domingo, 25 de marzo de 2012

Valle del Issa

Valle del Nevėžis (Issa)

Nos hemos acercado a Divonne, en la frontera. En el mercadillo, la gente que ha terminado sus compras bebe pastis y come ostras. Imposible no pensar qué lejos estamos de los europeos. En una terraza, bebemos cervezas y vinos al sol, admirados del bienestar que se respira. Pienso, para mis adentros, que no podría vivir aquí ni dos meses. Comparo mentalmente este ambiente de franceses de clase media-alta que trabajan, en su mayoría, en Ginebra, con los destinos que querría para mí. Me llamo al orden: jodida manía de comparar. Para, disfruta, para. Ya en el jardín del amigo comemos salmón con ensalada de algas, asamos carne, picoteamos de los quesos que hemos comprado en el mercado, corre el vino, la ginebra y la grappa. Como casi siempre que estoy con más de dos personas, exigen más de lo que puedo dar. Y doy a cambio lo que sé que piden de mí, un personaje algo estrafalario, mal clasificable, rumboso con la mosca y bromista, que apareció no sé sabe muy bien cómo por aquí (y que desaparecerá del mismo modo). Pero al cabo de pocas horas no veo el momento de quedarme a solas. Para, disfruta, para.

En un aparte me enseñan un ensayo de Miłosz, de los que ha editado Penguin en la colección Modern Classics. Están sacando toda la literatura eslava a unos precios de risa, y las traducciones son decentes. El título del volumen no es lo que se dice un acierto (Proud to be a mammal), y el ensayo que me ha marcado el amigo se titula "Happiness". Son pocas páginas, que leo rápidamente en diagonal porque, básicamente, Milosz ya había contado con más detalle su infancia y el territorio mítico en que transcurrió en un volumen que sí se editó en España (El valle del Issa) y que leí hace tiempo. "Entre los siete y los diez años", cito de memoria, "viví en casa de mis abuelos en X. [actual Lituania], donde fui feliz. No había pasado ni futuro, sino un permanente presente". Bien, ya sabíamos que ésta siempre ha sido una definición al alza de la felicidad. Regreso a la mesa donde ya se están sirviendo los cafés e intento por un momento el ejercicio de centrarme exclusivamente en lo que está pasando: la hiperactividad de una niña pequeña, un sol deslumbrante, un milano que sobrevuela el valle en círculos, la calidez de un amigo, la presencia siempre reconfortante de L. 

Ensayo parcialmente frustrado. Y, en estos casos, la victoria parcial no vale: o el presente es absoluto, o la condición de Miłosz no se cumple y tenemos que admitir que hemos sido absolutamente derrotados.