jueves, 17 de mayo de 2012

Anoche soñé (2). Los emboscados


Esta mañana han salido antes del amanecer. Serían unos cincuenta, casi la tercera parte de los hombres del pueblo. Algunos a pie, otros a caballo. Han tomado el camino de La Roma y calculo que en menos de dos horas hasta el más viejo habrá llegado al bosque.

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Uno solo de ellos ha vuelto, enfermo, y ha traído noticias. 

Algunos se han vuelto hacia los griegos, y en corrillo discuten si Némesis o Temis. Parece que se está forjando un acuerdo y que las considerarán complementarias, no excluyentes (así parece en efecto que eran). El debate se centra ahora en los símbolos: un velo, una rueda, un sable. Lo primero parece fácil, lo segundo factible; pero ¿cómo hacerse con una veintena de sables hoy? No estamos en Toledo ni en la Edad Media. Veremos en qué acaba la cosa.

Sejmet

Otro pequeño grupo ha decidido por su riesgo erigir un santuario a Sejmet. La base, de hecho, ya estaba construida. Es un viejo chozo de horma abandonado, al borde del río (el río, para quien no conozca este paraje, está durante tres estaciones como una mojama). Su comportamiento comienza a parecerse al de una secta. No dejan participar a nadie que no perteneciera al núcleo inicial de adeptos. Algunos llevan las cosas tan lejos como para querer trasladarse a Karnak. Absurdo. ¿Cómo combatirían desde allí? Las relaciones con el resto son de momento casi inexistentes. Ni siquiera se sientan a comer con ellos.

Queda una decena que no se identifica ni con Némesis ni con Sejmet. Se consideran, por así decirlo, puros, libres de influencias foráneas, depositarios de la Verdad tal y como la recibieron cuando aún las asambleas se celebraban en el pueblo y las tropas del Presidente ni siquiera habían cruzado la cordillera. La Verdad y punto, tal y como Arganto la depositó. Ellos son los argantistas y los otros, poseídos en un encantamiento. A diferencia de los occidentalistas y los orientalistas, sin embargo, se muestran abiertos a todo aquel que quiera volver a masticar con ellos la amarga placenta de la verdad.

Hay también un libre pensador, y nadie hubiera imaginado que pudiera ser precisamente él, quien siempre callaba. Dice: "Acercaos todos aquellos que queráis intoxicaros con el vaho de los excrementos de la Justicia".

Una Justicia excrementicia, ¿no es una contradicción?

En definitiva, un solo prisma, desde o al que miran muchos ojos giratorios. En palabras de mi madre, todo un gran déjà vu.

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Ahora sí. Después de setenta años de paz, las tropas del Presidente han ocupado toda la mitad meridional. En la capital se enarbolan banderas, franjas blancas y azules con su puntillita de estrellas.

Allí no hay argantistas. La mayoría de ellos lograron escapar de la ciudad tras volar a su paso el último puente que la comunicaba con la otra orilla. Este aislamiento no gustó al resto de los habitantes, que de este modo quedaban a merced de los ocupantes. Entre ellos y las tropas del Presidente terminaron con los argantistas que habían decidido quedarse. El siete de junio apareció colgado de una farola el más alto dirigente argantista que había decidido permanecer en la ciudad, de sobrenombre Danilo.


7 de junio

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Milagrosamente quedamos aquí cinco familias. Y por milagro escribo yo también estas líneas sobre un desgastado trapecio de cartón. Tuvimos que huir del pueblo todos mientras las tropas del Presidente avanzaban hacia el norte como una plaga de langostos. Cualquiera que fuera el punto cardinal hacia el que mirases aparecían en la línea del horizonte uniformes blancos y azules. Luego los sobrevivientes regresamos. No quedaba ni un armario, ni una puerta, ni un escaño, ni un cabecero de cama ni una imagen en la iglesia, todo alimento de fogatas. Ni un solo animal, si exceptuamos un perro y ratas grandes como gatos. Pero algunas casas seguían en pie.

Mi madre murmura todas las noches: "Nunca pensé que llegaría a dormir en la cama de la alcaldesa". Ya no le resulta todo tan familiar.

Sabemos que de los occidentalistas no quedó ni uno. De los orientalistas, algunos escaparon con vida y es posible que cruzasen la frontera. El santuario de Sejmet ha perdido la techumbre, todos los objetos rituales que habían ido acumulando en él han desaparecido, y vuelve a ser el mismo chozo en ruinas que era. Nadie sabe qué fue del libre pensador.



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La resistencia ha dado un vuelco a la situación en la capital. El antiguo Palacio Real y los barrios que lo rodean ya no están en manos de las tropas del Presidente. Se dice, de hecho, que el Presidente ha abdicado, incluso que ha sido asesinado. Pero todo pudieran ser consignas. La fuente es parcial: la oposición a la que el Presidente se enfrenta en su propio país.

La resistencia proporciona víveres a la población en la medida de sus posibilidades. De este modo ha abierto en la ciudad una brecha mucho más profunda que la geográfica.

Hace tres meses los ciudadanos se descubrían al paso de los ocupantes, se les ofrecían en labores subalternas, se prestaban a denunciar a los reticentes. Hoy están divididos: quienes residen al este del Palacio Real, saludan a los ocupantes en su propio idioma; quienes viven al oeste, pronuncian en voz bien alta el nuevo saludo nacional: Terbeyina.




La resistencia ha recuperado algunos símbolos que nos hacen sospechar que no todos los occidentalistas o nemesistas murieron en su único encuentro con las tropas del Presidente. En la solapa de las chaquetas algunos capitalinos de los barrios de Palacio llevan cosida una rueda.

La resistencia se denomina a sí misma Frente Argantista.

Al frente de esta recuperación de símbolos y nombres se halla, sin embargo, un hombre al que nadie identifica como antiguo emboscado, un tal Terbey (de donde el nuevo saludo).

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Mi madre ya no cree posible que el alcalde y su familia regresen nunca, así que se esmera en la casa como nunca lo hizo en nuestra antigua vivienda. Según ella, la nueva, la nuestra, luce todo el esfuerzo que invierte en ella. La otra, dice a mis hermanos, ya sabéis: mona se queda.

El sur, donde nosotros vivimos, ha sido reconquistado. Algunos hombres se atrevieron ayer a subir a La Roma con una carreta y bajaron a la caída de la tarde con un montón confuso de cadáveres a quienes hay que hacer hueco en el cementerio del pueblo. Ninguno de ellos es reconocible a causa de las deformidades provocadas por los machetes de los ocupantes o por el lento trabajo de la muerte. Los apilan en una fosa común que corre paralela a la pared norte del camposanto.


Fosa

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La capital ha caído definitivamente en manos del Frente. Aún se libran combates en la frontera septentrional del país. Pero no se trata de batallas en las que haya nada en juego, salvo el intento de las diezmadas tropas del Presidente por que les dejen huir del territorio y el del nuevo régimen por hacerse con una victoria fácil pero simbólica que algún día dará nombre a muchas plazas del país.

Esperamos a que llegue ese día, que será el que dentro de poco celebremos como Fiesta Nacional.

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Ese día resultó ser el 3 de septiembre en Lastia, y hoy, un año después, hemos celebrado en efecto la Fiesta Nacional. Sin embargo, me equivoqué de pronóstico y la plaza mayor de la capital, al norte del Palacio Real, se llama Plaza del 7 de junio.

El Presidente Terbey ha pronunciado desde el balcón de Palacio un exaltado discurso que ha finalizado con las siguientes palabras: "Y los que traicionaron a la Patria en sus horas más bajas se intoxicarán con el vaho de los excrementos de la Justicia".

Por estas palabras le hemos reconocido, aunque su aspecto no nos hubiera permitido reconocer a nuestro antiguo vecino.