viernes, 11 de mayo de 2012

Conversación en el séptimo (1)

Victor Serge

No le dejo hablar. A cada paso que da le interrumpo, le pido que explique. ¿En qué sentido las obsesiones juegan siempre una función? Ponte por caso que un tipo "hace una fobia" (me hace gracia ese giro técnico) a los ascensores. Puede ser, explica, didáctico, porque su jefe le esté haciendo la cama, etc. No me doy por contento con la explicación ¿Y si no hay desplazamiento? ¿Y si el objeto de la obsesión coincide con la causa del deplazamiento? ¿Cómo defines "histeria"? ¿Por qué calificas su comportamiento de "histérico"? Es endiabladamente listo. Jefe de día de psiquiatría de un hospital público madrileño. Se las sabe todas y, aunque le pongo a menudo contra las tablas, suele salir airoso.

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Sobrino de la poetisa A.F., conoce bien las aguas que corren subterráneas. Mira con curiosidad el libro de Joan Vinyoli que llevo en el bolsillo del abrigo:

Tan sólo la llama
de mi ardor sin límites
he poseído; aún me dicta
oscuros, a veces peligrosos cantos.


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La familia se exilió a México después de la guerra, a rastras del padre, militante comunista. No cayeron, sin embargo, en esa trampa tan común (y tan humana) entre los exiliados de re-exiliarse. I could be bounded in a nutshell and count myself a king of infinite space. Un verso que puede pronunciar un príncipe o el piojoso socio de un ñaque.

Al igual que le sucedió a Victor Serge, el exilio no les emputeció ni les gregarizó, no les enclaustró en los círculos prosoviéticos o trotskistas, no les empujó a la política local o les convirtió en prisistas. Por el contrario, al tomar distancia de España, de la guerra nuestra, de la guerra europea, del siniestro ping pong posterior, se liberaron de un lastre con el que otros cargaron durante años. Al punto de motivar a la lástima, aquellos viejos exiliados comunistas que regresaban a la España de los ochenta con la maleta llena de los mismos sombreros, novelas, corbatas, colonias e ideas cuatro décadas difuntos.  Quienes, como Serge, tenían una sensibilidad afinada, sin embargo, pudieron consolarse de la pérdida obligada de la pulsión política por la vía de la escritura o de la simple contemplación silenciosa.

Así que también entiende otras cosas importantes.

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Herzen/Serge, Gogol/Bulgakov, Olesha/Dovlátov. Tolstoi en tierra de nadie y Pushkin como boya permanente de referencia. Pero este camino lleva muy lejos y hay que huir de todo lo que pueda apestar a crítica literaria. Prefiero leer a Serge aislado en el tiempo, fuera de todo contexto, sus memorias y sus diarios llenos de compasión y sensibilidad. Hubiera sido un gran escritor de no tocarle vivir aquella época en que casi todos los hombres inteligentes optaron por participar en la Historia. Todo esto no lo cuento en voz alta; me limito a pensar en ello mientras hablamos de otras cosas.

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Le transmito mi reticencia a la curación, con lo que ello pueda suponer de pérdida de la intensidad con la que se vive. Me da un consejo que sopeso. No hay por qué empeñarse en cerrar toda la herida. Se puede dejar una parte de ella al aire, sin costra protectora, una grieta por donde de vez en cuando volver a sentir dolor.