martes, 1 de mayo de 2012

La cita


Impedido el sueño por la expectación, por la sospecha de no haber empleado el tiempo necesario para llegar con fondo a esta prueba, por una desconfianza animal que todos los cálculos y razonamientos no habían logrado aliviar, se echa a la calle con el estómago vacío. La cafetería del hotel está aún cerrada. Una mañana en lo más sensual de la primavera, en vísperas del sábado. La ciudad, que hasta la noche anterior sólo conocía a través de fotografías, tiembla de luz en todas sus fachadas, en los ventanales de los bloques de apartamentos, en los escaparates de las tiendas, en sus aceras recién bañadas, en los muros de piedra atravesados que revelan antiguas divisiones, en el mar que relumbra adormecido, indiferente, lejano, a los pies del barrio moderno.

En el patio que comparten el Hotel S. y dos manzanas de casas un adolescente ensaya posturas temerarias sobre un monopatín. Después de esta visión efímera, pasa una hora sin que se cruce con nadie. Más tarde, tres niñas silenciosas, sentadas con las piernas cruzadas sobre el pretil que es frontera entre el paseo y la playa, se turnan para lanzar al aire unas tabas. Aún más allá, un hombre árabe calafatea una barca con la misma minuciosidad y dedicación que hubiera empleado en pintar su maqueta. Durante las tres primeras horas del día, ésos son los únicos seres que ve. Luego, hacia las diez, una multitud de gente venida del extrarradio conquista la ciudad. Vienen a cerrar las compras de última hora. La temperatura ha subido. El tiempo es bochornoso. El simún ha cubierto las calles de una fina capa de polvo. En las tiendas de ropa, en las galerías comerciales, en el shuk Betzalel, largas colas ante los puestos, vuelan billetes y monedas por encima de las cajas, los compradores preguntan a gritos los precios a los vendedores, los vendedores contestan a gritos, anarquía de prendas de vestir examinadas, probadas y finalmente despreciadas, zapatos abandonados por un pie demasiado grande o demasiado sensible, bolsas de frutas y legumbres descartadas en el torbellino de las prisas. A mediodía, los cafés se llenan, debates a voces, empellones por llegar hasta el mostrador, acumulación de protestas y maldiciones. Las mercancías adquiridas esperan en el suelo, a los pies de los nuevos propietarios. En las esquinas los taxistas vocean los nombres de las localidades cercanas y los precios de las carreras, cada vez más tentadores a medida que se aproxima la hora del cierre. Al fin, dos horas antes del paréntesis sagrado, se hace el silencio. Al cansancio del viaje y de la noche insomne se suma entonces la carga de la ciudad abandonada por sus habitantes en la que parece que sólo a ella le queda algo por hacer. Una hora antes de la cita, un autobús vacío conducido a toda velocidad por la ciudad desierta se detiene ante el edificio de la cita.

Es un edificio de hormigón gris hasta la planta décima, y un esqueleto de intestinos al aire desde esa altura hasta la azotea, tres plantas más arriba. A pesar de su altura, forma un bloque aproximadamente cuadrado. La luz ha caído bruscamente y cuando entra en el gran vestíbulo ovalado tiene que esforzarse por distinguir unos objetos cuyos contornos se están difuminando rápidamente. Hurga con la mirada los límites de este espacio y le parece percibir en la profundidad una puerta alta, de un solo batiente, que deja pasar un residuo de luz cruda. No hay nada que sugiera que se trata de un edificio oficial, ni una bandera, ni una fotografía del primer ministro (mangas de camisa, pelo alborotado). No hay luces encendidas, a excepción del flexo de la recepción (bajo el flexo, un diario deportivo abierto, un transistor encendido y un cenicero de latón con un par de colillas), vacía. Vacíos también y con las puertas abiertas los tres ascensores modernos, en la pared opuesta al mostrador de recepción. De entre las tinieblas grises emerge un hombre reducido, escuálido, devastado, como una sombra. No lleva uniforme y viste con el desaliño propio de las gentes del país. Viene silbando el Vals de las olas, pero cuando advierte su presencia calla de repente. Cansado o enfermo, los ojos le flotan en una película de linfa amarillenta. “¿Lleva algún pase?”. No le dijeron que lo fuera a necesitar, contesta. Le reprende, agrio, mal encarado. “Sin pase nadie puede subir a las oficinas”. Se identifica, le explica que he venido a hablar con el señor Weisz “¿Y con quién si no?”, responde, “En este edificio no trabaja nadie más. Tiene que subir por las escaleras, los ascensores no funcionan. Hasta el noveno”.     

El rellano de las escaleras mira a la fachada opuesta a la entrada, es decir, al norte, a Chipre, Turquía, las islas griegas, el mar. A la altura del primer piso hay una ventana  abierta de par en par, pero en los pisos superiores no hay ventanas, ni tan siquiera el hueco que debieron ocupar. Así pues, el edificio se vuelca entero sobre el espacio despoblado, atravesado por haces de rotondas y carreteras de circunvalación, que lo separa del mar. El simún silba en espiral por las escaleras. Cambiante, unas veces la empuja hacia el vacío, del que no le separa ni una barandilla ni una viga atravesada para mitigar la sensación de vértigo, otras lo recibe como un revés en la cara. Llegada al noveno, abre la puerta que conduce a las oficinas. En medio del largo pasillo enmoquetado, a la altura de la única puerta abierta, está Weisz, practicando ejercicios de relajación. Lleva una camisa blanca salpicada de manchas de sudor, unos pantalones de algodón, calzado deportivo. Mientras estira piernas y brazos, conserva un cigarrillo sujeto entre los dientes. El paso a la cincuentena ha puesto unos kilos de más en un cuerpo pesado, de pecho y espaldas anchas. Su cara, sin embargo, conserva los ángulos, la mandíbula bien delineada, los ojos rasgados, una frente amplia coronada por una mata de pelo rojizo, escarolado.  

- Shlomi me ha avisado de su llegada. No es muy agradable, ¿verdad? Le molesta sobremanera que el edificio no funcione. No quieren invertir en su mantenimiento. ¿Le ha costado llegar hasta aquí?

- No tanto hasta el edificio como a su despacho – contesta mientras se acerca a él.

Cuando llega a su altura, Weisz le ofrece una mano grande y una sonrisa sofocada por el calor. Ella le sigue hasta su despacho.

- Le agradezco mucho que haya venido. Me han hablado de su don. Esta casa está llena de miniaturistas, ¿sabe? Grandes especialistas, capaces de identificar y analizar hasta el más ínfimo de los detalles del campo que les concierne. Pero sáquelos de su puzle, de los archivos del Centro de Documentación, del laboratorio de balística, de la sección de grafoanálisis o documentoscopia. ¿Ha visto alguna vez frente a frente a un historiador y a un fotógrafo forense? Siéntese si quiere. Los reúnes con la esperanza de que aunque ellos sean incapaces de comunicarse entre sí, tú podrás extraer conclusiones de la confrontación. Puede fumar, y puede tomar café. Me traje una máquina de casa. En tiempos hubo una abajo, pero desapareció. ¿Le gusta el café americano?

- Fumaré. No quiero café, gracias.

- Pero no es tan sencillo, carecemos de imaginación para ensamblar los fragmentos. En definitiva, somos deficitarios de la capacidad contraria, la que usted posee. La acuidad en la observación es una cualidad muy extraña. ¿Le parece una buena definición? Llevo pensando unos días en ella. 

Unos listones de madera cubren el despacho hasta media altura. Por encima de ese zócalo, las paredes están revestidas de mapas. Sobre la pared de la derecha, mapas de Alemania, Austria, Estonia, Suecia y Dinamarca. Sobre la de la izquierda, un gran mapa de Sudamérica y otro de Oriente Medio, y las cartas detalladas de El Cairo y Damasco. Mientras los observa, percibe un zumbido. No es un sonido, sino el latir de un sonido, su hálito, sordo, distante, que se da a la fuga cuando ella pretende aproximarse a la fuente y regresa, tenaz y mortificante, en cuanto deja de prestarle atención. Se detiene ante el callejero de El Cairo, en el que están clavadas tres chinchetas de color rojo.  

- ¿Por qué tres? ¿Diferentes domicilios?

- Sí, aunque ninguno de ellos figura a su nombre. Tome, éstos son los archivos de los que le hablé. Ahí está todo, desde la partida de bautismo hasta la huella dactilar, las últimas declaraciones tributarias que presentó, media docena de fotos, antes y después de la operación, un árbol detallado de sus relaciones familiares y personales, la documentación de guerra, todos sus desplazamientos, todos los domicilios que le conocemos, la correspondencia interceptada. ¿Querrá hacer lo que hizo con Dietrich?

- Haré todo lo que esté en mis manos, con la única restricción que usted conoce.   

- Me dijo que su trabajo tenía un precio. Sabe que no estoy en condiciones de solicitar un presupuesto elevado y que el pago ha de hacerse por canales ocultos. 

- El precio de mi trabajo es el nombre y la dirección exacta de la abuela de Moshele W. Sé que los padres murieron, pero ella aún vive.  

Weisz la mira con sorpresa.

- Lo tendrá. Los historiadores sabrán recuperar ese fragmento. Procuraré hacérselo llegar antes de que se vaya. ¿Por qué hace esto?

- ¿Por qué lo hace usted, Weisz?

Weisz se encoge de hombros.

- Los muertos son más débiles que los que aún están, no se pueden defender. Subamos a la azotea. Quiero enseñarle una cosa.

En la azotea, Weisz se acerca al abismo. Están entre los intestinos de hierro que vio desde la parada del autobús. Ella se agarra con fuerza a uno de ellos. Han comenzado a caer unas gotas gruesas.

- Me gusta asomarme aquí cuando termino de trabajar. ¿Ve dónde estamos? Rodeados. El mar, el desierto, los demás países. Por eso han decidido dejar de invertir aquí. Quiero decir en este edificio, y también en nuestra actividad. Sólo quedamos Shlomi y yo. Bueno, y ahora usted.

El zumbido se hace cada vez más intenso, hasta que los ve en el aire. Son dos cazabombarderos que regresan desde el oeste a su base después de unas maniobras. Con la lluvia, el simún parece haberse detenido, pero el viento que ahora sopla viene de las regiones más inferiores de la muerte.