lunes, 18 de junio de 2012

Revaliana


Dentro de tres horas estaré de nuevo en el aire, sin haber tenido tiempo de reponerme del vuelo anterior. Volveré a evocar, para apaciguar mi ansiedad, a Guillaumet, que sólo disponía de una precaria radio y sus propios ojos para sobrevolar Francia y España rumbo a Senegal. Saint-Exupéry relata muy bien la visita que le hizo Guillaumet en vísperas de su primer vuelo a Dakar, el índice del experimentado piloto arrastrándose seguro por el mapa de la Península Ibérica, previniéndole de las trampas que podía tenderle la tierra firme si por alguna razón debía abandonar la seguridad del cielo nocturno: media docena de naranjos en los límites de lo que a simple vista parecía un trigal despejado, un arroyo invisible y traicionero a las afueras de Guadix, rebaños de ovejas inmóviles junto a Motril que en la oscuridad podrían confundirle. Y de los recursos que tenía a su disposición en caso de emergencia: una pequeña granja cerca de Lorca donde vivía un viejo matrimonio de campesinos que, como guardianes de faro, se prestaban a socorrer al aviador en apuros. Una lección de geografía minúscula que prescindía de los grandes accidentes de la ruta: los Pirineos, el Ebro, Sierra Nevada, el Estrecho. Me digo que el Boeing 787 es con certeza más seguro que “La Croix du Sud”, con sus dos motores de hélice y sus continuas pérdidas de aceite.

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Nieva sin parar sobre las muchas iglesias que veo desde la ventana, sobre las fortalezas y baluartes diseminados por la ciudad vieja y sobre los lejanos bloques de cemento de la época soviética. No una nieve lenta y silenciosa, sino furiosa, zarandeada por un aire gélido. Desde aquí no alcanzo a ver el Golfo ni el lago Ü., pero mejor así. Ayer, que no hacía aire, ya estaban bastante desagradables, y los cúmulos troneros presagiaban lo que nos esperaba hoy. No reconozco a la mayoría de los pájaros que he visto, pero sí me di cuenta de que barruntaban la que se avecinaba, como lo hacen los neveros ibéricos. La nieve y la soledad y, sobre todo, esta ocupación tan extemporánea, este diálogo con los muertos, propician la melancolía. Me he propuesto no cederle ni un centímetro; baste decir que he mirado hacia atrás como desde un otero y que lo que he visto posee esa engañosa nonchalance de algunas piezas musicales, como ese divertimento de Dowland que ahora aprende L. o algunas mazurcas del polaco, de las escritas en una tonalidad menor. Me da por pensar que mi resurrección, como la de Tarlton, tendrá ese mismo regusto de acíbar. El otro lado del otero también será una ladera umbría.       

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Ayer me miró sin verme, la vieja puta. Los mismos ojos que examinaron los cuerpos desahuciados, hoy húmedos de vejez, las mismas manos que los manipularon hábilmente antes de hundir en ellos los instrumentos para la intervención inútil, ahora cruzadas sobre un bolso minúsculo que imagino poblado de medicamentos para la tensión, una barra de labios para realzar la soberbia del gesto, el escueto manojo de llaves de su elegante apartamento en X. , una agenda llena de nombres de conocidos ya ausentes y de múltiples entradas para su única hija: la del teléfono del apartamento de T., la de la vieja mansión en Z. donde pasa con ella los veranos, su móvil, el número de la oficina, el de su yerno, el que todos los años visita la feria de B. para blanquear su dinero y el de la vieja y cierra los tratos en un área de servicio a las afueras de la ciudad. Aunque tal vez algo en su fuero interno, algo que posiblemente no ha llegado a emerger hasta su conciencia, le haya dicho que ese encuentro en su calle, al pie de un comercio en el que durante la espera hemos entrado a comprar unas barritas de chocolate para entretener la gusa, no venía dictado por el azar.
Cuando se ha ido, caminando despacio pero sin ayudas en dirección hacia el centro de la ciudad, tiesa como un junco setenta años después, he empezado a sentirme físicamente mal. Nunca volveré a mirar su fotografía de joven.

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Lo que más me tortura es su incomprensión, una incomprensión que está fuera de mi alcance entender, por mucho que trate de imaginarla, su cuerpo deforme, su mirada extraviada entre el interrogador y las paredes de un cuarto sin apenas ornamentos. ¿Dónde pensaría que estaba? ¿Qué se cruzaba por su frágil mente en el momento en que le preguntaban más y más datos sobre sí misma a los que ella no supo, no hubiera podido responder? ¿Qué idea se habría forjado ella sobre su identidad? ¿Estaba en aquel momento S. en el despacho contiguo, esperando a que el subordinado le comunicase sus conclusiones? ¿Le vio en algún momento la niña?

Me he acercado al lugar en que estuvo encerrada un día, lo he observado desde fuera sin llegar a sentarme, de pie fumando. Entonces era verano, hacía calor. Todo el que pueda hacer aquí, claro; parecido tal vez a la calima nuestra, con el sol embozado en esa neblina blancuzca tan molesta a los ojos, pero sin las altas temperaturas que la acompañan en E. Los oficiales entrando y saliendo del edificio, la chusma saludando a su paso, ciertos ellos de que su presencia garantizaba la pronta independencia del país, y Beile, dentro, ignorante de todo, cada vez más ausente de su propio cuerpo. 

(Noviembre de 2008)


 La mazurca en fa menor (op. 7 nº 3), en interpretación de Vladimir Ashkenazy:

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