miércoles, 2 de mayo de 2012

Falta de costumbre

Tim O'Sullivan, Pyramid Lake (Nevada) (1867)

Veinticuatro horas carnavalescas. Pero descubro que cada vez estoy más acostumbrado a la falta de costumbre. Anoche, reposando en el bar de un hotel de Madrid que solía frecuentar de joven, viví dos coincidencias extraordinarias que me hicieron olvidar los sobresaltos que me habían llevado hasta allí. 

Al poco de sentarme, se me acercó un camarero al que a primera vista no reconocí. Supongo que lo de siempre, me dijo. Dado que hacía años que no frecuentaba el hotel, supuse que me había sin duda confundido con otro. Bueno, si lo de siempre es lo que bebo siempre, sí, eso mismo. Entonces me di cuenta: ese hombre cercano a la jubilación era el que hace veinticinco años tenía aproximadamente mi edad, y recordaba perfectamente mis preferencias.

Sentado en una esquina del bar me entretuve en hacer un par de llamadas pendientes y transcribir la entrada de ayer, sin dejar de echar el ojo a todo el que entraba y salía. Uno de los que llegaron poco antes de medianoche era un hombre ostensiblemente no mediterráneo, el pelo rubio, más largo que corto, una barba cerrada que tiraba a rojiza. Me fijé en él no sólo porque enseguida me hizo recordar a Jeremiah Johnson, sino porque conforme avanzaba se iba deshaciendo con auténtico asco el nudo de la corbata con una sola mano mientras sostenía en la otra una revista de la que no despegaba la vista. Se sentó dos mesas más allá y se concentró en su lectura.

Tanteé las opciones: ¿The Economist? ¿Cosmopolitan? ¿New Yorker? No, algo no encajaba. En algún momento, al pasar una página, entreví por fin un triángulo de la portada. Me dio un vuelco el corazón: mi padre la coleccionaba, pero todos sus números se habían perdido en alguna de las muchas mudanzas. Hice memoria: en la última casa común aún estaban. ¿Tal vez las habría tirado, sonriéndose de las estrafalarias fijaciones de mi padre, la estúpida veterinaria que adquirió la casa? Cuántas horas pegado a los cañones, las nieves, los caballos de esas páginas.




Era alemán y un apasionado de la historia del salvaje Oeste, y me descubrió a dos fotógrafos de los que nunca había oído hablar: Timothy O'Sullivan y Darius Kinsey. Para colmo de la excentricidad, resultó ser un consumado espeleólogo.

Intentó convencerme de que era natural que le gustasen las cuevas, puesto que le gustaban las montañas. Las cuevas, dijo, no son más que montañas que crecen hacia adentro. Allí también los espacios son a veces inmensos, y hay picos, y desfiladeros. ¿Has oído hablar de la cueva del Milodón? Pero aunque eso de una caverna habitada por un mamífero gigante del Pleistoceno, caballos enanos y enormes felinos dientes de sable me sedujo, en esto no le seguí: me gusta el cielo siempre por encima y, a ser posible, soso y aburrido. Sin una sola nube. Cosa distinta es que yo atraiga a ese tipo de cielo.


Darius Kinsey (1906)