lunes, 30 de julio de 2012

Cartas a Lucio


I


Es medianoche, Lucio, en una provincia que no conoces cuyo nombre sólo se pronuncia una vez cada tres cónsules. Todo es silencio salvo todo lo que contribuye a hacerlo aún más absoluto. El calor agrieta la tierra, la surca de desfiladeros y cañones a escala de insecto o de culebra. De tan hermético, el cielo parece un reflejo visual del silencio.

He despedido a los criados y no espero ya visitas de los dignatarios.

  
II

Gloria

Ten en cuenta esto, Lucio, si una vez aspiras a la gloria. Tus obras huérfanas de ti habrán de defenderse solas. La muerte es un mecenas que sólo acepta la excelencia: desprecia las causas, sólo atiende a los efectos. Un mal verso es inmortal, por abrasadora que fuera la dicha que envolvía.

Sucederá que escribas nocturnos resplandecientes de verdad y amanezcan convertidos en garabatos. No te apene tirarlos; desprecia el frufrú de las palabras.

No seas oscuro. Lo oculto y lo abstracto son atajos hacia una representación del mundo sin necesidad del mundo. Es preferible utilizar la palabra justa para designar las cosas que son como son. Agua debe querer decir agua, no la líquida disonancia de un pensamiento.

Prefiere lo menos. Rehúye la tentación de hacer explícito el daemon.


III

El mal

Hace ya tantos años que te mudaste. ¿Recuerdas, aún, julio en Hispania, las ciudades vencidas al sol, inertes como una naturaleza muerta en los instantes altos del día? Para mí es julio el mes más cruel, cuando despojados de la adarga de la rutina parece que deberíamos saber qué hacer con este abalorio de horas y horas futuras.

Cómo paso mis días, me preguntas y temo que esta respuesta te decepcione. Mi cuerpo parece relleno de bronce como el de una estatua délfica (salvo por sus líneas), mi corazón está cansado de remar, me aqueja un mal que tardará veinte siglos en tener nombre. Me despierto con una luz anémica que a la hora quinta se hará fulgor. Desde la cama veo cómo lo surcan regatas de cúmulos. La casa entera tiembla bajo los ladridos del calor. De vez en cuando cruza la silueta de un recuerdo. Nos saludamos, brevemente. Nos despedimos sin interés como matrimonio viejo. Luego el sol cae lento como un globo de gas hacia el horizonte, se desgaja en su perfil y al fin puedo volver a no pensar, no sentir, no.

IV

Construir un arca

A mitad de la vida, Lucio, uno debería poder encamarse con su memoria. Una mitad para entender, otra para contar. Ése es un buen acuerdo. Pero si has muerto, si resucitaste por milagro a mitad de la vida, si cuando tendrías que ser más sabio has perdido la facultad de nombrar, porque no distingues ya la virtud del vicio, la verdad de la mentira, porque demasiadas veces has visto cómo intercambiaban sus motes, cómo se parecen sus máscaras mortuorias, entonces aún no puedes descansar. Te espera un trabajo duro todavía. Armar un arca e introducir en ella de una en una las parejas de palabras con sus significados nuevos para que el diluvio, si otra vez llega, no nos pille por sorpresa.