sábado, 19 de mayo de 2012

Conversación en el séptimo (2)



Localizado el foco de la infección, regreso a casa tras dos semanas de turisteo por hoteles y casas particulares. Es una rara sensación vivir en tu ciudad como si fueras un extraño. De pronto la miras con los ojos limpios de recuerdos. Lo que nunca me gustó de ella sigue sin gustarme, pero he recuperado parte del idilio que la costumbre había anestesiado.

Por ejemplo, me doy cuenta de que Madrid sigue siendo una ciudad muy liberal (en mucho mayor medida que otras de similar tamaño), contra lo que la zafiedad proverbial de sus habitantes pudiera hacer creer. Haz lo que te venga en gana mientras no me toques los cojones, ése podría ser el lema de la ciudad en boca de un madrileño. Sí, eso tampoco ha cambiado: los madrileños por debajo de los ochenta años son mal hablados e incapaces de mantener el usted a los dos minutos de conocerte.

***

Una de las casas que me acoje es el séptimo. De nuevo a vueltas con el carácter histérico. Es la segunda vez que le define de esta manera sin haberle conocido nunca y sabiendo más bien poco de él. Así que le tiro de la lengua y le pido que no me teorice, que sea un poco anglosajón. Y me da estas claves:

1. Blandura y cortesía en exceso, acompañadas en ocasiones de un comportamiento "femenino".

2. Volubilidad extrema de las reacciones.

3. Tendencia a creer aun lo más inaudito (pero propensión a reemplazar la antigua convicción por otra igualmente inverosímil con idéntica falta de criterio).

4. Imaginación que se traduce con facilidad en mentira patológica. Narra experiencias imaginadas (también sobre abusos sexuales), como si fueran reales.

5. Somatización frecuente de sus conflictos psíquicos.

El retrato que hace (que hizo, en realidad, Reich) es tan certero que empiezo a pensar que el psicoanálisis no será una ciencia exacta, pero desde luego no es astrología. Hablando sobre esos cinco puntos pasa parte de la tarde.


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La otra discurre por el hallazgo de Dovlátov. Acabo de terminar La maleta. Qué retrato tan áspero de la Unión Soviética de los setenta y cuánto me ha hecho reír este canalla que llegó a trabajar de celador en un campo de trabajo y del que Brodsky decía que era uno de los mejores estilistas del siglo. Ese estilo suyo consiste en ir al grano, directo como una flecha al meollo del cuento, y no permitirse ni un sola perífrasis ni un adjetivo de más. Todo un descubrimiento, de esos que tardas un centenar de novelas y varios años en hacer.

Aquí van un par de ejemplos de su prosa, extraídos ambos del desternillante "Botines de alto nivel":

"Hace doscientos años, el historiador Karamzin visitó Francia. Los emigrantes rusos le preguntaron:
- En resumen, ¿qué ocurre en la patria?
Karamzin ni siquiera necesitó dos palabras.
- Roban - fue su respuesta...
En verdad, roban. Y cada año roban más.
De la sala de despiece se llevan cuertos de ternera. De la fábrica textil, la hilaza. De la fábrica de proyectores de cine, las lentes.
Se lo llevan todo: mosaicos, yeso, polietileno, motores eléctricos, pernos, tornillos, válvulas electrónicas, hilos, vidrio.
Con frecuencia, todo esto adopta un carácter metafísico. Hablo de robos misteriosos, sin objetivo lógico conocido. Estoy seguro de que eso sólo tiene lugar en el estado ruso.
Conocí un hombre delicado, noble, educado, que robó de su empresa un cubo de mezcla de cemento. Por el camino, la mezcla se endureció, como era de esperar. El ladrón abandonó aquella piedra no lejos de su casa".

(...)

"Unos conocidos me enchufaron en el DPI (Escuela de artes decorativas y aplicadas). Me hice aprendiz de escultor. Decidí reafirmarme en la esfera de la escultura monumental.
Por desgracia, la escultura monumental es un género bastante conservador. Y la causa es su propia monumentalidad.
Se pueden escribir novelas y sinfonías en secreto. Se puede experimentar en secreto sobre el lienzo. Pero intentad ocultar de alguna manera una escultura de cuatro metros. ¡Imposible!
Para semejante trabajo se necesita un taller amplio. Muchas herramientas y medios auxiliares. Una plantilla de asistentes, moldeadores, cargadores. En pocas palabras, se requiere el reconocimiento oficial. Y, por supuesto, confianza total. Y de experimentos, nada...
(...) A cambio, nuestros escultores son gente rica. Les pagan más por representar a Lenin. Ni la barba de Marx, que tanto trabajo requiere, se paga con tanta generosidad.
En cada ciudad hay una estatua de Lenin. En cualquier centro regional. En este sentido, la demanda es inagotable. Un escultor experimentado puede esculpir a Lenin a ciegas".

En español sólo hay traducidas tres o cuatro cosas. Pero los americanos y los franceses, cómo no, le conocen desde hace años, así que tengo alimento para meses.

‘Dear Sergey Dovlatov! I love you too, but you have broken my heart. I was born in this country and fearlessly served it during the war, but I still haven’t managed to sell a single story of mine to New Yorker journal. And now you come, and – bang! – your story is published at once… I expect much from you and your work. You’ve got talent which you are ready to give away to this mad country. We are happy you are here.’ 

[Carta de Kurt Vonnegut a Dovlátov].



Serguei Dovlatov