viernes, 29 de junio de 2012

Delirios

Entre chute y chute entra la enfermera rusa. Bien es verdad que su discurso no es muy ordenado, pero la soviet es inexpugnable. Le habla de escritores recientes que ella debe conocer. Le pide que se calme. Lo intenta con la música: Chaliapin. Cálmese. Hábleme de Moscú, de su barrio. En otro momento. Si no quiere darle conversación, al menos préstele papel y bolígrafo para que pueda escribir. Duerma. ¿Puedo ducharme? Tengo mucho calor. Después de dormir. No tengo sueño, sino calor, insiste. Cuando uno duerme no tiene ni calor ni frío. Debe descansar. Inexpugnable. Al fin recupera su teléfono, sobornando a un camillero con una sonrisa en la que él lee la posibilidad de un futuro revolcón. Durante tres días, escribe pequeños textos que guarda en la carpeta de borradores. Cuando entra la soviet, lo esconde entre las sábanas. Lo que sigue son algunos de los fragmentos (retocados lo justo para que resulten comprensibles) que logró escribir en la oscuridad de la habitación:




Durante un tiempo trabajé de ghost writer para un tipo que escribía guías de viajes por encargo de cierta editorial sin moverse de su cuarto de estar. Eso fue hace mucho, aunque yo ya había adquirido cierta competencia. La universidad es una cantera inagotable de negros que se curten escribiendo para otros y ven vicariamente publicadas sus pobres aportaciones.

Tengo sueños breves, compuestos de dos, tres imágenes. Aparecen mis padres. También mi hijo pequeño, siempre asociado a una situación angustiosa: le pierdo, se hiere, llora, tiene miedo. Sueño con pájaros. Han nacido pollos. Se me ha olvidado reponer los bebederos. No he anillado a las crías. Me sorprende un sueño erótico en un cuerpo que no puede ni conducirse solo hasta el baño.

Hay que ser justos: estuvo años haciendo su trabajo en unos tiempos en que no existían las low cost ni Google Maps y el planeta no era aún una inmensa colonia de touroperadores, cadenas hoteleras y masas de pintamonas enfebrecidos por ver cuanto más. Cada viaje exigía una preparación de meses con instrumentos que podían ser muy rudimentarios: una o ninguna guía impresa, mapas a una escala demasiado grande, libros escritos por viajeros que llevaban cien años muertos. Alojamientos imprevisibles. Escalas interminables. Pero desde que apareció Internet decidió no viajar nunca más.

Es demoledor no reconocer a una persona a la que has querido con pasión. Escuchar su voz o mirarle a la cara y ver algo esencialmente distinto a lo que veías. Porque entonces, ¿era así o lo imaginaste tú? ¿Cambió? ¿Cambiaste?

Estoy en la bodega de la casa de mi abuela en G. y no he cumplido diez años. He logrado abrir la trampilla (esa que en realidad nunca pude desatrancar) y me muevo a oscuras por ella, buscando monedas de los Reyes Católicos. De pronto, la trampilla se abre y proyecta un cono de luz por el que comienzan a descender las sombras de mis antepasados.

Fue en ese paréntesis entre su hastío viajero y la aparición de Internet cuando nos conocimos frente al escaparate de una botonería de la calle Juan de Austria. Lo hice durante unos meses, à mon corps défendant. Necesitaba el dinero. Escribí sobre ciudades que ni siquiera hoy conozco, imaginé itinerarios sobre mapas, inventé personajes pintorescos, glosé platos típicos, escalé un volcán que al día siguiente entró en erupción, salvándome el milagroso azar la vida, me bañé en calas de aguas como nunca había visto (pues no deben existir).

V. llama una vez por la mañana y otra por la noche. De noche no recuerdo la conversación matutina, aunque él afirma que estuvimos charlando media hora, una hora, dos horas. Le pido que me lea algo, ya que yo no tengo fuerzas para hacerlo. Qué quieres. Algo sobre Roma. A dos mil kilómetros de distancia, me lee en francés los Paseos por Roma de Stendhal. Le pido que pare cuando me entra el sueño. Colgamos, pero dos horas después estoy de nuevo despierta y me gustaría llamarle para que siguiera. No procede, son las cuatro de la mañana.

Le suplico a A. que me traiga música y que me proteja de la soviet. Debe haber hablado con ella, porque ayer descubrió el móvil bajo la almohada y no se atrevió a confiscármelo. Chopin y Rachmaninov. No sé si es lo mejor para el ánimo. Tal vez algo de rock, incluso un poco de pop barato. Me entretengo preguntando palabras a los camilleros. Ellos se interesan por su equivalente en español.

Llama para preguntarme si podría escribir cuarenta páginas sobre Tokio. Le contesto delirante desde la cama: he prosperado algo; no mucho, pero sí lo suficiente como para dejar de ser tu fantasma. No soy capaz de imaginarme esa ciudad, dice. Lo único que sé sobre ella lo vi hace muchos años en Los bajos fondos, la película de Kurosawa. Bueno, no creo que sea un obstáculo insuperable, le contesto: yo lo único que conocía de Costa Rica eran sus especies de psitácidos y mira qué bonito quedó.

Creo que nací con el umbral del miedo por completo descompensado.