miércoles, 30 de mayo de 2012

Despide a Alejandría


Me viene a la cabeza estos días el poema de Kavafys (Cuando, de pronto, a media noche oigas/pasar una invisible compañía/con exquisitas músicas y voces,/no lamentes en vano tu fortuna/que cede al fin, tus obras fracasadas,/los ilusorios planes de tu vida./Como dispuesto de hace tiempo, como valiente, dile/adiós a Alejandría que se aleja./Y sobre todo no te engañes: en ningún caso pienses/que es un sueño tal vez o que miente tu oído./A tan vana esperanza no desciendas, etc.).

Si hubiera sabido despedirme, si no me hubiera engañado a mí mismo, cuántas tonterías me hubiera ahorrado estos dos últimos años. Como siempre, aprendemos a destiempo y para nada, porque mañana se acabó la función, game over.

De Kavafys, de Montale, de las espantosas traducciones que ha hecho Colinas del italiano (Leopardi, Passolini), de Seferis, de Ungaretti, hablamos anteayer a la cena. Había quedado con J.A.M. Inteligente, como su hermano A., muerto hace siete años, pero más dulce, o más reservado. A. salió a relucir, cómo no, muchas veces. Pero la conversación se centró en su propia biografía, en la extraña relación que ha mantenido con Roma, donde su padre estuvo destinado treinta años, en cómo un hombre proveniente de una familia culta de funcionarios acabó por ganarse la vida en los negocios, en sus (varios) divorcios.

Volvimos también una y otra vez sobre lo que escribo. Me dio caña, con mucha mano izquierda, hasta en el carné. Cada poema es de su padre y de su madre. Tiene toda la razón. No he leído mucha poesía y lo que he leído lo he hecho desordenadamente. También tiene razón. Me preguntó por qué me escondía siempre tanto detrás de cada poema. A eso no supe o no quise contestar.

Le acerqué a casa de madrugada. Me admira ver cómo un hombre al que las cosas le han llegado a ir muy bien en la vida se ha avenido a instalarse en uno de los barrios más feos y caóticos de la ciudad y en un apartamento de apenas sesenta metros atiborrado de libros (la cuarta parte de su biblioteca; el resto lo donó a la Fundación Caballero Bonald). Merodeé por los estantes: mucho Passolini y mucho Joyce. Ni un solo libro que no mereciera la pena estar, lo que dice mucho de quien por fuerza tuvo hace unos años que hacer una dura selección.


domingo, 27 de mayo de 2012

La efigie

Te observo, aunque piensas que no lo hago, y te pienso pres@ de un dilema. Desgarrad@ entre la alternativa de algo así como un orden (un exceso de orden, como a ti se te representa) que yo vendría a personificar y, al otro lado, el desorden (acaso un exceso de desorden) encarnado por ese "ahí fuera". Como si los dos te llamasen y los dos te hiriesen. Como si ambos concitasen tu deseo y tu rechazo. El uno, porque te sosiega a la vez que te oprime; el otro, porque te distiende y te hunde a un tiempo. Me parece como si transitases, desconcertad@ y aturdid@, entre dos mundos irreconciliables, debatiéndote en una decisión imposible. Mientras tanto, cuánto sufrimiento.

Desgraciad@ tú, que eres de los nuestros. Pobre víctima de esa extraña amalgama de sensibilidad e inteligencia en un mundo avaro y cabrón en el que pugnas impotente por obtener reconocimiento. He ahí, me parece, la raíz de tu escisión, pues creo verte rot@ en esas dos partes, la de un corazón sublime y bello, y un espíritu angustiado por el temor, o mejor, por el miedo al entorno que se te figura hostil. Quizá me equivoque, pero tu maldición (que es tu salvación - paradojas de la existencia) radica en lo que en ti es más noble y bueno, en lo que es más frágil y vulnerable, más generoso e inocente, pues jamás lograrás desprenderte de ello. Te recuerdo, pues es importante, que eras un@ niñ@ precios@, y que la belleza impresa en tu carácter es indeleble; va unida a ti por más máscaras que te pruebes. Ninguna acabará por encajarte y sólo te provocará dolor y desazón. No busques donde no has de encontrar, pues serás un tántalo sufriente que, me temo que a su pesar, hará sufrir. No eres, x., de la grey amorfa y ciega, no está tu alma vacía, ni puede secarse la fuente de tu bondad. Serían vanos tus esfuerzos por negarte, pues negarte es herirte, y herirte mucho, destruirte.

¿Qué maldito miedo te atenaza? ¿Qué te impide mostrar el rostro tierno e indefenso? ¿Acaso preferirás que se ame la fachada o la efigie?, ¿te conformarás con la materia poseyendo el espíritu?, ¿renunciarás a tus dones en favor de sus privaciones? Bien vale un océano de dolor y de desengaño un solo ápice de amor, y nada vale la quincalla. En lo más negro de la desolación será cuando más brille la luz, pues mejor se distingue en la oscuridad, y mejor orienta el camino. Y descubrirás que eres tú mism@ quien posee esa luz, que tú mism@ puedes apropiarte de ella e iluminarte, e iluminar.

Cuánto quisiera que hicieras ese camino -que está tan cercano a mi propia experiencia espiritual- para comprobar que sólo tememos al miedo y que en nosotros -y en quien como nosotros son- tenemos la respuesta a lo que en otro momento pudo parecernos un sinsentido. No temas las dificultades del camino, forman parte de su belleza y te darán paz. Verás el sentido (eso que tanto te preocupa, claro) aunque la multitud viva en el sinsentido y caerás en la cuenta de que es a quien, como tú, se pregunta por el sentido, a quien corresponde mostrarlo y ponerlo. Y que el sacrificio, el esfuerzo y la incomprensión (esto es lo de menos) que acompaña la tarea se compensa  con creces; que la satisfacción y el gozo (a veces doloroso) supera con mucho la fatiga. Ni tu sensibilidad ni tu inteligencia pueden quedar baldías. Todo lo contrario: te imponen la enorme responsabilidad de convertir tu inteligencia en sabiduría para hacer el bien que está por hacer. Tus privilegios te imponen la obligación de ser fuerte, de rehacerte, de mirar hacia lo mejor que hay en ti para desplegarlo hacia afuera, de recuperar tu íntima bondad y de apostar, de comprometerte con lo único con que puedes comprometerte, porque ese es tu designio.

Te escribo estas líneas porque te veo debatirte entre lo que te daña y lo que te paraliza. Entre lo que te es opuesto y aquello que considero te corresponde, que es lo que te sanará y te hará (costosamente) feliz. No quiero releer lo escrito por temor a que haya resultado demasiado deslavazado. Simplemente sigue el orden en que las ideas venían a la cabeza. Si te parece el sermón de un clérigo desfasado, discúlpame el desprecio de tu tiempo. Si mis juicios te parecen soberbios o injustos, no era en modo alguno mi intención. Si te sirve de alguna ayuda, me alegraré. Si te puedo seguir ayudando, lo haré.

jueves, 24 de mayo de 2012

Zéro en conduite

(Fotograma de Zéro en conduite)

Tengo que reconocer que entre mis virtudes no están el término medio y la ponderación que recomendaba Moshé ben Maimón. Ya me ocurría de pequeño, para exasperación de mis mayores. Mis calificaciones escolares eran (perdón) sobresalientes, pero al pie aparecía siempre el borrón. "Comportamiento: muy deficiente".

Era un colegio liberal, así que la cosa no pasaba de ahí. Nada de ponerse en cruz sosteniendo pesados volúmenes, golpes de regla o capones. Eso sí, buena parte de mi jornada escolar transcurría en el ostracismo, como lo llamábamos. Es decir, expulsado de clase. 

Durante los primeros años, ahí solo en el patio y sin balón, me entretenía rastreando hormigueros. Pero luego me asfaltaron el patio, así que comencé a fumar. Al principio, a escondidas y, conforme fui ganando confianza, a la mismísima salida del aula. Entonces estrené una nueva modalidad de castigo: "Al Jefe de Estudios: por fumar".

Pasé a formar parte del mundo predominantemente masculino del hampa escolar. A las puertas del despacho del jefe de estudios nos apelotonábamos lo más granado de cada clase. De haber sido adultos, nos hubiéramos saludado con un "hombre, tú por aquí", pero como aún éramos cachorros nos limitábamos a informarnos escuetamente sobre el culpable. Quién, te preguntaban. Y tú, por ejemplo: El Batracio.

En el hampa, no todos estábamos dispuestos a perder el tiempo frente al despacho de El Morsa. La estrategia era simple: con la cabeza gacha, me dirigía aparentando contrición sincera hacia el despacho del Morsa, hasta que doblaba el esquinazo de los baños o calculaba que mi verdugo se había dado la vuelta. Y ahí comenzaba a galopar hasta la alambrada que separaba el patio sin insectos del descampado contiguo. En el descampado empezamos a fumar maría.

Era simple, sí, pero no perfecta, así que seguí subiendo peldaños en la escala del castigo. Tres días de expulsión. Es decir, tres días de libertad que comenzaba a disfrutar en cuanto mis mayores abandonaban la casa hacia sus respectivas ocupaciones. Una casa vacía y toda una jornada laboral por delante. Ahí es cuando me inicié tempranamente en el sexo.

He cambiado poco, y algunas de las normas tradicionales de educación me siguen pareciendo hoy no sólo absurdas, sino perjudiciales.

Por ejemplo, ¿debe ser la respuesta a una afrenta proporcional a ésta? No, les digo a quienes ahora están aprendiendo de mí. Si un muchacho más fuerte que tú se te acerca y te atiza un puñetazo sin mediar palabra, arréale lo más fuerte que puedas y con toda la rabia de que seas capaz. Si te pega un chicle en la espalda, pégale un moco. Si te envía el balón a las jaras por considerar que el campo de fútbol no admite más de siete partidos simultáneos y el tuyo es el octavo, vuelve con él y tíraselo a la cara. Si te llama tontaina sin venir a cuento, llámale payaso; y si te llama payaso, dile que es un reverendo hijo de la gran chingada.

¿El fin justifica los medios? Muchas más veces de lo que pensamos. Se lo explico a mi descendencia: hay dos maneras de domesticar un ave, con suavidad o a lo nazi. La primera requiere una buena dosis de paciencia y fe. La segunda surte efecto en poco tiempo y es infalible hasta con los más asilvestrados. Se basa en el sencillo principio de la amenaza de inanición. Una vez enjaulado el animal, retíresele la comida. Los pájaros, por su metabolismo, necesitan picotear a menudo. Al cabo de un par de horas ofrézcasele la mixtura dentro de su comedero habitual, apoyado éste en la palma de la mano. Si aun así se resiste, vuélvase a cerrar la jaula y repítase la operación al cabo de una hora. Una semana después, se puede sustituir el comedero por la propia mano. Al poco, la mano ya no entrará en la jaula, sino que aguardará al animal fuera de ella. Y entonces uno tendrá un pájaro domesticado que volará por toda la habitación, y un salón lleno de mierda y cáscaras de alpiste. Si el pájaro pudiese hablar, nos agradecería que le hubiésemos hecho pasar hambre y miedo a cambio de poder volar fuera de la jaula.

El método funciona también con humanos, siempre y cuando lo que les ofrezcamos no sean cañamones.







lunes, 21 de mayo de 2012

Primitivo y Rijosillo

El rijosillo hetero (Foto: Robert Doisneau)

Los hay de varios tipos (ocasionales y habituales, sociales y solitarios), pero la división más interesante es la que se da entre el putañero primitivo y el que llamaremos rijosillo.

Primitivo suele ser un putañero sin complejos. Un conocido mío, al que llamaremos JF, encaja perfectamente en este subtipo. Un día tomábamos algo en el pueblo cuando de repente sonó el teléfono. Era su mujer: "Calculo que en unas dos horas estoy en casa", contestó con perfecta naturalidad. "Me pillas a punto de irme al Flowers" [conocido burdel de postín de la A-6].

Hay algo en la hosquedad de Primitivo (su reconocimiento abierto de sus dificultades para ligar, su roce con quienes viven al borde del abismo de las drogas, la explotación o la miseria, su indiferencia ante el qué dirán) que lo hace más digerible.

Rijosillo puede ser un tipo de mayor estatus social o cultural (o al menos estar convencido de que lo es). Rijosillo procura difuminar el acto de compraventa de modo que parezca un proceso casual, libre y espontáneo de seducción. Detestaría verse a sí mismo como un vulgar camionero o un zafio constructor recientemente enriquecido. De ahí que rehúya la prostitución abiertamente organizada en torno a un antro y prefiera recurrir a escorts o a formas de lenocinio más sutiles.

Por descontado, es mucho más común que encontremos a Rijosillo acudiendo puntualmente con su esposa y cuñados a misa los sábados y defendiendo con ardor a su Santidad a la salida, precisamente a la misma hora en que Primitivo se calza su quinto pacharán en la barra de un bar y pierde la segunda vaca al mus.

Primitivo, por ejemplo, pregonará alegremente que va a Cuba a desfogarse, y relatará a la vuelta  pormenorizadamente sus hazañas a todo el que quiera escucharle. A su regreso, Rijosillo hablará de la belleza de la arquitectura habanera, de la frescura de un mundo no contaminado por la homogeneización imperante. A Primitivo le da igual que en Cuba gobiernen los secuaces de Castro o los de Mas Canosa con tal de que le dejen seguir bebiendo ron en La Bodeguita mientras magrea a la muchachita de turno. Rijosillo puede criticar el burdel en que los norteamericanos convirtieron Cuba sin hacerle ascos al burdel que siguen manteniendo en ella los Castro, por considerarlo un rasgo exótico más del Tercer Mundo o un característico impulso sexual impreso en los genes de una raza. ¿Qué hay de malo en que magree a esta muchachita?, se preguntará, tan lejos de casa, de su parroquia, de su esposa, del temido qué dirán.

Otro conocido mío, al que llamaremos CC, pertenecía a este segundo subtipo. Era un rijosillo torpe, que iba dejando peligrosos cabos sueltos allá por donde pasaba. Su compungida y católica esposa se lamentaba sobre su trato con prostitutas y becarias en Cuenca. Un conocido suyo se asqueaba sobre su rijosa actitud con los mulatos de La Habana. Su recurso a las escorts de Latinamerican Cupid llegó a ser conocido entre algunos de sus amigos.

Primitivo se quedó mirándome aturdido un día en que se me ocurrió hablarle de mi instintivo recelo moral hacia cualquier relación humana que no esté presidida por una igualdad básica. Mi conocido Rijosillo asentía vehementemente en una conversación similar y afirmaba con aplomo que él sería "incapaz de acostarse con nadie pagando" y que "a su edad ya no se ligaba por la cara". Poco tiempo después, sin embargo, no pudo evitar él también narrar sus hazañas. Callé. ¿Tenía que pensar que acabó apoquinando, o tal vez se prendó de su metro cincuenta y pico, sus copiosas grasas abdominales, sus piernas valgas y sus sesenta años una hermosa joven de veinticinco años?

Como no debía sentirse cómodo con él mismo, culminó su relato con unas palabras  que me recuerdan a éstas que leí hace poco en un blog cuyo enlace me reenviaron:

"En algunos momentos de mi vida, muy pocos, he conocido el sabor de la carne comprada".


Fíjense en la expresión empleada y en todo el párrafo que la rodea. Rijosillo decide hacer un poco de mala literatura sobre la cuestión, ponerlo todo bajo una luz que perfile un encuentro entre dos almas que se necesitan. Rijosillo desea pasar por alto que una actúa por propia voluntad y otra por voluntad mediada. Primitivo, con ser tan zafio, es algo que nunca olvida.


El rijosillo homo (Foto: Humphrey Spender)




sábado, 19 de mayo de 2012

Conversación en el séptimo (2)



Localizado el foco de la infección, regreso a casa tras dos semanas de turisteo por hoteles y casas particulares. Es una rara sensación vivir en tu ciudad como si fueras un extraño. De pronto la miras con los ojos limpios de recuerdos. Lo que nunca me gustó de ella sigue sin gustarme, pero he recuperado parte del idilio que la costumbre había anestesiado.

Por ejemplo, me doy cuenta de que Madrid sigue siendo una ciudad muy liberal (en mucho mayor medida que otras de similar tamaño), contra lo que la zafiedad proverbial de sus habitantes pudiera hacer creer. Haz lo que te venga en gana mientras no me toques los cojones, ése podría ser el lema de la ciudad en boca de un madrileño. Sí, eso tampoco ha cambiado: los madrileños por debajo de los ochenta años son mal hablados e incapaces de mantener el usted a los dos minutos de conocerte.

***

Una de las casas que me acoje es el séptimo. De nuevo a vueltas con el carácter histérico. Es la segunda vez que le define de esta manera sin haberle conocido nunca y sabiendo más bien poco de él. Así que le tiro de la lengua y le pido que no me teorice, que sea un poco anglosajón. Y me da estas claves:

1. Blandura y cortesía en exceso, acompañadas en ocasiones de un comportamiento "femenino".

2. Volubilidad extrema de las reacciones.

3. Tendencia a creer aun lo más inaudito (pero propensión a reemplazar la antigua convicción por otra igualmente inverosímil con idéntica falta de criterio).

4. Imaginación que se traduce con facilidad en mentira patológica. Narra experiencias imaginadas (también sobre abusos sexuales), como si fueran reales.

5. Somatización frecuente de sus conflictos psíquicos.

El retrato que hace (que hizo, en realidad, Reich) es tan certero que empiezo a pensar que el psicoanálisis no será una ciencia exacta, pero desde luego no es astrología. Hablando sobre esos cinco puntos pasa parte de la tarde.


***

La otra discurre por el hallazgo de Dovlátov. Acabo de terminar La maleta. Qué retrato tan áspero de la Unión Soviética de los setenta y cuánto me ha hecho reír este canalla que llegó a trabajar de celador en un campo de trabajo y del que Brodsky decía que era uno de los mejores estilistas del siglo. Ese estilo suyo consiste en ir al grano, directo como una flecha al meollo del cuento, y no permitirse ni un sola perífrasis ni un adjetivo de más. Todo un descubrimiento, de esos que tardas un centenar de novelas y varios años en hacer.

Aquí van un par de ejemplos de su prosa, extraídos ambos del desternillante "Botines de alto nivel":

"Hace doscientos años, el historiador Karamzin visitó Francia. Los emigrantes rusos le preguntaron:
- En resumen, ¿qué ocurre en la patria?
Karamzin ni siquiera necesitó dos palabras.
- Roban - fue su respuesta...
En verdad, roban. Y cada año roban más.
De la sala de despiece se llevan cuertos de ternera. De la fábrica textil, la hilaza. De la fábrica de proyectores de cine, las lentes.
Se lo llevan todo: mosaicos, yeso, polietileno, motores eléctricos, pernos, tornillos, válvulas electrónicas, hilos, vidrio.
Con frecuencia, todo esto adopta un carácter metafísico. Hablo de robos misteriosos, sin objetivo lógico conocido. Estoy seguro de que eso sólo tiene lugar en el estado ruso.
Conocí un hombre delicado, noble, educado, que robó de su empresa un cubo de mezcla de cemento. Por el camino, la mezcla se endureció, como era de esperar. El ladrón abandonó aquella piedra no lejos de su casa".

(...)

"Unos conocidos me enchufaron en el DPI (Escuela de artes decorativas y aplicadas). Me hice aprendiz de escultor. Decidí reafirmarme en la esfera de la escultura monumental.
Por desgracia, la escultura monumental es un género bastante conservador. Y la causa es su propia monumentalidad.
Se pueden escribir novelas y sinfonías en secreto. Se puede experimentar en secreto sobre el lienzo. Pero intentad ocultar de alguna manera una escultura de cuatro metros. ¡Imposible!
Para semejante trabajo se necesita un taller amplio. Muchas herramientas y medios auxiliares. Una plantilla de asistentes, moldeadores, cargadores. En pocas palabras, se requiere el reconocimiento oficial. Y, por supuesto, confianza total. Y de experimentos, nada...
(...) A cambio, nuestros escultores son gente rica. Les pagan más por representar a Lenin. Ni la barba de Marx, que tanto trabajo requiere, se paga con tanta generosidad.
En cada ciudad hay una estatua de Lenin. En cualquier centro regional. En este sentido, la demanda es inagotable. Un escultor experimentado puede esculpir a Lenin a ciegas".

En español sólo hay traducidas tres o cuatro cosas. Pero los americanos y los franceses, cómo no, le conocen desde hace años, así que tengo alimento para meses.

‘Dear Sergey Dovlatov! I love you too, but you have broken my heart. I was born in this country and fearlessly served it during the war, but I still haven’t managed to sell a single story of mine to New Yorker journal. And now you come, and – bang! – your story is published at once… I expect much from you and your work. You’ve got talent which you are ready to give away to this mad country. We are happy you are here.’ 

[Carta de Kurt Vonnegut a Dovlátov].



Serguei Dovlatov


viernes, 18 de mayo de 2012

César



El lunes, mientras tomaba un vino en una terraza de la calle Miguel Ángel, vi pasar a uno de los habituales del restaurante asturiano fin de siglo al que L. y yo vamos de cuando en cuando a comer.

Es un ruso con el que hicimos especiales buenas migas porque era del Locomotiv y decía tener de yerno a un canterano del Atleti (pero qué atlético no jura por su madre tener una conexión directa con el vestuario, y aun con el cuerpo técnico) y, sobre todo, porque trabajaba de persianero con César. ¡Vitya!, ¿cómo tú por estos barrios pijos? ¿Y cómo tú? Iba acompañado de una mujer joven, española. La mujer no parecía entusiasmada con el encuentro. A decir verdad, no parecía entusiasmada por nada. Calló, recogió con una mano flácida la que yo le tendí y se limitó a observar con expresión ovejuna.

Hay que explicar quién era César. Había nacido en una carbonería cercana a la plaza del General Álvarez de Castro, hace unos setenta años. Por su estatura, por la fragilidad de su salud, debió padecer malnutrición en su infancia. Le lloraban constantemente los ojos. Le faltaban dientes. Era de esos viejos madrileños en peligro de extinción, sin vueltas, con una educación natural exquisita. César no podía leer la prensa con facilidad.

Rojo sin teoría, carnet ni tontunas, coplero y sentimental, podíamos hablar de todo aunque nos separaran treinta años de edad y una formación muy distinta: de Mari Fe, de los personajes y lugares perdidos del barrio, del capitalismo que todo lo pringa, de sus padres, de mis abuelos, de Miguel de Molina, de su separación, de la mía. Nuestro primer encuentro fue un flechazo. Desde entonces, cada uno procurábamos pagar de estrangis las consumiciones del otro.

Hice una tanda de fotos con el móvil mientras jugaban una noche al tute subastado. El móvil murió y me quedé sin las únicas fotos que tenía de él [el carbonero de la foto supra me lo recuerda, pero no es él, sino uno que cerró su negocio en la calle Viriato hace cinco años].

- ¿Cómo anda César?, le pregunté a Vitaly.

- ¿No lo sabes?

Ya estaba todo dicho.

- Fue el viernes santo. Ésta es su hija, que es ahora mi jefa.

Me volví hacia la oveja. En efecto, se parecía físicamente a él, pero carecía por completo de su carisma. Me deshice en palabras sentidas sobre su padre. Masculló un agradecimiento. Entonces me volví de nuevo hacia Vitya, que me había estado escuchando. Se le habían llenado los ojos de lágrimas. Al verle, se me llenaron también a mí y nos dimos un largo abrazo buscando cada uno en el otro la presencia aunque fuera vicaria de César ante la mirada impertérrita de su hija.

Una que nos gustaba especialmente, en la voz de mi coplera favorita:

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jueves, 17 de mayo de 2012

Anoche soñé (2). Los emboscados


Esta mañana han salido antes del amanecer. Serían unos cincuenta, casi la tercera parte de los hombres del pueblo. Algunos a pie, otros a caballo. Han tomado el camino de La Roma y calculo que en menos de dos horas hasta el más viejo habrá llegado al bosque.

***

Uno solo de ellos ha vuelto, enfermo, y ha traído noticias. 

Algunos se han vuelto hacia los griegos, y en corrillo discuten si Némesis o Temis. Parece que se está forjando un acuerdo y que las considerarán complementarias, no excluyentes (así parece en efecto que eran). El debate se centra ahora en los símbolos: un velo, una rueda, un sable. Lo primero parece fácil, lo segundo factible; pero ¿cómo hacerse con una veintena de sables hoy? No estamos en Toledo ni en la Edad Media. Veremos en qué acaba la cosa.

Sejmet

Otro pequeño grupo ha decidido por su riesgo erigir un santuario a Sejmet. La base, de hecho, ya estaba construida. Es un viejo chozo de horma abandonado, al borde del río (el río, para quien no conozca este paraje, está durante tres estaciones como una mojama). Su comportamiento comienza a parecerse al de una secta. No dejan participar a nadie que no perteneciera al núcleo inicial de adeptos. Algunos llevan las cosas tan lejos como para querer trasladarse a Karnak. Absurdo. ¿Cómo combatirían desde allí? Las relaciones con el resto son de momento casi inexistentes. Ni siquiera se sientan a comer con ellos.

Queda una decena que no se identifica ni con Némesis ni con Sejmet. Se consideran, por así decirlo, puros, libres de influencias foráneas, depositarios de la Verdad tal y como la recibieron cuando aún las asambleas se celebraban en el pueblo y las tropas del Presidente ni siquiera habían cruzado la cordillera. La Verdad y punto, tal y como Arganto la depositó. Ellos son los argantistas y los otros, poseídos en un encantamiento. A diferencia de los occidentalistas y los orientalistas, sin embargo, se muestran abiertos a todo aquel que quiera volver a masticar con ellos la amarga placenta de la verdad.

Hay también un libre pensador, y nadie hubiera imaginado que pudiera ser precisamente él, quien siempre callaba. Dice: "Acercaos todos aquellos que queráis intoxicaros con el vaho de los excrementos de la Justicia".

Una Justicia excrementicia, ¿no es una contradicción?

En definitiva, un solo prisma, desde o al que miran muchos ojos giratorios. En palabras de mi madre, todo un gran déjà vu.

***

Ahora sí. Después de setenta años de paz, las tropas del Presidente han ocupado toda la mitad meridional. En la capital se enarbolan banderas, franjas blancas y azules con su puntillita de estrellas.

Allí no hay argantistas. La mayoría de ellos lograron escapar de la ciudad tras volar a su paso el último puente que la comunicaba con la otra orilla. Este aislamiento no gustó al resto de los habitantes, que de este modo quedaban a merced de los ocupantes. Entre ellos y las tropas del Presidente terminaron con los argantistas que habían decidido quedarse. El siete de junio apareció colgado de una farola el más alto dirigente argantista que había decidido permanecer en la ciudad, de sobrenombre Danilo.


7 de junio

***

Milagrosamente quedamos aquí cinco familias. Y por milagro escribo yo también estas líneas sobre un desgastado trapecio de cartón. Tuvimos que huir del pueblo todos mientras las tropas del Presidente avanzaban hacia el norte como una plaga de langostos. Cualquiera que fuera el punto cardinal hacia el que mirases aparecían en la línea del horizonte uniformes blancos y azules. Luego los sobrevivientes regresamos. No quedaba ni un armario, ni una puerta, ni un escaño, ni un cabecero de cama ni una imagen en la iglesia, todo alimento de fogatas. Ni un solo animal, si exceptuamos un perro y ratas grandes como gatos. Pero algunas casas seguían en pie.

Mi madre murmura todas las noches: "Nunca pensé que llegaría a dormir en la cama de la alcaldesa". Ya no le resulta todo tan familiar.

Sabemos que de los occidentalistas no quedó ni uno. De los orientalistas, algunos escaparon con vida y es posible que cruzasen la frontera. El santuario de Sejmet ha perdido la techumbre, todos los objetos rituales que habían ido acumulando en él han desaparecido, y vuelve a ser el mismo chozo en ruinas que era. Nadie sabe qué fue del libre pensador.



***

La resistencia ha dado un vuelco a la situación en la capital. El antiguo Palacio Real y los barrios que lo rodean ya no están en manos de las tropas del Presidente. Se dice, de hecho, que el Presidente ha abdicado, incluso que ha sido asesinado. Pero todo pudieran ser consignas. La fuente es parcial: la oposición a la que el Presidente se enfrenta en su propio país.

La resistencia proporciona víveres a la población en la medida de sus posibilidades. De este modo ha abierto en la ciudad una brecha mucho más profunda que la geográfica.

Hace tres meses los ciudadanos se descubrían al paso de los ocupantes, se les ofrecían en labores subalternas, se prestaban a denunciar a los reticentes. Hoy están divididos: quienes residen al este del Palacio Real, saludan a los ocupantes en su propio idioma; quienes viven al oeste, pronuncian en voz bien alta el nuevo saludo nacional: Terbeyina.




La resistencia ha recuperado algunos símbolos que nos hacen sospechar que no todos los occidentalistas o nemesistas murieron en su único encuentro con las tropas del Presidente. En la solapa de las chaquetas algunos capitalinos de los barrios de Palacio llevan cosida una rueda.

La resistencia se denomina a sí misma Frente Argantista.

Al frente de esta recuperación de símbolos y nombres se halla, sin embargo, un hombre al que nadie identifica como antiguo emboscado, un tal Terbey (de donde el nuevo saludo).

***

Mi madre ya no cree posible que el alcalde y su familia regresen nunca, así que se esmera en la casa como nunca lo hizo en nuestra antigua vivienda. Según ella, la nueva, la nuestra, luce todo el esfuerzo que invierte en ella. La otra, dice a mis hermanos, ya sabéis: mona se queda.

El sur, donde nosotros vivimos, ha sido reconquistado. Algunos hombres se atrevieron ayer a subir a La Roma con una carreta y bajaron a la caída de la tarde con un montón confuso de cadáveres a quienes hay que hacer hueco en el cementerio del pueblo. Ninguno de ellos es reconocible a causa de las deformidades provocadas por los machetes de los ocupantes o por el lento trabajo de la muerte. Los apilan en una fosa común que corre paralela a la pared norte del camposanto.


Fosa

***

La capital ha caído definitivamente en manos del Frente. Aún se libran combates en la frontera septentrional del país. Pero no se trata de batallas en las que haya nada en juego, salvo el intento de las diezmadas tropas del Presidente por que les dejen huir del territorio y el del nuevo régimen por hacerse con una victoria fácil pero simbólica que algún día dará nombre a muchas plazas del país.

Esperamos a que llegue ese día, que será el que dentro de poco celebremos como Fiesta Nacional.

***

Ese día resultó ser el 3 de septiembre en Lastia, y hoy, un año después, hemos celebrado en efecto la Fiesta Nacional. Sin embargo, me equivoqué de pronóstico y la plaza mayor de la capital, al norte del Palacio Real, se llama Plaza del 7 de junio.

El Presidente Terbey ha pronunciado desde el balcón de Palacio un exaltado discurso que ha finalizado con las siguientes palabras: "Y los que traicionaron a la Patria en sus horas más bajas se intoxicarán con el vaho de los excrementos de la Justicia".

Por estas palabras le hemos reconocido, aunque su aspecto no nos hubiera permitido reconocer a nuestro antiguo vecino.







martes, 15 de mayo de 2012

Out of time

Foto: Sybille Bergemann

¿Qué hace una persona cuando está fuera de tiempo y fuera de lugar, como el hombre de la fotografía? Cuando la huida geográfica es imposible, o posible sólo a un alto precio, el único recurso es vivir en el pasado o en el futuro. Es decir, recreando o proyectando. 

Sólo conozco un hombre que ha logrado a fuerza de arrojo e indiferencia por la opinión de los demás vivir un presente continuo hecho a su medida. Ambos tenemos un carácter fuerte y nuestras relaciones, desde que yo era muy joven, no han sido fáciles. Ahora echo la vista atrás, sin embargo, y pienso que en muchas ocasiones actuó como yo actuaría ahora. Es una pena que todo acabe el mismo día del estreno.


***

La versión de los Ramones es muy superior a la de los Rolling:


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lunes, 14 de mayo de 2012

Diario de la que se avecina

Vaya, se está poniendo la cosa tan inquietante que hasta vuelvo a interesarme por la economía. Tengo que reconocer que todo esto me divierte.



14/05/2012 (mañana)

- Llamada de un familiar a las 9:30. ¿Puedes hacerme el favor de pensar y decirme qué hay que hacer?
-  9:45. Nueva llamada. ¿Has visto el hashtag?
- 10:05. Correo electrónico: "Estoy pensando en cambiar a libras la mierda que tengo en el banco. ¿O sería mejor francos suizos? ¿Yenes? ¿Oro?".
- 10:09. ¿Es la oficina de correos de T.?
- 10: 15. Nuevo correo. "Echa un vistazo a esto. Dentro de nada mandarán al Ejército. Ya decían las juventudes prosoviéticas que era necesario mantener la mili obligatoria y tú te cabreabas".
- 10:20. Correo electrónico con un enlace sobre el asunto de la morosidad corporativa, que les recomiendo vivamente. 
- 11:00. Nueva llamada. ¿Leíste ayer la entrada del blog de Krugman? ¿Está jugando a una posición bajista o nos vamos de verdad a tomar por saco? 
- 11:15. Bajo a comprar el pan. El portero: ¿Ha visto usted cómo está la prima de riesgo? [No lo he visto, así que una respuesta poco arriesgada]: Sigue subiendo, ¿verdad? Subiendo, dice usted. Ha superado los 480. .
- 11:20. ¿Dónde vas? A comprar el pan. ¿Y tú? A Caja Madrid. Oye, tú que tienes amigos argentinos: ¿en los corralitos cuánto te dejan sacar al día?
- 11:45. Nueva llamada. Pon a Zutana en no sé qué programa basura de la televisión. Está hablando del corralito.
- 11:55. El del servicio de estudios para decirme que hay que invertir en activos fijos y que en la calle Fuencarral venden estudios a 90.000 euros. Discrepo. En dos años, le digo, valdrán 40.000 y nadie tendrá dinero para comprarlos.
- 12:10. Por correo electrónico. ¡¡¡Mira esto!!!
- 12:25. ¿Es la oficina de correos de T.?
- 12:40. Descuelgo el teléfono.
- 12:55. Correo electrónico. "Otra posibilidad es comprar en el Peloponeso. Pero me da una pereza enorme ponerme a estudiar griego".
- 13:15. Leo con retraso el artículo de Roubini y Greene: "Get ready for the Spanish bailout". Ya no son sólo Krugman y The Economist.
- 13:25: Me pregunto qué aspecto tendrá la nueva peseta. ¿Volveremos por sentimentalismo y patriotismo despechado a la rubia tradicional? Yo preferiría un concurso de ideas abierto y transparente. Como son aquí los concursos, vaya.
- 13:35. En un blog: "Vamos hacia una nueva moneda única". Sí, una sola moneda para todos nosotros que nos intercambiaremos solidariamente todos los días, como los calzoncillos en aquel chiste de romanos.
- 13:50: "O en Italia, que ya casi hablamos el idioma. Cuando nos salgamos (ellos y nosotros) del euro, podemos comprar una casa en las Eolias por, por ejemplo, 957.224.732 billones de liras. O su equivalente en pesetas, un número de tantas cifras que no me cabe en este correo".
- 14:05. Tenía pensado comer en la calle, pero no me atrevo a bajar. A esta hora, la prima en 490 y estoy seguro de que el portero está ahí, agazapado, esperándome.

(Refrigerio)

- 15:05. He salido por la puerta del jardín y le he esquivado astutamente.
- 15:10. De Guindos ha suspendido la reunión de esta tarde con Liberbank, Ibercaja, Banco Mare Nostrum y Unicaja. Tiene toda la pinta de que quiere esperar a ver qué dicen los del eurogrupo esta misma tarde, a las cuatro. Los del Telegraph lo retransmiten en vivo, como si fuera un partido de fútbol.
- 15:15. Mi madre me llama inquieta. ¿En qué hay que invertir antes de que sea demasiado tarde? En productos no perecederos o, al menos, muy duraderos:

Azúcar - Miel - Sal
Latas: atún, mejillones, sardinas, aceitunas, maíz, guisantes
Leche en polvo
Aceite de oliva -Vinagre
Agua potable
Vino - Whisky
Café
Paracetamol, jarabe para la tos, antiinflamatorios
Detergente para lavar a mano
Papel higiénico
Pan deshidratado
Un generador - Combustible
Tomate Solís
Pasta
Legumbres envasadas al vacío

- 15.17. Mi madre me cuelga el teléfono.
- 15.18. Mi hermana me llama para preguntarme qué le he hecho a mi madre. Drama familiar.
- 15.20. Correo: "Súbete a Madrid y hablamos de lo de llevar la pasta a Ginebra".
- 15:21. Respuesta al correo: "Se dice bájate a Madrid, porque esto está más alto y, además, al norte. Vale, bajo".

(Domani di più)


domingo, 13 de mayo de 2012

Disyuntiva



El texto está corrupto, pero no parece difícil adivinar lo que seguía. Se trata de la respuesta que recibió Marco Aurelio del oráculo de Gaeta (Cayeta), que tenía su santuario en Nemi, en las colinas albanas.

"Como tú te portes [así serás tratado] (...). Entre los Cuados, a orillas del Gran".


Por supuesto, es una norma de conducta, no una descripción de lo que ocurre en el mundo real. En éste, lo habitual es la asimetría, a veces muy despiadada. Restablecer el orden no siempre es fácil, pues en ocasiones requiere actuar contra los propios principios, de modo que ese "tú" pasas a ser "yo".

viernes, 11 de mayo de 2012

Conversación en el séptimo (1)

Victor Serge

No le dejo hablar. A cada paso que da le interrumpo, le pido que explique. ¿En qué sentido las obsesiones juegan siempre una función? Ponte por caso que un tipo "hace una fobia" (me hace gracia ese giro técnico) a los ascensores. Puede ser, explica, didáctico, porque su jefe le esté haciendo la cama, etc. No me doy por contento con la explicación ¿Y si no hay desplazamiento? ¿Y si el objeto de la obsesión coincide con la causa del deplazamiento? ¿Cómo defines "histeria"? ¿Por qué calificas su comportamiento de "histérico"? Es endiabladamente listo. Jefe de día de psiquiatría de un hospital público madrileño. Se las sabe todas y, aunque le pongo a menudo contra las tablas, suele salir airoso.

***

Sobrino de la poetisa A.F., conoce bien las aguas que corren subterráneas. Mira con curiosidad el libro de Joan Vinyoli que llevo en el bolsillo del abrigo:

Tan sólo la llama
de mi ardor sin límites
he poseído; aún me dicta
oscuros, a veces peligrosos cantos.


***

La familia se exilió a México después de la guerra, a rastras del padre, militante comunista. No cayeron, sin embargo, en esa trampa tan común (y tan humana) entre los exiliados de re-exiliarse. I could be bounded in a nutshell and count myself a king of infinite space. Un verso que puede pronunciar un príncipe o el piojoso socio de un ñaque.

Al igual que le sucedió a Victor Serge, el exilio no les emputeció ni les gregarizó, no les enclaustró en los círculos prosoviéticos o trotskistas, no les empujó a la política local o les convirtió en prisistas. Por el contrario, al tomar distancia de España, de la guerra nuestra, de la guerra europea, del siniestro ping pong posterior, se liberaron de un lastre con el que otros cargaron durante años. Al punto de motivar a la lástima, aquellos viejos exiliados comunistas que regresaban a la España de los ochenta con la maleta llena de los mismos sombreros, novelas, corbatas, colonias e ideas cuatro décadas difuntos.  Quienes, como Serge, tenían una sensibilidad afinada, sin embargo, pudieron consolarse de la pérdida obligada de la pulsión política por la vía de la escritura o de la simple contemplación silenciosa.

Así que también entiende otras cosas importantes.

***

Herzen/Serge, Gogol/Bulgakov, Olesha/Dovlátov. Tolstoi en tierra de nadie y Pushkin como boya permanente de referencia. Pero este camino lleva muy lejos y hay que huir de todo lo que pueda apestar a crítica literaria. Prefiero leer a Serge aislado en el tiempo, fuera de todo contexto, sus memorias y sus diarios llenos de compasión y sensibilidad. Hubiera sido un gran escritor de no tocarle vivir aquella época en que casi todos los hombres inteligentes optaron por participar en la Historia. Todo esto no lo cuento en voz alta; me limito a pensar en ello mientras hablamos de otras cosas.

***

Le transmito mi reticencia a la curación, con lo que ello pueda suponer de pérdida de la intensidad con la que se vive. Me da un consejo que sopeso. No hay por qué empeñarse en cerrar toda la herida. Se puede dejar una parte de ella al aire, sin costra protectora, una grieta por donde de vez en cuando volver a sentir dolor.








miércoles, 9 de mayo de 2012

El diablo cojuelo


Que el nuestro es un país de pícaros no es algo en que valga la pena detenerse. Son tantos, que incluso los más virtuosos de entre ellos pueden contar con verse algún día superados por alguien que les aventaja en destreza en el arte del sableo. No hay un non plus ultra de la picaresca en España. Además de extendido, es un arte profundamente igualitario que, en contra de lo que la razón pudiera sugerir, no discrimina entre ricos y pobres: no es condición previa para brillar en él ser lázaro, granuja o pordiosero. Cualquiera puede ser un hábil parchista, a condición de ser, sencillamente, buen español.

Pero no todo son excelencias en el patio de Monipodio. Existe también el pícaro bufo, de zarzuela, el diablo cojuelo que, por mucho afán que ponga, no alcanza a dominar la difícil técnica del timo. La picaresca requiere cierto grado de empatía con el timado, cierta conciencia de los límites de su inteligencia y la tuya, y éste es uno de los factores que puede impedir al género del pícaro zoquete llevar a buen puerto sus  maquinaciones.



Es el caso de un conocido mío al que, en un arrebato mecénico, se me ocurrió prestar 30.000 euros para que adquiriese algo sin lo que su genio corría el riesgo de quedar para siempre encerrado en la lámpara. El diablo cojuelo ya había fracasado en el mundo de la pintura y ahora deseaba con toda su alma pegar el salto a la fama fotográfica. Y para hacerlo necesitaba un cacharro que sólo un fotógrafo profesional que trabajara para la Magnum o la National Geographic podría amortizar. Pero él lo haría, prometió. Sus fotos en Cuba dejarían en ridículo a las del mismísimo Alex Webb, con la ayuda de ese ingenio fotográfico (un respaldo digital), en cuyas virtudes nunca me interesé pero que, a juzgar por su coste, debía ser capaz de transformarte con sólo posar la mirada en él en el mismísimo Cartier Bresson. Cómo no entenderle: qué no hubiera dado yo, por poner un ejemplo, por que se me contagiase la calidad de un Auden con sólo palpar una primera edición de Thank you, fog.

Por otro lado, tenía ya, aseguró, tres exposiciones completas por colgar, algo que tocó en mí alguna fibra íntima, pues yo también tengo una docena de novelas por publicar (de las cuales doce también por escribir). La mala suerte, la crisis económica, las camarillas, la inquina de sus poderosos enemigos, habían impedido hasta el momento que lograse exponer. Sus argumentos y su fe en sí mismo me conmovieron.

Prometió con lágrimas de agradecimiento en los ojos ir pagándomelo a medida que fuera deshaciéndose del material fotográfico que ya no utilizaba (o que nunca llegó a utilizar): objetivos, cámaras, fotómetros, lentes, ampliadoras que, en su día, fueron también el último grito en el mercado de la fotografía profesional. Sin duda mi conocido debió suponer, cuando realizó aquellas compras, que su genio desbordaría los bordes de la lámpara, si quiera fuese por ósmosis. Lamentablemente, bien porque la lámpara estaba herméticamente sellada y el genio carecía de potencia suficiente para abrirla, o tal vez porque estuviese lisa y llanamente vacía, no fue así. Y de ahí que hubiera que intentarlo, una vez más.

En descargo de mi bobería debo decir, además, que por aquel entonces desconocía el pufo que había dejado en cierta tienda de fotografía de Madrid, haciéndose pasar por colega de un conocido fotógrafo patrio.

Por razones que no deben enturbiar el análisis de la psicología del sableador de segunda, el contacto se fue perdiendo. Y yo me encontré titubeando sobre qué hacer con la bonita suma de 30.000 euros que aún nos unía. En este delicado momento de duda vino el diablo cojuelo [DC] en mi [PJ] ayuda a través de un gancho directo a la mandíbula en forma de sms:

DC: ¿Qué quieres que hagamos con lo del respaldo?
PJ: ¿Qué quieres decir?
DC: ¿Qué te parece bien que hagamos?
PJ: ¿En el sentido artístico?
DC: No. ¿Aún sigues queriendo que te devuelva el dinero?
PJ: ???
DC: Mira, te lo envío por Seur y tú haces con él lo que quieras.
PJ: No quiero para nada el respaldo, que por otro lado no es mío.
DC: Insisto, te lo envío, agradeciéndote mucho que hayas tenido la amabilidad de dejar que lo pruebe unos meses.



O man, who art thou? Eso me pregunté. Y tras un breve exabrupto de misantropía melancólica, reaccioné. Después de enseñarle el brillo del sable al genio de la lámpara y a su legítimo cónyuge, verdadero macho alfa de su hogar, recordándoles que aún obraba en mi poder la correspondencia que permitía probar con claridad el préstamo, parte de la misma regresó a mi cuenta.

Y ahí quedó aparcado durante unos meses este ejercicio frustrado de picaresca española. Pero ¡quiá!, el pícaro torpe, por sus propias cualidades (o ausencia de ellas) no desiste fácilmente. Con las olas de la crisis desgastando ya la parte muerta del barco, olvidada la capacidad que exhibió su víctima para defenderse, renovada su confianza en sí mismo y en su relación privilegiada con Apolo Musageta, el diablo cojuelo volvió a la carga hace dos días, de nuevo a través de un sms en el que me preguntaba:

DC: ¿En qué términos me devolverías los euros del respaldo?

Ante mi desconcierto, su reculada:

DC: Déjalo. Sólo entiendes la superficie del lenguaje. De todos modos era una broma.

Y es que ya se sabe que el diablo cojuelo es un personaje bromista y zaragatero y el dinero, poderoso caballero.

lunes, 7 de mayo de 2012

Tanta est fallacia tecti

Foto: Humphrey Spender

Me reenvía un amigo el siguiente escrito de Borges sobre el Minotauro:

"Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redeentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?
  
    El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

    -¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió."


Y yo le contesto con este otro de Zbigniew Herbert:

"The true history of the prince Minotaur is told in the yet undeciphered scrip Linear A. He was -despite late rumors- the authentic son of King Minos and Pasiphaë. The little boy was born healthy, but with an abnormally large head -which fortune-tellers read as a sign of his future wisdom. In fact with the years the Minotaur grew into a robust, slightly melancholy idiot. The king decided to give him up to be educated by a priest. But the priests explained that they couldn't accept the feeble-minded prince, for that might diminish the authority of religion, already undermined by the invention of the wheel.

Minos then brought in the engineer Dedalus, who was fashionable in Greece at the time as the creator of a popular branch of pedagogical architecture. And so the labyrinth rose. Within its system of pathways, from elementary to more complicated, its variations in levels and rungs of abstractions, it was supposed to train the Minotaur prince in the principles of correct thinking.

So the unhappy prince wandered along the pathways of induction and deduction, prodded by his preceptors, gazing blankly at ideological frescos. He didn't get them at all.

Having exhausted all his resources, King Minos resolved to get rid of this disgrace to the royal line. He brought in (again from Greece, which was known for its able men) the ace assassin Theseus. And Theseus killed the Minotaur. On this point myth and history agree.

Through the labyrinth -now a useless primer- Theseus makes his way back carrying the big, bloody head of the Minotaur with its goggling eyes, in which for the first time wisdom had begun to sprout -of a kind ordinarily attributed to experience".


Curiosa coincidencia en las interpretaciones del mito del monstruo. La falaz construcción como metáfora de la imposibilidad de comprender el mundo por medio del intelecto ("Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas"; "the unhappy prince wandered along the pathways of induction and deduction... gazing blankly at ideological frescos") y la espera frustrada de un salvador que lo dote de sentido.

domingo, 6 de mayo de 2012

Olvido y memoria

(Bar mitzvá de D. Foto: C. Witchets)


El olvido nos conduce al exilio, mientras que la memoria es el secreto de la redención.

(Baal Shem Tov)


miércoles, 2 de mayo de 2012

Falta de costumbre

Tim O'Sullivan, Pyramid Lake (Nevada) (1867)

Veinticuatro horas carnavalescas. Pero descubro que cada vez estoy más acostumbrado a la falta de costumbre. Anoche, reposando en el bar de un hotel de Madrid que solía frecuentar de joven, viví dos coincidencias extraordinarias que me hicieron olvidar los sobresaltos que me habían llevado hasta allí. 

Al poco de sentarme, se me acercó un camarero al que a primera vista no reconocí. Supongo que lo de siempre, me dijo. Dado que hacía años que no frecuentaba el hotel, supuse que me había sin duda confundido con otro. Bueno, si lo de siempre es lo que bebo siempre, sí, eso mismo. Entonces me di cuenta: ese hombre cercano a la jubilación era el que hace veinticinco años tenía aproximadamente mi edad, y recordaba perfectamente mis preferencias.

Sentado en una esquina del bar me entretuve en hacer un par de llamadas pendientes y transcribir la entrada de ayer, sin dejar de echar el ojo a todo el que entraba y salía. Uno de los que llegaron poco antes de medianoche era un hombre ostensiblemente no mediterráneo, el pelo rubio, más largo que corto, una barba cerrada que tiraba a rojiza. Me fijé en él no sólo porque enseguida me hizo recordar a Jeremiah Johnson, sino porque conforme avanzaba se iba deshaciendo con auténtico asco el nudo de la corbata con una sola mano mientras sostenía en la otra una revista de la que no despegaba la vista. Se sentó dos mesas más allá y se concentró en su lectura.

Tanteé las opciones: ¿The Economist? ¿Cosmopolitan? ¿New Yorker? No, algo no encajaba. En algún momento, al pasar una página, entreví por fin un triángulo de la portada. Me dio un vuelco el corazón: mi padre la coleccionaba, pero todos sus números se habían perdido en alguna de las muchas mudanzas. Hice memoria: en la última casa común aún estaban. ¿Tal vez las habría tirado, sonriéndose de las estrafalarias fijaciones de mi padre, la estúpida veterinaria que adquirió la casa? Cuántas horas pegado a los cañones, las nieves, los caballos de esas páginas.




Era alemán y un apasionado de la historia del salvaje Oeste, y me descubrió a dos fotógrafos de los que nunca había oído hablar: Timothy O'Sullivan y Darius Kinsey. Para colmo de la excentricidad, resultó ser un consumado espeleólogo.

Intentó convencerme de que era natural que le gustasen las cuevas, puesto que le gustaban las montañas. Las cuevas, dijo, no son más que montañas que crecen hacia adentro. Allí también los espacios son a veces inmensos, y hay picos, y desfiladeros. ¿Has oído hablar de la cueva del Milodón? Pero aunque eso de una caverna habitada por un mamífero gigante del Pleistoceno, caballos enanos y enormes felinos dientes de sable me sedujo, en esto no le seguí: me gusta el cielo siempre por encima y, a ser posible, soso y aburrido. Sin una sola nube. Cosa distinta es que yo atraiga a ese tipo de cielo.


Darius Kinsey (1906)


martes, 1 de mayo de 2012

La cita


Impedido el sueño por la expectación, por la sospecha de no haber empleado el tiempo necesario para llegar con fondo a esta prueba, por una desconfianza animal que todos los cálculos y razonamientos no habían logrado aliviar, se echa a la calle con el estómago vacío. La cafetería del hotel está aún cerrada. Una mañana en lo más sensual de la primavera, en vísperas del sábado. La ciudad, que hasta la noche anterior sólo conocía a través de fotografías, tiembla de luz en todas sus fachadas, en los ventanales de los bloques de apartamentos, en los escaparates de las tiendas, en sus aceras recién bañadas, en los muros de piedra atravesados que revelan antiguas divisiones, en el mar que relumbra adormecido, indiferente, lejano, a los pies del barrio moderno.

En el patio que comparten el Hotel S. y dos manzanas de casas un adolescente ensaya posturas temerarias sobre un monopatín. Después de esta visión efímera, pasa una hora sin que se cruce con nadie. Más tarde, tres niñas silenciosas, sentadas con las piernas cruzadas sobre el pretil que es frontera entre el paseo y la playa, se turnan para lanzar al aire unas tabas. Aún más allá, un hombre árabe calafatea una barca con la misma minuciosidad y dedicación que hubiera empleado en pintar su maqueta. Durante las tres primeras horas del día, ésos son los únicos seres que ve. Luego, hacia las diez, una multitud de gente venida del extrarradio conquista la ciudad. Vienen a cerrar las compras de última hora. La temperatura ha subido. El tiempo es bochornoso. El simún ha cubierto las calles de una fina capa de polvo. En las tiendas de ropa, en las galerías comerciales, en el shuk Betzalel, largas colas ante los puestos, vuelan billetes y monedas por encima de las cajas, los compradores preguntan a gritos los precios a los vendedores, los vendedores contestan a gritos, anarquía de prendas de vestir examinadas, probadas y finalmente despreciadas, zapatos abandonados por un pie demasiado grande o demasiado sensible, bolsas de frutas y legumbres descartadas en el torbellino de las prisas. A mediodía, los cafés se llenan, debates a voces, empellones por llegar hasta el mostrador, acumulación de protestas y maldiciones. Las mercancías adquiridas esperan en el suelo, a los pies de los nuevos propietarios. En las esquinas los taxistas vocean los nombres de las localidades cercanas y los precios de las carreras, cada vez más tentadores a medida que se aproxima la hora del cierre. Al fin, dos horas antes del paréntesis sagrado, se hace el silencio. Al cansancio del viaje y de la noche insomne se suma entonces la carga de la ciudad abandonada por sus habitantes en la que parece que sólo a ella le queda algo por hacer. Una hora antes de la cita, un autobús vacío conducido a toda velocidad por la ciudad desierta se detiene ante el edificio de la cita.

Es un edificio de hormigón gris hasta la planta décima, y un esqueleto de intestinos al aire desde esa altura hasta la azotea, tres plantas más arriba. A pesar de su altura, forma un bloque aproximadamente cuadrado. La luz ha caído bruscamente y cuando entra en el gran vestíbulo ovalado tiene que esforzarse por distinguir unos objetos cuyos contornos se están difuminando rápidamente. Hurga con la mirada los límites de este espacio y le parece percibir en la profundidad una puerta alta, de un solo batiente, que deja pasar un residuo de luz cruda. No hay nada que sugiera que se trata de un edificio oficial, ni una bandera, ni una fotografía del primer ministro (mangas de camisa, pelo alborotado). No hay luces encendidas, a excepción del flexo de la recepción (bajo el flexo, un diario deportivo abierto, un transistor encendido y un cenicero de latón con un par de colillas), vacía. Vacíos también y con las puertas abiertas los tres ascensores modernos, en la pared opuesta al mostrador de recepción. De entre las tinieblas grises emerge un hombre reducido, escuálido, devastado, como una sombra. No lleva uniforme y viste con el desaliño propio de las gentes del país. Viene silbando el Vals de las olas, pero cuando advierte su presencia calla de repente. Cansado o enfermo, los ojos le flotan en una película de linfa amarillenta. “¿Lleva algún pase?”. No le dijeron que lo fuera a necesitar, contesta. Le reprende, agrio, mal encarado. “Sin pase nadie puede subir a las oficinas”. Se identifica, le explica que he venido a hablar con el señor Weisz “¿Y con quién si no?”, responde, “En este edificio no trabaja nadie más. Tiene que subir por las escaleras, los ascensores no funcionan. Hasta el noveno”.     

El rellano de las escaleras mira a la fachada opuesta a la entrada, es decir, al norte, a Chipre, Turquía, las islas griegas, el mar. A la altura del primer piso hay una ventana  abierta de par en par, pero en los pisos superiores no hay ventanas, ni tan siquiera el hueco que debieron ocupar. Así pues, el edificio se vuelca entero sobre el espacio despoblado, atravesado por haces de rotondas y carreteras de circunvalación, que lo separa del mar. El simún silba en espiral por las escaleras. Cambiante, unas veces la empuja hacia el vacío, del que no le separa ni una barandilla ni una viga atravesada para mitigar la sensación de vértigo, otras lo recibe como un revés en la cara. Llegada al noveno, abre la puerta que conduce a las oficinas. En medio del largo pasillo enmoquetado, a la altura de la única puerta abierta, está Weisz, practicando ejercicios de relajación. Lleva una camisa blanca salpicada de manchas de sudor, unos pantalones de algodón, calzado deportivo. Mientras estira piernas y brazos, conserva un cigarrillo sujeto entre los dientes. El paso a la cincuentena ha puesto unos kilos de más en un cuerpo pesado, de pecho y espaldas anchas. Su cara, sin embargo, conserva los ángulos, la mandíbula bien delineada, los ojos rasgados, una frente amplia coronada por una mata de pelo rojizo, escarolado.  

- Shlomi me ha avisado de su llegada. No es muy agradable, ¿verdad? Le molesta sobremanera que el edificio no funcione. No quieren invertir en su mantenimiento. ¿Le ha costado llegar hasta aquí?

- No tanto hasta el edificio como a su despacho – contesta mientras se acerca a él.

Cuando llega a su altura, Weisz le ofrece una mano grande y una sonrisa sofocada por el calor. Ella le sigue hasta su despacho.

- Le agradezco mucho que haya venido. Me han hablado de su don. Esta casa está llena de miniaturistas, ¿sabe? Grandes especialistas, capaces de identificar y analizar hasta el más ínfimo de los detalles del campo que les concierne. Pero sáquelos de su puzle, de los archivos del Centro de Documentación, del laboratorio de balística, de la sección de grafoanálisis o documentoscopia. ¿Ha visto alguna vez frente a frente a un historiador y a un fotógrafo forense? Siéntese si quiere. Los reúnes con la esperanza de que aunque ellos sean incapaces de comunicarse entre sí, tú podrás extraer conclusiones de la confrontación. Puede fumar, y puede tomar café. Me traje una máquina de casa. En tiempos hubo una abajo, pero desapareció. ¿Le gusta el café americano?

- Fumaré. No quiero café, gracias.

- Pero no es tan sencillo, carecemos de imaginación para ensamblar los fragmentos. En definitiva, somos deficitarios de la capacidad contraria, la que usted posee. La acuidad en la observación es una cualidad muy extraña. ¿Le parece una buena definición? Llevo pensando unos días en ella. 

Unos listones de madera cubren el despacho hasta media altura. Por encima de ese zócalo, las paredes están revestidas de mapas. Sobre la pared de la derecha, mapas de Alemania, Austria, Estonia, Suecia y Dinamarca. Sobre la de la izquierda, un gran mapa de Sudamérica y otro de Oriente Medio, y las cartas detalladas de El Cairo y Damasco. Mientras los observa, percibe un zumbido. No es un sonido, sino el latir de un sonido, su hálito, sordo, distante, que se da a la fuga cuando ella pretende aproximarse a la fuente y regresa, tenaz y mortificante, en cuanto deja de prestarle atención. Se detiene ante el callejero de El Cairo, en el que están clavadas tres chinchetas de color rojo.  

- ¿Por qué tres? ¿Diferentes domicilios?

- Sí, aunque ninguno de ellos figura a su nombre. Tome, éstos son los archivos de los que le hablé. Ahí está todo, desde la partida de bautismo hasta la huella dactilar, las últimas declaraciones tributarias que presentó, media docena de fotos, antes y después de la operación, un árbol detallado de sus relaciones familiares y personales, la documentación de guerra, todos sus desplazamientos, todos los domicilios que le conocemos, la correspondencia interceptada. ¿Querrá hacer lo que hizo con Dietrich?

- Haré todo lo que esté en mis manos, con la única restricción que usted conoce.   

- Me dijo que su trabajo tenía un precio. Sabe que no estoy en condiciones de solicitar un presupuesto elevado y que el pago ha de hacerse por canales ocultos. 

- El precio de mi trabajo es el nombre y la dirección exacta de la abuela de Moshele W. Sé que los padres murieron, pero ella aún vive.  

Weisz la mira con sorpresa.

- Lo tendrá. Los historiadores sabrán recuperar ese fragmento. Procuraré hacérselo llegar antes de que se vaya. ¿Por qué hace esto?

- ¿Por qué lo hace usted, Weisz?

Weisz se encoge de hombros.

- Los muertos son más débiles que los que aún están, no se pueden defender. Subamos a la azotea. Quiero enseñarle una cosa.

En la azotea, Weisz se acerca al abismo. Están entre los intestinos de hierro que vio desde la parada del autobús. Ella se agarra con fuerza a uno de ellos. Han comenzado a caer unas gotas gruesas.

- Me gusta asomarme aquí cuando termino de trabajar. ¿Ve dónde estamos? Rodeados. El mar, el desierto, los demás países. Por eso han decidido dejar de invertir aquí. Quiero decir en este edificio, y también en nuestra actividad. Sólo quedamos Shlomi y yo. Bueno, y ahora usted.

El zumbido se hace cada vez más intenso, hasta que los ve en el aire. Son dos cazabombarderos que regresan desde el oeste a su base después de unas maniobras. Con la lluvia, el simún parece haberse detenido, pero el viento que ahora sopla viene de las regiones más inferiores de la muerte.