lunes, 30 de abril de 2012

Liverpool

José María Miralles, en el estudio de su
hermano Manolo.

Qué empeño el de este país por arrinconar en vida y reconocer póstumamente. Esto es lo que le pasó a José María Miralles Sall, el poeta canario algunos de cuyos libros (entre otros, el mítico Liverpool) han circulado durante muchos años como verdaderos samizdat. Me alegré mucho de que le concedieran post mortem el Premio Nacional de Poesía. Aunque me pregunto quién es el Estado para destacar una obra sobre las demás. 

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Las camarillas literarias nunca desaparecen. Al sucederse las unas a las otras, siempre están ahí, bajo una máscara u otra. A veces conviven a la fuerza, por incapacidad de darse jaque mate en una sola partida. Son partidas que se juegan en los jurados de los premios literarios, en los consejos editoriales. Si antes los premios de poesía recaían invariablemente en la vieja guardia de los poetas de la experiencia (los García Montero, Janés, Benítez Reyes, Prado y cía) agrupados en torno al nefasto Chus Visor, ahora se los tienen que repartir con el joven somatén que cierra filas tras editoriales como DVD o Calambur.  Y en este caso, el éxito comercial y el beneficio que lo acompaña no pueden ser la causa. Es algo más atávico, premoderno: los nuestros, nosotros, lo nuestro.

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Hoy es inconcebible un Künstlerroman como Jean-Christophe o La dádiva. Tal vez lo más parecido podrían ser las memorias de formación de un joven científico que investigase sobre los agujeros negros. Quizá porque el centro de gravedad de las grandes preguntas se esté desplazando, como dice Steiner, de la literatura a la ciencia.

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Liverpool:


Sobre vuestros curtidos rostros de paloma endurecida,
sobre vuestras sonrisas de sal y vino agrio, ya sobre los duros
cristales de la niebla,
está mi alma, están mis ojos, amigos,
y sobre el último dolor de la tierra,
y sobre el último dolor de mis manos, tanteando el duro cemento de
una puerta vacía,
y sobre la última agonía de las aguas está flotando mi corazón,
señores, mi corazón.
Por favor, abridme paso, dejadme cruzar este túnel de plomo,
que quiero ser el primero en llegar con mi sangre a los muelles de
Liverpool.
Amigos, vosotros que os perfiláis como aletas de pescado
sobre las últimas esquinas de los buques;
vosotros que de cada rincón saltáis de una bodega a otra
como sapos de azufre ardiendo, como tristes pezuñas de lagarto,
para husmear el rojo carbón de las calderas,
para darle vida al hierro como al alba le dais su fruto,
para darle aliento al agua que se aleja para siempre de la tierra,
del polvo que tanto amáis tras unos ojos,
decidme que puedo soñar en vuestros rostros de ceniza
y en vuestras sucias calles de alquitrán, y en vuestros hogares de
nata corrompida,
y echar la raíz de mi sangre como un ancla sobre vuestras
jurisdicciones marítimas,
porque además de ser un hombre como vosotros, soy un poeta,
y un poeta es un corazón más sobre la niebla del mundo.
Por favor, abridme paso, que quiero ser el primero en saludar con mi
sangre vuestras sonrisas de azufre,
vuestras mujeres de estopa. Por favor, abridme paso.