jueves, 28 de junio de 2012

La Ley (y 2)

(En respuesta a esta otra carta)


Querido J.:

No sé si los judíos del Yemen tuvieron ocasión de contestar al Rambam. Pero a mí sí me gustaría dejar por escrito las reflexiones que me susciten las tuyas, aunque sólo sea para forzarme a “pensar en voz alta”. El pensamiento silencioso, como las creaciones casi perfectas que nos regalan algunos sueños, corre el riesgo de desvanecerse entre los demás rumores del cerebro.

Aquí van, pues, dos de esas llamas que ha encendido tu carta, sobre las que escribo a vuela pluma desde esta habitación de hotel:

La tesis de Poliakov de la que hablas, la del judaísmo como una contrarreligión que se forma fundamentalmente después de la destrucción del Templo, me ha traído inmediatamente a la cabeza algo que dice Cansinos en su prólogo a sus Bellezas del Talmud: “Mientras en la evolución cristiana, el judaísmo afirmaba su voluntad religiosa en una nueva asunción de tejido dogmático, en su evolución genuina, la reflejada en el Talmud, se desustanciaba, se desangraba por sus arterias religiosas, hasta no ser al fin más que una ética y una pura disposición de fe”.

También me hace preguntarme por la influencia que habría podido tener en este cisma las condiciones de la diáspora. La destrucción del Templo y la desaparición del Sanedrín, y la proliferación de betim kneset y de maestros en el exilio, ¿no habrá influido en esa secularización del judaísmo? Es más fácil cuestionar los dogmas, reinterpretar el texto, cuando son muchos los ojos que leen y las mentes que debaten, sin poder recurrir a la hermenéutica cada vez más fosilizada de la jerarquía religiosa. Pero tal vez esté yo aquí sangrando por alguna herida.      

Más conexiones. “La noción del Dios único se deriva de la Ley, y no a la inversa”, dices. Y también: “Como no todo está permitido, resulta que hay Dios”.    

Nada más leer estas frases he recordado algo que decía Lévinas en una de las "lecturas talmúdicas", organizadas en el marco de los Coloquios de los intelectuales judíos de Francia. Éste es el párrafo que tenía subrayado de la lectura, rodeado de señales de alerta y puntos de exclamación: “Dios (…) aparece a la conciencia humana (y sobre todo en la experiencia judía) ‘vestido de valores’; y este vestido no es ajeno a su naturaleza o a su sobrenaturaleza. Ideal, razonable, universal, eterno, altísimo, transubjetivo (…) son su vestido moral. Pienso, pues, que cualesquiera que sean la experiencia última de lo Divino y su última significación religiosa o filosófica, no pueden separarse de esas experiencias y significaciones últimas: no pueden no englobar los valores en los que resplandece lo Divino. La experiencia religiosa no puede no ser antes, al menos para el Talmud, una experiencia moral” (el subrayado es mío).

Me quedo pensando si existirá alguna relación entre la primera parte de tu carta y la última parte; entre la transformación del judaísmo después de la destrucción del Templo y esa premisa del final, la preeminencia lógica de la Ley (del prójimo) sobre la idea de Dios. Una hipótesis desde la ignorancia casi absoluta: sería la orfandad religiosa de las comunidades judías tras la destrucción del Templo lo que habría favorecido una interpretación menos dogmática, con menos elementos autoritarios, más centrada en la regulación de las relaciones de la comunidad; es decir, menos teísta y más ética.

Un abrazo,
PJ