jueves, 19 de julio de 2012

Alta infidelidad

Martin Parr (serie Bored couples)
"No sé si a ustedes les sucede lo mismo que a mí. Cuando quiero contar una historia choco, infaliblemente, contra el obstáculo de no saber cómo comenzar. Un paso en falso basta para echarlo todo a perder. Me explicaré: si al principio contemporizan demasiado, intentando crear lo que suele llamarse atmósfera, y se entretienen en excesivas sutilezas, corren el riesgo de no producir el efecto deseado, fatigando la atención de los oyentes.
Si, por otra parte, superan el límite impuesto con un salto digno de un gato escaldado, el auditorio se desconcierta".
(P.G. Wodehouse, De acuerdo Jeeves)



Y así como Wodehouse termina encontrando el point d'appui desde el que empezar a reconstruir los hechos en un mes de julio en Cannes pienso, tras reconsiderar el asunto en perspectiva, que no debe irse más acá ni más allá de ocho o nueve años atrás, fecha aproximada en que su matrimonio se había deteriorado a tal punto de hacer inmejorable la convivencia. En el lenguaje de la calle, inmejorable se ha convertido en superlativo de bueno, pervirtiendo su polisemia original. Porque pudiera ser que lo que ya no es posible mejorar sea una condición tan podrida que hace vanos todos los intentos por superarla. Éste es el sentido en que utilizo el adjetivo. Y entonces se entenderá que la felicidad había desaparecido, salvo destellos efímeros, a veces impostados, que relumbraban en el progreso de los hijos o en sus tropiezos, recaídas, descalabros, en el incremento del patrimonio o en su salvación, en el goce o la tranquilidad de lo conocido y previsible, en los cada vez más espaciados encuentros sociales en que reverberaban ecos de otra época, o ecos en todo caso de un futuro imaginado, una época en que el otro podía ser de otro y por lo tanto deseado, la luz ya anémica de lo común y exclusivo de ellos.