lunes, 30 de abril de 2012

Liverpool

José María Miralles, en el estudio de su
hermano Manolo.

Qué empeño el de este país por arrinconar en vida y reconocer póstumamente. Esto es lo que le pasó a José María Miralles Sall, el poeta canario algunos de cuyos libros (entre otros, el mítico Liverpool) han circulado durante muchos años como verdaderos samizdat. Me alegré mucho de que le concedieran post mortem el Premio Nacional de Poesía. Aunque me pregunto quién es el Estado para destacar una obra sobre las demás. 

***

Las camarillas literarias nunca desaparecen. Al sucederse las unas a las otras, siempre están ahí, bajo una máscara u otra. A veces conviven a la fuerza, por incapacidad de darse jaque mate en una sola partida. Son partidas que se juegan en los jurados de los premios literarios, en los consejos editoriales. Si antes los premios de poesía recaían invariablemente en la vieja guardia de los poetas de la experiencia (los García Montero, Janés, Benítez Reyes, Prado y cía) agrupados en torno al nefasto Chus Visor, ahora se los tienen que repartir con el joven somatén que cierra filas tras editoriales como DVD o Calambur.  Y en este caso, el éxito comercial y el beneficio que lo acompaña no pueden ser la causa. Es algo más atávico, premoderno: los nuestros, nosotros, lo nuestro.

***

Hoy es inconcebible un Künstlerroman como Jean-Christophe o La dádiva. Tal vez lo más parecido podrían ser las memorias de formación de un joven científico que investigase sobre los agujeros negros. Quizá porque el centro de gravedad de las grandes preguntas se esté desplazando, como dice Steiner, de la literatura a la ciencia.

***

Liverpool:


Sobre vuestros curtidos rostros de paloma endurecida,
sobre vuestras sonrisas de sal y vino agrio, ya sobre los duros
cristales de la niebla,
está mi alma, están mis ojos, amigos,
y sobre el último dolor de la tierra,
y sobre el último dolor de mis manos, tanteando el duro cemento de
una puerta vacía,
y sobre la última agonía de las aguas está flotando mi corazón,
señores, mi corazón.
Por favor, abridme paso, dejadme cruzar este túnel de plomo,
que quiero ser el primero en llegar con mi sangre a los muelles de
Liverpool.
Amigos, vosotros que os perfiláis como aletas de pescado
sobre las últimas esquinas de los buques;
vosotros que de cada rincón saltáis de una bodega a otra
como sapos de azufre ardiendo, como tristes pezuñas de lagarto,
para husmear el rojo carbón de las calderas,
para darle vida al hierro como al alba le dais su fruto,
para darle aliento al agua que se aleja para siempre de la tierra,
del polvo que tanto amáis tras unos ojos,
decidme que puedo soñar en vuestros rostros de ceniza
y en vuestras sucias calles de alquitrán, y en vuestros hogares de
nata corrompida,
y echar la raíz de mi sangre como un ancla sobre vuestras
jurisdicciones marítimas,
porque además de ser un hombre como vosotros, soy un poeta,
y un poeta es un corazón más sobre la niebla del mundo.
Por favor, abridme paso, que quiero ser el primero en saludar con mi
sangre vuestras sonrisas de azufre,
vuestras mujeres de estopa. Por favor, abridme paso.

domingo, 22 de abril de 2012

Mal de altura


No hay cosa más peligrosa, en cualquier rama del arte, que apasionarse demasiado por él y relegar la materia de que se nutre. Una pasión que suele degenerar en mero coleccionismo de información, primeras ediciones, o sofisticados y bellos aparatos. En la sustitución del amor por el fin (o, aún más, por el camino que conduce a él) por un amor desmedido hacia el objeto que media. Una forma degenerada de filatelia, como decía Connolly. Los almohacines que desde su pináculo llaman a los fieles a conocer con tal grado de detalle la técnica o la historia de su arte no suelen disponer de tiempo para practicarlo. Y quienes, con todo, logran reservarle una parte de la energía y el tiempo que dedican a su conocimiento, llevan a sus espaldas una carga tan pesada que son incapaces de contemplar el mundo con mirada propia. Por lo demás, los tecnicalistas son tan tediosos como los críticos literarios o los catadores de vino.

¿Quiere esto decir que no hay que echar la vista atrás, que hay que evitar los hombros de los gigantes? No. Quiere decir que hay que posarse sobre ellos sólo el tiempo necesario como para que cuando descendamos podamos retomar la perspectiva de las cosas desde el suelo sin sufrir de mal de altura. 


***

Uno de esos gigantes junto a los que no conviene pasar demasiado tiempo es Brodsky. Recuperé el libro perdido la otra noche. Tal y como imaginaba, nadie sintió el menor interés por la edición de sus poesías completas y allí estaba, recostado sobre una botella de ron. Opté por la edición inglesa porque Brodsky siguió de cerca todo el proceso de traducción (cuando no tradujo él mismo). Aquí, una gran delicadeza, "October tune":

 
A stuffed quail
on the mantelpiece minds its tail.
The regular chirr of the old clock's healing
in the twilight the rumpled helix.
Through the window, birch candles fail.

For the fourth day the sea hits the dike with its hard horizon.
Put aside the book, take your sewing kit;
patch my clothes without turning the light on:
golden hair
keeps the corner lit.

***

Y enlazando con la primera parte. ¿Cómo se aprende entonces un arte, al margen de los encuentros preferentemente escasos con los grandes? No es posible enseñarlo, ni es posible aprenderlo. Ninguna cantidad de estudio, ningún soporte material por refinado que sea, te hará poseedor de la monedita, como se denomina en el argot taurino. Antes de partir hacia los Estados Unidos, Brodsky fue detenido en 1964 bajo la consabida acusación de parasitismo social, decadencia y modernismo. Éste es un fragmento de su intercambio con el juez, que la periodista Frida Vigdorova logró difundir en forma de samizdat:

Juez: ¿Cuál es su profesión en general?
Brodsky: Poeta y traductor.
J: ¿Quién le ha reconocido como poeta? ¿Quién le ha incluido entre las filas de los poetas?
B: Nadie. ¿Y quién me ha incluido entre las filas de la humanidad?
J: ¿Estudió para ello?
B: ¿Para ello?
J: Para ser poeta. ¿No intentó acabar la escuela donde se prepara para ello, donde se enseña?
B: No pensaba que fuera algo que se pudiera aprender en la escuela.
J: ¿Y entonces, cómo?
B: Creo que . . . que viene de Dios.


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Joseph Brodsky, San Petersburgo (1964)
(Foto: Lev Poliakov)

miércoles, 18 de abril de 2012

Barbie en Lima


Barbie en Lima. La primera vez que recorrí la fotografía lo hice por este orden: su cara, porque necesitaba asegurarme de que era él (no cabía duda); el primer plano, ¿sobre qué se apoya la silla en que está sentado?; el segundo plano, la plaza limeña desierta; el tercer plano, fatal: el edificio de la Bayer. Por fin, los enigmas de la foto: el limpiabotas, el titular del periódico (que permitiría conocer la fecha en que se tomó), el fotógrafo. Y, por supuesto, el mayor de todos.




lunes, 16 de abril de 2012

C'est la vie

"Finalement, ce qui constitue l'ossature de l'existence, ce n'est ni la famille, ni la carrière, ni ce que d'autres diront ou penseront de vous, mais quelques instants de cette nature, soulevés par une lévitation plus sereine encore que celle de l'amour, et que la vie nous distribue avec une parcimonie à la hauteur de notre faible cœur" (Bouvier, L'usage du monde).

Un día en la vida de un pirata:

Trabajar distraído, arrastrándome afanosamente por un texto donde lo más inspirador resulta ser los aparejos que utilizan los pescadores chinos. Y lo menos, el sector del acero bruto. Observar el comportamiento singular de mis pájaros. Los diamantes han decidido deshacer por completo el nido que primorosamente les había dispuesto y rehacerlo a su manera. Hablar con el amigo de la tendencia a teorizar que se adueña de algunos poetas en sus últimos libros, de las conexiones entre la poesía y la filosofía, y en los méritos de La tierra baldía. Comer con desgana. Tumbarse a escuchar La tempestad. Picotear de nuevo el texto maldito. Acudir a la llamada de la calle. Resistirme a la tentación de adoptar una perra senil y minusválida que me conmueve con su fealdad extrema. Discutir de todo con interlocutores variados: de los Borbones, de la crisis, de negocios imposibles, de imposibles cambios de vida. Intentar conservar los pecios cada vez más dispersos de una amistad, con la conciencia de que cada día que pasa es mayor el riesgo de que acaben en el fondo. Perder la antología de Brodsky no sé en qué momento de la noche. Bailar música de Chuck Berry. Despertarme en casa de un conocido que ya se ha ido a trabajar, con la vaga conciencia de que su sabor, ese termómetro preciso de la química, no me gusta. Recordar los versos escritos en una cuartilla que debe seguir entre las páginas del libro perdido y rogar por que no los lean o, en caso contrario, por que sean decentes. Recordar también que hoy tengo que acabar con los chinos o seguiré complicándome la existencia. Echar de menos la vida de Nicolas Bouvier. C'est la vie.

video

miércoles, 11 de abril de 2012

De boda (por Caleb)

Foto: Weegee

Mi amig@ Jenny me invita a que escriba aquí lo que llama “una de sus favoritas”: el día en que se casaba mi hermano y se me jodió el coche tras atravesar el puerto de Guadarrama. Se encaprichó ella en casarse en Arevalillo de Cega, provincia de Segovia, donde no había nacido nadie: ni la novia, ni la madre de la novia, ni un tatarabuelo de la novia, ni probablemente nadie en el mundo se pueda decir oriundo de Arevalillo de Cega, que sólo tiene 37 habitantes, un censo que deben haber amañado con todos los extraviados que allí llegaron por imperdonable confusión o para echar una ojeada a la iglesia de San Mamés, fea como una central eléctrica, y salir a escape. Me preparé todo lo bien que pude para la ocasión, aunque soy más bien despreocupado, o tal vez por eso y porque sabía que mi hermano, el primogénito, el rey de la casa, el que todo lo sabe, el que terminó carrera, el que llama todas las noches a mi madre, el único que tiene una novia normal, no me perdonaría jamás que le dejase de nuevo en la estacada: “No me navegues otra vez con bandera de tonto, ¿me entiendes?”.

Así que, malaconsejado por algunas de las mujeres que me rodean me compré lo que consideré podía llevarme a la cumbre más alta de mi elegancia: unos chinos que me escurrían aún más el culo, una chaqueta que resultó ser mucho más grande en casa de lo que lo era en la tienda, zapatos nuevos (o zapatos a secas, ya que nunca había tenido unos). Y así, hecho un cromo según alguno y un pincel según las demás, duchado, afeitado (tres pasadas) y tratando de pensar sólo en qué narices podía querer decir el hexagrama que había leído en el I Ching la noche anterior (Ken, Mantenerse quieto, Lo creativo, Montaña Sun, La docilidad, El viento), me metí en el coche, cuya marca no mencionaré para no hundir a la casa. Mi hermano me llamó siete horas antes de la ceremonia. “Me juego lo que quieras a que aún no has salido”. Pero justo cuando me disponía a cantarle la única victoria que hasta ahora me había brindado sobre él la vida, el túnel de Guadarrama se tragó la señal. Bueno, pensé, la cantaré en media hora.

Y así hubiera sido de no ser porque en noselepuedellamarpueblo, asentamiento habitacional, de nombre Sotosalbos, en una carretera premonitoriamente llamada el Camino del Chusco, el coche se quedó seco en la mismísima salida de una curva. Para haberme matado, si no fuera porque, igual que no existen los arevalillenses de Cega, es muy probable que tampoco exista un solo sotosalbeño en la faz de la Tierra. Caleb, pensé detenido en la curva, ahí tienes el sentido de la milenaria sabiduría oriental, Mantenerse quieto, Lo creativo, es decir: sal del coche, enciéndete un pitillo, relájate y piensa en alguna solución original. Hay que salir de ésta.

Pero no había nada que pensar en ese paisaje desolado por la naturaleza y asolado por el hombre, salvo cosas deprimentes del tipo qué solos estamos, qué sabemos de adónde vamos,  cuál es el sentido de lo que me está pasando, La docilidad, faltan sólo cuatro horas para la boda, ¿será alguna de ésas la Montaña Sun?, ¿será la correa de distribución?, si es que vamos a algún sitio, hecho una hidra, en todo caso debería sacar el coche de aquí, ¿Ken?. Mi cabeza funcionaba mal que bien, pero mi cuerpo era incapaz de movimiento, ni positivo, ni suicida, ni aséptico, cero; únicamente mi mano se llevaba mecánicamente un pitillo tras otro a la boca mientras me replanteaba cada vez con más insistencia las preguntas más especulativas del repertorio (tipo la Montaña Sun) y cada vez con más desgana las consideraciones más prácticas (cabrá el puto coche en la cuneta).

Pero claro, todo tiene un límite, hasta la metafísica que parece no tenerlo, y hasta yo, que tengo más de orangután que de babuino, empecé a sentir un reconcome de soledad. Así que eché a andar por el Camino del Chusco hacia el asentamiento habitacional, sin cobertura, sin ganas, sin ver un alma y a media hora de la ceremonia, y me metí en noselepodíallamarbar, un antro oscuro que olía a desinfectante de baños, donde sólo había un camarero extasiado ante la carrera de motos que retransmitía la televisión y un cliente trajeado y con corbata (¿un representante?) bebiendo lo que, a tenor de su postura, yacente sobre la barra con la cabeza entre los brazos, no parecía su primer cubalibre.

Póngame un café, por favor.
La cafetera está apagada.
Pues dos coca-colas. Con mucho hielo.
No sé si me quedan.
¿Hielos?
No: coca-colas.
¿Podría comprobarlo?

(Sus ojos seguían dando vueltas por el circuito)

Me parece que no.
¿Que no puede comprobarlo?
No, que me parece que no me quedan.
Muy bien, ¿qué está tomando ese caballero al fondo de la barra? Póngame lo que sea que esté tomando.
Espere, van a dar ahora la curva...

Decidí tomar yo la iniciativa y me acerqué hacia la sombra yacente al final de la barra.

¿Le importaría decirme que está tomando usted?

Se volvió lentamente y me miró aturdido, como si fuese la primera voz humana que escuchase en su vida. Efectivamente debía llevar horas bebiendo ese mejunje con fanta:

Coño, maricón. Al final has llegado.


Caleb

martes, 10 de abril de 2012

El látigo


 
"Entonces, un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse. (...) Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil, pero brutal. ¡Y entonces cayó el látigo!".

(Truman Capote. Música para camaleones.
Traducción de Benito Gómez Ibáñez)

sábado, 7 de abril de 2012

El moralista de hojalata


Dejemos aparte el hecho de que el poema de marras es malo, sin ambages. No es el primer escritor que se desliza hacia la vulgaridad al abandonarse a la pasión política. Aunque es digno de notar que cuando la pasión se llama Palestina, los resultados literarios suelen ser particularmente catastróficos.

Ahí está Qabbani, excelso poeta amoroso. En uno de sus últimos libros, sucumbió a un acceso de fervor patriótico por el desdichado pueblo palestino y ningún buen amigo le disuadió de que no ensuciase su obra con versos como éstos:

"Robasteis una patria/Y el mundo aplaudió en la aventura/Confiscasteis nuestras casas a miles/Vendisteis a millares nuestros hijos/Y el mundo aplaudió en la aventura/(...) Y organizáis en cambio un funeral/si nosotros secuestramos un avión" [Carteles comandos en los muros de Israel].

Otro admirado poeta árabe contemporáneo, Al Bayati, fue también presa del delirio combativo y escribió estos versos que nunca hubiera querido leer:

"La gloria para los mártires, de mi pueblo, y los vivos/para los desgarrados contumaces/La gloria para los niños en la noche sufriente/y en las tiendas/La gloria para los olivos en la tierra de la paz/para los pájaros pequeños, que buscan en el polvo/de mi campo, para la tropa atada en las fronteras/de mi gran país/-tropa de arabismo, salvadora-" [Gloria a los niños y el olivo, 1956].

Al pobre Adonis, el rapto patriótico le pilló en Nueva York:

"Y confieso: Nueva York, tienes en mi país la tienda y el/lecho, la silla y la cabeza. Y todas las cosas a la/venta: el día y la noche, la piedra de La Meca y el agua/del Tigris. Pero advierto: a pesar de ello, jadeas/exhausta en tu intento de vencer en Palestina" [Epitafio para Nueva York, 1971].

Qabbani, Al Bayati y Adonis no nacieron en Palestina (Siria, Irak, Siria) ni después de la Nakba, sino muchos años antes (1923, 1926, 1930). Y lo que es peor: tuvieron que exiliarse y murieron fuera de los países en que nacieron (en Londres, en Damasco; Adonis aún vive, y tiene su residencia habitual en París). Y, sin embargo, observen los posesivos con que están salpicados los poemas (confiscasteis "nuestras" casas", "mi" gran país, "nuestros" hijos). Ésa es probablemente la razón de su enorme trivilidad: su sustento no son las ciudades perdidas de la infancia, con su carga de luz y de olores, sino el territorio sin bautizar de otros. Es decir, una convicción política: mala musa hasta para el mejor poeta.

¿Y Grass? Bueno, el poema alcanza las más altas cimas de la fealdad, y en ese sentido puede compartir sin rubor podio con los ejemplos de arriba. Es lo que tiene escribir un poema sobre la amenaza nuclear, que es jodido salir airoso:

"Ahora, sin embargo, porque mi país,
alcanzado y llamado a capítulo una y otra vez
por crímenes muy propios
sin parangón alguno,
de nuevo y de forma rutinaria, aunque
enseguida calificada de reparación,
va a entregar a Israel otro submarino cuya especialidad
es dirigir ojivas aniquiladoras".

Un prospecto médico puede alcanzar cumbres más elevadas de lirismo. En realidad, el texto de GG parece más bien un artículo de opinión o un editorial (con las cesuras debidas al género) escrito por alguien salido de las fauces de la ESO. No me dejen mentir: si pueden, léanlo entero. Pero mi tesis es que lo que le sucede a GG, muerto desde hace años como escritor, tiene otro diagnóstico, a pesar de que su fijación vicaria sea la misma que la de los tres poetas. Lo de GG fue siempre y sigue siendo hoy moralismo de hojalata.

II

Pues sucede que nuestro hombre en Lübeck, capital del mazapán, tiene la habilidad de elegir siempre el momento políticamente correcto para presentarse como políticamente incorrecto, y ese acendrado sentido de la oportunidad temporal endulza y mucho la acidez de la crítica.

Cuando martilleaba a sus compatriotas desde Grupo 47 y otras plataformas de la izquierda alemana, Alemania estaba en pleno proceso de desnazificación (teórica, se entiende). Cuando le gustaba pensar en sí mismo como el azote moral de su país no estaba sino tocando el segundo violín para las voces cantantes de la política de Vergangenheitsbewältigung, oficializada hasta en los planes de estudio de los escolares alemanes y bendecida por los Länder, la academia y la Iglesia alemana. Extraño profeta aquel que pronuncia las palabras que todos quieren escuchar, en el momento en que quieren escucharlas.

Cuando más tarde defendió la reconsideración de la "relación especial" entre Alemania e Israel que había nacido precisamente de ese proceso de "superación del pasado" también lo hacía con el viento de popa, después de que un grupo de veinticinco conocidos académicos alemanes publicasen un manifiesto denunciando los términos de aquella relación.

Su conocida confesión de haber pertenecido en su juventud a una unidad de las Waffen SS llegó asimismo en el momento procesal oportuno, cuando el coro de voces que insinuaba la posibilidad de que los propios alemanes hubieran sido víctimas, y no verdugos o cómplices necesarios de los verdugos, era cada vez más nutrido. ¿Acaso la revelación no hubiera sido mucho más perturbadora para su país cuatro décadas antes, en aquellos años en que Brandt se arrodillaba en Varsovia frente al monumento al gueto de Varsovia y los alemanes hacían del reconocimiento de su pasado nazi un camino hacia la expiación de su culpa?


Así pues, no me ha sorprendido nada que GG llegase de nuevo con retraso a la crítica sobre la capacidad nuclear israelí y su posible utilización contra Irán. Cualquiera que lea la prensa internacional se la habrá topado varias veces. En Israel es, de hecho, un debate nacional. El propio Meir Dagan, ex director del Mossad, lleva tiempo cuestionando el peligro real de la amenaza iraní y la idoneidad de un ataque preventivo de Israel.

Mal poeta. Falso profeta. Pero ¿qué hay del contenido?

III

Poco que comentar sobre el silencio al que dice estar sometido. El poema fue publicado simultáneamente en Süddeutsche Zeitung, El País y La Repubblica. GG, que se mueve rodeado de una corte de asistentes que le preparan y filtran encuentros, apariciones televisivas, conferencias y entrevistas, no es exactamente un escritor sometido a la censura de ningún régimen.

Algo que decir sobre la defensa anticipatoria que plantea en el mismo poema, cuando prevé que le condenarán por antisemita. [Adviertan los términos en el texto: silencio, condena, coacción, castigar]. Es una línea de defensa que se viene utilizando desde hace algunos años y que invalida prácticamente cualquier contraargumentación. Si los críticos de la política israelí alegan que toda opinión estrictamente referida a los israelíes (y no al pueblo judío en general) es desacreditada como antisemita, ahora, en una curiosa vuelta de tuerca, este argumento neutraliza y ahoga toda posible réplica a esa crítica.

Por lo que se refiere a la amenaza que representa Israel para el pueblo iraní, qué quieren que les diga. Ni el más duro de los halcones del Likud se atrevería a decir sobre el pueblo iraní lo que el maestro de escuela vomita todos los días sobre el pueblo judío. La opinión pública y la prensa israelíes no se lo consentirían. Tal vez alguien debería recordarle a GG las palabras de Wolf Biermann, éste sí un siempre incómodo disidente:

"Three decades after the Holocaust, the Germans had just about forgiven the Jews for what they'd done to them. But now the perpetrators are becoming increasingly ungracious towards this hopeless ongoing conflict of their victims. Again and again I hear the cold-hearted argument: these Jews must have learnt what oppression is at the Nazi school of hard knocks. Precisely! Which is why I cold-heartedly counter, having learnt their Shoah lesson, the survivors have no desire to get slaughtered all over again".

Dice el moralista de hojalata que escribe con su última tinta. Por Dios que lo sea. 


Wolf Biermann (Foto: Robert Lebeck)

miércoles, 4 de abril de 2012

Anoche soñé (1). El sultán



Anoché soñé que era sultán en la Constantinopla. De todo el sueño, esto era lo más parecido a la realidad, así que pueden imaginarse el dislate del resto. Para empezar, no bebía té, sino grappa, y no cualquier grappa, sino una que me hacía traer por mis vasallos de… el Peloponeso (¡?). Recibía una visita tras otra de súbditos con pretensiones de lo más pintoresco, de las que recuerdo nítidamente dos:

Un hombre en la cincuentena, que se había anticipado a la moda cinco siglos y vestía unos sencillos pantalones vaqueros y una americana, venía a solicitar mi autorización para importar caballos españoles a la ciudad. No veo ningún problema en ello, le contestaba yo. ¿No? Pues no: impórtelos. Pero, lejos de quedarse tranquilo con mi beneplácito, empezaba a exponer los riesgos de su iniciativa, que se resumían en dos: los criadores de caballos árabes, dos poderosas familias de la ciudad, iban a tratar de hacerle la vida imposible, quién sabe incluso si de matarle y, lo más preocupante, los caballos españoles sólo comían un tipo de cereal que no se cultivaba en nuestros campos. Eso sí que me parece más difícil de solucionar, le comentaba yo, atizándome la primera grappa de la sesión. Por lo tanto, continuaba el emprendedor, no sólo necesito importar caballos, sino también grandes cantidades de ese cereal para el primer año, y semillas para los venideros. Excelente idea, le respondía. ¿Y cuántos caballos tiene pensado importar? Doscientos mil, decía él. Llegarán al puerto en cuatrocientos barcos, a razón de quinientos caballos por barco. Antes, desde luego, tendrá que llegar el alimento, en unos doscientos barcos más. Aunque para mis adentros pensaba brevemente si el puerto admitiría semejante tráfico de embarcaciones, bestias y toneles, accedía también a esta segunda petición. Y, el asunto arreglado de esta forma, le invitaba a una grappa (su primera, pero mi segunda).

Un segundo personaje, otro hombre, aparecía más orientalizado, como si mi cabeza en algún momento del sueño hubiera detectado el anacronismo del atuendo del importador y corrigiese el error sobre la marcha. Pero el toque oriental consistía simplemente en que llevaba un foulard de una combinación de colores bizantinos alrededor del cuello que le tapaba el rostro hasta la nariz. Me molestaba un poco que no se descubriese delante de mí, como nos molestan esas personas que no se quitan las gafas oscuras aunque ya no haya sol que deslumbre. ¿Podría, por favor, quitarse el pañuelo de la cara? No puedo, contestaba. Por respeto hacia usted. Ayer me quitaron toda la dentadura. Esta explicación no me resultaba muy convincente (si le hubiesen quitado hasta el último diente, pensaba, no podría vocalizar como lo hace) pero estaba contento y la pasé por alto. ¿Qué desea usted?, le preguntaba. Mire, tengo una casa en pleno centro de la ciudad y los vecinos no me quieren dejar cerrar la terraza. No puedo concederle lo que me pide: si cierra usted la terraza Constantinopla va a parecer el Barrio del Pilar (ahora era el sultán, o sea yo mismo, quien daba esta hermosa pirueta temporal). Y, por otro lado, ¿qué sentido tiene cerrar la terraza? ¿Se le queda pequeño el salón?, seguía desvariando el sultán, o sea yo. No, no es eso, es que mi mujer dice que está harta de limpiar cáscaras de alpiste. Cualquier otra persona, en este punto, hubiera detectado un peligroso salto lógico, pero yo, que ya llevaba tres grappas y parecía estar ganando en poderes sobrenaturales de interpretación, entendí al instante. ¿Cría usted canarios? Exacto. ¿Timbrados? Y cobre, también, aunque en menor proporción. Está bien, déjeme ver qué puede hacerse con los vecinos (evidentemente, había tocado en mí alguna fibra sensible). También a este súbdito le invitaba a aguardiente, pero lo rechazaba alegando el mal estado de su boca. Yo no tenía ningún problema en la boca, así que me servía alegremente.

Al despertarme, lo primero que me ha venido a la cabeza ha sido la grappa que bebimos ayer después de la cena, que a estas alturas del día todavía siento circular por mis venas.