domingo, 10 de junio de 2012

Rochers de Naye

Querido P:

Este fin de semana hemos hecho una excursión que tenía pendiente. Yo, que soy poco propenso a dejarme arrastrar a viajes cuyo objetivo último sea un paisaje. V. (del que creo te he hablado alguna vez) fue, sin embargo, muy inteligente manejando sus argumentos, insistiendo en la importancia del paisaje alpino en algunos escritores que me interesan. Por ejemplo, Robert Walser. ¿Te he contado alguna vez cómo acabó sus días? Le ingresaron en un manicomio porque sufría frecuentes ataques de nervios (algo con lo que hoy podría haber convivido perfectamente con una de esas pastillas que toma el treinta por ciento de la población). No escribió ni una sola línea durante los últimos veinticinco años. Era muy andarín (hace poco he acabado, y debo confesarte que mortalmente aburrido, su -premonitorio - Retour dans la neige) y el día de Navidad de 1956 salió a pasear por el valle del Glatt. Lo hizo hasta la extenuación (querida o involuntaria, no lo sé) y lo encontraron muerto, semi sepultado por la nieve. Qué vida tan trágica y qué muerte tan romántica. In balance with this life, this death.

Aquí estas historias de muerte en la nieve son más banales de lo que a nosotros, meridionales, nos resultan. Sebald tiene un hermoso relato sobre la desaparición del guardia forestal con quien salía frecuentemente a pasear cuando regresaba a Suiza. Y el escultor de que te hablé perdió a un familiar en circunstancias similares. Bueno, no te me deprimas con esto (yo no lo hago). Sólo te lo cuento para explicarte que necesito tener algún tipo de vínculo con el pasado o el presente humanos para que un paisaje capte mi atención.

Robert Walser


Salimos de Cornavin a eso de las diez y media de la mañana, en un tren que nos llevó primero a Lausana, donde hicimos un rápido transbordo para llegar a Montreux. V., inconsciente de mi pésima orientación espacial, había delegado en mí la preparación del viaje, y en cuanto montamos en el tren me di cuenta de que algo no iba bien. Debíamos tener el lago a nuestra derecha (o a nuestra izquierda, ya no recuerdo). De todas formas llegaríamos a  nuestro destino, pero por el camino más largo.

De Montreux sale el pequeño tren cremallera de principios de siglo que va escalando trabajosamente la ladera, a veces casi en vertical, dejando allí abajo los valles y las colinas de viñedos en terraza, el lago Léman, las cimas intermedias de los Alpes franceses, del Vaud, del Valais, hasta alcanzar Rochers-de-Naye, a más de dos mil metros de altura. Aparte de una naturaleza que quita el hipo, lo que más llamó mi atención fue que el funicular hace las veces de un cercanías que comunica Montreux con las pequeñas aldeas, cada vez más cercanas al cielo, del trayecto. Las mujeres bajan a hacer compras a la ciudad y suben cargadas de bolsas en el animalito. Pegué la oreja a las conversaciones que mantenía el conductor (que parecía ser también un aldeano) con las mujeres. Hablaban de gente de la comarca. No creo que todos reunidos los habitantes de estas aldeas sumen más de dos mil.




Anduvimos un poco sobre la nieve. No demasiado, porque era abundante y ninguno de los dos llevábamos calzado apropiado. La señora que nos vendió los billetes nos había advertido de que no era el mejor día para subir. El lago estaba cubierto por una niebla densa. Pero no: sucedió que a medida que ascendíamos la niebla se disipaba y allí arriba todo era luz, multiplicada e irradiada por el blanco inmaculado de la nieve. Comimos estupendamente en una de las dos únicas alternativas que había, una carne de primera, dos botellas de un blanco más que decente de la zona, y regresamos amodorrados en el funicular.

El resto de la tarde lo pasamos en Montreux, despejándonos por el paseo que bordea el lago, echando una partida improvisada de ping-pong a cuatro con una simpática pareja de alemanes (nos barrieron) en una mesa de cemento que hay allí y, cuando recuperamos el apetito, comiendo helado.

Me gusta mucho este país. Quien no ve en él más que un orden excesivo es porque no logra disfrutar de la inmensa sensación de libertad que procura ese orden. Y, desde luego, porque le da miedo adentrarse en algunos distritos y círculos donde el orden no lo es tanto. No puede ser casual que aquí hayan terminado sus vidas exiliados o perseguidos de todo tipo. Me recuerda, como te decía por teléfono, a Bruselas. Nadie quiere quedarse allí cuando llega, todo el mundo sueña con poder escapar a un lugar menos hostil (aunque el clima ginebrino no es ni mucho menos tan duro; frío, sí, pero sin ese cielo tapadera tan característico de Bruselas). Pero al cabo de unos años a nadie se le pasa por la cabeza abandonarla. Tengo la sensación de que terminaré viviendo aquí, al menos un tiempo, tarde o temprano.

Hablé con JRC. Me dio las mejores referencias del hospital y del doctor C. La cosa es grave, no vale la pena engañarse. Pero tampoco puede la mente arrojar la toalla mientras no lo haga el cuerpo. Esto es más fácil de decir que de hacer, y me admira profundamente que no lo hayas hecho. Cuéntame cómo llevas el capítulo sobre los salarios y no abandones el proyecto aunque algunos días te cueste más concentrarte y escribir que otros. Stick to it.

Un beso de tu
x.