja. No les recibió el director, como Beni había augurado, sino una joven diminuta, pero de cuerpo robusto y compacto, con una mirada anfibia tras unas gafas de concha que podían haber sido de su abuela o ser el último grito en moda oftalmológica, Beni no estaba seguro. Les tendió una mano fría y flácida, masculló una fórmula de cortesía con escaso entusiasmo, y les hizo seguirla hasta el pequeño despacho en cuya puerta brillaba un rótulo contundente: Departamento de créditos.

- Bueno, pues aquí estamos - Beni se decidió a romper el hielo que con tanta rapidez se había formado entre ellos.

- Lo primero, sus documentos de identidad.

El laconismo de la señora Del Pozo tuvo dos efectos inmediatos y paralelos: Beni adoptó una actitud sumisa, y Casandra se enrocó y optó por no abrir la boca en toda la entrevista. La letra, les informó al final, ascendía a 1.427 euros mensuales. A los tipos actuales. Podrían subir, pero lo más probable es que bajaran. Ésa es la tendencia del mercado, y el mercado no suele equivocarse. ¿Les queda alguna duda?, concluyó.

- Un 62 por ciento de nuestros ingresos, he calculado – nos dijo Beni.

- Algo más de lo recomendable – sugerí.

- Algo mucho más – apostilló Casandra.

Siguió una larga disquisición de Beni sobre la probable evolución de los tipos de interés a largo plazo. El verano estaba acabando. La plaza de la Mariblanca estaba llena de niños aprendiendo a montar en bicicleta, de falsos artesanos y de incautos consumidores adquiriendo monederos de cuero andinos (recuerdo de Santa Cruz, rezaban), collares de lapislázuli egipcios, sahumerios exóticos y jabones ecológicos. Las tórtolas zureaban alrededor de nuestra mesa rapiñeando las sobras. Toño liaba cigarrillos entre sorbo y sorbo de zumo de tomate.

- ¿No te aburres de beber zumo de tomate? – le pregunté.

- Me aburren más otras cosas.

***

Rezumaban las paredes. No sólo las de la cocina, donde aquel ser de los mundos subterráneos había empezado a buscar la luz, sino las del salón, las del baño, las del dormitorio, las del garaje. Asomaba primero por un rincón cualquiera de la pieza, como un roedor nocturno otea el bosque antes de emprender su partida de caza. Luego avanzaba, lenta pero imparable como un río de lava, hasta tapizar la mitad inferior de las cuatro paredes de un gris rata que desprendía un olor mohoso y fecal. Y allí parecía encontrar el reposo necesario. No es que hubieran sido nunca especialmente puntillosos en el cuidado doméstico, pero la aparición del agua había precipitado el abandono definitivo del hogar.

Lo que en el hogar convivía en alegre confusión: ropa sucia, ropa limpia (en proporción mucho menor), tazas de café, latas de cerveza, de Red Bull, de Coca-Cola, periódicos deportivos de varias temporadas pasadas, deuvedés (desprovistos de sus carátulas), carátulas (desprovistas de su correspondiente deuvedé), a más del surtido botiquín ambulante con que Beni aliviaba su hipocondría - gasas, tiritas, botes de Betadine vacíos, llenos o a medio terminar, cajas de aspirinas para licuar la sangre y evitar los infartos, cajas de Kaergona para no licuarla demasiado y prevenir las hemorragias, antibióticos, antipiréticos, antihistamínicos, varios termómetros, un estetoscopio, un tensiómetro.

- Siento tener todo tan desordenado – dijo Casandra nada más abrir la puerta. - Ayer había boxeo y nos quedamos viéndolo. G., Beni te quiere enseñar no sé qué nido. Está en el jardín. Toño, en la nevera tienes zumo de tomate.

- El zumo de tomate se toma del tiempo – replicó Toño adentrándose en la cocina.

Y qué decir del recoleto Edén tropical que aparecía representado en los planos del amigo promotor. El aterciopelado césped inglés del proyecto, donde dos atléticos jóvenes jugaban con sus hijos (niño, niña) y su perro (Cocker) a un divertido y saludable juego de raqueta, era en realidad un tapiz mitad barro, mitad mierda, cuyo dios único y verdadero era Rocky. El caprichoso nonagenario despreciaba la caseta que los humanos habían diseñado para él, y en cambio mostraba una particular afición por dormir semienterrado en cualquier agujero excavado con sus propias garras. Los improvisados lechos de Rocky, a más de horadar el terreno hasta convertirlo en una barbechera, habían brindado a la entomología un nuevo ser: una araña (pero siempre acompañada de su tropa de crías) que adoraba los interiores húmedos. La araña había sentido la llamada de la casa. Y Casandra era aracnófoba.

- ¿Dónde está ese nido?

- Lo del nido era una mandanga. Tengo que hablar contigo. ¿Sabes que los tipos han subido tres cuartos de punto desde que compramos? Estamos asfixiados. Ya no es el 62 por ciento como cuando empezamos. No he podido pagar los dos últimos recibos de luz. Necesito hacer algo.

Alguien podría estar tentado de situar el origen de todo en este momento, en aquel instante en que Rocky abandonaba una de sus guaridas para saludarme, la figura de un Toño somnoliento se perfilaba bajo el umbral de la puerta de salida al jardín y los ojos de Beni se clavaban en mí implorantes. Pero en realidad todo había empezado mucho antes, cuando empezaron a mirar a derecha e izquierda en lugar de hacia adelante y hacia adentro y se deshicieron de la furgoneta.