miércoles, 11 de abril de 2012

De boda (por Caleb)

Foto: Weegee

Mi amig@ Jenny me invita a que escriba aquí lo que llama “una de sus favoritas”: el día en que se casaba mi hermano y se me jodió el coche tras atravesar el puerto de Guadarrama. Se encaprichó ella en casarse en Arevalillo de Cega, provincia de Segovia, donde no había nacido nadie: ni la novia, ni la madre de la novia, ni un tatarabuelo de la novia, ni probablemente nadie en el mundo se pueda decir oriundo de Arevalillo de Cega, que sólo tiene 37 habitantes, un censo que deben haber amañado con todos los extraviados que allí llegaron por imperdonable confusión o para echar una ojeada a la iglesia de San Mamés, fea como una central eléctrica, y salir a escape. Me preparé todo lo bien que pude para la ocasión, aunque soy más bien despreocupado, o tal vez por eso y porque sabía que mi hermano, el primogénito, el rey de la casa, el que todo lo sabe, el que terminó carrera, el que llama todas las noches a mi madre, el único que tiene una novia normal, no me perdonaría jamás que le dejase de nuevo en la estacada: “No me navegues otra vez con bandera de tonto, ¿me entiendes?”.

Así que, malaconsejado por algunas de las mujeres que me rodean me compré lo que consideré podía llevarme a la cumbre más alta de mi elegancia: unos chinos que me escurrían aún más el culo, una chaqueta que resultó ser mucho más grande en casa de lo que lo era en la tienda, zapatos nuevos (o zapatos a secas, ya que nunca había tenido unos). Y así, hecho un cromo según alguno y un pincel según las demás, duchado, afeitado (tres pasadas) y tratando de pensar sólo en qué narices podía querer decir el hexagrama que había leído en el I Ching la noche anterior (Ken, Mantenerse quieto, Lo creativo, Montaña Sun, La docilidad, El viento), me metí en el coche, cuya marca no mencionaré para no hundir a la casa. Mi hermano me llamó siete horas antes de la ceremonia. “Me juego lo que quieras a que aún no has salido”. Pero justo cuando me disponía a cantarle la única victoria que hasta ahora me había brindado sobre él la vida, el túnel de Guadarrama se tragó la señal. Bueno, pensé, la cantaré en media hora.

Y así hubiera sido de no ser porque en noselepuedellamarpueblo, asentamiento habitacional, de nombre Sotosalbos, en una carretera premonitoriamente llamada el Camino del Chusco, el coche se quedó seco en la mismísima salida de una curva. Para haberme matado, si no fuera porque, igual que no existen los arevalillenses de Cega, es muy probable que tampoco exista un solo sotosalbeño en la faz de la Tierra. Caleb, pensé detenido en la curva, ahí tienes el sentido de la milenaria sabiduría oriental, Mantenerse quieto, Lo creativo, es decir: sal del coche, enciéndete un pitillo, relájate y piensa en alguna solución original. Hay que salir de ésta.

Pero no había nada que pensar en ese paisaje desolado por la naturaleza y asolado por el hombre, salvo cosas deprimentes del tipo qué solos estamos, qué sabemos de adónde vamos,  cuál es el sentido de lo que me está pasando, La docilidad, faltan sólo cuatro horas para la boda, ¿será alguna de ésas la Montaña Sun?, ¿será la correa de distribución?, si es que vamos a algún sitio, hecho una hidra, en todo caso debería sacar el coche de aquí, ¿Ken?. Mi cabeza funcionaba mal que bien, pero mi cuerpo era incapaz de movimiento, ni positivo, ni suicida, ni aséptico, cero; únicamente mi mano se llevaba mecánicamente un pitillo tras otro a la boca mientras me replanteaba cada vez con más insistencia las preguntas más especulativas del repertorio (tipo la Montaña Sun) y cada vez con más desgana las consideraciones más prácticas (cabrá el puto coche en la cuneta).

Pero claro, todo tiene un límite, hasta la metafísica que parece no tenerlo, y hasta yo, que tengo más de orangután que de babuino, empecé a sentir un reconcome de soledad. Así que eché a andar por el Camino del Chusco hacia el asentamiento habitacional, sin cobertura, sin ganas, sin ver un alma y a media hora de la ceremonia, y me metí en noselepodíallamarbar, un antro oscuro que olía a desinfectante de baños, donde sólo había un camarero extasiado ante la carrera de motos que retransmitía la televisión y un cliente trajeado y con corbata (¿un representante?) bebiendo lo que, a tenor de su postura, yacente sobre la barra con la cabeza entre los brazos, no parecía su primer cubalibre.

Póngame un café, por favor.
La cafetera está apagada.
Pues dos coca-colas. Con mucho hielo.
No sé si me quedan.
¿Hielos?
No: coca-colas.
¿Podría comprobarlo?

(Sus ojos seguían dando vueltas por el circuito)

Me parece que no.
¿Que no puede comprobarlo?
No, que me parece que no me quedan.
Muy bien, ¿qué está tomando ese caballero al fondo de la barra? Póngame lo que sea que esté tomando.
Espere, van a dar ahora la curva...

Decidí tomar yo la iniciativa y me acerqué hacia la sombra yacente al final de la barra.

¿Le importaría decirme que está tomando usted?

Se volvió lentamente y me miró aturdido, como si fuese la primera voz humana que escuchase en su vida. Efectivamente debía llevar horas bebiendo ese mejunje con fanta:

Coño, maricón. Al final has llegado.


Caleb