lunes, 30 de julio de 2012

Cartas a Lucio


I


Es medianoche, Lucio, en una provincia que no conoces cuyo nombre sólo se pronuncia una vez cada tres cónsules. Todo es silencio salvo todo lo que contribuye a hacerlo aún más absoluto. El calor agrieta la tierra, la surca de desfiladeros y cañones a escala de insecto o de culebra. De tan hermético, el cielo parece un reflejo visual del silencio.

He despedido a los criados y no espero ya visitas de los dignatarios.

  
II

Gloria

Ten en cuenta esto, Lucio, si una vez aspiras a la gloria. Tus obras huérfanas de ti habrán de defenderse solas. La muerte es un mecenas que sólo acepta la excelencia: desprecia las causas, sólo atiende a los efectos. Un mal verso es inmortal, por abrasadora que fuera la dicha que envolvía.

Sucederá que escribas nocturnos resplandecientes de verdad y amanezcan convertidos en garabatos. No te apene tirarlos; desprecia el frufrú de las palabras.

No seas oscuro. Lo oculto y lo abstracto son atajos hacia una representación del mundo sin necesidad del mundo. Es preferible utilizar la palabra justa para designar las cosas que son como son. Agua debe querer decir agua, no la líquida disonancia de un pensamiento.

Prefiere lo menos. Rehúye la tentación de hacer explícito el daemon.


III

El mal

Hace ya tantos años que te mudaste. ¿Recuerdas, aún, julio en Hispania, las ciudades vencidas al sol, inertes como una naturaleza muerta en los instantes altos del día? Para mí es julio el mes más cruel, cuando despojados de la adarga de la rutina parece que deberíamos saber qué hacer con este abalorio de horas y horas futuras.

Cómo paso mis días, me preguntas y temo que esta respuesta te decepcione. Mi cuerpo parece relleno de bronce como el de una estatua délfica (salvo por sus líneas), mi corazón está cansado de remar, me aqueja un mal que tardará veinte siglos en tener nombre. Me despierto con una luz anémica que a la hora quinta se hará fulgor. Desde la cama veo cómo lo surcan regatas de cúmulos. La casa entera tiembla bajo los ladridos del calor. De vez en cuando cruza la silueta de un recuerdo. Nos saludamos, brevemente. Nos despedimos sin interés como matrimonio viejo. Luego el sol cae lento como un globo de gas hacia el horizonte, se desgaja en su perfil y al fin puedo volver a no pensar, no sentir, no.

IV

Construir un arca

A mitad de la vida, Lucio, uno debería poder encamarse con su memoria. Una mitad para entender, otra para contar. Ése es un buen acuerdo. Pero si has muerto, si resucitaste por milagro a mitad de la vida, si cuando tendrías que ser más sabio has perdido la facultad de nombrar, porque no distingues ya la virtud del vicio, la verdad de la mentira, porque demasiadas veces has visto cómo intercambiaban sus motes, cómo se parecen sus máscaras mortuorias, entonces aún no puedes descansar. Te espera un trabajo duro todavía. Armar un arca e introducir en ella de una en una las parejas de palabras con sus significados nuevos para que el diluvio, si otra vez llega, no nos pille por sorpresa.

sábado, 21 de julio de 2012

Ni Trinacria ni Albacete




Querid@ X.:

Hoy se ha marchado V. a Bruselas. He hecho un verdadero esfuerzo por disimular la orfandad que ya sentía mientras le llevaba al aeropuerto. Estos días se ha portado conmigo, como diría el jaro, como un campeón, llevándome y trayéndome del hospital a horas a veces intempestivas.

Me preguntas por lo que queda de este mes y el que viene. No puedo avanzarte nada. Teóricamente, debería haber pasado al menos parte de este mes reposando en un lugar de mi elección, y había elegido la Sicilia. ¿Sabes que los romanos (tal vez antes aún los griegos) la llamaban Trinacria, por su forma? Como fuere, ni Trinacria ni Albacete. La hospitalización de M. se adivina larga, y ni siquiera sé si podré desplazarme unos días de agosto a Ginebra, con lo apetecible que es en verano. No lo llevo bien, por razones evidentes y también, aunque pueda parecerte frívolo en estas circunstancias, porque hace exactamente cuatro años que no tengo vacaciones, con la salvedad de algunos días en Roma hace ya más de un año.

Bueno, basta de jeremíadas. Por lo demás, he recuperado el ritmo de escritura, y te puedo asegurar que me salva la vida enclaustrarme durante dos o tres horas, de día o de noche, a leer, escribir y recuperar mis escasas nociones de métrica. Es una actividad que me deja exhausto. Brodsky decía que la poesía era "pensamiento acelerado", y entiendo a qué se refería (salvando las distancias). Nunca he podido entender cómo hay personas capaces de escribir (o de tocar el piano, for that matter) durante seis u ocho horas al día. Para mí supone un tremendo esfuerzo emocional e intelectual del que salgo para meterme directamente en la cama, nadar un rato o practicar sexo. Hace poco he leído, en un blog bastante entretenido que recopila correspondencia de famosos con desconocidos, la carta que escribió Scott Fitzgerald a una escritora principiante, de la que te transcribo el primer párrafo:

"I've read the story carefully and, Frances, I'm afraid the price for doing professional work is a good deal higher than you are prepared to pay at present. You've got to sell your heart, your strongest reactions, not the little minor things that only touch you lightly, the little experiences that you might tell at dinner".

Bien o mal hecho (y hay quien dice que debería sujetar mis bridas), algo de eso me pasa. No soy capaz de sentarme a escribir sobre las pequeñas cosas, y siempre acabo vendiendo el corazón a la cuartilla. 

Cuéntame algo divertido sobre A. y sus expediciones de caza de insectos vulgares. ¿Sigue coleccionando saltamontes y disecando palotes? No desesperes porque parezca carecer de la curiosidad del verdadero (aspirante a) entomólogo. Estoy seguro de que de esa afición a coleccionar lo más común, lo que carece aparentemente de interés, saldrá un adulto muy inquieto, tal vez una gran escritora.

Tuyo,
PJ

jueves, 19 de julio de 2012

Alta infidelidad

Martin Parr (serie Bored couples)
"No sé si a ustedes les sucede lo mismo que a mí. Cuando quiero contar una historia choco, infaliblemente, contra el obstáculo de no saber cómo comenzar. Un paso en falso basta para echarlo todo a perder. Me explicaré: si al principio contemporizan demasiado, intentando crear lo que suele llamarse atmósfera, y se entretienen en excesivas sutilezas, corren el riesgo de no producir el efecto deseado, fatigando la atención de los oyentes.
Si, por otra parte, superan el límite impuesto con un salto digno de un gato escaldado, el auditorio se desconcierta".
(P.G. Wodehouse, De acuerdo Jeeves)



Y así como Wodehouse termina encontrando el point d'appui desde el que empezar a reconstruir los hechos en un mes de julio en Cannes pienso, tras reconsiderar el asunto en perspectiva, que no debe irse más acá ni más allá de ocho o nueve años atrás, fecha aproximada en que su matrimonio se había deteriorado a tal punto de hacer inmejorable la convivencia. En el lenguaje de la calle, inmejorable se ha convertido en superlativo de bueno, pervirtiendo su polisemia original. Porque pudiera ser que lo que ya no es posible mejorar sea una condición tan podrida que hace vanos todos los intentos por superarla. Éste es el sentido en que utilizo el adjetivo. Y entonces se entenderá que la felicidad había desaparecido, salvo destellos efímeros, a veces impostados, que relumbraban en el progreso de los hijos o en sus tropiezos, recaídas, descalabros, en el incremento del patrimonio o en su salvación, en el goce o la tranquilidad de lo conocido y previsible, en los cada vez más espaciados encuentros sociales en que reverberaban ecos de otra época, o ecos en todo caso de un futuro imaginado, una época en que el otro podía ser de otro y por lo tanto deseado, la luz ya anémica de lo común y exclusivo de ellos.


lunes, 16 de julio de 2012

Lanyon, el patafísico

Jean Genet

Atlas Press es una editorial, o lo que sea, que me ha procurado muchas horas de placer y risas, especializada en prosa radical y vanguardista (dadaístas, expresionistas, oulipistas y demás tropa de ADN surrealista) escrita desde 1890 hasta nuestros días. Llegué a ella de forma un tanto extraña, el último año de bachillerato, cuando dos de mis tres libros de cabecera eran Querelle de Brest y Santa María de las Flores y raro era el día en que salía de casa sin echarme alguno de ellos a la mochila, a guisa de amuleto frente a un mundo necio y un profesor de filosofía de mente rasa como una cuartilla. Aunque era extremeño y sabía cantar el "Redoble, redoble" (o precisamente a causa de esto).

Tal fue mi deslumbramiento ante la "prosa" de Genet que anduve unos meses renegando (con unas dos décadas de retraso) de todas las materias que estudiábamos y proclamando a quien quisiera escucharme (es decir, a un voluntarioso Puccio) que yo era patafísico y que, por lo tanto, ninguna de las ciencias sociales o exactas convencionales podían saciar mi sed de explicarme y/o explicar el mundo. En mi condición de seguidor del Doctor Faustroll, sólo la Historia, la más imaginativa de todas las ciencias, podía conservar un hueco en mi corazón. Y con esta argucia me permití seguir leyendo a escondidas de mis potenciales conversos, y hasta un poco de mí mismo, historia antigua en las fuentes primarias; argumentándome que se trataba de la más fantasiosa de todas las épocas del hombre narrada por los más inventivos y audaces intérpretes. Porque Genet había sido nombrado sátrapa del Colegio de Patafísica y yo veneraba a Genet.

De vuelta a España, renegué de mi tan breve como intenso idilio patafísico, pero seguí alimentándome de vez en cuando de las ediciones de Atlas. Y la fidelidad paga dividendos (aunque también se cobra sus comisiones); el último de ellos, Andrew Lanyon.

***



¿Quién es Lanyon? No es fácil saberlo. En su página web se define como pintor, editor, escritor y fotógrafo. Demasiadas bellas artes en un solo mortal; sospechoso, piensa el inadvertido.

Pero resulta que muchos de sus desvelos giran en torno a Rowley Hall, una mansión situada en la localidad costera de St. Ives (en el condado de Cornwall) en la que conviven tres extravagantes individuos unidos por vínculos de parentesco y una afición contagiosa (entre ellos) por los inventos disparatados, las teorías científicas que excluyen toda posibilidad de falsacionismo popperiano y los experimentos mediante los que tratan de comprender la verdadera naturaleza del arte, todo ello cocinado sin atender a una posible imcompatibilidad de los ingredientes (es decir, patafísica pura).

Y es que el título, Circular Walks around Rowley Hall, es revelador no sólo de las obsesiones vasocomunicantes de los personajes, sino de la propia fijación recurrente de Lanyon con sus biografías, sobre las que escribió por primera vez hace veinte años (y por última hace unos meses, siempre en ediciones de tirada limitada, casi familiar). Y las fotos, al menos las recientes, los cortos y los collages de Lanyon están de un modo u otro relacionados con Rowley Hall. Quiero con esto defenderle de los cargos de "renacentismo" de que podría imputarle el inquisidor moderno.

***

Dramatis personae: los Rowley

Mervyn Rowley - Escultor, escritor y contable. Padre de Walter.
Walter Rowley - Viviseccionista jubilado. Hijo de Mervyn.
Vera Rowley - Psicoanalista y geóloga. Sobrina de Walter.



En su diario, Walter teoriza sobre los efectos destructores del arte (a pesar de sus propias incursiones en el terreno)

"As nature’s store of images dwindles…, painstakingly removed by painters or snapped up by photographers, the natural world becomes increasingly unstable".

"if spun at a certain speed, a plein air painter will for a time produce entirely Cubist works.” 

y trata de curar a los artistas de su mal

"It cannot be over-emphasized that if the artist is kept at the proper temperature and humidity and correctly fed, and the cages are carefully cleaned out daily, the art disease is unlikely to recur. It seems very probably that the art virus is present at all times, but can only become rampant and cause damage when the artists are in a debilitated condition from some other cause. When any cage that has contained this disease falls empty, particular attention should be given to sterilising it".

Mervyn, por su parte, investiga los efectos de la ley de la gravedad sobre las ideas, colgándose boca abajo para entender la influencia de esta fuerza geológica en la corriente del pensamiento. Y dedica parte de sus esfuerzos a extravaganzas cinematográficas y coreográficas, y a comprobaciones de dudosa aplicación práctica y desconcertantes conclusiones, como ésta:



(Texto a pie: The illustration shows how Mervyn placed one ruler beside another to give it scale. Much amongst the surviving by Walter's clones bears a marked resemblance to Mervyn's creations. It is more than likely that it was Mervyn who encouraged them "to create", which in the local vernacular means "to wreak havoc").

Vera Rowley. Qué decir de la mujer que abre durante un paréntesis de sólo tres días de 1938 un negocio en el que vende fotografías de sombras, o que actúa como medium entre Walter y Mervyn y el mundo de los vivos. De ella también conocemos sus orígenes: en algún momento (imprecisión con la que quiero evitar un perfecto spoiler), una lectora de la saga comienza a sospechar que ni el lugar ni los personajes son realmente ficciones. Manda a un primer detective que jamás regresa. A un segundo que también desaparece. Finalmente, se desplaza ella misma hasta St. Ives, sólo para descubrir que el primer detective se ha convertido en Mervyn, y el segundo en Walter.


Extracto del catálogo de la "Tienda de sombras" de Vera

  

***

¿Recuerdan los Tres hombres en una barca de Jerome K. Jerome o En busca del barón Corvo de Symons? No recuerdo haberme reído tanto desde que los leí, el primero hace muchos años y el segundo hace un sólo un par. Una imaginación portentosa, una prosa cargada de humor británico y una visión surrealista del género humano. ¿Alguien da más?


domingo, 15 de julio de 2012

Intermezzo

El mes de julio, que me prometía un descanso feliz tras los días de encierro, me ha encadenado a este lugar. Reparto mi tiempo entre las visitas al hospital, la reincorporación al trabajo y las salidas esporádicas con L. y S. De noche, cuando no hago guardia, leo o me siento en alguna terraza en la calle, alternando con los distintos conocidos que se van sentando a mi mesa. Tomo notas y traduzco algunos poemas de Bunting y de Robert Hass.

"Longing, we say, because desire is full of endless distances", dice un verso de Hass. Este escollo me desanima. No es posible traducirlo al español. La única forma, corrupta, de fidelidad, requiere escribir un verso por completo nuevo donde las imágenes de distancia y nostalgia compartan algún tipo de afinidad semántica.

***

Es imposible dormir. No porque él no duerma, sino por las constantes entradas y salidas de la habitación. Aun así, me doy cuenta de que he debido dormitar cuando entra una enfermera y comienzo a recordar fragmentos de imágenes o frases aisladas cuyo origen no soy capaz de rastrear en la conciencia.

Cerca de las tres me doy por vencido, abro el ordenador de modo que la pantalla no refleje la luz hacia la cama y me abstraigo en el foro de música. Se prolonga una discusión (el hilo tiene ya 72 mensajes) sobre las diferentes versiones de los intermezzi de Brahms. Una vez más, los puristas ganan por goleada a quienes lamentamos que Gould no dedicase más tiempo a la música romántica. Pero, como en cierto modo le sucedió a Cherkassky, cualquier interpretación de Gould parece condenada a despertar pasiones y críticas igual de extremas. En el caso del intermezzo en La mayor, no existe ninguna otra interpretación en que la melodía oculta en los bajos compita en belleza con la tenida tradicionalmente por principal. La polifonía a la que estaba acostumbrado en su repertorio barroco tiene la culpa. Cuelgo la pieza en las versiones de Gould, Lugansky y Kempff y logro atraer a un par de puristas a la causa. Me quedo dormido con la pantalla encendida a las seis, justo a tiempo para que una enfermera no muy bienhumorada venga a tocar las narices de nuevo y me lance una mirada de desaprobación. Estoy seguro de que piensa que andaba husmeando páginas porno.

***



Nos hemos aficionado (es un decir: cuatro veces) a las carreras de caballos que se celebran los jueves por las noches en el hipódromo. Se está fresco, se come bien y nunca perdemos (tutto sommato) más de veinte euros, aunque no conocemos cuadras, ni genealogías, ni si el animal corre bien sobre hierba pero se emperrea en arena. Elegimos ganador, colocado o gemela en función de si su nombre nos gusta, los colores del jockey son de nuestro agrado, percibimos algún destello de furia en su mirada cuando sale al paddock y otros criterios igualmente racionales que, para nuestra sorpresa, suelen conducirnos al triunfo.

Miro fotos antiguas de las instalaciones y me sorprende lo poco que ha cambiado y lo bien que ha resistido el paso del tiempo. Claro que entonces era un lugar para señoritos y los encargados de su diseño (Carlos Arniches, Eduardo Torroja) formaban parte de la crema de la arquitectura y la ingeniería de los años treinta.

El pasado jueves, una inmensa luna naranja casi nos hace perdernos la primera carrera. Era tan espectacularmente grande que ese monumento a la fealdad que son las torres de la Plaza de Castilla parecían casitas de monopoli junto a ella. Pero no fue su belleza ni su veloz aparición lo que nos retrasó en la apuesta, sino una nueva manifestación del pensamiento mágico de S. Sostenía S. que pues era naranja, debía por fuerza ser el Sol. Y por mucho que intentamos hacerle entrar en razón, nos enzarzamos en una larga discusión que él zanjó de la siguiente forma: "Pues será que no nos hemos enterado de que ha pasado la noche y se nos ha hecho de día". 

***

Dice Anna Swir: «Un escritor tiene dos tareas. La primera, crear su propio estilo. La segunda, destruir su propio estilo. Esta segunda tarea es más difícil y lleva más tiempo». Y aunque lo que escribió Swir me parece de calidad muy inferior a la de otros poetas polacos contemporáneos, me lo tomo en serio.

Recibo dos correos: uno de JAM, crítico con la mayoría de las poesías, y otro de FA., muy halagador. Me quedo con el primero de ellos. No es que me fíe más de JAM que de FA; es que me fío más de mí. Cuando se acostumbra a empezar los poemas en un do agudo (como decía Ajmatova que hacía Marina Svetayeva), tienes que dosificar muy bien el lenguaje para que la estrofa final no acabe en pura estridencia. Supongo que en cierto modo a eso se refiere JAM cuando me pregunta si quiero seguir siendo fuegos artificiales o pila duracel que hace bailar al oso hasta la extenuación.

No es fácil derribar tu propio estilo; tienes que hacerte el sordo a cómo te suena el lenguaje ahí dentro.



video

miércoles, 11 de julio de 2012

Fotográfica



Me ha llamado poderosamente la atención la fotográfica de Susan Sontag por lo que insiste en algo sobre lo que he pensado muchas veces: la visión fragmentaria de la realidad, que está relacionada con la colocación del sujeto en el centro del estrado y la pérdida de lo Absoluto, y que explica en parte el éxito de la fotografía y de las formas minúsculas en lo escrito y lo audiovisual. De los catorce puntos de esta fotográfica, me interesan los que guardan relación con esta deriva:

 4. La manera de mirar moderna es ver fragmentos. Se tiene la impresión de que la realidad es en esencia ilimitada y el conocimiento no tiene fin. De ello se sigue que todos los límites, todas las ideas unificadoras han de ser engañosas, demagógicas; en el mejor de los casos, provisionales; casi siempre, y a la larga, falsas. Mirar la realidad a la luz de determinadas ideas unificadoras tiene la ventaja innegable de dar contorno y forma a nuestras vivencias. Pero también -así nos instruye la manera de mirar moderna- niega la diversidad y la complejidad infinitas de lo real. Por lo tanto reprime nuestra energía, nuestro derecho, en efecto, a refundar lo que deseamos refundar: nuestra sociedad o nosotros mismos. Lo que libera, se nos dice, es notar cada vez más cosas.

7. En la manera de mirar moderna, la realidad es sobre todo apariencia, la cual resulta siempre cambiante. Una fotografía registra lo aparente. El registro de la fotografía es el registro del cambio, de la destrucción del pasado. Puesto que somos modernos (y si tenemos la costumbre de ver fotografías somos, por definición, modernos), sabemos que las identidades son construcciones. La única realidad irrefutable -y nuestro mejor indicio de identidad- es cómo aparece la gente.

8. Una fotografía es un fragmento: un vislumbre. Acopiamos vislumbres, fragmentos. Todos almacenamos mentalmente cientos de imágenes fotográficas, dispuestas para la recuperación instantánea. Todas las fotografías aspiran a la condición de ser memorables; es decir, inolvidables.

9. Según la perspectiva que nos define como modernos, hay un número infinito de detalles. Las fotografías son detalles. Por lo tanto, las fotografías se parecen a la vida. Ser moderno es vivir hechizado por la salvaje autonomía del detalle.

13. Llámese conocimiento, llámese reconocimiento; de algo podemos estar seguros acerca de esta modalidad, singularmente moderna, de toda vivencia: la mirada, y el acopio de los fragmentos de la mirada, nunca pueden completarse.

14. No hay fotografía definitiva.


Nótese su escepticismo, incluso en la forma ("se tiene la impresión de que", "lo que libera, se nos dice", "según la perspectiva que nos define como modernos", "llámese"). Si algún día tengo fuerzas para escribir sobre esto, vendrá Steiner y su nostalgia de lo absoluto, y Eugenio Montale con su poema sobre "La forma del mundo":


Si el mundo tiene la forma del lenguaje
y el lenguaje la forma de la mente,
la mente con sus plenos y vacíos
es nada o casi y no puede salvarnos.
Así habló Papirio. Ya era de noche
y llovía. Pongámonos a salvo,
dijo, y apuró el paso sin advertir
que era suyo el lenguaje del delirio.



martes, 10 de julio de 2012

Un lugar claro

Foto: André Kertész

El hospital me cansa. Pero lo que más me consume es verle así, desahuciado y pidiéndonos que no dejemos de atender el campo y los animales. Las fórmulas se han agotado. ¿Lo entiende él? Pienso que sí, por la calma que mantiene y la lucidez con que explica las puertas médicas que se van cerrando y arrinconándole en un espacio cada vez más reducido del que al final sólo podrá salir por la que conduce al otro lado.

Me gustaría que ese otro lado fuese para él como el del poema de Pound (What hast thou, O my soul, with paradise?/Will we not rather, when our freedom's won,/Get us to some clear place where the sun/Lets drift in on us through the olive leaves/A liquid glory?), es decir, que se pareciese a lo terrenal que conoce y quiere. But then.

lunes, 9 de julio de 2012

Harvest of sorrow




David Oistraj y Serguei Prokofiev, en 1937

Prokofiev nunca me inspiró simpatía. Principalmente, porque su música no me gusta. Pero también porque tras la primera purga estalinista, en la que cayeron decenas de sus amigos, se prestó a componer una soporífera cantata para celebrar el veinte aniversario de la revolución. Y luego, una oda por el sesenta cumpleaños de Stalin, Zdravitsa, que se podría traducir, me dicen, por "¡Brindemos!". Tampoco se la recomiendo.

El metrónomo estalinista dictaba el tiempo de sus obras.

***

Sin embargo, dudaba. ¿Cómo era posible que mantuviese una relación tan estrecha, que iba mucho más allá de la colaboración musical, con Oistraj y Richter? Richter, que detestaba a quienes habían asesinado en vísperas de la invasión nazi a su padre - un volksdeutsche considerado desafecto-, que se jugaría la taleguilla siete años más tarde tocando en el funeral de Pasternak, un hombre demasiado refinado e independiente como para ser del agrado de una marioneta del régimen. Tampoco el círculo de amistades de Oistraj era el más aconsejable para escapar al terror asiático de Stalin. Luego conocí otros datos: Prokofiev tenía las manos atadas con el cautiverio de su esposa y sus dos hijos en Siberia. ¿No hubiera yo escrito una oda al mismísimo Belcebú? Y la segunda purga le convirtió en un maldito. Murió en la indigencia mientras componía sus últimas sonatas.

***

El 5 de marzo de 1953 Stalin cenó en su dacha a las afueras de Moscú con Malenkov, Beria, Bulganin y Kruschov. Por la tarde había estado viendo con ellos una película en el Kremlin. Cuando se despidieron, estaban todos algo perjudicados. Entre las nueve y las diez de la noche murió de un derrame cerebral (aunque la versión del envenenamiento sigue circulando con poderoso encantamiento). Cincuenta minutos después, murió Prokofiev en su apartamento de Moscú, cercano al conservatorio (y por lo tanto, al Kremlin).

El traslado del cadáver de Stalin a la ciudad hizo prácticamente imposible que nadie lograse acceder al apartamento de Prokofiev. Las coronas de flores se agotaron rápidamente en la ciudad y su destino era la Sala de las Columnas del Kremlin. En el apartamento, apenas cuarenta personas en una pequeña sala desprovista de toda ornamentación fúnebre. Richter, entre ellas.

***

Entonces comenzó el sainete. En las dos ceremonias (masificada una, desolada otra) tocaron quienes no tenían que tocar, lo que no tenían que tocar.

Prokofiev fue llevado a la Casa de los Músicos. No había más de quince personas. El viceministro (Kholodilin) solicitó con urgencia un cuarteto que debía interpretar a Tchaikovsky. Dubinsky, primer violín del cuarteto Borodin, insinuó que no era de la predilección del músico. Tenemos también Beethoven, sugirió. ¿Beethoven? No: Tchaikovsky está bien. A regañadientes, tocaron el segundo cuarteto. A mitad de concierto, Kholodilin les interrumpió: "Vamos, hay que irse". Los músicos se desplazaron como pudieron entre los ríos de gente que fluían hacia el Kremlin, los instrumentos pegados a sus cuerpos. Oistraj tocó la Serenata melancólica de Tchaikovsky. Luego se sucedieron otras piezas del agrado del muerto.

Funeral de Stalin

Acabadas las ceremonias, Richter recibió un telegrama de Moscú: "Esté preparado. Va a tocar usted en el funeral de Stalin en Tiblisi". Despegó en medio de una tormenta de nieve que había obligado a suspender todos los vuelos, en una avioneta en la que viajaban sólo él, el piloto, y decenas de coronas de flores destinadas a la ceremonia. Y aquí fue cuando Richter ideó y luego se cobró su particular venganza.

El féretro estaba por encima de un sencillo piano vertical, y Malenkov presidía la ocasión, mirando aterrado a su alrededor al resto de la corte soviética que le acompañaba. Seguramente pensaba que su condición de probable sucesor de Stalin le convertía también en favorito a la liquidación. Entonces Richter comenzó a tocar la fuga en Sol sostenido menor de El clave bien temperado. Stalin odiaba Bach. Malenkov se volvió a su derecha y masculló en voz baja: "¿Quién ha compuesto esta mierda?". La gente comenzó a silbar. Alguien sugirió a Richter que abreviara.


***

¿Qué les hizo quedarse en vez de huir o no regresar, como hicieron muchos otros (Rachmaninov, Rubinstein, Horowitz, Berman), aceptar premios y condecoraciones de un régimen que repudiaban, actuaciones no deseadas, atender compromisos a los que no podían sustraerse?

Cuenta Rachmaninov en sus memorias:

"It is a curious story: the older we get, the more we loose that divine confidence which is the treasure of youth, and the fewer are those moments when we believe that what we have done is any good. Nowadays, I am rarely satisfied with myself, and almost never feel that what I do is successful. I am burned with a harvest of sorrow. But there is another burn, heavier still, unkown to me in my youth: it is that I have no country".

Pudieron, pero ninguno de ellos soportó la idea de no poder regresar nunca más a Rusia.

Preludio y fuga en Sol sostenido menor (Clave bien temperado, Libro II).
Rosalyn Tureck

video

domingo, 8 de julio de 2012

Paseos romanos (2) El mausoleo de Augusto

La belleza oculta siempre me emociona más que la que se muestra a primera vista (también en los humanos). La plaza encajona hoy el monumento entre hileras de edificios de la época mussoliniana. Ya no es posible verlo de lejos desde ninguna perspectiva. Y, de cerca, el perímetro es una escombrera de papeles, latas y plásticos. Hace siglos que los muros  no están recubiertos de mármol travertino y sólo dejan ver la retícula de ladrillos de toba que el ojo está cansado de ver por toda la ciudad. Las veces que he me he acercado a verlo no había un solo turista.

Y, sin embargo, podría ser (es sólo una hipótesis, pero a la que me aferro) una imitación del mausoleo de Alejandro Magno en Alejandría. O incluso del mausoleo de Halicarnaso, aunque parece que éste era de planta cuadrada. Adriano se cuidó muy mucho de que las proporciones del suyo (cuyo plano se trazó sobre las losas que rodeaban al de Augusto) no superaran a las del divinizado.

El anillo superior de las ruinas ya no cierra los jardines de los Soderini, aunque sigue ceñido por una veintena de cipreses que deben datar de los años treinta (¿cuando dejó de funcionar como el auditorio "Augusteo"?).

Étienne Dupérac (1575)
***

E' mo che fammo?, nos pregunta el contacto que nos introducido de estrangis (sigue, como tantas ruinas de Roma desconocidas para el turista que no conoce la ciudad antigua, cerrado al público). Aún no ha caído la noche, pero estoy agotado de andar. Este lugar me tiene en un estado de permanente excitación. Nos acercamos a Alfredo. Trittico di pasta para los tres y una botella de rosado. La cuenta para nosotros, claro, y los billetes que dejo sobre la mesa me parecen pocos para pagar lo que hemos visto.


***

De noche, leo (poco), escucho música italiana (Battiato y Giuni Russo), me duermo, feliz.


video


viernes, 6 de julio de 2012

Invictus

For A.W.: הַכָּרַת טוֹבָה for health and time recovered, for my being again the master of my fate, the captain of my soul.

As promised, Nathan Milstein's performance of Corelli's La follia variations:


video

miércoles, 4 de julio de 2012

Destrucción

Foto: Gabriele Basilico


Una noche de invierno en que el alcohol propiciaba las confesiones dramáticas, Beni nos anunció: “Se acabaron las miserias”. Y la primera mañana tibia de la primavera quiso que les acompañáramos a ver el chalet que iban a comprar en S. En homenaje a la vida que estaban a punto de dejar, nos acercamos hasta S. en la desvencijada furgoneta naranja con la que habían recorrido el continente entero, de Moscú hasta el Cabo da Roca, desde las tierras altas de Escocia hasta Calabria. Toño y yo ocupamos el asiento trasero, junto a Rocky, un bulldog nonagenario que vertía con perfecta despreocupación un tibio reguero de babas sobre el freno de mano.
- Para - dijo Beni -, para el puto coche te digo.
Casandra pisó levemente el pedal del freno y se dispuso a echar el de mano cuando notó el contacto viscoso de las babas de Rocky. La furgoneta siguió deslizándose a paso de hombre junto a la acera.
- Ahí lo tenéis.
- ¿Estás seguro?

- Perfectamente seguro. ¿Quieres echar el jodido freno?

Empezaba a arrepentirme de haber aceptado la invitación. No sabía por dónde convenía empezar a mentir. Toño cruzó las piernas y comenzó a liarse un cigarrillo. El cielo había comenzado a empedrarse. Casandra entornó los ojos y venció su repugnancia. La vieja Volskwagen quedó acomodada en uno de los muchos socavones del camino sin asfaltar.

- Bueno, ¿qué os parece el chalet, chicos?

Beni lo llamaba chalet: El Chalet. Y técnicamente lo era, una construcción de una sola planta rodeada de una pequeña parcela, con solo un vecino a la derecha, porque a la izquierda se abría ya, inmenso pero infrautilizado, enlodazado en invierno y azotado por un aire flamígero en verano, atravesado por un haz de rotondas rara vez transitado, el polígono industrial. Pero Casandra lo llamaba La Celda. Era oscuro y frío como un atardecer noruego. Y el promotor, el hermano del homeópata que le había estado tratando durante tres años una gastritis erosiva con fruto escaso (para ella; no cabría decir lo mismo de él), había olvidado mencionar que la casa asentaba sus posaderas sobre una capa freática grande como el lago Michigan que rezumaba un agua fétida, verdosa, viscosa.

- Es una ganga, me lo ha soplado el tío – estaba diciendo Beni.

Caía una lluvia torrencial y seguíamos metidos en la furgoneta, observando en silencio el embrión de fachada. Cuatro cerebros cada vez más enlutados en busca de una conclusión, unas palabras.

- ¿Qué te ha soplado el tío? No me has contado nada. ¿Qué es lo que te ha dicho exactamente?

- Pues exactamente eso: que es una bicoca. Que por una puta vez en la vida somos nosotros quienes disponemos de información privilegiada. Trescientos mil euros hoy, quinientos mil pasado mañana. Por eso los están comprando gente de pasta: abogados, cirujanos, analistas financieros, agentes de bolsa, tu homeópata. Invierten aquí sus beneficios.

- ¿Aquí? - preguntó Casandra incrédula.

Contempló con suspicacia el cartel anunciador: “Treinta y seis viviendas de lujo independientes a veinte minutos del centro de Madrid. Cuatro, cinco y seis dormitorios. Piscina comunitaria. Canchas de tenis y pádel. Campo de golf”. Luego echó un vistazo por la ventanilla al descampado rocoso y desertizado que se perdía en un horizonte de grúas y nubes troneras que un viento de popa empujaba hacia Toledo.

- ¿Y dónde van a poner aquí un campo de golf?

- Ahí - Beni señaló el emplazamiento que ahora ocupaba el polígono industrial -, donde esas alambradas caídas.

- Pues no sé cómo van a apañárselas para traer agua hasta aquí.

- No seas paleta, querida: ahora son capaces de mantener césped con un mínimo requerimiento de agua.

- Y tampoco sé muy bien – insistió Casandra - qué quieren decir con eso de a veinte minutos de Madrid. Estamos a setenta kilómetros, y aunque estuviéramos a diez sería imposible llegar en veinte minutos al centro a no ser que el coche sobrevolara los atascos de la A4.

- Pues tú misma. Si quieres nos quedamos donde estamos hasta que no podamos subir más allá del segundo y entonces nos largamos a la residencia de tu pueblo.   
  
***

Pero no fue este negro pronóstico lo que acabó por convencer a Casandra, sino el hecho rotundo e insoslayable de que llevaban doce años casados, no tenían ahorros ni perspectiva alguna de tenerlos, a menos que una reestructuración milagrosa de la política de recursos humanos de la cadena de supermercados en que trabajaban les convirtiera en jefes de proyecto, y vivían de alquiler en un quinto sin ascensor en el que dormitorio, salón, cocina y retrete se disputaban unos escasos cuarenta metros cuadrados.

Así que se plantaron en aquella oficina de Ibercaja. No les recibió el director, como Beni había augurado, sino una joven diminuta, pero de cuerpo robusto y compacto, con una mirada anfibia tras unas gafas de concha que podían haber sido de su abuela o ser el último grito en moda oftalmológica, Beni no estaba seguro. Les tendió una mano fría y flácida, masculló una fórmula de cortesía con escaso entusiasmo, y les hizo seguirla hasta el pequeño despacho en cuya puerta brillaba un rótulo contundente: Departamento de créditos.

- Bueno, pues aquí estamos - Beni se decidió a romper el hielo que con tanta rapidez se había formado entre ellos.

- Lo primero, sus documentos de identidad.

El laconismo de la señora Del Pozo tuvo dos efectos inmediatos y paralelos: Beni adoptó una actitud sumisa, y Casandra se enrocó y optó por no abrir la boca en toda la entrevista. La letra, les informó al final, ascendía a 1.427 euros mensuales. A los tipos actuales. Podrían subir, pero lo más probable es que bajaran. Ésa es la tendencia del mercado, y el mercado no suele equivocarse. ¿Les queda alguna duda?, concluyó.

- Un 62 por ciento de nuestros ingresos, he calculado – nos dijo Beni.

- Algo más de lo recomendable – sugerí.

- Algo mucho más – apostilló Casandra.

Siguió una larga disquisición de Beni sobre la probable evolución de los tipos de interés a largo plazo. El verano estaba acabando. La plaza de la Mariblanca estaba llena de niños aprendiendo a montar en bicicleta, de falsos artesanos y de incautos consumidores adquiriendo monederos de cuero andinos (recuerdo de Santa Cruz, rezaban), collares de lapislázuli egipcios, sahumerios exóticos y jabones ecológicos. Las tórtolas zureaban alrededor de nuestra mesa rapiñeando las sobras. Toño liaba cigarrillos entre sorbo y sorbo de zumo de tomate.

- ¿No te aburres de beber zumo de tomate? – le pregunté.

- Me aburren más otras cosas.

***

Rezumaban las paredes. No sólo las de la cocina, donde aquel ser de los mundos subterráneos había empezado a buscar la luz, sino las del salón, las del baño, las del dormitorio, las del garaje. Asomaba primero por un rincón cualquiera de la pieza, como un roedor nocturno otea el bosque antes de emprender su partida de caza. Luego avanzaba, lenta pero imparable como un río de lava, hasta tapizar la mitad inferior de las cuatro paredes de un gris rata que desprendía un olor mohoso y fecal. Y allí parecía encontrar el reposo necesario. No es que hubieran sido nunca especialmente puntillosos en el cuidado doméstico, pero la aparición del agua había precipitado el abandono definitivo del hogar.

Lo que en el hogar convivía en alegre confusión: ropa sucia, ropa limpia (en proporción mucho menor), tazas de café, latas de cerveza, de Red Bull, de Coca-Cola, periódicos deportivos de varias temporadas pasadas, deuvedés (desprovistos de sus carátulas), carátulas (desprovistas de su correspondiente deuvedé), a más del surtido botiquín ambulante con que Beni aliviaba su hipocondría - gasas, tiritas, botes de Betadine vacíos, llenos o a medio terminar, cajas de aspirinas para licuar la sangre y evitar los infartos, cajas de Kaergona para no licuarla demasiado y prevenir las hemorragias, antibióticos, antipiréticos, antihistamínicos, varios termómetros, un estetoscopio, un tensiómetro.

- Siento tener todo tan desordenado – dijo Casandra nada más abrir la puerta. - Ayer había boxeo y nos quedamos viéndolo. G., Beni te quiere enseñar no sé qué nido. Está en el jardín. Toño, en la nevera tienes zumo de tomate.

- El zumo de tomate se toma del tiempo – replicó Toño adentrándose en la cocina.

Y qué decir del recoleto Edén tropical que aparecía representado en los planos del amigo promotor. El aterciopelado césped inglés del proyecto, donde dos atléticos jóvenes jugaban con sus hijos (niño, niña) y su perro (Cocker) a un divertido y saludable juego de raqueta, era en realidad un tapiz mitad barro, mitad mierda, cuyo dios único y verdadero era Rocky. El caprichoso nonagenario despreciaba la caseta que los humanos habían diseñado para él, y en cambio mostraba una particular afición por dormir semienterrado en cualquier agujero excavado con sus propias garras. Los improvisados lechos de Rocky, a más de horadar el terreno hasta convertirlo en una barbechera, habían brindado a la entomología un nuevo ser: una araña (pero siempre acompañada de su tropa de crías) que adoraba los interiores húmedos. La araña había sentido la llamada de la casa. Y Casandra era aracnófoba.

- ¿Dónde está ese nido?

- Lo del nido era una mandanga. Tengo que hablar contigo. ¿Sabes que los tipos han subido tres cuartos de punto desde que compramos? Estamos asfixiados. Ya no es el 62 por ciento como cuando empezamos. No he podido pagar los dos últimos recibos de luz. Necesito hacer algo.

Alguien podría estar tentado de situar el origen de todo en este momento, en aquel instante en que Rocky abandonaba una de sus guaridas para saludarme, la figura de un Toño somnoliento se perfilaba bajo el umbral de la puerta de salida al jardín y los ojos de Beni se clavaban en mí implorantes. Pero en realidad todo había empezado mucho antes, cuando empezaron a mirar a derecha e izquierda en lugar de hacia adelante y hacia adentro y se deshicieron de la furgoneta.





lunes, 2 de julio de 2012

Pacífico (y 2)

Domingo 8
Pacífico
Día libre. Escribo por la mañana. De todo lo que escribo, sólo me gusta un verso. Tiro todo a la papelera, incluido el verso. A mediodía he quedado con I. a comer, con la intención de acercarnos después a Valparaíso, al Palacio Baburizza. Mediodía cálido de domingo, y el quiosco junto al Casino y el Hotel del Mar a reventar de familias y turistas, la mayoría llegados de la capital para disfrutar del hermoso día.

Tardan en servirnos, pero igual andamos entretenidos hablando de cosas que nada tienen que ver con lo que nos ha traído hasta aquí. De Hamburgo, de su primera mujer, de su padre, que perteneció en su día a la Frundsberg, del absurdo escándalo que ha estallado a raíz de las declaraciones de Grass. La conversación deriva hacia el espíritu deportivo con que los muy jóvenes se enfrentan a veces a la guerra, incluso a las más cruentas. Le hablo de las memorias de juventud de Graves como epítome de esa actitud. Y de la emoción con que mi abuelo rememoraba los días pasados en un frente ya entonces casi perfectamente controlado por los franquistas, a excepción del bastión de Alía: la loba que crió en las Villuercas y que llevó consigo al pueblo al acabar la contienda, las ocasiones en que aprovechaba su extraordinario parecido con su hermano menor para dejarle en su puesto y bajar a G. a cortejar a una improvisada madrina de guerra, el pequeño universo de gente de la comarca allí reunido en aquellos meses de calma chicha. Largos escolios para poder explicarle por menudo todo lo que me pregunta.
De vez en cuando, echo una mirada al Pacífico y me doy cuenta de lo lejos que estoy de todo. Sobre este mediodía idílico, este cielo tendido sin rastro de nubes, esa raza de sol que ha posado una delgada bruma que se mece con las aguas, mi cabeza arroja la inquietante sombra.

Lunes 9

Esquinazo
No debería, pero me alegra que nos hayan dado esquinazo. Una breve llamada de J. a U. esta mañana para decirle que en Santiago ya no hacían nada, que habían volado a Buenos Aires. El productor progre ha quedado en evidencia ante su director y sus técnicos. E., al que telefoneo para darle la noticia, también está que trina y dice sentirse traicionado por los alemanes. ¿Y por quién no se siente traicionado el solitario redentor? De alguna manera, este fracaso es una pequeña victoria para mí, que nunca creí en el equipo B., ni en el juego a doble banda con el productor, ni en la pista de la hija bastarda. Pero hubiera preferido la derrota.
El plantón les (nos) obliga a buscar otros hilos para urdir la fraudulenta trama. Por la mañana nos acercamos a El Mercurio para hablar con el tipo de nacional que siguió el asunto Schaefer. Ha oído campanas, sabe que los de B. han estado por aquí (lo que quiere decir que lo sabe hasta el último mono, incluido él, si anduviera en la zona y no en el otro extremo del mundo). Durante la comida, escucho por primera vez una versión completa y coherente sobre el asunto de Colonia Dignidad, sobre cómo dio sus primeros pasos Hernán Fernández y sobre la huida y probable paradero de Sch.
A última hora, me acerco a ver a J., a quien no veo desde hace casi veinte años. Cenamos juntos y se nos pasan las horas hablando de Roma, de Puccio, de los bares del Gianicolo donde matábamos las horas durante las clases de italiano, de los grandes momentos de aquel gran año: la excursión a L’Aquila, el póster de Armani y la retirada del crucifijo, mi entrada furtiva al Antiquarium Forense, mi sonado enfrentamiento con el profesor de literatura a cuenta de un Fitzgerald al que él, se descubrió, no había leído y yo sí, la celebración del final de curso, tirados en la Tiberina horas y horas hambrientos de sol, la poesía con que ganó el concurso Carlos A., el torneo de canciones Conte/Rossi/Battisti, y tantas otras cosas que yo ya no recordaba. Nos abrazamos conscientes de que no es probable que la vida nos vuelva a juntar.
Martes 10
Coro del alba
A la mañana, con la primera claridad abriéndose paso entre las cortinas, me asomo a la ventana por la curiosidad de saber cómo amanece. Desde aquí puedo ver varios de los cerros de la ciudad, pero no sé identificarlos. Sólo sé que estamos sobre el cerro Concepción, y que no es el que yo hubiera elegido como cuartel. Pero entiendo que es donde pasamos más desapercibidos. Cuando llevo ya un rato maldiciendo mi mala memoria y peor orientación y pendiente de los ínfimos cambios de luz en el cielo y en las copas de los árboles, mi mente capta lo que debía llevar oyendo ya algún tiempo. Son bandadas de pájaros ocultas en las acacias. Me pregunto si son individuos jóvenes, por esa manera que tienen de trinar como si les fuera la vida en ello. Recuerdo haber leído que los reyezuelos de Costa Rica, los jóvenes que apenas acaban de cambiar la pluma, se reúnen a los laudes a ensayar los cantos que luego les permitirán aparearse, transmitirse información esencial para su supervivencia y disuadir a otras especies de penetrar en su territorio. Una vez terminado ese período de aprendizaje no adquirirán más modalidades el resto de su vida, así que durante esos meses recitan de manera furiosa la lección que deben dominar si quieren llegar a viejos. El ornitólogo americano que lo describía lo llamaba "coro del alba". I. duerme, cruzado en diagonal sobre la cama.
(Por la tarde, visita al Club Militar de V.)

Miércoles 11
Vuelo nocturno en un avión atestado. El capitán me deja pasar a cabina. Se ríe de mis prevenciones. ¿No hemos volado demasiado bajo y durante demasiado tiempo mientras atravesábamos los Andes? ¿Quién se ocupa del mantenimiento de la flota de LAN? ¿Qué opinión tiene sobre lo que se cuenta de los chanchullos de la Junta Militar en Aerolíneas? Mientras se entrega a una larga disertación técnica sobre no sé qué corrientes que se forman en altura, el miedo trenza preguntas trampa sobre la verdadera formación de los pilotos chilenos. Pero uno de sus giros me da pie a hablarle de Guillaumet y sus proezas. Cuando acabo de contarle de pe a pa Vuelo Nocturno, estoy sosegado y puedo regresar al asiento, donde el agotamiento y la tensión liberada me permiten dormir, ahí arriba en mitad de la nada, por primera vez tranquilo en varios días.