viernes, 29 de junio de 2012

Delirios

Entre chute y chute entra la enfermera rusa. Bien es verdad que su discurso no es muy ordenado, pero la soviet es inexpugnable. Le habla de escritores recientes que ella debe conocer. Le pide que se calme. Lo intenta con la música: Chaliapin. Cálmese. Hábleme de Moscú, de su barrio. En otro momento. Si no quiere darle conversación, al menos préstele papel y bolígrafo para que pueda escribir. Duerma. ¿Puedo ducharme? Tengo mucho calor. Después de dormir. No tengo sueño, sino calor, insiste. Cuando uno duerme no tiene ni calor ni frío. Debe descansar. Inexpugnable. Al fin recupera su teléfono, sobornando a un camillero con una sonrisa en la que él lee la posibilidad de un futuro revolcón. Durante tres días, escribe pequeños textos que guarda en la carpeta de borradores. Cuando entra la soviet, lo esconde entre las sábanas. Lo que sigue son algunos de los fragmentos (retocados lo justo para que resulten comprensibles) que logró escribir en la oscuridad de la habitación:




Durante un tiempo trabajé de ghost writer para un tipo que escribía guías de viajes por encargo de cierta editorial sin moverse de su cuarto de estar. Eso fue hace mucho, aunque yo ya había adquirido cierta competencia. La universidad es una cantera inagotable de negros que se curten escribiendo para otros y ven vicariamente publicadas sus pobres aportaciones.

Tengo sueños breves, compuestos de dos, tres imágenes. Aparecen mis padres. También mi hijo pequeño, siempre asociado a una situación angustiosa: le pierdo, se hiere, llora, tiene miedo. Sueño con pájaros. Han nacido pollos. Se me ha olvidado reponer los bebederos. No he anillado a las crías. Me sorprende un sueño erótico en un cuerpo que no puede ni conducirse solo hasta el baño.

Hay que ser justos: estuvo años haciendo su trabajo en unos tiempos en que no existían las low cost ni Google Maps y el planeta no era aún una inmensa colonia de touroperadores, cadenas hoteleras y masas de pintamonas enfebrecidos por ver cuanto más. Cada viaje exigía una preparación de meses con instrumentos que podían ser muy rudimentarios: una o ninguna guía impresa, mapas a una escala demasiado grande, libros escritos por viajeros que llevaban cien años muertos. Alojamientos imprevisibles. Escalas interminables. Pero desde que apareció Internet decidió no viajar nunca más.

Es demoledor no reconocer a una persona a la que has querido con pasión. Escuchar su voz o mirarle a la cara y ver algo esencialmente distinto a lo que veías. Porque entonces, ¿era así o lo imaginaste tú? ¿Cambió? ¿Cambiaste?

Estoy en la bodega de la casa de mi abuela en G. y no he cumplido diez años. He logrado abrir la trampilla (esa que en realidad nunca pude desatrancar) y me muevo a oscuras por ella, buscando monedas de los Reyes Católicos. De pronto, la trampilla se abre y proyecta un cono de luz por el que comienzan a descender las sombras de mis antepasados.

Fue en ese paréntesis entre su hastío viajero y la aparición de Internet cuando nos conocimos frente al escaparate de una botonería de la calle Juan de Austria. Lo hice durante unos meses, à mon corps défendant. Necesitaba el dinero. Escribí sobre ciudades que ni siquiera hoy conozco, imaginé itinerarios sobre mapas, inventé personajes pintorescos, glosé platos típicos, escalé un volcán que al día siguiente entró en erupción, salvándome el milagroso azar la vida, me bañé en calas de aguas como nunca había visto (pues no deben existir).

V. llama una vez por la mañana y otra por la noche. De noche no recuerdo la conversación matutina, aunque él afirma que estuvimos charlando media hora, una hora, dos horas. Le pido que me lea algo, ya que yo no tengo fuerzas para hacerlo. Qué quieres. Algo sobre Roma. A dos mil kilómetros de distancia, me lee en francés los Paseos por Roma de Stendhal. Le pido que pare cuando me entra el sueño. Colgamos, pero dos horas después estoy de nuevo despierta y me gustaría llamarle para que siguiera. No procede, son las cuatro de la mañana.

Le suplico a A. que me traiga música y que me proteja de la soviet. Debe haber hablado con ella, porque ayer descubrió el móvil bajo la almohada y no se atrevió a confiscármelo. Chopin y Rachmaninov. No sé si es lo mejor para el ánimo. Tal vez algo de rock, incluso un poco de pop barato. Me entretengo preguntando palabras a los camilleros. Ellos se interesan por su equivalente en español.

Llama para preguntarme si podría escribir cuarenta páginas sobre Tokio. Le contesto delirante desde la cama: he prosperado algo; no mucho, pero sí lo suficiente como para dejar de ser tu fantasma. No soy capaz de imaginarme esa ciudad, dice. Lo único que sé sobre ella lo vi hace muchos años en Los bajos fondos, la película de Kurosawa. Bueno, no creo que sea un obstáculo insuperable, le contesto: yo lo único que conocía de Costa Rica eran sus especies de psitácidos y mira qué bonito quedó.

Creo que nací con el umbral del miedo por completo descompensado.





jueves, 28 de junio de 2012

La Ley (y 2)

(En respuesta a esta otra carta)


Querido J.:

No sé si los judíos del Yemen tuvieron ocasión de contestar al Rambam. Pero a mí sí me gustaría dejar por escrito las reflexiones que me susciten las tuyas, aunque sólo sea para forzarme a “pensar en voz alta”. El pensamiento silencioso, como las creaciones casi perfectas que nos regalan algunos sueños, corre el riesgo de desvanecerse entre los demás rumores del cerebro.

Aquí van, pues, dos de esas llamas que ha encendido tu carta, sobre las que escribo a vuela pluma desde esta habitación de hotel:

La tesis de Poliakov de la que hablas, la del judaísmo como una contrarreligión que se forma fundamentalmente después de la destrucción del Templo, me ha traído inmediatamente a la cabeza algo que dice Cansinos en su prólogo a sus Bellezas del Talmud: “Mientras en la evolución cristiana, el judaísmo afirmaba su voluntad religiosa en una nueva asunción de tejido dogmático, en su evolución genuina, la reflejada en el Talmud, se desustanciaba, se desangraba por sus arterias religiosas, hasta no ser al fin más que una ética y una pura disposición de fe”.

También me hace preguntarme por la influencia que habría podido tener en este cisma las condiciones de la diáspora. La destrucción del Templo y la desaparición del Sanedrín, y la proliferación de betim kneset y de maestros en el exilio, ¿no habrá influido en esa secularización del judaísmo? Es más fácil cuestionar los dogmas, reinterpretar el texto, cuando son muchos los ojos que leen y las mentes que debaten, sin poder recurrir a la hermenéutica cada vez más fosilizada de la jerarquía religiosa. Pero tal vez esté yo aquí sangrando por alguna herida.      

Más conexiones. “La noción del Dios único se deriva de la Ley, y no a la inversa”, dices. Y también: “Como no todo está permitido, resulta que hay Dios”.    

Nada más leer estas frases he recordado algo que decía Lévinas en una de las "lecturas talmúdicas", organizadas en el marco de los Coloquios de los intelectuales judíos de Francia. Éste es el párrafo que tenía subrayado de la lectura, rodeado de señales de alerta y puntos de exclamación: “Dios (…) aparece a la conciencia humana (y sobre todo en la experiencia judía) ‘vestido de valores’; y este vestido no es ajeno a su naturaleza o a su sobrenaturaleza. Ideal, razonable, universal, eterno, altísimo, transubjetivo (…) son su vestido moral. Pienso, pues, que cualesquiera que sean la experiencia última de lo Divino y su última significación religiosa o filosófica, no pueden separarse de esas experiencias y significaciones últimas: no pueden no englobar los valores en los que resplandece lo Divino. La experiencia religiosa no puede no ser antes, al menos para el Talmud, una experiencia moral” (el subrayado es mío).

Me quedo pensando si existirá alguna relación entre la primera parte de tu carta y la última parte; entre la transformación del judaísmo después de la destrucción del Templo y esa premisa del final, la preeminencia lógica de la Ley (del prójimo) sobre la idea de Dios. Una hipótesis desde la ignorancia casi absoluta: sería la orfandad religiosa de las comunidades judías tras la destrucción del Templo lo que habría favorecido una interpretación menos dogmática, con menos elementos autoritarios, más centrada en la regulación de las relaciones de la comunidad; es decir, menos teísta y más ética.

Un abrazo,
PJ



miércoles, 27 de junio de 2012

Desnudo



"Estoy desnudo ante el agua inmóvil. He dejado mi ropa en el silencio de las últimas ramas.

Esto era el destino:

llegar al borde y tener miedo de la quietud del agua".

Antonio Gamoneda

miércoles, 20 de junio de 2012

Anoche soñé (3). Me casaré con el huno


Trazos

Los afortunados lo han experimentado al menos alguna vez en su vida: la certeza de que ése es el lugar. Ojo, no es sólo que te guste, por mucho que te guste. Ocurre sólo si sientes que ese espacio te es tan imprescindible a ti como tú a él. Ríase mi amigo L. cuando le digo que si va allí y no estoy yo, faltará algo. No me siento menos representativo que el antiquarium forense, el mausoleo de Adriano o Porta Portese.

La euforia del reencuentro es un chute tan hipnótico que cuando por fuerza tienes que irte la cabeza comienza a maquinar a qué cunda te sumarás para poder volver. Con cualquier excusa, cualquier presupuesto, casi cualquier acompañante.

El flechazo ocurrió cuando llegué por primera a "una Roma desierta de un Ferragosto cualquiera" (¿recuerdan el comienzo de Il sorpasso?). Hacía un calor del demonio, pegajoso, que no daba tregua ni de madrugada, la ciudad parecía haber sido asolada por la peste, no conocía a nadie y no tenía nada que hacer salvo pasear solo horas y horas. Al principio, por el nuevo barrio y sus inmediaciones y, luego, en círculos concéntricos cada vez más alejados, hasta salirme de la muralla aureliana. Aquel tiempo suspendido antes del comienzo de curso fue el culpable de todo.

Infatuation es un término mucho más preciso que "enamoramiento"para describir el estado en que caí. Porque incorpora el elemento del fatum, la predestinación, lo inevitable.

La última vez que tuve que irme de ella, hace poco más de un año, permanecí callado los dos últimos días, hundido como si me hubieran comunicado una noticia fatal, torturado por la nostalgia anticipada, fantaseando con la idea de abandonarlo todo, trabajo, familia, amante, dejar a mis acompañantes en el aeropuerto y regresar triunfal a mi apartamento en los alrededores de la Plaza del teatro de Pompeyo. Encontraría cualquier trabajo: barrer las calles de Roma me parecía la cumbre de mi carrera profesional. Mirando desde la ventanilla cómo me alejaba de ella el avión de Ryan Air maldije mi cobardía.

Y un sueño:

Mi inconsciente ha preparado esta noche con algunas de las cosas con las que me he entretenido estos días (leer Las cenizas de Gramsci - Già si accendono i lumi, costellando/Via Zabaglia, Via Franklin, l'intero/Testaccio, disadorno tra il suo grande/lurido monte, i lungoteveri, il nero/fondale, oltre il fiume, che Monteverde/ammassa o sfuma invisibile sul cielo-, ver partidos de la Eurocopa, recuperar algunas fotos de un viejo disco duro, entre ellas las que conservo de Puccio) un cóctel romano.

Estoy de noche con amigos a los que no veo hace años, celebrando unas semifinales en una terraza de Campo dei Fiori. El verano acaba de comenzar. Mi felicidad es perfecta. Nuestra amistad es perfecta. Mi romanaccio es perfecto. Pero los amigos marchan para dejar a Puccio en casa, y un desconocido que no ha sido invitado se sienta a mi mesa.

Es un lombardo. Bien plantado, de modales exquisitos, no mucho mayor que yo. Después de un intercambio cortés, trata de explicarme por qué preside en su localidad un club independentista que lleva por nombre SS. Me pongo en guardia. Sud Schifoso, aclara. Ya, pienso yo; así que jugamos a la ambigüedad. Quiero irme, pero no deja un resquicio en su verborrea por el que colar una seca despedida. Ciudad sucia, la llama, poblachón anárquico, atestado de gatos diabólicos que duermen entre ruinas, de turistas horteras y, lo que es peor, de romanos maleantes, cochambrosa, maloliente, ruidosa. Le odio un poco más si cabe. Él gana dinero, mucho dinero, y yo le gusto. Y ganaría muchísimo más si no fuera por el permanente jet lag en que viven los romanos (el culpable de este giro onírico, infra). En este punto da un triple salto: quiere casarse conmigo, pero yo debo renunciar a la estúpida idea de vivir con él en Roma. Tengo ganas de levantarme de allí al instante y dejarle con la palabra en la boca y la cuenta en el platillo. Al fin lo consigo. Le digo (de nuevo en ese perfecto romanaccio que sólo hablo en sueños): eres un bárbaro, un huno; no me casaría jamás contigo. Aunque mi regalo de boda fuera una mansión en la Appia Antica.

Al despertarme, he pensado que lo que le he dicho es una perfecta imbecilidad: al fin y al cabo, el amor es una polilla que nace, crece, se reproduce y cae fulminada en un par de días, y el sepulcro de los Escipiones lleva allí dos mil años. Me casaré con el huno.
[...] Va detto che tra Milano e Roma esistono degli sfasamenti di orario mica da poco. Perché quando uno a Roma, alle nove e mezza, entra in ufficio e si ascolta la sua segreteria telefonica, trova subito due o tre messaggi che vengono da Milano, il primo alle otto, il secondo alle otto e tre quarti, il terzo, che dà sull’ansioso, verso le nove. Mentre quando a Roma inizia il pomeriggio pieno, verso le cinque e mezzo, telefoni a Milano e capisci dal tono della voce di chi risponde che tutto l’ufficio è già in atmosfera di smantellamento serale, e alle sei e mezzo se trovi ancora qualcuno è un miracolo. Alle otto di sera telefoni per puro scrupolo e lasci dei messaggi disperati che i milanesi ascolteranno la mattina dopo verso le otto. Poi, alle otto, i milanesi ti richiameranno immediatamente, ma tu ascolterai il loro messaggio verso le dieci. E così poi ripartiva la giornata lavorativa.











 

lunes, 18 de junio de 2012

Revaliana


Dentro de tres horas estaré de nuevo en el aire, sin haber tenido tiempo de reponerme del vuelo anterior. Volveré a evocar, para apaciguar mi ansiedad, a Guillaumet, que sólo disponía de una precaria radio y sus propios ojos para sobrevolar Francia y España rumbo a Senegal. Saint-Exupéry relata muy bien la visita que le hizo Guillaumet en vísperas de su primer vuelo a Dakar, el índice del experimentado piloto arrastrándose seguro por el mapa de la Península Ibérica, previniéndole de las trampas que podía tenderle la tierra firme si por alguna razón debía abandonar la seguridad del cielo nocturno: media docena de naranjos en los límites de lo que a simple vista parecía un trigal despejado, un arroyo invisible y traicionero a las afueras de Guadix, rebaños de ovejas inmóviles junto a Motril que en la oscuridad podrían confundirle. Y de los recursos que tenía a su disposición en caso de emergencia: una pequeña granja cerca de Lorca donde vivía un viejo matrimonio de campesinos que, como guardianes de faro, se prestaban a socorrer al aviador en apuros. Una lección de geografía minúscula que prescindía de los grandes accidentes de la ruta: los Pirineos, el Ebro, Sierra Nevada, el Estrecho. Me digo que el Boeing 787 es con certeza más seguro que “La Croix du Sud”, con sus dos motores de hélice y sus continuas pérdidas de aceite.

***

Nieva sin parar sobre las muchas iglesias que veo desde la ventana, sobre las fortalezas y baluartes diseminados por la ciudad vieja y sobre los lejanos bloques de cemento de la época soviética. No una nieve lenta y silenciosa, sino furiosa, zarandeada por un aire gélido. Desde aquí no alcanzo a ver el Golfo ni el lago Ü., pero mejor así. Ayer, que no hacía aire, ya estaban bastante desagradables, y los cúmulos troneros presagiaban lo que nos esperaba hoy. No reconozco a la mayoría de los pájaros que he visto, pero sí me di cuenta de que barruntaban la que se avecinaba, como lo hacen los neveros ibéricos. La nieve y la soledad y, sobre todo, esta ocupación tan extemporánea, este diálogo con los muertos, propician la melancolía. Me he propuesto no cederle ni un centímetro; baste decir que he mirado hacia atrás como desde un otero y que lo que he visto posee esa engañosa nonchalance de algunas piezas musicales, como ese divertimento de Dowland que ahora aprende L. o algunas mazurcas del polaco, de las escritas en una tonalidad menor. Me da por pensar que mi resurrección, como la de Tarlton, tendrá ese mismo regusto de acíbar. El otro lado del otero también será una ladera umbría.       

***

Ayer me miró sin verme, la vieja puta. Los mismos ojos que examinaron los cuerpos desahuciados, hoy húmedos de vejez, las mismas manos que los manipularon hábilmente antes de hundir en ellos los instrumentos para la intervención inútil, ahora cruzadas sobre un bolso minúsculo que imagino poblado de medicamentos para la tensión, una barra de labios para realzar la soberbia del gesto, el escueto manojo de llaves de su elegante apartamento en X. , una agenda llena de nombres de conocidos ya ausentes y de múltiples entradas para su única hija: la del teléfono del apartamento de T., la de la vieja mansión en Z. donde pasa con ella los veranos, su móvil, el número de la oficina, el de su yerno, el que todos los años visita la feria de B. para blanquear su dinero y el de la vieja y cierra los tratos en un área de servicio a las afueras de la ciudad. Aunque tal vez algo en su fuero interno, algo que posiblemente no ha llegado a emerger hasta su conciencia, le haya dicho que ese encuentro en su calle, al pie de un comercio en el que durante la espera hemos entrado a comprar unas barritas de chocolate para entretener la gusa, no venía dictado por el azar.
Cuando se ha ido, caminando despacio pero sin ayudas en dirección hacia el centro de la ciudad, tiesa como un junco setenta años después, he empezado a sentirme físicamente mal. Nunca volveré a mirar su fotografía de joven.

***

Lo que más me tortura es su incomprensión, una incomprensión que está fuera de mi alcance entender, por mucho que trate de imaginarla, su cuerpo deforme, su mirada extraviada entre el interrogador y las paredes de un cuarto sin apenas ornamentos. ¿Dónde pensaría que estaba? ¿Qué se cruzaba por su frágil mente en el momento en que le preguntaban más y más datos sobre sí misma a los que ella no supo, no hubiera podido responder? ¿Qué idea se habría forjado ella sobre su identidad? ¿Estaba en aquel momento S. en el despacho contiguo, esperando a que el subordinado le comunicase sus conclusiones? ¿Le vio en algún momento la niña?

Me he acercado al lugar en que estuvo encerrada un día, lo he observado desde fuera sin llegar a sentarme, de pie fumando. Entonces era verano, hacía calor. Todo el que pueda hacer aquí, claro; parecido tal vez a la calima nuestra, con el sol embozado en esa neblina blancuzca tan molesta a los ojos, pero sin las altas temperaturas que la acompañan en E. Los oficiales entrando y saliendo del edificio, la chusma saludando a su paso, ciertos ellos de que su presencia garantizaba la pronta independencia del país, y Beile, dentro, ignorante de todo, cada vez más ausente de su propio cuerpo. 

(Noviembre de 2008)


 La mazurca en fa menor (op. 7 nº 3), en interpretación de Vladimir Ashkenazy:

video

viernes, 15 de junio de 2012

Cenizas

Foto: Gabriel Cualladó


Aunque estaba muerta, lúcidamente muerta, pues mi cerebro aún recordaba con extraordinaria precisión las últimas horas vividas. Y no era sólo que conservase cierta capacidad de memoria. También latía todavía en él la imaginación. A espasmos, como los que a veces sacuden como un resorte nuestras extremidades durante la noche, inventariaba la habitación en la que creía hallarme. Y escrupulosamente vigilaba todos estos síntomas, por ver si percibía diluirse mis recuerdos o atrofiarse los espejismos en ese lento deambular hacia la Noche. Pero nada de ello ocurrió. Aquellos seres y objetos quiméricos que yo creía frutos póstumos de mi pensamiento resultaron ser reales y me encontré de nuevo en el siglo. Y seguía viva, ilusoriamente viva.

jueves, 14 de junio de 2012

La Ley (1)

Querido PJ:

Como quedamos en que trataría de poner por escrito algunas ideas básicas de lo que yo entiendo por judaísmo, voy a iniciar con esta entrega una serie de Cartas a PJ, sin la pretensión de que, con el tiempo, adquieran la autoridad de la Carta a los judíos del Yemen, de Maimónides, aunque con análoga intención: presentar el judaísmo como una opción razonable.

Un personaje que me aclaró bastante sobre el judaísmo y su historia fue Léon Poliakov, autor de la extraordinaria Historia del antisemitismo que comenzó a publicar en España, a finales de los setenta, Mario Muchnik. He seguido siendo bastante fiel a los planteamientos de Poliakov, que trabajaba en un campo afín al mío. No era lo que se entiende por un historiador académico, lo que me lo hacía cercano. Yo tampoco soy un historiador profesional sino, a lo sumo, un caso de intrusismo admitido en la academia. Pues bien, hacia 1958, en un congreso de intelectuales judíos de lengua francesa, Poliakov rebatió brillantemente la tesis de Arnold Toynbee según la cual el judaísmo sería una religión fósil de un antiguo pueblo -el hebreo- desaparecido tras la destrucción del Segundo Templo. Poliakov sostenía, por el contrario, que el judaísmo tiene una relación a lo sumo accidental con la religión de los antiguos hebreos. En lo esencial, se forma después de la destrucción del Templo y en una continua simbiosis con el cristianismo, del que viene a representar algo así como la sombra.

Esta idea me parece interesante. El judaísmo original, el hebreo, surgió como una contrarreligión opuesta a los cultos idolátricos del Mediterráneo oriental. Fundamentalmente, contra la religión egipcia. No entro a considerar la hipótesis de si fue o no en su origen una derivación del culto solar de Atón, que tanta tinta ha hecho derramar. En su conjunto, todas las especulaciones más o menos ingeniosas sobre este último asunto me divierten o me irritan, empezando por la de Freud, pero no las encuentro convincentes. Sin embargo, te recomendaría un libro que me parece suficientemente serio y en el que el carácter contrarreligioso del judaísmo queda muy claro: Moisés el egipcio, de Jan Assman, publicado en España por Oberon (hay una segunda parte, menos interesante, editada por Akal hace un año). Poliakov hace una propuesta de interpretación general del judaísmo bastante similar: como una contrarreligión que se construye tomando el cristianismo como referencia religiosa.

Y termino esta primera carta con una hipótesis a manera de premisa. El gran descubrimiento del judaísmo original frente al politeísmo egipcio no fue el monoteísmo sino la Ley: el hecho de que, más allá de las leyes, de los códigos inventados por los hombres, existiera una Ley de valor universal. El judaísmo, en este sentido, es y ha sido siempre muy kantiano (antes de Kant, por supuesto). La noción del Dios único se deriva de la Ley, y no a la inversa. Eso es lo que lo separa, para empezar, de cualquier religión. El modo de justificar la ley en toda religión es radicalmente teísta. Las leyes son instituidas por Dios, y por eso deben ser acatadas y cumplidas. El modo de argumentar del judaísmo es exactamente el inverso.

¿Recuerdas el razonamiento al respecto del Iván Karamazov de Dostoievski? "Si no hay Dios, todo está permitido". Los judíos razonamos justamente al revés: "Como no todo está permitido, resulta que hay Dios". Nuestra filosofía primera no es cosmológica, sino ética, y por tanto nuestra idea de Dios no es cosmológica, sino ética.

Es una buena forma de empezar. Abrazos,

J.

martes, 12 de junio de 2012

Funeral Blues

Uno se empeña, contra todo lo que su (nublada) inteligencia y los amigos le vocean. De nada vale. Tiene que ser el goteo del dolor, un día tras otro, quien active por fin el mecanismo de supervivencia, quien te diga: acaba. Acabar admite varias modalidades, incluso la literal. Pero lo importante es cuando por fin das paso al cortejo fúnebre (infra).

***

No me gusta ninguna de las traducciones que he leído de Funeral Blues, así que me he puesto manos a la obra, permitiéndome algunas licencias. He renunciado, para empezar, a mantener la rima simple (AABB) de las cuatro estrofas. La versión resultaba en español demasiado rígida. La expresión "muffled drum" no está traducida de forma literal. Tampoco el término "mourners". He convertido las palomas en una sola, por una cuestión de oído. He omitido alguna adjetivación ("de tráfico"). El verso final es intraducible, así que he optado por la fidelidad expresiva.

Detengan todos los relojes, desconecten los teléfonos
denle al perro un sabroso hueso para que no ladre
silencien los pianos y a sordo redoble de tambor
saquen el ataúd y hagan entrar al cortejo fúnebre.

Que en círculos los aviones nos sobrevuelen con su lamento 
y garabateen en el cielo el mensaje: “Él ha muerto”.
Aten a la paloma de la plaza un crespón en torno al blanco cuello
y repartan entre los guardias guantes de algodón negro.

Él era mi Norte, mi Sur, mi Este y Oeste
Mi semana de trabajo y mi descanso en el domingo
Mi mediodía, mi medianoche, mi palabra, mi canción
Creí que el amor sería eterno: me equivoqué.

No queremos ya las estrellas: apáguenlas todas.
Envuelvan la luna y desmonten el sol
Vacíen el mar y barran los bosques
Porque de nada sirve ya ninguno de ellos.

Nada comparable a leerla en inglés, donde fluye.

***

A pesar de todo, no comparto el rechazo genérico al sexo contrario que suele acompañar a los desengaños. Me sigo encontrando más a mis anchas en compañía de hombres. Son todos iguales, me dice I. Eso serán los tuyos, le contesto. Los míos son cada uno de su padre y de su madre. Y a continuación viene una teorización de baratillo sobre lo muy pacificado que estaría el mundo si fuese gobernado por mujeres, la teoría de las elefantas y demás. A la vista de las barrabasadas entre féminas de que he sido testigo, tengo mis serias dudas al respecto. Y además están sus cuerpos (los de algunos hombres). Me mira con abierta conmiseración, y yo la compadezco para mis adentros.





domingo, 10 de junio de 2012

Rochers de Naye

Querido P:

Este fin de semana hemos hecho una excursión que tenía pendiente. Yo, que soy poco propenso a dejarme arrastrar a viajes cuyo objetivo último sea un paisaje. V. (del que creo te he hablado alguna vez) fue, sin embargo, muy inteligente manejando sus argumentos, insistiendo en la importancia del paisaje alpino en algunos escritores que me interesan. Por ejemplo, Robert Walser. ¿Te he contado alguna vez cómo acabó sus días? Le ingresaron en un manicomio porque sufría frecuentes ataques de nervios (algo con lo que hoy podría haber convivido perfectamente con una de esas pastillas que toma el treinta por ciento de la población). No escribió ni una sola línea durante los últimos veinticinco años. Era muy andarín (hace poco he acabado, y debo confesarte que mortalmente aburrido, su -premonitorio - Retour dans la neige) y el día de Navidad de 1956 salió a pasear por el valle del Glatt. Lo hizo hasta la extenuación (querida o involuntaria, no lo sé) y lo encontraron muerto, semi sepultado por la nieve. Qué vida tan trágica y qué muerte tan romántica. In balance with this life, this death.

Aquí estas historias de muerte en la nieve son más banales de lo que a nosotros, meridionales, nos resultan. Sebald tiene un hermoso relato sobre la desaparición del guardia forestal con quien salía frecuentemente a pasear cuando regresaba a Suiza. Y el escultor de que te hablé perdió a un familiar en circunstancias similares. Bueno, no te me deprimas con esto (yo no lo hago). Sólo te lo cuento para explicarte que necesito tener algún tipo de vínculo con el pasado o el presente humanos para que un paisaje capte mi atención.

Robert Walser


Salimos de Cornavin a eso de las diez y media de la mañana, en un tren que nos llevó primero a Lausana, donde hicimos un rápido transbordo para llegar a Montreux. V., inconsciente de mi pésima orientación espacial, había delegado en mí la preparación del viaje, y en cuanto montamos en el tren me di cuenta de que algo no iba bien. Debíamos tener el lago a nuestra derecha (o a nuestra izquierda, ya no recuerdo). De todas formas llegaríamos a  nuestro destino, pero por el camino más largo.

De Montreux sale el pequeño tren cremallera de principios de siglo que va escalando trabajosamente la ladera, a veces casi en vertical, dejando allí abajo los valles y las colinas de viñedos en terraza, el lago Léman, las cimas intermedias de los Alpes franceses, del Vaud, del Valais, hasta alcanzar Rochers-de-Naye, a más de dos mil metros de altura. Aparte de una naturaleza que quita el hipo, lo que más llamó mi atención fue que el funicular hace las veces de un cercanías que comunica Montreux con las pequeñas aldeas, cada vez más cercanas al cielo, del trayecto. Las mujeres bajan a hacer compras a la ciudad y suben cargadas de bolsas en el animalito. Pegué la oreja a las conversaciones que mantenía el conductor (que parecía ser también un aldeano) con las mujeres. Hablaban de gente de la comarca. No creo que todos reunidos los habitantes de estas aldeas sumen más de dos mil.




Anduvimos un poco sobre la nieve. No demasiado, porque era abundante y ninguno de los dos llevábamos calzado apropiado. La señora que nos vendió los billetes nos había advertido de que no era el mejor día para subir. El lago estaba cubierto por una niebla densa. Pero no: sucedió que a medida que ascendíamos la niebla se disipaba y allí arriba todo era luz, multiplicada e irradiada por el blanco inmaculado de la nieve. Comimos estupendamente en una de las dos únicas alternativas que había, una carne de primera, dos botellas de un blanco más que decente de la zona, y regresamos amodorrados en el funicular.

El resto de la tarde lo pasamos en Montreux, despejándonos por el paseo que bordea el lago, echando una partida improvisada de ping-pong a cuatro con una simpática pareja de alemanes (nos barrieron) en una mesa de cemento que hay allí y, cuando recuperamos el apetito, comiendo helado.

Me gusta mucho este país. Quien no ve en él más que un orden excesivo es porque no logra disfrutar de la inmensa sensación de libertad que procura ese orden. Y, desde luego, porque le da miedo adentrarse en algunos distritos y círculos donde el orden no lo es tanto. No puede ser casual que aquí hayan terminado sus vidas exiliados o perseguidos de todo tipo. Me recuerda, como te decía por teléfono, a Bruselas. Nadie quiere quedarse allí cuando llega, todo el mundo sueña con poder escapar a un lugar menos hostil (aunque el clima ginebrino no es ni mucho menos tan duro; frío, sí, pero sin ese cielo tapadera tan característico de Bruselas). Pero al cabo de unos años a nadie se le pasa por la cabeza abandonarla. Tengo la sensación de que terminaré viviendo aquí, al menos un tiempo, tarde o temprano.

Hablé con JRC. Me dio las mejores referencias del hospital y del doctor C. La cosa es grave, no vale la pena engañarse. Pero tampoco puede la mente arrojar la toalla mientras no lo haga el cuerpo. Esto es más fácil de decir que de hacer, y me admira profundamente que no lo hayas hecho. Cuéntame cómo llevas el capítulo sobre los salarios y no abandones el proyecto aunque algunos días te cueste más concentrarte y escribir que otros. Stick to it.

Un beso de tu
x.

viernes, 8 de junio de 2012

Rainy days (and Thursdays)

Foto: André Kertész

Se acabaron los días de lluvia. Es una sensación casi física de bienestar, como el momento en que tu estómago pide por primera vez alimento después cuatro días de fiebre. Es verdad que sólo en la oscuridad puede verse el rayo de Heráclito. En el momento en que el rayo aparece opera el milagro: vemos a la vez la luz y la oscuridad, una cosa y su contraria. Y luego, si se resiste, la luz se traga la oscuridad (y al rayo benefactor). La rumazón da paso a un cielo alto y sin matices. El cerebro vuelve a estar lleno de pasillos iluminados, y hay gente en ellos que va y viene.

***

Por insistencia de Brodsky, he comprado toda la obra poética de Auden. Me fío mucho más de su criterio que del de Larkin (en última instancia, porque me fío del mío y Brodsky me parece un gran escritor y un crítico perspicaz y muy poco convencional). Y cuando no puedo leer o escribir porque ando en otras ocupaciones, le doy vueltas:

¿Cómo traducir estos dos versos?


If equal affection cannot be,
Let the more loving one be me.


¿Cómo escribir una elegía? La mayoría de los poemas in memoriam son formas de autorretrato. Dicen más de quienes las escriben y de su relación con la idea de su propia mortalidad que del recordado. Tal vez escribiendo en la primera persona (del muerto) se pueda evitar la veleidad narcisista - el poema de Yeats (I know that I shall meet my fate/Somewhere among the clouds above, etc.). Y hasta en este caso es probable que deslicemos algunas de nuestras propias cavilaciones sobre el sentido de la (nuestra) vida, bla, bla.

¿Cómo sería el escudo de Aquiles imaginado por Auden? Sabemos cómo fue el que diseñó Efestos, descrito minuciosamente en la Ilíada en una de esas largas ekphrasis en que se recreaban los griegos (que permitieron a su vez otras como ésta). Si supiera dibujar, lo intentaría: a plain without feature, bare and brown; a million boots in line/without expression, waiting for a sign; three pale figures ... bound to three posts driven upright in the ground. Ésa es la ekphrasis de Auden, una visión terrorífica.

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También por insistencia, esta vez de JAM, leo a Carlos Piera, una de esas voces que sólo habla de vez en cuando.

"¿Qué cuchillos le puedo bajar y a quién, en la calle vacía, llama el afilador? Había dejado de pasar y ha vuelto con el paro, el pasado y, técnicamente, la desesperación, y se le oye los sábados, en los interludios del estrépito, cuando están más vacías las calles y, estando vacías, se entienden un poco mejor".

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El tiempo no lineal (pero tampoco circular), el pasado posible (en el sentido de como posibilidad) y el eterno retorno (pero no la reencarnación).



jueves, 7 de junio de 2012

Alzar a los muertos


Hace unos días me llegó el libro de Roman Vishniac (A Vanished World). No le hacen justicia estos píxeles que sobre el papel sobrecogen. Vishniac tuvo un inmenso talento para retratar el mundo para siempre desaparecido de un pueblo en que una generación soñaba con triunfar en el comercio para ver a sus hijos convertidos en rabbanim, en maestros: el mayor regalo que el hijo del platero o el sastre podía devolver a su familia y a su comunidad. Una instantánea de un pueblo que en unas condiciones de vida miserables tuvo siempre la vista puesta en el lado del espíritu.

Pasando las hojas apresuradamente, pues llego tarde a la estación, de algún lado oscuro del inconsciente acude una sola palabra: Antígona. Quiero saber, pregunta Antígona a Ismene, si vas a ayudar a mi mano a alzar al muerto. Pues de lo que se trata es de que no puedan las alimañas devorar sus cuerpos, de que el lugar en que se entierren esté señalado y sea conocido de todos, de modo que podamos seguir visitándoles. En definitiva, se trata de que los muertos sigan viviendo entre nosotros, gracias a nosotros. Vishniac hizo de Antígona porque sabía que el mundo que se dedicaba a retratar, los últimos ejemplares y hábitats de una especie pronta a extinguirse, se difuminaba rápidamente ante sus propios ojos.







 










domingo, 3 de junio de 2012

Cal y arena

Alexei Remizov. Berlín, 1923

El libro de Dovlátov (The compromise) no ha llegado aún y me temo que ya no llegará a tiempo de que me lo lleve de viaje. Para compensar la decepción, anteayer recibí en el correo una novela que tenía pendiente desde hace tiempo de Voinovich (The fur hat), una desternillante sátira sobre los personajes que giraban en torno a la famosa Unión de Escritores de la URSS. Voinovich, por cierto, tuvo alguna responsabilidad en la difusión de Vassily Grossman en Europa: fue él quien se la jugó pasando a Suiza la copia microfilmada por Sajarov de Vida y destino

Resulta llamativa la constancia de la sátira en la literatura rusa, desde Gogol hasta el propio Dovlátov, pasando por Ilf y Petrov, Yuri Olesha, Remizov o el más grande entre los grandes, Bulgakov. Me pregunto por qué nosotros hemos abandonado el género, teniendo al menos tantas razones para cultivarlo como los rusos. El español es un pueblo desprovisto por completo del sentido del humor y de la ironía, en contra de lo que la algarabía permanente en calles y bares induce a pensar a los forasteros.

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"Tengo la impresión de que todavía no has elegido.

Ser luz breve que sorprende o pila duracell que hace bailar al oso hasta el infarto. Lo he expresado en términos equívocos. Lo sé. Pero también sé que vas a entenderlo sin más explicaciones".

Lo he entendido perfectamente. Es de las observaciones más atinadas que me han hecho en mucho tiempo. 

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S., con sus salidas, nos hace reír. La última revela el cacao mental que tiene con todo lo relacionado con la religión. Rodeado de amigos que han corrido este año la maratón catequista para hacer por estas fechas la comunión, nos informa en el coche sobre los nuevos conocimientos adquiridos entre pelotazo y pelotazo:

"Jesús de Nazaret está enterrado en una iglesia inmensa que se llama el Vaticano. El Papa, que es como el rey de los cristianos, se sienta en un trono que está justo encima de la tumba. Jesús vestía como el Papa, pero cuando "todo eso que pasó con la cruz" (sic) hacía mucho calor y se quitó toda la ropa menos unos calzoncillos largos que eran los que se ponían entonces. Yo los he visto en una película de vaqueros. Los del P. [el colegio contiguo dirigido por los Legionarios de Cristo Rey] rezan todas las mañanas a una virgen. ¿Qué quiere decir virgen? Bueno, no entiendo lo que decís, pero rezan a una virgen. Que es la misma señora con un niño enorme y muy feo que han colgado en un póster a la puerta del colegio. ¿Cómo que ese niño es Jesús de Nazaret? Ahora sí que no entiendo nada".

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Estoy físicamente agotado. Esta mañana me he quedado literalmente dormido en la silla a media mañana. Cuando he despertado me encontraba mucho mejor, pero he comenzado a pensar: cada vez duermo más horas y, sin embargo, no logro quitarme de encima la fatiga, cada vez me cuesta más concentrarme, cada vez me cuesta más llevar la voz cantante, aunque sea un rato, en cierto deporte, cada vez aguanto peor una noche de alcohol y tabaco. Echo la vista atrás y recuerdo que hace tan sólo tres años no distinguía mis fuerzas de las que tenía con veinte años.

Lo cual me lleva al recuento de cosas pendientes:

Volver a Sicilia y conocer Rusia.
Escribir aunque sólo sea ochenta páginas sobre Beile.
Llevar a S. y a L. hasta un punto en que puedan navegar solos.
En caso contrario, sanear lo suficientemente las cuentas.
Viajar una última vez a E.
Saber que se ha cerrado el cerco sobre el clan del 20 de octubre de 2010.
Hablar con PB. Con una vez me conformaría.
Hacer bien los deberes el próximo YK.
Morir en Roma.


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Me cuenta I. que vive aquí cerca, en la sierra, un maromo ruso que mide exactamente a lo largo y a lo ancho lo que un grizzlie. Llegó a España hace más de diez años, aunque sigue hablando como un apache. Se dedica a chapuzas que requieren una enorme fuerza física y cobra, claro, en negro. El negro lo llevaba guardado en el pecho día y noche hasta que alguien le recomendó que abriese una cuenta bancaria. La abrió, y ahora las malas lenguas dicen que tiene cuarenta mil euros en el banco, lo cual, para las malas lenguas en cuestión, es un potosí. No obstante su fortuna, Sergio sigue durmiendo a la serena, en una choza que él mismo construye y que va cambiando de emplazamiento según un criterio que (aún) no conozco. Sigue también limpiándose las manos con su propio orín. Descarga todo tipo de sustancias orgánicas de su cuerpo allí donde le pilla la necesidad o la calentura. Todo esto le convierte en un personaje necesario pero no precisamente apreciado. En cambio, yo encuentro que he tenido mucha suerte de poder conocer a esta especie de Ishi o Dersu Uzala salvaje a tan pocos kilómetros de esta selva de urbanizaciones.


Foto: Sibylle Bergemann