jueves, 7 de junio de 2012

Alzar a los muertos


Hace unos días me llegó el libro de Roman Vishniac (A Vanished World). No le hacen justicia estos píxeles que sobre el papel sobrecogen. Vishniac tuvo un inmenso talento para retratar el mundo para siempre desaparecido de un pueblo en que una generación soñaba con triunfar en el comercio para ver a sus hijos convertidos en rabbanim, en maestros: el mayor regalo que el hijo del platero o el sastre podía devolver a su familia y a su comunidad. Una instantánea de un pueblo que en unas condiciones de vida miserables tuvo siempre la vista puesta en el lado del espíritu.

Pasando las hojas apresuradamente, pues llego tarde a la estación, de algún lado oscuro del inconsciente acude una sola palabra: Antígona. Quiero saber, pregunta Antígona a Ismene, si vas a ayudar a mi mano a alzar al muerto. Pues de lo que se trata es de que no puedan las alimañas devorar sus cuerpos, de que el lugar en que se entierren esté señalado y sea conocido de todos, de modo que podamos seguir visitándoles. En definitiva, se trata de que los muertos sigan viviendo entre nosotros, gracias a nosotros. Vishniac hizo de Antígona porque sabía que el mundo que se dedicaba a retratar, los últimos ejemplares y hábitats de una especie pronta a extinguirse, se difuminaba rápidamente ante sus propios ojos.