domingo, 3 de junio de 2012

Cal y arena

Alexei Remizov. Berlín, 1923

El libro de Dovlátov (The compromise) no ha llegado aún y me temo que ya no llegará a tiempo de que me lo lleve de viaje. Para compensar la decepción, anteayer recibí en el correo una novela que tenía pendiente desde hace tiempo de Voinovich (The fur hat), una desternillante sátira sobre los personajes que giraban en torno a la famosa Unión de Escritores de la URSS. Voinovich, por cierto, tuvo alguna responsabilidad en la difusión de Vassily Grossman en Europa: fue él quien se la jugó pasando a Suiza la copia microfilmada por Sajarov de Vida y destino

Resulta llamativa la constancia de la sátira en la literatura rusa, desde Gogol hasta el propio Dovlátov, pasando por Ilf y Petrov, Yuri Olesha, Remizov o el más grande entre los grandes, Bulgakov. Me pregunto por qué nosotros hemos abandonado el género, teniendo al menos tantas razones para cultivarlo como los rusos. El español es un pueblo desprovisto por completo del sentido del humor y de la ironía, en contra de lo que la algarabía permanente en calles y bares induce a pensar a los forasteros.

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"Tengo la impresión de que todavía no has elegido.

Ser luz breve que sorprende o pila duracell que hace bailar al oso hasta el infarto. Lo he expresado en términos equívocos. Lo sé. Pero también sé que vas a entenderlo sin más explicaciones".

Lo he entendido perfectamente. Es de las observaciones más atinadas que me han hecho en mucho tiempo. 

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S., con sus salidas, nos hace reír. La última revela el cacao mental que tiene con todo lo relacionado con la religión. Rodeado de amigos que han corrido este año la maratón catequista para hacer por estas fechas la comunión, nos informa en el coche sobre los nuevos conocimientos adquiridos entre pelotazo y pelotazo:

"Jesús de Nazaret está enterrado en una iglesia inmensa que se llama el Vaticano. El Papa, que es como el rey de los cristianos, se sienta en un trono que está justo encima de la tumba. Jesús vestía como el Papa, pero cuando "todo eso que pasó con la cruz" (sic) hacía mucho calor y se quitó toda la ropa menos unos calzoncillos largos que eran los que se ponían entonces. Yo los he visto en una película de vaqueros. Los del P. [el colegio contiguo dirigido por los Legionarios de Cristo Rey] rezan todas las mañanas a una virgen. ¿Qué quiere decir virgen? Bueno, no entiendo lo que decís, pero rezan a una virgen. Que es la misma señora con un niño enorme y muy feo que han colgado en un póster a la puerta del colegio. ¿Cómo que ese niño es Jesús de Nazaret? Ahora sí que no entiendo nada".

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Estoy físicamente agotado. Esta mañana me he quedado literalmente dormido en la silla a media mañana. Cuando he despertado me encontraba mucho mejor, pero he comenzado a pensar: cada vez duermo más horas y, sin embargo, no logro quitarme de encima la fatiga, cada vez me cuesta más concentrarme, cada vez me cuesta más llevar la voz cantante, aunque sea un rato, en cierto deporte, cada vez aguanto peor una noche de alcohol y tabaco. Echo la vista atrás y recuerdo que hace tan sólo tres años no distinguía mis fuerzas de las que tenía con veinte años.

Lo cual me lleva al recuento de cosas pendientes:

Volver a Sicilia y conocer Rusia.
Escribir aunque sólo sea ochenta páginas sobre Beile.
Llevar a S. y a L. hasta un punto en que puedan navegar solos.
En caso contrario, sanear lo suficientemente las cuentas.
Viajar una última vez a E.
Saber que se ha cerrado el cerco sobre el clan del 20 de octubre de 2010.
Hablar con PB. Con una vez me conformaría.
Hacer bien los deberes el próximo YK.
Morir en Roma.


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Me cuenta I. que vive aquí cerca, en la sierra, un maromo ruso que mide exactamente a lo largo y a lo ancho lo que un grizzlie. Llegó a España hace más de diez años, aunque sigue hablando como un apache. Se dedica a chapuzas que requieren una enorme fuerza física y cobra, claro, en negro. El negro lo llevaba guardado en el pecho día y noche hasta que alguien le recomendó que abriese una cuenta bancaria. La abrió, y ahora las malas lenguas dicen que tiene cuarenta mil euros en el banco, lo cual, para las malas lenguas en cuestión, es un potosí. No obstante su fortuna, Sergio sigue durmiendo a la serena, en una choza que él mismo construye y que va cambiando de emplazamiento según un criterio que (aún) no conozco. Sigue también limpiándose las manos con su propio orín. Descarga todo tipo de sustancias orgánicas de su cuerpo allí donde le pilla la necesidad o la calentura. Todo esto le convierte en un personaje necesario pero no precisamente apreciado. En cambio, yo encuentro que he tenido mucha suerte de poder conocer a esta especie de Ishi o Dersu Uzala salvaje a tan pocos kilómetros de esta selva de urbanizaciones.


Foto: Sibylle Bergemann