domingo, 22 de abril de 2012

Mal de altura


No hay cosa más peligrosa, en cualquier rama del arte, que apasionarse demasiado por él y relegar la materia de que se nutre. Una pasión que suele degenerar en mero coleccionismo de información, primeras ediciones, o sofisticados y bellos aparatos. En la sustitución del amor por el fin (o, aún más, por el camino que conduce a él) por un amor desmedido hacia el objeto que media. Una forma degenerada de filatelia, como decía Connolly. Los almohacines que desde su pináculo llaman a los fieles a conocer con tal grado de detalle la técnica o la historia de su arte no suelen disponer de tiempo para practicarlo. Y quienes, con todo, logran reservarle una parte de la energía y el tiempo que dedican a su conocimiento, llevan a sus espaldas una carga tan pesada que son incapaces de contemplar el mundo con mirada propia. Por lo demás, los tecnicalistas son tan tediosos como los críticos literarios o los catadores de vino.

¿Quiere esto decir que no hay que echar la vista atrás, que hay que evitar los hombros de los gigantes? No. Quiere decir que hay que posarse sobre ellos sólo el tiempo necesario como para que cuando descendamos podamos retomar la perspectiva de las cosas desde el suelo sin sufrir de mal de altura. 


***

Uno de esos gigantes junto a los que no conviene pasar demasiado tiempo es Brodsky. Recuperé el libro perdido la otra noche. Tal y como imaginaba, nadie sintió el menor interés por la edición de sus poesías completas y allí estaba, recostado sobre una botella de ron. Opté por la edición inglesa porque Brodsky siguió de cerca todo el proceso de traducción (cuando no tradujo él mismo). Aquí, una gran delicadeza, "October tune":

 
A stuffed quail
on the mantelpiece minds its tail.
The regular chirr of the old clock's healing
in the twilight the rumpled helix.
Through the window, birch candles fail.

For the fourth day the sea hits the dike with its hard horizon.
Put aside the book, take your sewing kit;
patch my clothes without turning the light on:
golden hair
keeps the corner lit.

***

Y enlazando con la primera parte. ¿Cómo se aprende entonces un arte, al margen de los encuentros preferentemente escasos con los grandes? No es posible enseñarlo, ni es posible aprenderlo. Ninguna cantidad de estudio, ningún soporte material por refinado que sea, te hará poseedor de la monedita, como se denomina en el argot taurino. Antes de partir hacia los Estados Unidos, Brodsky fue detenido en 1964 bajo la consabida acusación de parasitismo social, decadencia y modernismo. Éste es un fragmento de su intercambio con el juez, que la periodista Frida Vigdorova logró difundir en forma de samizdat:

Juez: ¿Cuál es su profesión en general?
Brodsky: Poeta y traductor.
J: ¿Quién le ha reconocido como poeta? ¿Quién le ha incluido entre las filas de los poetas?
B: Nadie. ¿Y quién me ha incluido entre las filas de la humanidad?
J: ¿Estudió para ello?
B: ¿Para ello?
J: Para ser poeta. ¿No intentó acabar la escuela donde se prepara para ello, donde se enseña?
B: No pensaba que fuera algo que se pudiera aprender en la escuela.
J: ¿Y entonces, cómo?
B: Creo que . . . que viene de Dios.


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Joseph Brodsky, San Petersburgo (1964)
(Foto: Lev Poliakov)