viernes, 15 de junio de 2012

Cenizas

Foto: Gabriel Cualladó


Aunque estaba muerta, lúcidamente muerta, pues mi cerebro aún recordaba con extraordinaria precisión las últimas horas vividas. Y no era sólo que conservase cierta capacidad de memoria. También latía todavía en él la imaginación. A espasmos, como los que a veces sacuden como un resorte nuestras extremidades durante la noche, inventariaba la habitación en la que creía hallarme. Y escrupulosamente vigilaba todos estos síntomas, por ver si percibía diluirse mis recuerdos o atrofiarse los espejismos en ese lento deambular hacia la Noche. Pero nada de ello ocurrió. Aquellos seres y objetos quiméricos que yo creía frutos póstumos de mi pensamiento resultaron ser reales y me encontré de nuevo en el siglo. Y seguía viva, ilusoriamente viva.