miércoles, 20 de junio de 2012

Anoche soñé (3). Me casaré con el huno


Trazos

Los afortunados lo han experimentado al menos alguna vez en su vida: la certeza de que ése es el lugar. Ojo, no es sólo que te guste, por mucho que te guste. Ocurre sólo si sientes que ese espacio te es tan imprescindible a ti como tú a él. Ríase mi amigo L. cuando le digo que si va allí y no estoy yo, faltará algo. No me siento menos representativo que el antiquarium forense, el mausoleo de Adriano o Porta Portese.

La euforia del reencuentro es un chute tan hipnótico que cuando por fuerza tienes que irte la cabeza comienza a maquinar a qué cunda te sumarás para poder volver. Con cualquier excusa, cualquier presupuesto, casi cualquier acompañante.

El flechazo ocurrió cuando llegué por primera a "una Roma desierta de un Ferragosto cualquiera" (¿recuerdan el comienzo de Il sorpasso?). Hacía un calor del demonio, pegajoso, que no daba tregua ni de madrugada, la ciudad parecía haber sido asolada por la peste, no conocía a nadie y no tenía nada que hacer salvo pasear solo horas y horas. Al principio, por el nuevo barrio y sus inmediaciones y, luego, en círculos concéntricos cada vez más alejados, hasta salirme de la muralla aureliana. Aquel tiempo suspendido antes del comienzo de curso fue el culpable de todo.

Infatuation es un término mucho más preciso que "enamoramiento"para describir el estado en que caí. Porque incorpora el elemento del fatum, la predestinación, lo inevitable.

La última vez que tuve que irme de ella, hace poco más de un año, permanecí callado los dos últimos días, hundido como si me hubieran comunicado una noticia fatal, torturado por la nostalgia anticipada, fantaseando con la idea de abandonarlo todo, trabajo, familia, amante, dejar a mis acompañantes en el aeropuerto y regresar triunfal a mi apartamento en los alrededores de la Plaza del teatro de Pompeyo. Encontraría cualquier trabajo: barrer las calles de Roma me parecía la cumbre de mi carrera profesional. Mirando desde la ventanilla cómo me alejaba de ella el avión de Ryan Air maldije mi cobardía.

Y un sueño:

Mi inconsciente ha preparado esta noche con algunas de las cosas con las que me he entretenido estos días (leer Las cenizas de Gramsci - Già si accendono i lumi, costellando/Via Zabaglia, Via Franklin, l'intero/Testaccio, disadorno tra il suo grande/lurido monte, i lungoteveri, il nero/fondale, oltre il fiume, che Monteverde/ammassa o sfuma invisibile sul cielo-, ver partidos de la Eurocopa, recuperar algunas fotos de un viejo disco duro, entre ellas las que conservo de Puccio) un cóctel romano.

Estoy de noche con amigos a los que no veo hace años, celebrando unas semifinales en una terraza de Campo dei Fiori. El verano acaba de comenzar. Mi felicidad es perfecta. Nuestra amistad es perfecta. Mi romanaccio es perfecto. Pero los amigos marchan para dejar a Puccio en casa, y un desconocido que no ha sido invitado se sienta a mi mesa.

Es un lombardo. Bien plantado, de modales exquisitos, no mucho mayor que yo. Después de un intercambio cortés, trata de explicarme por qué preside en su localidad un club independentista que lleva por nombre SS. Me pongo en guardia. Sud Schifoso, aclara. Ya, pienso yo; así que jugamos a la ambigüedad. Quiero irme, pero no deja un resquicio en su verborrea por el que colar una seca despedida. Ciudad sucia, la llama, poblachón anárquico, atestado de gatos diabólicos que duermen entre ruinas, de turistas horteras y, lo que es peor, de romanos maleantes, cochambrosa, maloliente, ruidosa. Le odio un poco más si cabe. Él gana dinero, mucho dinero, y yo le gusto. Y ganaría muchísimo más si no fuera por el permanente jet lag en que viven los romanos (el culpable de este giro onírico, infra). En este punto da un triple salto: quiere casarse conmigo, pero yo debo renunciar a la estúpida idea de vivir con él en Roma. Tengo ganas de levantarme de allí al instante y dejarle con la palabra en la boca y la cuenta en el platillo. Al fin lo consigo. Le digo (de nuevo en ese perfecto romanaccio que sólo hablo en sueños): eres un bárbaro, un huno; no me casaría jamás contigo. Aunque mi regalo de boda fuera una mansión en la Appia Antica.

Al despertarme, he pensado que lo que le he dicho es una perfecta imbecilidad: al fin y al cabo, el amor es una polilla que nace, crece, se reproduce y cae fulminada en un par de días, y el sepulcro de los Escipiones lleva allí dos mil años. Me casaré con el huno.
[...] Va detto che tra Milano e Roma esistono degli sfasamenti di orario mica da poco. Perché quando uno a Roma, alle nove e mezza, entra in ufficio e si ascolta la sua segreteria telefonica, trova subito due o tre messaggi che vengono da Milano, il primo alle otto, il secondo alle otto e tre quarti, il terzo, che dà sull’ansioso, verso le nove. Mentre quando a Roma inizia il pomeriggio pieno, verso le cinque e mezzo, telefoni a Milano e capisci dal tono della voce di chi risponde che tutto l’ufficio è già in atmosfera di smantellamento serale, e alle sei e mezzo se trovi ancora qualcuno è un miracolo. Alle otto di sera telefoni per puro scrupolo e lasci dei messaggi disperati che i milanesi ascolteranno la mattina dopo verso le otto. Poi, alle otto, i milanesi ti richiameranno immediatamente, ma tu ascolterai il loro messaggio verso le dieci. E così poi ripartiva la giornata lavorativa.