miércoles, 30 de mayo de 2012

Despide a Alejandría


Me viene a la cabeza estos días el poema de Kavafys (Cuando, de pronto, a media noche oigas/pasar una invisible compañía/con exquisitas músicas y voces,/no lamentes en vano tu fortuna/que cede al fin, tus obras fracasadas,/los ilusorios planes de tu vida./Como dispuesto de hace tiempo, como valiente, dile/adiós a Alejandría que se aleja./Y sobre todo no te engañes: en ningún caso pienses/que es un sueño tal vez o que miente tu oído./A tan vana esperanza no desciendas, etc.).

Si hubiera sabido despedirme, si no me hubiera engañado a mí mismo, cuántas tonterías me hubiera ahorrado estos dos últimos años. Como siempre, aprendemos a destiempo y para nada, porque mañana se acabó la función, game over.

De Kavafys, de Montale, de las espantosas traducciones que ha hecho Colinas del italiano (Leopardi, Passolini), de Seferis, de Ungaretti, hablamos anteayer a la cena. Había quedado con J.A.M. Inteligente, como su hermano A., muerto hace siete años, pero más dulce, o más reservado. A. salió a relucir, cómo no, muchas veces. Pero la conversación se centró en su propia biografía, en la extraña relación que ha mantenido con Roma, donde su padre estuvo destinado treinta años, en cómo un hombre proveniente de una familia culta de funcionarios acabó por ganarse la vida en los negocios, en sus (varios) divorcios.

Volvimos también una y otra vez sobre lo que escribo. Me dio caña, con mucha mano izquierda, hasta en el carné. Cada poema es de su padre y de su madre. Tiene toda la razón. No he leído mucha poesía y lo que he leído lo he hecho desordenadamente. También tiene razón. Me preguntó por qué me escondía siempre tanto detrás de cada poema. A eso no supe o no quise contestar.

Le acerqué a casa de madrugada. Me admira ver cómo un hombre al que las cosas le han llegado a ir muy bien en la vida se ha avenido a instalarse en uno de los barrios más feos y caóticos de la ciudad y en un apartamento de apenas sesenta metros atiborrado de libros (la cuarta parte de su biblioteca; el resto lo donó a la Fundación Caballero Bonald). Merodeé por los estantes: mucho Passolini y mucho Joyce. Ni un solo libro que no mereciera la pena estar, lo que dice mucho de quien por fuerza tuvo hace unos años que hacer una dura selección.