miércoles, 9 de mayo de 2012

El diablo cojuelo


Que el nuestro es un país de pícaros no es algo en que valga la pena detenerse. Son tantos, que incluso los más virtuosos de entre ellos pueden contar con verse algún día superados por alguien que les aventaja en destreza en el arte del sableo. No hay un non plus ultra de la picaresca en España. Además de extendido, es un arte profundamente igualitario que, en contra de lo que la razón pudiera sugerir, no discrimina entre ricos y pobres: no es condición previa para brillar en él ser lázaro, granuja o pordiosero. Cualquiera puede ser un hábil parchista, a condición de ser, sencillamente, buen español.

Pero no todo son excelencias en el patio de Monipodio. Existe también el pícaro bufo, de zarzuela, el diablo cojuelo que, por mucho afán que ponga, no alcanza a dominar la difícil técnica del timo. La picaresca requiere cierto grado de empatía con el timado, cierta conciencia de los límites de su inteligencia y la tuya, y éste es uno de los factores que puede impedir al género del pícaro zoquete llevar a buen puerto sus  maquinaciones.



Es el caso de un conocido mío al que, en un arrebato mecénico, se me ocurrió prestar 30.000 euros para que adquiriese algo sin lo que su genio corría el riesgo de quedar para siempre encerrado en la lámpara. El diablo cojuelo ya había fracasado en el mundo de la pintura y ahora deseaba con toda su alma pegar el salto a la fama fotográfica. Y para hacerlo necesitaba un cacharro que sólo un fotógrafo profesional que trabajara para la Magnum o la National Geographic podría amortizar. Pero él lo haría, prometió. Sus fotos en Cuba dejarían en ridículo a las del mismísimo Alex Webb, con la ayuda de ese ingenio fotográfico (un respaldo digital), en cuyas virtudes nunca me interesé pero que, a juzgar por su coste, debía ser capaz de transformarte con sólo posar la mirada en él en el mismísimo Cartier Bresson. Cómo no entenderle: qué no hubiera dado yo, por poner un ejemplo, por que se me contagiase la calidad de un Auden con sólo palpar una primera edición de Thank you, fog.

Por otro lado, tenía ya, aseguró, tres exposiciones completas por colgar, algo que tocó en mí alguna fibra íntima, pues yo también tengo una docena de novelas por publicar (de las cuales doce también por escribir). La mala suerte, la crisis económica, las camarillas, la inquina de sus poderosos enemigos, habían impedido hasta el momento que lograse exponer. Sus argumentos y su fe en sí mismo me conmovieron.

Prometió con lágrimas de agradecimiento en los ojos ir pagándomelo a medida que fuera deshaciéndose del material fotográfico que ya no utilizaba (o que nunca llegó a utilizar): objetivos, cámaras, fotómetros, lentes, ampliadoras que, en su día, fueron también el último grito en el mercado de la fotografía profesional. Sin duda mi conocido debió suponer, cuando realizó aquellas compras, que su genio desbordaría los bordes de la lámpara, si quiera fuese por ósmosis. Lamentablemente, bien porque la lámpara estaba herméticamente sellada y el genio carecía de potencia suficiente para abrirla, o tal vez porque estuviese lisa y llanamente vacía, no fue así. Y de ahí que hubiera que intentarlo, una vez más.

En descargo de mi bobería debo decir, además, que por aquel entonces desconocía el pufo que había dejado en cierta tienda de fotografía de Madrid, haciéndose pasar por colega de un conocido fotógrafo patrio.

Por razones que no deben enturbiar el análisis de la psicología del sableador de segunda, el contacto se fue perdiendo. Y yo me encontré titubeando sobre qué hacer con la bonita suma de 30.000 euros que aún nos unía. En este delicado momento de duda vino el diablo cojuelo [DC] en mi [PJ] ayuda a través de un gancho directo a la mandíbula en forma de sms:

DC: ¿Qué quieres que hagamos con lo del respaldo?
PJ: ¿Qué quieres decir?
DC: ¿Qué te parece bien que hagamos?
PJ: ¿En el sentido artístico?
DC: No. ¿Aún sigues queriendo que te devuelva el dinero?
PJ: ???
DC: Mira, te lo envío por Seur y tú haces con él lo que quieras.
PJ: No quiero para nada el respaldo, que por otro lado no es mío.
DC: Insisto, te lo envío, agradeciéndote mucho que hayas tenido la amabilidad de dejar que lo pruebe unos meses.



O man, who art thou? Eso me pregunté. Y tras un breve exabrupto de misantropía melancólica, reaccioné. Después de enseñarle el brillo del sable al genio de la lámpara y a su legítimo cónyuge, verdadero macho alfa de su hogar, recordándoles que aún obraba en mi poder la correspondencia que permitía probar con claridad el préstamo, parte de la misma regresó a mi cuenta.

Y ahí quedó aparcado durante unos meses este ejercicio frustrado de picaresca española. Pero ¡quiá!, el pícaro torpe, por sus propias cualidades (o ausencia de ellas) no desiste fácilmente. Con las olas de la crisis desgastando ya la parte muerta del barco, olvidada la capacidad que exhibió su víctima para defenderse, renovada su confianza en sí mismo y en su relación privilegiada con Apolo Musageta, el diablo cojuelo volvió a la carga hace dos días, de nuevo a través de un sms en el que me preguntaba:

DC: ¿En qué términos me devolverías los euros del respaldo?

Ante mi desconcierto, su reculada:

DC: Déjalo. Sólo entiendes la superficie del lenguaje. De todos modos era una broma.

Y es que ya se sabe que el diablo cojuelo es un personaje bromista y zaragatero y el dinero, poderoso caballero.