miércoles, 4 de abril de 2012

Anoche soñé (1). El sultán



Anoché soñé que era sultán en la Constantinopla. De todo el sueño, esto era lo más parecido a la realidad, así que pueden imaginarse el dislate del resto. Para empezar, no bebía té, sino grappa, y no cualquier grappa, sino una que me hacía traer por mis vasallos de… el Peloponeso (¡?). Recibía una visita tras otra de súbditos con pretensiones de lo más pintoresco, de las que recuerdo nítidamente dos:

Un hombre en la cincuentena, que se había anticipado a la moda cinco siglos y vestía unos sencillos pantalones vaqueros y una americana, venía a solicitar mi autorización para importar caballos españoles a la ciudad. No veo ningún problema en ello, le contestaba yo. ¿No? Pues no: impórtelos. Pero, lejos de quedarse tranquilo con mi beneplácito, empezaba a exponer los riesgos de su iniciativa, que se resumían en dos: los criadores de caballos árabes, dos poderosas familias de la ciudad, iban a tratar de hacerle la vida imposible, quién sabe incluso si de matarle y, lo más preocupante, los caballos españoles sólo comían un tipo de cereal que no se cultivaba en nuestros campos. Eso sí que me parece más difícil de solucionar, le comentaba yo, atizándome la primera grappa de la sesión. Por lo tanto, continuaba el emprendedor, no sólo necesito importar caballos, sino también grandes cantidades de ese cereal para el primer año, y semillas para los venideros. Excelente idea, le respondía. ¿Y cuántos caballos tiene pensado importar? Doscientos mil, decía él. Llegarán al puerto en cuatrocientos barcos, a razón de quinientos caballos por barco. Antes, desde luego, tendrá que llegar el alimento, en unos doscientos barcos más. Aunque para mis adentros pensaba brevemente si el puerto admitiría semejante tráfico de embarcaciones, bestias y toneles, accedía también a esta segunda petición. Y, el asunto arreglado de esta forma, le invitaba a una grappa (su primera, pero mi segunda).

Un segundo personaje, otro hombre, aparecía más orientalizado, como si mi cabeza en algún momento del sueño hubiera detectado el anacronismo del atuendo del importador y corrigiese el error sobre la marcha. Pero el toque oriental consistía simplemente en que llevaba un foulard de una combinación de colores bizantinos alrededor del cuello que le tapaba el rostro hasta la nariz. Me molestaba un poco que no se descubriese delante de mí, como nos molestan esas personas que no se quitan las gafas oscuras aunque ya no haya sol que deslumbre. ¿Podría, por favor, quitarse el pañuelo de la cara? No puedo, contestaba. Por respeto hacia usted. Ayer me quitaron toda la dentadura. Esta explicación no me resultaba muy convincente (si le hubiesen quitado hasta el último diente, pensaba, no podría vocalizar como lo hace) pero estaba contento y la pasé por alto. ¿Qué desea usted?, le preguntaba. Mire, tengo una casa en pleno centro de la ciudad y los vecinos no me quieren dejar cerrar la terraza. No puedo concederle lo que me pide: si cierra usted la terraza Constantinopla va a parecer el Barrio del Pilar (ahora era el sultán, o sea yo mismo, quien daba esta hermosa pirueta temporal). Y, por otro lado, ¿qué sentido tiene cerrar la terraza? ¿Se le queda pequeño el salón?, seguía desvariando el sultán, o sea yo. No, no es eso, es que mi mujer dice que está harta de limpiar cáscaras de alpiste. Cualquier otra persona, en este punto, hubiera detectado un peligroso salto lógico, pero yo, que ya llevaba tres grappas y parecía estar ganando en poderes sobrenaturales de interpretación, entendí al instante. ¿Cría usted canarios? Exacto. ¿Timbrados? Y cobre, también, aunque en menor proporción. Está bien, déjeme ver qué puede hacerse con los vecinos (evidentemente, había tocado en mí alguna fibra sensible). También a este súbdito le invitaba a aguardiente, pero lo rechazaba alegando el mal estado de su boca. Yo no tenía ningún problema en la boca, así que me servía alegremente.

Al despertarme, lo primero que me ha venido a la cabeza ha sido la grappa que bebimos ayer después de la cena, que a estas alturas del día todavía siento circular por mis venas.