viernes, 18 de mayo de 2012

César



El lunes, mientras tomaba un vino en una terraza de la calle Miguel Ángel, vi pasar a uno de los habituales del restaurante asturiano fin de siglo al que L. y yo vamos de cuando en cuando a comer.

Es un ruso con el que hicimos especiales buenas migas porque era del Locomotiv y decía tener de yerno a un canterano del Atleti (pero qué atlético no jura por su madre tener una conexión directa con el vestuario, y aun con el cuerpo técnico) y, sobre todo, porque trabajaba de persianero con César. ¡Vitya!, ¿cómo tú por estos barrios pijos? ¿Y cómo tú? Iba acompañado de una mujer joven, española. La mujer no parecía entusiasmada con el encuentro. A decir verdad, no parecía entusiasmada por nada. Calló, recogió con una mano flácida la que yo le tendí y se limitó a observar con expresión ovejuna.

Hay que explicar quién era César. Había nacido en una carbonería cercana a la plaza del General Álvarez de Castro, hace unos setenta años. Por su estatura, por la fragilidad de su salud, debió padecer malnutrición en su infancia. Le lloraban constantemente los ojos. Le faltaban dientes. Era de esos viejos madrileños en peligro de extinción, sin vueltas, con una educación natural exquisita. César no podía leer la prensa con facilidad.

Rojo sin teoría, carnet ni tontunas, coplero y sentimental, podíamos hablar de todo aunque nos separaran treinta años de edad y una formación muy distinta: de Mari Fe, de los personajes y lugares perdidos del barrio, del capitalismo que todo lo pringa, de sus padres, de mis abuelos, de Miguel de Molina, de su separación, de la mía. Nuestro primer encuentro fue un flechazo. Desde entonces, cada uno procurábamos pagar de estrangis las consumiciones del otro.

Hice una tanda de fotos con el móvil mientras jugaban una noche al tute subastado. El móvil murió y me quedé sin las únicas fotos que tenía de él [el carbonero de la foto supra me lo recuerda, pero no es él, sino uno que cerró su negocio en la calle Viriato hace cinco años].

- ¿Cómo anda César?, le pregunté a Vitaly.

- ¿No lo sabes?

Ya estaba todo dicho.

- Fue el viernes santo. Ésta es su hija, que es ahora mi jefa.

Me volví hacia la oveja. En efecto, se parecía físicamente a él, pero carecía por completo de su carisma. Me deshice en palabras sentidas sobre su padre. Masculló un agradecimiento. Entonces me volví de nuevo hacia Vitya, que me había estado escuchando. Se le habían llenado los ojos de lágrimas. Al verle, se me llenaron también a mí y nos dimos un largo abrazo buscando cada uno en el otro la presencia aunque fuera vicaria de César ante la mirada impertérrita de su hija.

Una que nos gustaba especialmente, en la voz de mi coplera favorita:

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